winnie-pooh-y-el-arbol-de-la-miel

Winnie estaba paseando por el bosque muy alegre, en un claro vio un roble enorme. Cuando miró, vio un enjambre de abejas zumbando en la copa. Esto le dio una idea, claro, después de mucho meditar. Si había abejas, entonces, debía haber miel.

Se puso a trepar y cuando casi llegaba, se rompió la rama en que estaba y se dio contra unas zarzas.

No quería darse por vencido, Winnie puede ser muy persistente cuando se trata de miel. Fue a buscar a Cristóbal Robin, su amigo, para que le prestar su globo azul. De seguro que atado al globo, llegaría hasta la miel. Las abejas lo descubrieron y pincharon el globo. Otra vez, nuestro amigo terminó en el suelo.

Luego de este fracaso, nuestro amigo se fue a lo de Conejo, porque él, siempre tenía miel. Llamó a Conejo, pero éste le contestaba que no estaba en casa, pero de todas formas, Winnie entró. Entonces Conejo no tuvo más remedio que invitarle con algo de miel. Pero como Winnie no tiene límites para la miel, al poco rato, se había comido toda la que tenía Conejo.

Había comido tanta miel, que cuando se quiso ir, se quedó atascado en la entrada de la madriguera de su amigo.

Conejo trajo a Cristóbal para que lo ayudara, pero no era posible. Entonces Cristóbal decidió que lo mejor sería esperar a que adelgazara.

Winnie tuvo que quedarse en su sitio y no comer nada, hasta que pudiera zafar de su prisión involuntaria. Los amigos lo visitaban y le contaban historias para distraerlo, mientras Winnie sólo pensaba en comida.

Así pasaban los días. Conejo le daba empujoncitos de cuando en cuando, para ver si ya podía salir y dejar su entrada libre. Hasta que finalmente, Cristóbal llegó con ayuda: Cangu, Ro, Topo, Búho y Igore, el burrito, además de Conejo, estaban dispuestos a liberar a Winnie.

Cristóbal le agarró las manos y empezó a tirar. Hicieron pues, una cadena de animales: de Cristóbal tiraba Cangu; de éste, Igore; de él, Lechoncito. Finalmente, Winnie salió disparado por los aires y sus amigos se desparramaron por el suelo.

Winnie se estrelló contra el roble y quedó su cabeza atascada en el hueco, justo en la colmena llena de miel. Mientras se la comía, pensaba que ya no el importaba engordar un poco más.