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El gato negro- (Edgar Allan Poe) (Versión abreviada)

Viernes, 16 de Octubre de 2009

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No pretendo que me crean, pero sé que mañana moriré y deseo relatar los extraños hechos que me han torturado y provocaron mi ruina.

Desde niño me gustaban los animales y mis padres me permitieron siempre tenerlos. Esta afición creció conmigo y pude disfrutar de la abnegada amistad de los animales.

Me casé joven y por fortuna, mi esposa compartía mi gusto por los animales domésticos, y los teníamos de todas clases: peces, pájaros, un perro, un monito, conejos y un gato.

El gato era completamente negro de gran tamaño y poseía una asombrosa sagacidad. Se llamaba Plutón y era mi favorito, me seguía a todas partes y debía frenarlo para que no anduviera tras de mí en las calles. Nuestra amistad duró años. En este tiempo, mi temperamento se vio alterado por culpa del alcohol, me fui volviendo melancólico, irritable e indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a maltratar a mi mujer. También maltrataba a nuestras mascotas. Sin embargo, alcancé a dominarme con Plutón. Mi enfermedad empeoraba hasta que finalmente, el propio Plutón comenzó a sentir mi mal humor.

Cierta noche en que volvía a casa completamente ebrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, el susto hizo que me mordiera en la mano. Esto me provocó tal furia que perdí la noción de lo que hacía. Saqué mi cortaplumas del chaleco y lo sujeté por el cuello mientras lo abría, por placer le hice saltar un ojo. Tiemblo avergonzado mientras escribo esto.

A la mañana cuando recobré la razón, sentí gran remordimiento, pero era un sentimiento débil que no bastó para cambiar mi alma. Ahogué con vino mis recuerdos.

El gato mejoraba lentamente y se paseaba por la casa. Pero como es natural, salía despavorido al verme. Al principio me entristecía por su actitud, pero luego comencé a sentir fastidio y el espíritu de la perversidad se presentó para mi caída final. Una mañana con premeditación, ahorqué al gato en la rama de un árbol, porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que cometía un pecado mortal al hacerlo.

Esa misma noche, desperté mientras mi casa estaba ardiendo y con gran dificultad, pudimos escapar mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Al día siguiente del incendio, acudí a visitar las ruinas. Sólo una pared había permanecido en pie, el tabique divisorio en que apoyaba la cabecera de mi lecho. Grabada en el enlucido, estaba la imagen de un gato gigantesco con una soga alrededor del pescuezo. Primero sentí terror, pero luego la razón predominó y busqué una explicación. Como había ahorcado al animal en el jardín contiguo a la casa, alguien pudo arrojarlo por la ventana abierta. El animal habría quedado atrapado entre las paredes caídas y el tabique y por acción de las llamas, producir la imagen sobre el nuevo enlucido.

Durante meses dominó mi espíritu un sentimiento de culpa y el fantasma del gato rondó mi mente. Llegué al punto de buscar un animal que pudiese ocupar su lugar.

Una noche estaba medio borracho en una taberna, cuando llamó mi atención un bulto negro sobre unos toneles de ginebra. Me acerqué para comprobar que era un gato casi idéntico a Plutón, excepto que este tenía una mancha blanca indefinida que le cubría el pecho. Acaricié al animal y éste se mostró complacido. Ofrecí comprarlo al tabernero, pero contestó que no lo conocía. Cuando me marchaba, permití al animal que me acompañara y cuando llegamos a casa, se acostumbró de inmediato. Se convirtió en el favorito de mi mujer. Al mismo tiempo, nacía en mí una antipatía por el animal, cuyo cariño por mí, me disgustaba. Lo que había motivado mi odio, fue descubrir a la mañana siguiente a que lo llevara a casa, que el gato era tuerto, igual que Plutón. Esto también fue el motivo para que mi mujer sintiera predilección por él.

El cariño del gato hacia mí, parecía aumentar en el mismo grado que mi odio. Me seguía a todas partes, se ovillaba bajo mi silla, se entreveraba entre mis pies. En esos momentos deseaba matarlo, pero me paralizaba el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente, porque le tenía terror.

La mancha que tenía en el pecho, que al principio era indefinida, había adquirido la forma nítida del patíbulo. Esto me sumió en la angustia y ya no pude reposar. Durante el día, el animal me seguía todo el tiempo y durante la noche, era presa de los más horribles sueños. Fue entonces que sucumbí a los más terribles pensamientos. La melancolía se apoderó de mí y mi mujer sufrió los arrebatos de mi cólera.

Un día, mi mujer me acompañó al sótano. El gato nos siguió y estuvo a punto de hacerme caer por la escalera, lo cual me hizo perder el control. Tomé un hacha y descargué un golpe terrible, que mi mujer detuvo. Esto me provocó una rabia tan descomunal que me zafé de su abrazo y hundí el hacha en su cráneo. Cayó muerta a mis pies, en silencio.

Me dediqué entonces a ocultar el cadáver. Como no podía sacarlo de la casa sin ser descubierto, decidí, luego de muchas cavilaciones, emparedar el cadáver en el sótano, tal como hicieran los monjes de la Edad Media.

El sótano era especial para esta tarea y una de las paredes tenía una falsa chimenea que había sido rellenada. Saqué los ladrillos con una palanca, coloqué el cuerpo y lo mantuve en posición mientras colocaba la mampostería como estaba originalmente. Reparé también el enlucido, de modo que no se distinguiera del anterior. Al terminar, me sentí seguro.

Luego busqué a la bestia, decidido a matarla, pero no se presentó aquella noche. Finalmente pude dormir desde su llegada. Pasaron tres días, y el animal no regresaba, me sentí libre.

Liberado de mi atormentador, todo fue fácil. Incluso se practicaron algunas pesquisas en la casa, pero naturalmente, nada hallaron. Al cuarto día del asesinato, se presentó un grupo de policías para inspeccionar la casa. Convencido de mi seguridad, acompañé a los oficiales en su examen. Por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano y no sentí inquietud. Los policías estaban satisfechos y ya se marchaban. Pero yo sentía la necesidad de probar mi triunfo.

- Caballeros, me alegro de haber disipado sus sospechas.- dije, cuando ya casi salían- Sepan ustedes que esta casa está sólidamente construida. (Pretendiendo decir algo natural)

Arrastrado por mi triunfalismo, di un fuerte golpe con el bastón, sobre la pared detrás de la cual estaba el cadáver de mi esposa. A continuación, se escuchó un quejido sordo y entrecortado, un aullido inhumano.

Muerto de miedo me tambaleé hasta la pared opuesta. Los policías quedaron pasmados por un instante. Luego atacaron la pared, que cayó de una pieza. Ante sus ojos, apareció el cadáver cubierto de sangre coagulada. Sobre su cabeza, con la boca abierta, estaba la horrible bestia que me había obligado al asesinato, y cuya voz me había delatado. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

La esfinge- (Edgar Allan Poe) (Versión resumida)

Viernes, 16 de Octubre de 2009

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Cuando el cólera azotó Nueva York, acepté la invitación de un pariente para pasar una quincena en su casa de campo a orillas del Hudson. Era un lugar encantador para el veraneo, y lo habríamos pasado de maravilla, excepto por las noticias que llegaban de la ciudad. Era tal la desazón que producía cada mala nueva en mi persona, que terminé por caer presa de la desolación, y mi anfitrión se esforzaba por alegrarme.

Sus esfuerzos por alejarme de aquel estado sucumbieron en gran parte por ciertos libros que encontré en su biblioteca, que removieron todo vestigio de superstición que existiera en mí. Leí aquellos libros sin su conocimiento, por eso no alcanzaba a explicarse mi reacción.

Pocos días después de mi llegada, me ocurrió un incidente que me espantó. Al atardecer de un día muy caluroso, estaba sentado con un libro en la mano, junto a la ventana que daba a una colina distante. Cuando levanté la vista de las páginas, ví la superficie desnuda de la colina y una figura monstruosa que bajaba por ella hasta desaparecer en el bosque de abajo. Aquella criatura debía ser mayor que cualquier barco, a juzgar por el tamaño de los árboles que estaban detrás. Su boca se ubicaba en el extremo de una probóscide de sesenta pies de largo, tan gruesa como el cuerpo de un elefante. Cerca del nacimiento de la trompa tenía pelo negro e hirsuto, de esa pelambre, surgían dos colmillo afilados de gran tamaño, similares a los del jabalí. El cuerpo era de cuña y tenía dos pares de alas, de cien yardas de largo, cubiertas por escamas metálicas. Su pecho estaba cubierto por la figura de una calavera blanca, como dibujada. Mientras observaba a la criatura, emitió un sonido tan sobrecogedor que me desvanecí mientras la figura desaparecía al pie de la colina.

Cuando volví en mí, quise contar a mi amigo aquella visión, pero no supe explicarme y callé.

Tres o cuatro días luego del suceso, decidí contárselo a mi amigo. Éste me escuchó hasta el final. Al comienzo, se rió, pero luego se mostró preocupado, como si temiera por mi salud mental. En ese preciso momento, volví a ver al monstruo y di aviso a mi amigo. Él miró ansiosamente, pero no logró ver nada, no obstante yo le mostraba el recorrido que la bestia hacía camino abajo por la colina.

Esto me alarmó terriblemente, pues consideré que se trataba de un presagio de mi muerte. Me desplomé en la silla y cubrí mis ojos unos instantes y cuando los descubrí, la visión había desaparecido.

Mi amigo me interrogó bastamente sobre mi visión, manteniendo la calma. Luego dio un discurso sobre filosofía especulativa e insistió en que las investigaciones humanas subestiman o sobrevaloran al objeto. Sacó de la biblioteca una sinopsis de Historia Natural y me pidió que cambiara de asiento para observar mejor los caracteres de la misma. Él por su parte, ocupó mi sillón y reanudó su plática.

- De no ser por su minuciosa descripción del monstruo, nunca habría podido demostrarle lo que es. Es una esfinge, perteneciente al género Sphinix, del orden de los lepidópteros.

Cerró el libro y se incorporó hacia delante, adoptando la misma postura que yo tenía al ver al monstruo.

- ¡Aquí está! Está volviendo a ascender por la colina y es un ser de aspecto notable. Pero no es tan grande ni distante como usted lo imaginaba. Está subiendo un hilo que seguro dejó alguna araña en la hoja de la ventana. Su tamaño será como máximo de una pulgada.