Entradas con la etiqueta ‘Cuentos para niños’

El Amor y la Locura-

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Cuentan las leyendas, que una vez, hace muchísimo tiempo, se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

La reunión estaba en pleno, pero el Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez. Entonces la Locura propuso jugar a la escondida.

La Intriga se sintió intrigada y la Curiosidad, preguntó de qué trataba.

Locura les explicó que era un juego en el cual debían esconderse, mientras ella se cubría los ojos para no ver dónde lo hacían. Y que luego, debía descubrir sus escondites. El primero que descubriera, ocuparía su lugar, y así continuaba el juego.

Entusiasmo y Euforia aplaudían. Alegría bailaba y terminó por convencer a Duda, incluso Apatía se interesó.

No todos quisieron participar. Verdad no deseaba esconderse, pues siempre la hallaban. Para Soberbia, era un juego tonto. Cobardía no se atrevió a arriesgarse.

Locura comenzó a contar. La primera en esconderse, fue Pereza, que se dejó caer tras la primera piedra del camino. Pero Fe, subió al cielo. Envidia se escondió tras la sombra de Triunfo, que había subido a la copa más alta del árbol. Generosidad, parecía no encontrar un sitio, porque eran mejores para sus amigos. Un lago cristalino para Belleza, la rendija de un árbol para Timidez, una ráfaga de viento para Libertad. Terminó por esconderse en un rayito de Sol. Egoísmo encontró el lugar ideal desde el principio, un sitio cómodo y ventilado, pero sólo para él. Mentira se escondió detrás del arco iris, y Pasión y Deseo en los volcanes. Olvido, no recuerdo dónde se escondió.

Cuando Locura estaba por terminar de contar, Amor no había encontrado sitio para esconderse, porque todos estaban ocupados. Hasta que encontró un rosal y se escondió entre sus flores.

Locura comenzó a buscar y halló primero a Pereza, luego a Fe, discutiendo con Dios en el cielo. A Pasión y Deseo los descubrió en la vibración de los volcanes. Al descuidarse encontró a Envidia y con ella a Triunfo. Egoísmo salió solito del escondite, porque era un nido de avispas, e imagínense cómo quedó. El juego le dio sed y se acercó al lago, donde descubrió a Belleza. Duda no había decidido todavía dónde esconderse. Así, encontró a todos, menos a Amor, que seguía sin aparecer. Cuando ya estaba a punto de rendirse, vio un rosal. Tomó un palo y comenzó a mover las ramas y de pronto se sintió un grito terrible. Las espinas habían herido a Amor en los ojos. Locura no sabía cómo reparar su terrible error. Entonces, prometió ser su lazarillo por siempre.

Desde entonces, el Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña.

Winnie Pooh y el árbol de la miel- (versión libre sobre cuento de A. A. Milne)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Winnie estaba paseando por el bosque muy alegre, en un claro vio un roble enorme. Cuando miró, vio un enjambre de abejas zumbando en la copa. Esto le dio una idea, claro, después de mucho meditar. Si había abejas, entonces, debía haber miel.

Se puso a trepar y cuando casi llegaba, se rompió la rama en que estaba y se dio contra unas zarzas.

No quería darse por vencido, Winnie puede ser muy persistente cuando se trata de miel. Fue a buscar a Cristóbal Robin, su amigo, para que le prestar su globo azul. De seguro que atado al globo, llegaría hasta la miel. Las abejas lo descubrieron y pincharon el globo. Otra vez, nuestro amigo terminó en el suelo.

Luego de este fracaso, nuestro amigo se fue a lo de Conejo, porque él, siempre tenía miel. Llamó a Conejo, pero éste le contestaba que no estaba en casa, pero de todas formas, Winnie entró. Entonces Conejo no tuvo más remedio que invitarle con algo de miel. Pero como Winnie no tiene límites para la miel, al poco rato, se había comido toda la que tenía Conejo.

Había comido tanta miel, que cuando se quiso ir, se quedó atascado en la entrada de la madriguera de su amigo.

Conejo trajo a Cristóbal para que lo ayudara, pero no era posible. Entonces Cristóbal decidió que lo mejor sería esperar a que adelgazara.

Winnie tuvo que quedarse en su sitio y no comer nada, hasta que pudiera zafar de su prisión involuntaria. Los amigos lo visitaban y le contaban historias para distraerlo, mientras Winnie sólo pensaba en comida.

Así pasaban los días. Conejo le daba empujoncitos de cuando en cuando, para ver si ya podía salir y dejar su entrada libre. Hasta que finalmente, Cristóbal llegó con ayuda: Cangu, Ro, Topo, Búho y Igore, el burrito, además de Conejo, estaban dispuestos a liberar a Winnie.

Cristóbal le agarró las manos y empezó a tirar. Hicieron pues, una cadena de animales: de Cristóbal tiraba Cangu; de éste, Igore; de él, Lechoncito. Finalmente, Winnie salió disparado por los aires y sus amigos se desparramaron por el suelo.

Winnie se estrelló contra el roble y quedó su cabeza atascada en el hueco, justo en la colmena llena de miel. Mientras se la comía, pensaba que ya no el importaba engordar un poco más.

El cumpleaños de Plimplín- (Claudio Vela)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Al payaso Plimplín, le regalaron un montón de narices para su cumpleaños. Redondas, cuadradas, rojas, negras, hasta narices con lentes y bigotes. El payaso estaba muy contento y se las probó una por una, delante de sus invitados. Luego, las guardó a todas en un mismo cajón, para asegurarse de no meter las narices donde no debía.

Los invitados, por su parte, estaban muy contentos con la fiesta de Plimplín. Era muy original, era una fiesta donde todos ellos, sin excepción, eran payasos. ¿Se imaginan una fiesta de cumpleaños, donde todos los invitados son payasos? ¡Era muy divertida!

Sin embargo, hubo un momento especial en que todos guardaron silencio y prestaron atención, mucha atención. Casi siempre en el cumpleaños de un niño, ese momento tan especial es cuando aparece el payaso. Pero en el cumpleaños del payaso, ¡apareció un niño!

Estaba atado a una silla. Todos rieron al verlo.

- ¡Yo lo conozco!- dijo Plimplín, con su voz chillona- ¿Ustedes lo conocen?
- ¡Si!- gritó Panchito.- ¡Me ensució con mostaza en el cumple de Juanita, la pelirroja!
- ¡Eso no es nada!- gritó Boniato.- ¡A mi me clavó un tenedor!
- Me pateó un tobillo en el cumpleaños de Jorgito.- dijo Soquete.- ¡Y hacía rimas con mi nombre!
- Y a mi me tiró un vaso de refresco en la cara- agregó Acuarela, la novia de Soquete, que trabajaban juntos.

Uno por uno, los payasos comenzaron a recordar las maldades que el niño había cometido en los cumpleaños de sus amiguitos. Y no solo contra ellos.

- En el cumple de Pedrito, puso un pedazo de torta bajo un almohadón, y cuando Carlitos se sentó, ¡toda la crema se le subió y le ensució el pantalón!

Cada vez que un payaso contaba una historia, los demás reían. Al principio el niño se rebelaba y gritaba cosas, pero al ver que los payasos se reían de sus insultos, se puso a llorar. A lo cual, los invitados comenzaron a cantar:

Al payaso Plimplín
se le pinchó la nariz.
Que lo cumplas payasito,
que lo cumplas feliz.

El niño continuaba llorando.

- ¡Ahora llora, el nene malcriado!- reflexionó Pelusita, mientras los demás continuaban riendo.
- Se lo merece- dijo Plimplín- por pincharme las narices.

Súbitamente apareció la madre del niño.

- ¡Mamá!- gritó el niño- ¡Sacame, este payaso se metió en mi cuarto y me trajo a la rastra, y me ató acá!
- Uy, no te vayas a hacer pipí- se burló Plimplín.
- ¡Cómo se nota, que no es tu hijo!- vociferó la mujer.
- ¡Cómo se nota!- contestó el payaso, abandonado su voz chillona- que vos tampoco ves a través del disfraz.

Y en esa voz, ella reconoció a su marido. Es decir, al padre del niño.

La vaca Nicolasa- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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Nicolasa es una vaca de lo más alegre, le gusta salir a pasear por el prado y comer pasto y retozar por el campo. Cuando llueve, se pone muy triste porque su amo no la deja salir del establo.

Nicolasa no juega sola, tiene algunos amigos, como Casimiro, el cerdo, que la acompaña al campo y se revuelca en la grama.

Es una vaquita muy coqueta, apenas se despierta, va a la pileta y se lava la cara y las patitas con agua fresca.

Apenas despunta el sol, Nicolasa ya sale para el prado, muy contenta, a comer hierbas y a corretear. Es una vaquita muy inquieta. Su amo siempre le dice que se quede quieta para que la ordeñe.

Ella se pasea por la granja, moviéndose de un lado a otro, jugando e imaginando que es una vaca pura raza y que puede ganar concursos. Es una vaca muy soñadora, siempre fantasea con cosas maravillosas.

En cierta ocasión, uno de los hijos del amo cumplió años. La casa estaba llena de globos inflados con helio, que apenas se los soltaba, y salían volando prestos. Nicolasa quedó encantada, y se imaginaba si reunía un manojo lo suficientemente grande, podría salir también ella, volando por los aires.

Un día, salió como de costumbre y se fue al río, porque le gusta mucho el agua. Se metió para lavarse la cara y mirarse en el agua. Estaba distraída mirando a las mariposas que revoloteaban a su alrededor y no se fijó por dónde caminaba. La pobre tropezó y se cayó de cabeza en el río. Como era una vaca, no sabía nadar y por más que hizo, no consiguió salir. Comenzó a gritar pidiendo ayuda a sus amigos.

- ¡Ayúdenme que me ahogo! No sé nadar.

El cerdo Casimiro, no sabía qué hacer, entonces llamó al caballo Bruno que sabía nadar.

- ¡Bruno! ¡Ven pronto que Nicolasa se ahoga!

Bruno corrió con sus patas ágiles y llegó muy pronto al río. Con la ayuda de los dos amigos, la vaquita logró salir sana y salva.

- ¡Qué susto me llevé! La próxima vez, tendré más cuidado.

Toda mojada, se fue al establo, donde durmió hasta el otro día y soñó con nuevas aventuras.

El cartero enamorado-

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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Cada mañana, muy tempranito, Tima sale a repartir sus cartas por el pueblo. Lleva un morral grande y resistente.

Su recorrido comienza en la casa de Kupka, el zapatero. Continúa con la casa de Dimitri, el pintor. Luego va hasta casa de Nadia, la señora que tiene el gallinero y así sucesivamente, entregando las cartas que todo el pueblo de Oblast espera.

A Tima le encanta ser cartero, puede visitar a sus amigos todos los días. Además, le encanta ver los sobres con sus estampillas y los remitentes lejanos.

Tima, no siempre fue un cartero feliz, hubo una época en que él no tenía quién le escribiera, ni a quién escribir. Esto lo tenía apesadumbrado.

A lo largo de su recorrido, sólo se alegraba cuando llegaba a casa de Maira, la costurera. Es que era tan linda.

- Buenos días, traigo una carta desde Tatarstan. – decía el cartero con las mejillas coloradas y el corazón acelerado.
- Muchas gracias. Que tengas un buen día.- respondía Maira.

La costurera tenía mucho trabajo y no le alcanzaba el tiempo para charlas. El cartero era sumamente tímido y no se atrevía a decirle que estaba enamorado de ella.

Una noche, mientras ordenaba la correspondencia que debía repartir al día siguiente, Timo tuvo una idea:

- Escribiré una carta a Maira. Le contaré mis sentimientos, pero no le diré quién soy. – se dijo el cartero.

Esa fue la primera carta que Timo escribió en su vida:

Hola Maira:
Espero que cuando abras esta carta, esté muy contenta. Tú no me conoces, pero yo sí.
Eres la mujer más bella del mundo. Te quiero mucho.

Dobló la carta y la metió en el sobre, junto con una flor.

Al día siguiente, repartió sus cartas con gran alegría. Pero cuando llegó a casa de Maira, se puso muy nervioso. Entregó la carta temblando y la muchacha se despidió, sin siquiera mirarlo.

Al día siguiente, el cartero llevó una revista a casa de Maira. Cuando llegó, ella ya lo esperaba en la puerta.

- Buen día, Timo. ¿Hay carta para mí?- preguntó impaciente la muchacha.
- Hola Maira. Te traigo una revista que viene de la ciudad.
- ¿Sólo eso?
- Nada más.
- ¿No hay una carta, como la de ayer?- preguntó Maira curiosa.
- Nada más por hoy.
- Gracias. Hasta luego.- dijo la joven decepcionada.

Fue entonces, que el cartero se dio cuenta de que había tocado el corazón de la costurera con su carta. Repartió las cartas restantes y se fue presuroso a su casa, para escribir otra carta.

Hola Maira:
Espero que te haya gustado mi primera carta.
Voy a contarte algunas cosas sobre mí, para que me vayas conociendo. Me gusta pasear bajo la luz de la luna, también cocinar. Pero no me gusta hacerlo para mí solo. Me sentiría feliz de tener con quien compartir estas cosas.

Ensobró la carta, como la vez anterior y se fue a dormir impaciente por que llegara el nuevo día.

A la mañana siguiente, Maira lo esperaba en el balcón desde temprano:

- Hola, Timo. ¿Qué carta me traes hoy?
- Traigo revistas y una carta.- dijo el cartero, más tranquilo esta vez.
- ¿De quién?- preguntó la muchacha, quitándole el sobre de las manos.
- No lo sé. – contestó él, fingiendo inocencia.
- Muchas gracias. Hasta luego. Que tengas un buen día. – dijo Maira feliz.

Desde entonces, Timo escribía cartas de amor todas las noches y Maira las recibía feliz.

El tiempo pasó y Timo deseaba confesar que las cartas le pertenecían, pero no se atrevía. Maira, deseaba ansiosamente conocer al galán.

Un día, Timo dejó la casa de Maira para el final del recorrido, porque estaba decidido a hablar con la costurera. Había pensado en encargarle una nueva chaqueta de cartero, para tener más tiempo para estar con ella.

Golpeó la puerta, entregó la carta y luego solicitó la prenda. La costurera aceptó encantada y lo hizo pasar para tomarle las medidas.

Mientras Maira le tomaba las medidas, preguntaba al cartero sobre el responsable de las cartas. El cartero negó saberlo. Al despedirse, la costurera notó lo guapo que era el cartero.

Maira siguió esperando las cartas misteriosas. Pasaba mucho tiempo leyéndolas y esto se notó en su trabajo, que ya no era tan bueno. Pero al cartero no le importaba en absoluto, lo que deseaba, era pasarse las horas charlando con ella.

Cuando la chaqueta estuvo terminada, Maira invitó al cartero a cenar. El cartero aceptó, pero con la condición de que fuera él, quien cocinara.

Mientras Timo estaba en la cocina, Maira puso la mesa, y las flores que el cartero le trajo de regalo. Cuando las acomodaba, se dio cuenta de que eran las mismas que venían en los sobres de las cartas.

Comieron y la comida estuvo deliciosa. Cuando terminaron, Maira le propuso que leyeran un rato, pero Timo le propuso salir a pasear bajo la luz de la luna. Caminaron largo rato, hasta que la costurera se sintió cansada. Entonces regresaron y se despidieron.

De regreso en su casa, Maira se quedó pensando, los gustos del cartero coincidían con los del admirador desconocido. No había duda, lo había descubierto. Entonces se puso a escribir una carta:

Querido Timo:
Espero que cuando abras este sobre, estés muy contento.
Te conozco muy bien y te quiero mucho. Me encantaría pasear contigo de nuevo.

Maira

Maira dobló y ensobró la carta, y puso una flor del florero dentro.

Al día siguiente, mientra Timo terminaba su recorrida, encontró que le quedaba una carta en el morral. Era para él mismo. No podía creer lo que veía. Era la primera vez que recibía una carta.

Pulgarcito- (versión libre sobre cuento de los Hermanos Grimm)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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Había una vez, un matrimonio de campesinos que se lamentaban de no tener hijos. Deseaban aunque más no fuera, un niño pequeñito como un pulgar. Y se les concedió.

Recibieron un niño bien proporcionado, pero diminuto, no mayor que el dedo pulgar. Por esto le pusieron Pulgarcito.

El pequeño era listo y vivaz. Los padres no escatimaban comida, pero el pequeño no crecía. Sin embargo, lograba todo lo que se proponía.

Cierto día, el campesino se preparaba para ir al bosque a cortar leña, le hacía falta ayuda. El pequeño Pulgarcito se ofreció para conducir la carreta. El padre se puso a reír y le dijo que era muy pequeño para eso. Pero al niño no le importaban las dificultades. Solicitó que lo dejasen parado en la oreja del caballo, para gritarle las órdenes, pues no podía manejar las riendas.

Aunque sus padres no lo creían, el pequeño condujo la carreta sin problemas hasta el bosque, donde su padre trabajaba.

En el camino, se cruzaron con dos extraños, que se sorprendieron al ver una carreta que se conducía sola, y la siguieron.

Cuando llegó Pulgarcito, su padre lo bajó del caballo y lo depositó sobre los troncos. Los extraños quedaron asombrados con el pequeño, y decidieron comprarlo para hacer mucho dinero, exhibiéndolo en la ciudad.

Se acercaron al campesino y le ofrecieron comprar al pequeño. Pero el padre se negó rotundamente. El pequeño murmuró algo en su oído:

- ¡Véndeme, padre! Yo sabré cómo regresar.

El padre entregó al niño y recibió una bolsa de dinero. Se marcharon los dos hombres con Pulgarcito.

Anduvieron muchas horas, y cuando ya anochecía, el pequeño pidió que lo bajaran por una urgencia. Cuando lo hicieron, se perdió entre la hierba.

Los hombres lo buscaron infructuosamente, pues la noche era muy oscura. Se retiraron con las manos vacías y maldiciendo.

Pulgarcito se refugió en un caparazón de caracol, para pasar la noche. Cuando estaba a punto de dormirse, escuchó las voces de dos hombres que planeaban robar al cura. Se puso a gritarles y los hombres se asustaron. Les pidió que lo llevaran para ayudarlos y así lo hicieron.

Cuando estuvieron en la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas, para que lo escucharan:

- ¿Quieren todo lo que hay aquí?

- Baja la voz, que nos van a descubrir.

Pulgarcito se hizo el desentendido y siguió gritando, hasta que el ama del cura se despertó y salió a ver qué ocurría. Los ladrones salieron huyendo a todo lo que daban. La mujer volvió a dormirse y Pulgarcito se deslizó hasta el granero, y se echó a dormir en un montón de paja.

A la mañana, la criada fue a dar de comer a los animales. Tomó una brazada de paja y fue justamente, la de la pila en que Pulgarcito dormía. El niño no se dio cuenta, pues estaba agotado. Cuando logró despertarse, ya estaba en la boca de la vaca, que continuaba tragando paja. Sin poder escapar, fue a parar al estómago, desde donde gritaba sin parar.

- ¡No metan más paja!- decía, pues creía que era un molino triturador.

La criada se asustó y llamó al cura. Éste, creyendo que la voz pertenecía al diablo, sacrificó a la vaca y tiró el estómago lejos. Antes de que Pulgarcito pudiera librarse de su prisión, se lo comió un lobo.

El muchachito no se amedrentó y comenzó a decir al lobo:

- Yo conozco un lugar donde puedes comer a tus anchas.

- ¿Dónde es eso?

- En una casita más allá del bosque. Entra por la trampilla de la cocina y tendrás tocino, salchichas, y todo lo que desees comer.

Describió la casita de sus padres y la manera de llegar.

El lobo aceptó la oferta y se fue a casa de Pulgarcito. Cuando estuvo dentro comenzó a comer, hasta que ya no pudo tragar bocado. Había engordado y no podía salir por donde entrara. Entonces Pulgarcito se puso a gritar para despertar a sus padres.

Los padres del pequeño escucharon el griterío y fueron a ver. Cuando descubrieron que era un lobo, tomaron un hacha y una hoz y fueron a matarlo. Estaban frente al lobo, y Pulgarcito comenzó a gritar:

- Maten al lobo, me ha comido.

Los padres reconocieron la voz de su hijo y mataron al lobo y lo liberaron. Estaban todos tan contentos. Bañaron y vistieron al pequeño con ropas nuevas. Le dieron de comer y lo mimaron mucho.

El fabricante de juguetes-

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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Fui un niño campesino pobre, y jugar, era una compensación por las privaciones. Jugábamos con la naturaleza, con todos sus elementos. Era nuestro mejor espectáculo, pasábamos horas contemplándola.

Jugábamos con el agua, haciendo pozos y canales, retozando en la quebrada o lanzándonos bajo la lluvia como árboles.

También el fuego nos fascinaba. Hacíamos fogatas, creábamos volcanes. Pero el incendio en el bosque, era un espectáculo que nos aterraba, con sus lenguas terribles y el crepitar infernal.

El aire nos permitía remontar las cometas y mecía el follaje de los árboles en los que nos trepábamos.

Con la tierra podíamos hacer figuras, amasarla con agua. Era la materia prima de nuestras cerámicas. Incluso hicimos una aldea minúscula de barro, y la iluminamos con aceite de higuerilla.

Éramos una pandilla alegre, fabricábamos nuestros juguetes con nuestras propias manos, pues la pobreza no nos permitía tener de los otros.

Llegamos a ser expertos en construir trompos, jaulas, arcos, flautas de bambú, runrunes con botones, escopetas de madera.

El mejor fabricante de juguetes, era el manco Pastor, tenía once años, y nadie podía explicarse cómo lo hacía. Sus juguetes eran impecables, los nuestros, no podían competir.

Un día, pasamos la tarde para atrapar a una ardilla, que encerramos en la jaula de Pastor. Era un encanto, podíamos llevarla a casa por turnos. Compartíamos todo, aunque de vez en cuando, nos peleábamos.

Un día, todo comenzó a cambiar. La guerra había llegado y se instaló entre nosotros. Sin darnos cuenta, ya no éramos los mismos. Teníamos miedo y desconfianza. La pandilla ya no tenía oportunidades para jugar.

Un día, hirieron al padre de Pastor. Cuando se curó, su familia se fue lejos. Y la pandilla no volvió a reunirse.

La lámpara de Alhazred- (versión libre sobre cuento de August Derleth)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Ward Philips vivía en casa de su abuelo desde hacía siete años, cuando éste desapareciera. Fue entonces que recibió la lámpara del abuelo Whipple. Éste había dispuesto que la lámpara quedara con su abogado, hasta que pasaran los siete años necesarios, para darle por muerto.

El objetivo de aquella petición, era que su nieto pudiera familiarizarse con la imponente biblioteca del abuelo, requisito que le parecía indispensable para que estuviera en condiciones de recibir el tesoro más valioso.

Philips tenía treinta años y mala salud. Había nacido en el seno de una familia de mediana riqueza, pero el abuelo había realizado malas inversiones, y sólo había heredado la casa de la calle Angell y su contenido. El joven trabajaba como redactor de una revista. Era alto, delgado y llevaba gafas.

Los modestos ingresos de Philips no le permitían disfrutar de la luz eléctrica, por lo que, la lámpara del abuelo Whipple, sería de gran utilidad.

La lámpara fue entregada junto con una carta. Whipple explicaba que la lámpara procedía de una tumba árabe y que era muy antigua. Se suponía que había pertenecido a un árabe medio loco, Abdul Alhazred. La lámpara podía proporcionarle tanto placer encendida como apagada. Podía traer dolor y ser la fuente del éxtasis o del terror.

Era una lámpara de aceite, parecía estar hecha de oro. Su forma era de tetera alargada. Tenía grabados extraños caracteres, que no eran Sánscrito, sino algún idioma más antiguo.

Ward pasó una tarde entera limpiando la lámpara. A la noche la encendió y se congratuló con su luz. Se dispuso a trabajar, pero no pudo concentrarse y se dispuso a descansar. Cuando levantó la vista, pudo distinguir que se proyectaban imágenes extrañas sobre las paredes, en los sectores iluminados por la lámpara, pero en cambio, en las zonas en sombra, se veían los objetos normalmente. Permaneció contemplando aquellas imágenes. Las escenas que veía, parecían provenir del principio de los tiempos, cuando la tierra se formaba. La escena cambió suavemente, vio un desierto arrasado por el viento y en él, la Ciudad de las Columnas, de donde supuestamente provenía la lámpara. Supo entonces que los habitantes de aquella ciudad habían sido exterminados por criaturas misteriosas. También, que la ciudad se llamaba Ciudad Sin Nombre. Junto con las imágenes, que parecía salidas de un sueño, podía distinguir una presencia maligna que lo inquietaba. Apagó la lámpara y prendió una vela. Se sintió mejor.

Estuvo meditando sobre lo visto y concluyó que aquellos paisajes debían ser familiares para Alhazred. Luego, se dejó absorber por el trabajo y olvidó sus inquietudes.

Al día siguiente, salió de la ciudad. Fue al campo y antes de la puesta del sol, subió a una colina, desde donde podía ver el campo, también la ciudad con su aire misterioso. Pudo ver la luna y las cúpulas de los campanarios y alminares.

Descendió de la colina y avanzó por la llanura hasta terrenos más familiares. El camino que conducía a su hogar estaba ante él. Todo el tiempo pensaba en la experiencia de la noche anterior, y la sensación de alarma que experimentara, había sido sustituida por un deseo de aventura. Deseaba que llegara la noche.

Cenó rápidamente y se dirigió a su estudio. Encendió la lámpara y se sentó a esperar lo que ocurriera. La luz alumbró estable y Philips aguardó. Los libros y estantes que cubrían las paredes, parecieron difuminarse, dando paso a las escenas de otros tiempos. Los nombres de los lugares y escenas que veía, llegaban a su mente con naturalidad. Vio Gloucester, un antiguo pueblo holandés, el Arrecife del Diablo. Contempló la Meseta de Leng, las islas de los Mares del Sur, las Tierras del Ensueño, el espacio, las formas de vida que habían existido en otros tiempos.

Todo lo veía, como a través de una ventana que parecía invitarle, y Philips estaba tentado. Pero, al igual que la noche anterior, apagó la luz. Dejó de lado su trabajo y pasó la noche escribiendo relatos, inspirados en las escenas que viera con la lámpara de Alhazred.

Pasó el día durmiendo. Al levantarse estuvo escribiendo cartas, donde relataba las escenas que viera, como si se tratara de sueños. Reconocía que en las visiones se mezclaban sus deseos y anhelos. Pasaron muchas noches sin que encendiera la lámpara. Pasaron años. Mientras tanto, Philips seguía escribiendo sus relatos, y aunque no utilizaba la lámpara, se reflejaba en ellos su influencia.

Luego de dieciséis años, Ward Philips buscó nuevamente la lámpara. Su salud había desmejorado notoriamente, le quedaba poco tiempo. Encendió la lámpara y miró las paredes. Aparecieron entonces las escenas de la lámpara, pero esta vez no eran los lugares de Alhazred, sino los lugares de la niñez de Philips. Lo que la lámpara reflejaba ahora, eran sus propios recuerdos. La lámpara lo invitaba, se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared.
Una luz lo rodeó, se sintió libre y comenzó a correr por la orilla del Seekonk, como en su infancia.

Conocieron la desaparición de Ward Philips, cuando un admirador quiso conocerle. Las autoridades concluyeron que debió fallecer en alguno de sus conocidos paseos por el campo. Nunca lo encontraron. La casa y su contenido, se vendieron, incluso una vieja lámpara de aceite, a la que nadie encontró utilidad.

El pastorcillo mentiroso-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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Era un pequeño pastor que vivía en las montañas. Pasaba todo el día cuidando de los rebaños, desde muy temprano en la mañana hasta la puesta de sol. Le agradaba su tarea, pero muchas veces se sentía solo y aburrido. Hubiera deseado tener alguien para jugar y conversar, pero no era posible, así que pasaba su tiempo, imaginando situaciones para divertirse.

Pero un día, le pareció buena idea, divertirse a costas de la gente del pueblo cercano. Bajó hasta la ladera de la montaña y comenzó a gritar:

- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ahí viene el lobo!

Al escuchar los gritos, las gentes del pueblo tomaron lo que tenían a mano y salieron corriendo para ayudar al pequeño. Pero al llegar descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastorcillo. Se enfadaron mucho con el niño y lo reprendieron.

Se marcharon muy molestos los vecinos del pueblo, pero el pastor se divertía como nunca con aquello. Tanto, que decidió que sería bueno, repetir la broma.

Cuando los aldeanos habían bajado la montaña, el pastorcito volvió a gritar con más fuerza:

- ¡Cuidado, es el lobo! ¡Viene el lobo!

Las gentes del pueblo escucharon los gritos y dieron media vuelta para socorrerlo, creyendo que esta vez, sería cierto que el lobo había llegado. Pero cuando llegaron a la cima nuevamente, se encontraron al pequeño revolcándose de la risa por el engaño. Esta vez, los aldeanos se ofendieron profundamente y se marcharon furiosos.

A la mañana siguiente, el pastor regresó a la montaña como de costumbre. Ya habían pasado algunas horas y el pequeño estaba tranquilamente sentado sobre una roca, recordando lo sucedido el día anterior, cuando vio acercándose lentamente a un lobo. Quedó helado del susto, no se podía mover. Cuando le fue posible, comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

- ¡Socorro! ¡Viene el lobo! Se va a comer todas mis ovejas. ¡Auxilio!

Pero esta vez, los aldeanos habían aprendido la lección, y no se molestaron en escuchar sus súplicas.

El pobre pastorcillo veía como el lobo se lanzaba sobres sus ovejas y no sabía que hacer. Chillaba cada vez más fuerte, pero el lobo no se asustaba:

- ¡Socorro! ¡Es el lobo, se come mis ovejas!

Pero los aldeanos seguían sin hacerle caso.

El pastorcillo debió presenciar cómo el lobo se comía unas cuantas ovejas, sin que pudiera hacer nada al respecto. Fue entonces, que se arrepintió de todo corazón, de la terrible broma que había hecho.

El pájaro carpintero-

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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En un bosque frondoso, todos los animales estaban disfrutando de una hermosa mañana, cuando los sobresaltó un ruido extraño, como de martillazos. Las aves intrigadas, fueron a curiosear lo que pasaba. Pudieron ver que la responsable era un ave pequeña, que nunca habían visto antes, y que estaba parada en el tronco de un árbol.

El ave picoteaba insistentemente el tronco, y lo hacía con gran fuerza, de modo que iba sacando trozos de madera en cada golpe. El loro, como buen curioso, se acercó y le preguntó qué hacía.

El ave contestó que estaba construyendo un nido para su familia. El loro quedó extrañado, pues nunca había visto un nido semejante. El ave explicó que su nido era más seguro, cálido e impermeable que los de los demás. El argumento convenció al loro, que le pidió si podría construir un nido para él. El ave contestó:

- Te entregaré el nido dentro de tres meses, cuando comience el verano, en tanto, traerás comida para mi mujer y mi hijo, por el tiempo que yo esté lejos, trabajando.

El loro aceptó el trato, que le pareció justo. Retornó con las otras aves para contarles lo que había averiguado y la guacamaya, quiso conversar también con el ave.

Unos días más tarde, cuando el ave ya estaba instalada en su nido, llegó la guacamaya para proponerle un trato. El ave le solicitó que fuese a entretener a su familia con su canto durante todas las tardes, mientras construía el nido solicitado.

Así pasaron los meses, el loro llevaba la comida pare la familia del ave y la guacamaya los entretenía por las tardes.

Lejos del nido, en otra parte del bosque, el ave construía el nido para la guacamaya, cuando el ruido que producía al taladrar el tronco del árbol, atrajo a un enorme gavilán, que le preguntó, quién había autorizado el trabajo. A lo que el ave contestó que estaba construyendo un nido para la guacamaya. El gavilán se marchó de momento. Al momento, llegó un tucán, que le advirtió que tuviese cuidado con el gavilán, pues era muy pendenciero.

En pocos días, el ave terminó con el nido de la guacamaya y comenzó a construir un nuevo nido para sí misma. Mientras estaba trabajando, se acercó el tucán que le había prevenido sobre el gavilán, a preguntarle si podía hacerle un nido nuevo, pues el gavilán había destruido el viejo. El ave aceptó construirle un nuevo nido, si le traía comida para la familia mientras durara el trabajo.

Cuando estuvo pronto el nido, la pequeña ave fue por su familia. Pero en su ausencia, el gavilán trató de destrozar el nido, pero se lo impidieron, el tucán y otras aves. Cuando la familia llegó, las aves, reunidas en asamblea, decidieron que la lechuza se dedicaría a montar guardia durante las noches y la proveerían de agua y comida gratis. También se decidió que la pequeña ave se llamara desde entonces: pájaro carpintero, y se convirtió en el ave más querida y protegida del bosque, porque su trabajo era de gran utilidad.