En la estantería de una importante librería de Londres, metido entre libros de todas clases y épocas, estaba un libro viejo y polvoriento que nadie quería comprar. Habían pasado muchísimos años desde que alguien lo ubicara en ese sitio, sin que nadie se interesara por él.
Es que la librería se llamaba Hatchards y tenía el honor de ser la más antigua de Londres y de Inglaterra. No sólo eso, era la librería más vieja de todo el Reino Unido y gozaba de un prestigio indiscutido desde su fundación en 1797. Todos los expertos en libros de habla inglesa, llegaban hasta sus anaqueles en búsqueda de sus codiciados botines.
Nuestro polvoriento libro se encontraba en su estante desde 1797, cuando la flamante Hatchards abriera sus puertas. Desde entonces, había visto pasar a personajes de todas las clases, desde madres con sus hijos pequeños hasta los mayores eruditos. Incluso la realeza se acercó a la librería para buscar algún título que consideraran especial.
Pero el tiempo seguía transcurriendo y el libro polvoriento no lograba encontrar un hogar. A estas alturas, se había convertido en el hazmerreír de toda la hermandad de libros. El pobre libro se sentía avergonzado e inútil y su autoestima no podía ya empeorar más. Lo que ocurría, no es que nadie se hubiese fijado en sus tapas de cuero legítimo con preciosas letras de oro, el problema, era que sí lo miraban. Las personas pasaban por el anaquel y quedaban prendadas por su belleza exterior, pero como todo en la vida, las apariencias engañan. Cuando los interesados tomaban el pesado libro de su anaquel, lo abrían y ojeaban. Era entonces que comenzaba el problema, porque las páginas del libro, estaban vacías. Sí, completamente vacías.
Nadie podía explicarlo, pero así sucedía. Por algún motivo misterioso, aquel hermoso libro no había sido escrito y permanecía aún, con sus páginas en blanco. Esta era la fuente de su vergüenza y frustración, no tenía nada que ofrecer a los lectores. Pobre libro, después de más de dos siglos en la librería, todavía tenía mucho tiempo por delante para exhibir sus miserias.
Naturalmente que nadie del personal de Hatchards conocía la condición del libro viejo, por ello permanecía en su puesto. Pero todo cambió una tarde lluviosa. Era casi la hora de cerrar y llovía como nunca, los pocos clientes que entraban en la librería, escurrían agua por todas partes. Podría decirse que era la clientela más selecta que habían tenido en siglos, pues quien se aventurara en un día como ese para conseguir su libro, debía ser un gran erudito, de lo contrario, aguardaría al día siguiente.
Cuando el encargado estaba colocando el letrero de “cerrado”, llegó una jovencita de aspecto frágil y asustadizo, que pidió la dejaran entrar. Con la tarde terrible que hacía y los pocos clientes que habían llegado, el encargado no estaba de humor para quedarse tiempo extra por una poco probable compradora. De modo que le indicó que volviera otro día, que estaban cerrados. La joven (que como dijimos, “las apariencias engañan”) se mostró determinada a entrar a toda costa y sus argumentos fueron tan buenos, que el encargado no tuvo más remedio que dejarla entrar.
Era delgadita y pequeña, con anteojos de armazón grueso, pero su voz era muy segura y amigable. Su conversación era entusiasta y parecía saber mucho acerca de libros. Recorrió las estanterías sin detenerse, como si estuviera pasando lista a algo que conocía de memoria.
El encargado insistía en preguntarle qué era lo que buscaba y ella le respondía:
- Cuando lo vea, lo sabré. Es un libro muy especial, el más especial de todos. Estoy segura de que está aquí.
- Pero tenemos muchos libros célebres en nuestro catálogo. Si me das algún dato, yo podría auxiliarte y evitar que pierdas tu valioso tiempo.
- El libro me hablará y entonces sabré cuál es. Tal vez le parezca loca, pero sé que es así.
El encargado no pudo rebatir su afirmación, así que prefirió guardar silencio, mientras la joven continuaba buscando. De pronto se sintió un chillido, como esos que dan los niños cuando encuentran su regalo sorpresa, y la joven emergió de entre los anaqueles con el viejo libro polvoriento entre sus frágiles manos.
El vendedor se mostró sorprendido, pues no recordaba ese libro en particular. Cuando lo abrió para tomar las referencias, se sobresaltó al ver que estaba en blanco. Informó a la joven, como si ella no hubiese visto lo mismo que él. La muchacha agradeció su preocupación, pero dijo que era exactamente lo que necesitaba.
Al oír estas palabras, todos los libros de Hatchards quedaron sorprendidos. Claro que esto no lo notaron las personas, porque nosotros no entendemos la vida secreta de los libros, pero así sucedió. Nuestro viejo libro se sentía tan orgulloso y feliz, después de dos siglos de espera, que no podía contenerse. Ya quería que comenzaran a llenar sus páginas amarillas. No le preocupaba que sus hojas fuesen profanadas con la tinta barata de un bolígrafo moderno fabricado en algún país lejano, donde a los trabajadores se los explotaba ferozmente para aumentar las ganancias. Tampoco le preocupaba si la jovencita lo emplearía para escribir la novela del siglo, o si haría de él un diario íntimo donde anotar sus dudas a la hora de vestirse para una fiesta. Finalmente, nuestro libro había encontrado su utilidad. Era querido y alguien se encargaría de darle contenido. Cuando el empleado de la librería lo envolvió en su bolsa y se encaminó a la puerta, el libro se sentía el más importante de la historia. Fue el desfile más impresionante que libro alguno hubiese realizado por Hatchards, fue como si el rey de los libros, hubiese abandonado el lugar.
Autora: Andrea Sorchantes.
Categorías : Para dormir, Realistas
Etiquetas : Andrea sorchantes, cuento, hatchards, libro viejo y polvoriento, libros


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