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El diablo y su abuela- (Hermanos Grimm)

Jueves, 15 de Octubre de 2009

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Hace mucho tiempo, había un rey que gustaba de hacer la guerra. Estaba embarcado en una gran guerra, para la cual había reclutado muchas tropas, a las que daba una paga que no servía para vivir. Es por eso, que un día, tres de sus soldados decidieron desertar.

Los soldados sabían que la pena por la deserción es el ahorcamiento, pero para evitarlo, se refugiaron en un campo de trigo, pensando que la tropa se marcharía al día siguiente, olvidándose de ellos. Por el contrario, la tropa permaneció estacionada en la zona y los desertores debieron permanecer ocultos.

Al cabo de dos días, el hambre los apretaba y se encontraron en la disyuntiva de salir para que los ejecutaran, o permanecer ocultos y morir de hambre.

Cuando estaban lamentándose de su suerte, llegó un dragón escupiendo fuego por los aires y les preguntó el motivo de que se escondieran:

- Somos soldados desertores, pues el ejército nos paga poco. Pero si nos quedamos aquí, moriremos de hambre; pero si salimos, nos ahorcarán.

- Si me sirven por siete años, los sacaré de aquí y nadie los verá.- dijo el dragón.

Los hombres no tenían más alternativa que aceptar y el dragón los llevó a gran distancia. Pero el dragón era el diablo y les dio un látigo que hacía llover dinero al hacerlo restallar. A cambio del látigo, los obligó a firmar en su libro. Para tranquilizarlos, les prometió que les daría la oportunidad de liberarse de su dominio, si resolvían un acertijo que les plantearía antes de los siete años.

El dragón se fue volando y los soldados comenzaron a disfrutar de la magia del látigo. En todas partes, vivían en el lujo, comiendo, bebiendo y paseando, pero sin hacer mal alguno. Así se les pasaron rápidamente los siete años. Y cuando quedaba poco, dos de los hombres comenzaron a temer el desenlace. El tercero, mantenía la alegría.

Los pesimistas fueron a sentarse en el campo, y era tal la cara que traían, que una vieja que pasaba les preguntó el motivo de la tristeza. A regañadientes, los hombres contaron a la vieja lo sucedido y que debían resolver un enigma para ser liberados.

La vieja ofreció su ayuda y dijo:

- Uno de ustedes debe ir al bosque, encontrar una casita de roca derruida y entrar. En el interior encontrará la solución.

Los pesimistas no creyeron que hubiera salvación en lo que la vieja ofrecía y permanecieron sentados. Pero el tercero, que era más emprendedor, se adentró en el bosque y encontró la choza de piedras. Dentro había una mujer viejísima, era la abuela del diablo, y le preguntó el motivo de su visita. El joven explicó la situación y se comportó decente con la anciana, por lo que ella se compadeció del. Apartó una piedra enorme que cerraba la entrada a la bodega y le dijo que se escondiera allí, para oír todo lo que se hablara, pues preguntaría a su nieto por la respuesta del enigma.

A las doce de la noche llegó el dragón pidiendo la cena. La abuela sirvió la mesa tratando de complacerlo. Comieron y bebieron juntos, y durante la conversación, la abuela le preguntó por su día.

- Hoy fue un mal día. Pero tengo tres soldados esperando, que no escaparán. Les plantearé un acertijo que nunca podrán resolver.

- ¿Qué acertijo es ese?- preguntó la vieja.

- Verás. En el Mar del Norte, hay un caballo marino muerto, que será su asado; el costillar de una ballena, será su cuchara de plata; y un casco viejo de caballo, será su copa de vino.

Cuando el diablo se acostó, la vieja dejo salir al soldado, que tomó nota de la respuesta.

Se reunió con sus amigos y les contó la novedad. Esto puso felices a los pesimistas, y aprovecharon para acumular riquezas con el látigo.

Cuando acabó el plazo, el diablo se presentó y les dijo:

- Los llevaré al infierno conmigo a un banquete. Si adivinan el asado que se servirá, quedarán libres y podrán conservar el látigo.

El primer soldado respondió:

- En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto, que será el asado.

La respuesta irritó al diablo, que preguntó al segundo:

- ¿Y cuál será vuestra cuchara?

- El costillar de una ballena.- respondió el segundo.

El diablo refunfuñó y ira y preguntó al tercero:

- ¿Saben cuál será la copa de vino?

- Un casco viejo de caballo.- dijo el tercero.

Cuando escuchó esto, el diablo dijo una grosería y salió corriendo, pues había perdido el poder sobre ellos.

Los soldados conservaron el látigo, que les proporcionó dinero para el resto de su vida.

La bola de cristal- (Hermanos Grimm)

Miércoles, 14 de Octubre de 2009

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Hace muchísimo tiempo, vivía una hechicera con tres hijos de los que desconfiaba, temiendo que desearan arrebatarle su poder. Por eso, transformó al mayor en águila, que se fue a vivir en la cima de una montaña rocosa. Al segundo en ballena, para que viviera solitario. Ambos podían recobrar la forma humana, tan sólo durante dos horas diarias.

El tercer hijo huyó para evitar correr la misma suerte de sus hermanos. Se lanzó a la búsqueda del castillo del Sol de Oro, donde vivía una princesa encantada, esperando su liberación. Ya lo habían intentado veintitrés jóvenes y habían muerto, sólo quedaba una oportunidad y él quería tomarla.

Caminó mucho tiempo, sin encontrar el castillo. De pronto vio dos gigantes que le pidieron que resolviera un conflicto que tenían. Ambos deseaban quedarse con un viejo sombrero mágico que permitía al que lo usase, transportarse al instante a cualquier parte que deseara.

El joven pidió el sombrero y se adelantó con él, para que luego los gigantes corrieran a arrebatárselo. Pero estaba tan absorto en sus planes, que se olvidó de los gigantes y suspiró:

- ¡Ah, si pudiera encontrar el castillo del Sol de Oro!

Apenas dijo esto, estaba en la cima de una montaña, a las puertas del castillo. Entró y buscó a la princesa. Cuando la encontró, se llevó una sorpresa muy desagradable. La princesa estaba llena de arrugas, tenía los ojos turbios, el cabello rojo y el rostro gris. Cuestionó entonces a la princesa por su supuesta belleza, quien le respondió:

- Esta no es mi verdadera figura. Si quieres ver cómo soy, mira en este espejo que no miente.

Y le dio un espejo, en el que pudo ver a la doncella más hermosa que pudiera imaginar. Preguntó entonces, cómo podía ayudarla.

- Para romper el hechizo, debes encontrar la bola de cristal y llevársela al brujo. Pero muchos han muerto intentándolo.

- Nada podrá detenerme.-dijo- Pero dime qué debo hacer.

- Primero bajarás de la montaña, allí encontrarás un bisonte salvaje y lucharás con él. Si lo vences, saldrá de él, un pájaro de fuego, que lleva en su cuerpo un huevo ardiente, el que en lugar de yema, tiene una bola de cristal. Pero no es fácil conseguir el huevo, si el pájaro cae al suelo, prenderá fuego a todo lo que lo rodea y se disolverá junto con la bola de cristal.

El muchacho bajó la montaña y se enfrentó al bisonte, matándolo con la espada. Se levantó entonces el ave de fuego, que salió volando. Llegó entonces en ayuda del joven, su hermano convertido en águila y atacó al ave de fuego, llevándola sobre el mar. La acosó hasta que el ave soltó el huevo, que cayó en la cabaña de un pescador y la incendió. De pronto, una ola gigantesca inundó la playa y apagó el incendio. Era obra del hermano ballena. Cuando el fuego se extinguió, el joven corrió a buscar el huevo.

Encontró el huevo con la cáscara astillada por el golpe y pudo quitarle la bola de cristal. Marchó en busca del brujo y le ofreció la bola de cristal.

El brujo se sintió vencido por el joven y le entregó el trono del castillo del Sol de Oro. También le permitió devolver la forma humana a los hermanos.

A toda prisa, el joven fue a buscar a la princesa, que lo aguardaba convertida en la resplandeciente belleza que viera en el espejo mágico.

Rapunzel- (Hermanos Grimm)

Viernes, 9 de Octubre de 2009

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Era un matrimonio que vivía en soledad, soñando con tener hijos, hasta que finalmente, ocurrió el milagro.

El matrimonio vivía en una casa que tenía una ventanita en la pared posterior, la cual asomaba a un espléndido jardín, en el que crecían flores y plantas variados. El jardín pertenecía a una bruja poderosa y estaba rodeado por un muro alto, que nadie se atrevía a traspasar.

Un día en que la mujer se asomó a contemplar el jardín, descubrió un bancal de collejas verdes y frescas y sintió un repentino deseo de comerlas. El antojo fue creciendo con los días, la mujer sólo quería comer de aquellas plantas y como no las tenía, dejó de comer.

Al verla tan desmejorada, su marido decidió entrar al jardín, para conseguir las plantas para su mujer. El hombre aguardó la noche, entro al jardín y tomó varias plantas y las llevó a su esposa.

La mujer se las comió todas, pero en lugar de quedar satisfecha, quería más. El marido no tuvo más remedio que entrar nuevamente al jardín de la bruja. Esperó a que anocheciera y saltó el muro, pero la bruja lo descubrió.

- ¿Cómo te atreves a entrar en mi jardín?- dijo la bruja.

- ¡Tened piedad de mí! Lo hice para alimentar a mi esposa. Ella tiene antojo de collejas vio las de tu jardín y no quiere comer otra cosa. Si no se las llevo, morirá.

La bruja consintió en que llevara las collejas, pero con una condición. El hombre tuvo miedo de la hechicera y aceptó entregarle al bebé cuando naciera.

Cuando la niña nació, se presentó la bruja a reclamar su pago. Le pusieron Rapunzel de nombre, antes de entregarla a la bruja.

Rapunzel era la niña más hermosa del mundo y cuando cumplió los doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un bosque. Para que no escapara, la torre no poseía puertas ni ventanas, a excepción de la pequeña ventanita que había en lo más alto de la torre. Cuando la bruja quería subir, se colocaba al pie de la ventana y gritaba:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suélta tu trenza!

Rapunzel tenía los cabellos dorados y espléndidos. Eran tan largos y fuertes, que la niña dejaba su trenza colgando, para que la bruja subiera por ella.

Pasó mucho tiempo, cuando cierto día, un príncipe pasó cerca de la torre y pudo escuchar el canto de la joven. Quiso subir a la torre para conocerla, pero no encontró la entrada. Entonces volvió a su palacio. Pero el canto lo había conmovido de tal modo, que todos los días regresaba para escucharlo nuevamente.

Una vez que se encontraba oculto escuchando a su amada, vio a la bruja y escuchó sus palabras:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suelta tu trenza!

La joven soltó la trenza como siempre y la bruja trepó por ella.

Al días siguiente, el príncipe aguardó la noche y llamó a la joven:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suelta tu trenza!

La joven dejó caer su trenza y el príncipe subió por ella. Al verlo, la muchacha se asustó mucho, pues nunca había visto un hombre. Pero el príncipe le explicó con dulzura que había quedado deslumbrado por su voz y que deseaba hacerla su esposa. Rapunzel aceptó apresuradamente, pues deseaba librarse de la bruja. Como no había manera de que ella bajara, solicitó al pretendiente que en cada visita llevara una madeja de seda, para que se fabricara con ellas una escalera, con la que escaparía de la torre.

El príncipe visitaba a la muchacha por las noches porque la bruja lo hacía de día. Y la bruja nada sospechaba, hasta que un día, Rapunzel dejó escapar el secreto sin intención:

- Pesas mucho más que el príncipel.

- ¡Con que me has estado engañando!- gritó furiosa la bruja.

La bruja cortó la trenza de la joven y la llevó a un paraje desierto, para que viviera en soledad y sumida en la miseria.

Ató la trenza de Rapunzel a la ventana, y cuando el príncipe llegó, la soltó. El joven subió y se encontró a la hechicera. El príncipe huyó por la ventana, pero la bruja le lanzó un hechizo, dejándolo ciego. El pobre noble tuvo que vagar por el bosque, hasta que un día llegó al paraje donde su amada estaba. Allí reconoció la voz de la muchacha y se acercó a ella. La joven lo reconoció al instante y se puso muy triste cuando pudo comprobar que su amado no podía ver. Derramó lágrimas de amargura y algunas cayeron sobre los ojos del joven y por arte de magia, el príncipe recuperó la vista.

Partieron entonces hasta el reino del joven, donde se casaron y fueron felices.

Bestia Peluda- (Hermanos Grimm)

Viernes, 2 de Octubre de 2009

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Había una vez en un país lejano, un rey y una reina. La reina era la mujer más bella de la Tierra y tenía una cabellera de oro. Cierto día se enfermó gravemente y al saber que su muerte estaba próxima, dijo a su esposo que si deseaba casarse nuevamente, eligiera una mujer tan hermosa como ella y que prometiera que la elegiría con el cabello dorado.

El rey consintió en prometerlo y ella pudo morir en paz. Estuvo desconsolado durante muchísimo tiempo, sin deseos de volver a casarse. Hasta que sus consejeros le pidieron que buscase nueva reina.

Se enviaron emisarios a recorrer el mundo, en busca de una belleza que se comparara con la fallecida reina, pero no la encontraron. Era una empresa difícil, pues debería además, tener cabellos de oro. Regresaron entonces, sin poder concretar su misión.

Fue entonces que el rey se fijó en su sobrina, que era el vivo retrato de la difunta reina, hasta tenía su cabello. Era tan idéntica a su esposa, que no tardó en enamorarse de ella y decidió casarse con la sobrina.

Cuando la sobrina se enteró de las intenciones de su tío, quedó espantada, pues ella amaba a un joven noble, de modo que meditó sobre una forma para hacer desistir al tío de su resolución.

- Para que acepte vuestra propuesta, deberéis regalarme tres vestidos: uno dorado, como el sol; otro plateado, como la luna y el tercero, brillante como las estrellas. También quiero un abrigo confeccionado con mil pieles diferentes.

La muchacha pensaba que el rey nunca podría satisfacer sus caprichos. Pero se equivocó, el rey hizo confeccionar los vestidos y el abrigo, y cuando estuvieron listos, llamó a su sobrina:

- Mañana nos casaremos.- dijo mientras presentaba los regalos a la sobrina.

La joven comprendió que no tenía escapatoria y decidió huir. Mientras todos dormían, tomó un anillo, una rueca diminuta y una devanadera, todas de oro. Las guardó en una nuez mágica, junto con los tres vestidos. Se tiznó la cara, las manos y se colocó el abrigo de pieles.

Escapó hacia el bosque y estuvo marchando durante toda la noche, hasta que encontró un bosque enorme. Se internó en la espesura y no anduvo mucho, cuando se sintió muy cansada, por lo que se sentó en el hueco de un árbol, donde se quedó dormida.

El sol estaba muy alto cuando, el rey dueño del bosque llegó de cacería acompañado por sus perros y los cazadores. Los perros detectaron a la joven dormida dando la señal, por lo que los cazadores llegaron a ver al animal que se escondía en el árbol.

- En el hueco del árbol hay un animal asombroso, con el pellejo de mil pieles distintas. Está echado, durmiendo.- dijeron los cazadores asombrados.

El rey ordenó que intentaran capturarlo vivo. Los cazadores sujetaron al animal, que se despertó gritando:

- Soy una pobre muchacha abandonada, sin padre ni madre. Tened piedad de mí y llevadme con vosotros.

- Pareces una bestia peluda, puedes servirnos en la cocina. Te llevaremos y barrerás las cenizas.

“Bestia Peluda” fue trasladada al palacio, donde le asignaron una pequeña estancia al pie de la escalera, en la que el sol no entraba. Debió entonces ocuparse de las tareas pesadas.

Vivió en aquella cocina por mucho tiempo, realizando los trabajos más ingratos, hasta que un día, el rey dio una fiesta en palacio. La joven aprovechó para pedir al cocinero permiso para ir a ver un ratito la fiesta. El cocinero se lo permitió, pero debía regresar al cabo de media hora, para retirar las cenizas de la estufa.

La joven bajó a la estancia donde dormía, se quitó el abrigo de pieles, se lavó y se puso el vestido dorado como el sol y entró en la fiesta, donde todos la admiraron. El rey fue a recibirla y la invitó a bailar. Cuando el baile acabó, ella desapareció rápidamente, sin que el rey alcanzara a ver por dónde salía.

“Bestia Peluda” corrió a cambiarse para volver a su puesto. Al llegar a la cocina, el cocinero le pidió que preparara la sopa para el rey, pues él también quería contemplar la fiesta.

La joven preparó la sopa lo mejor que pudo y cuando estuvo lista, le echó su anillo de oro en la sopera.

El rey comió su sopa y estuvo muy complacido, pues le resultó deliciosa. Cuando terminó, encontró el anillo en el fondo del plato. Intrigado por tal suceso, mandó buscar al cocinero para interrogarlo.

En principio, el cocinero afirmaba que la sopa era obra suya, pero como el rey había notado la diferencia, terminó por admitir que la había hecho “Bestia Peluda”. Entonces el rey mandó llamara la muchacha y la interrogó, sin obtener ninguna respuesta satisfactoria.

Tiempo después, el rey celebró otra fiesta y nuevamente “Bestia Peluda” pidió autorización para verla. Esta vez debía volver a tiempo para preparar la sopa favorita del rey. Corrió hasta su estancia a cambiarse, usaría el vestido plateado como la luna. Entró en el salón y nuevamente fue recibida por el rey, que la invitó a bailar. Apenas terminó la danza, la joven desapareció como la vez anterior. Retornó a la cocina y preparó la sopa, pero esta vez le echó la pequeña rueca de oro. El rey disfrutó de su sopa y encontró la rueca. Hizo traer a la muchacha otra vez ante sí y ella volvió a contestar con evasivas.

Hubo una tercera fiesta y todo ocurrió como en las anteriores. “Bestia Peluda” se puso esta vez su traje brillante como estrellas y se presentó en la fiesta. Esta vez, el rey estaba prevenido y le colocó una sortija en el dedo sin que ella lo notara, dio además, instrucciones a los músicos para que la pieza durara mucho tiempo. De este modo, la muchacha tuvo que continuar bailando más tiempo del que le estaba permitido y cuando salió finalmente, no tenía tiempo de cambiarse, así que se tiznó a toda prisa, se puso la piel sobre el vestido y corrió a la cocina a preparar la sopa. En esta ocasión, echó la devanadera.

El rey encontró el objeto y mandó llamar a la muchacha. Cuando estuvo frente a ella, notó la sortija en su dedo mal tiznado. La muchacha trató de evadirse y el rey le quitó el abrigo, dejando al descubierto sus cabellos de oro y su traje radiante. Limpió el rostro de la joven y reconoció a su amada. Se casaron de inmediato y nunca volvieron a separarse.

El flautista de Hamelin

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

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Dicen que hace muchísimo tiempo, en la rica ciudad alemana de Hamelin, hubo una invasión de ratones, los que se paseaban sin preocupación por las casas, saqueando los graneros y las alacenas a voluntad. Los pobladores no conseguían deshacerse de la plaga por más que lo intentaban. Habían probado todas las recetas, pero ninguna funcionaba. Estaban desesperados, tanto que ofrecieron una enorme recompensa para aquél que lograse eliminar a la plaga.

El 26 de junio de 1284, apareció un misterioso hombre, delgado y excéntrico, acompañado por su flauta, y prometió eliminar a los intrusos a cambio de la recompensa. Los ciudadanos de Hamelin aceptaron de inmediato.

El flautista desenfundó su instrumento y comenzó a tocar una melodía maravillosa, que consiguió atraer a los ratones de toda la ciudad, los que embelezados por la música, se congregaron en torno al extraño hombre. Cuando estaba rodeado por una increíble muchedumbre de ratones, el flautista comenzó a caminar por las calles de Hamelin sin dejar de ejecutar su instrumento. Los ratones lo seguían sin percatarse que se alejaban de las casas. Llegaron a los confines de la ciudad y el flautista no se detenía, tocaba y tocaba, mientras los ratones lo seguían. Salieron de la ciudad y se encaminaron al río.

Al llegar a la orilla del río, el flautista no dudó y se metió en el agua, los ratones lo siguieron, sin percatarse en lo más mínimo, del peligro que corrían. Uno a uno, fueron entrando al río y pereciendo. La ciudad quedó libre de su plaga.

La alegría retornó a Hamelin y se programó una gran fiesta. Cuando la fiesta estaba en todo su apogeo, el flautista se presentó para cobrar su recompensa. Los ciudadanos notables decidieron que la enorme recompensa no estaba de acuerdo al trabajo simple que había realizado el flautista, por tanto, se negaron a pagar lo acordado. El flautista se sintió tan enfurecido que decidió vengarse.

Sin aviso ni ceremonia, el flautista comenzó a tocar otra melodía encantadora por las calles de Hamelin, pero esta vez lo siguieron los niños de la ciudad, sin que sus padres pudiesen hacer nada para impedirlo.

Sin preocuparse, el flautista se dirigió nuevamente a las afueras de la ciudad, donde se metió otra vez en el río, con los niños tras de sí. Fue la última vez que los vieron.

Dos pequeños se retrasaron del grupo y pudieron salvarse de su destino cruel, pero uno era ciego y no pudo mostrarles el camino, el otro era mudo y no consiguió hacerse entender. La ciudad quedó desolada, nunca se recuperó de tal pérdida.