Entradas con la etiqueta ‘Cuentos moralizantes’

El albañil- (versión libre sobre cuento de Washington Irving)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

el-albanil

Hace mucho tiempo, vivía en Granada un albañil muy pobre con su familia. El trabajo escaseaba y cada día, se hundían más en la pobreza. El hombre pasaba muchas horas en vela pensando en una forma de conseguir trabajo.

Una noche, cuando acababa de dormirse, escuchó que golpeaban la puerta. Cuando abrió la puerta se encontró con un caballero alto de aspecto demacrado, con una gran capa.

El caballero necesitaba un albañil en ese preciso momento y estaba dispuesto a pagar lo que correspondiera. Pero exigía al albañil, que llevase los ojos vendados, debido al carácter secreto de su misión.

El albañil aceptó sin reparos, pues estaba urgido por trabajar. El caballero le vendó con un pañuelo que llevaba y lo condujo por callejuelas tortuosas. Caminaron largo rato, hasta que se detuvieron y el albañil escuchó, cómo el otro abría una pesada puerta. Cuando estuvieron en el interior, el caballero le quitó la venda, y el albañil pudo ver que estaba en una sala espaciosa que daba a un patio. Un escalofrío recorrió al hombre, pero se sobrepuso.

- Debes hacer una pequeña bóveda bajo la taza de esa fuente morisca que está en el centro del patio. Es mejor que la termines hoy mismo.
- Lo intentaré, señor.

Junto a la fuente, estaban los materiales y herramientas necesarios. El hombre trabajó por horas, pero al poco rato, supo que no terminaría de ninguna forma. El caballero comprendió la situación. Antes de despuntar el alba, lo llamó y le entregó una moneda de oro en la palma de la mano.

- ¿Aceptas volver mañana por la noche, para terminar el trabajo?
- Por supuesto, si se mantiene el pago.

El caballero afirmó y vendó los ojos del albañil, y lo llevó hasta la puerta de su casa. El hombre acarició la moneda durante todo el camino de regreso. Su familia no pasaría hambre por unos días.

El albañil y su mujer estaban intrigados por la identidad de aquel hombre y su misterioso encargo.

A medianoche, regresó el caballero, repitió el procedimiento de la noche anterior y se marcharon los dos.

El albañil logró terminar su obra, un par de horas antes del amanecer. Entonces, el caballero le pidió que lo ayudara a meter unos bultos dentro de la bóveda. El albañil se sintió temeroso por la naturaleza de los bultos. Vaciló unos instantes y siguió al caballero hasta una habitación apartada.

Fue un gran alivio comprobar que lo esperaban cuatro grandes bolsos de cuero, que parecían contener dinero. Los colocaron en la bóveda y el hombre la cerró de manera que nadie supiera que allí había algo oculto.

El albañil restauró el pavimento con gran maestría. El caballero estuvo tan complacido, que le entregó dos monedas de oro.

Le vendó nuevamente los ojos y lo condujo por un camino distinto al que había utilizado anteriormente. Cuando se detuvieron, el caballero no le quitó la venda, sino que, le ordenó que aguardase a que sonara la campana de la catedral. De lo contrario, ocurrirían grandes desgracias a él y a su familia. Y se marchó.

El albañil obedeció en todo, pues no osaba desobedecer a quien le había pagado generosamente. Cuando la campana sonó, se quitó la venda y pudo comprobar que estaba cerca de su casa.

La familia estuvo feliz por quince días, comiendo cuanto querían. Pero al cabo de ese tiempo, retornaron a su habitual estado de pobreza, que duró por meses.

Un día en que el albañil estaba sentado frente a la casucha, con la cabeza apoyada sobre las manos y reflexionando, se detuvo junto a él, un caballero. El hombre lo miró. El caballero era el anciano avaro del pueblo, y venía a solicitar un trabajo al albañil.

El caballero explicó el trabajo al albañil:

- Tengo una casa vieja que se está cayendo. Deseo arreglarla, pero no gastar mucho, sobre todo, porque nadie quiere vivir en ella. En definitiva, tan solo quiero que repares lo indispensable para que siga en pie.
- A vuestras órdenes, señor. Puedo empezar cuando queráis.
- Mañana al amanecer vendré por ti.

Al día siguiente, el avaro fue a buscar al albañil y lo codujo hasta la puerta de un rico caserón destartalado. Entraron y recorrieron el interior hasta llegar a un patio interior, que tenía una fuente morisca en el centro, que llamó mucho la atención del albañil. El hombre observó detenidamente el patio y dijo:

- Todo está en muy mal estado. Quién habitó la casa últimamente, no tenía muchas expectativas.
- Es todo un problema. El último inquilino siempre pagó puntualmente. Pero nadie sabe de dónde vino. Las habladurías decían que era un hombre sumamente rico. Verás, él murió de pronto. Pero no se halló más que una bolsa de cuero con algún dinero. Todos se habían apresurado a entrar a la casa para participar en la repartición de bienes. Yo mismo, fui el primero en llegar. Tenía más derecho que nadie, era mi inquilino. Pero no había más que un puñado de monedas. Pero lo peor es que nadie quiere vivir en la casa, por más barato que lo he dejado. Las gentes aseguran que su alma sigue en la casa, y que escuchan el tintineo de monedas en su habitación.
- Son habladurías, claro que sí.
- ¡Por supuesto! Pero de todas formas no consigo alquilar la casa.
- Os propongo una idea. La casa necesita muchas reparaciones para dejarla habitable. Eso lleva tiempo. Yo podría habitar la casa y realizar las reparaciones que necesite. Si me permitís vivir en ella sin pagar alquiler, no os cobraré nada por mi trabajo. La abandonaré, apenas se presente un mejor inquilino. También servirá para que la gente deje de especular.
- ¿No temes a los espíritus?
- Sólo temo a Dios.
- De acuerdo. Trasládate cuando quieras a la casa y comienza el trabajo lo antes posible.- dijo el avaro mientras regresaba a su hogar complacido.

El albañil también estaba complacido. Al día siguiente se mudó a la vieja casona junto a su familia.

A pesar de los rumores, nada malo sucedió al albañil o a su familia. Al contrario, fue reparando la casa poco a poco, y consiguió restaurarla y convertirla en una de las mejores de la ciudad, gracias a su pericia y laboriosidad.

Era como si la casa le hubiera traído la suerte, en lugar de las desgracias. Se olvidaron del hambre, compraron vestimenta nueva, renovaron el mobiliario.

No se volvieron a escuchar ruidos extraños en la noche. El albañil llegó a ser muy querido por todos, debido a sus virtudes y su generosidad para todos. La fortuna parecía multiplicarse. Fue comprando muchas casas, incluso el caserón en que habitaba, y llegó a ser uno de los hombres más ricos de Granada. Y su fortuna parecía no tener límites, a pesar de las importantes sumas que donaba a los necesitados.

Su mujer suponía el origen de la fortuna, pero jamás le preguntó. Tampoco él se lo dijo. Pero vivieron sin preocupaciones por el resto de sus vidas, y pudieron dejarle una cuantiosa herencia a sus hijos.

El buen carpintero-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

el-buen-carpintero

Jonás era el carpintero del pueblo y tenía un pequeño taller al final de una calle pobre. Todos acudían a él para hacer sus encargos, no sólo porque era el único carpintero, sino porque era muy bondadoso. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, cuando alguien le encargaba un trabajo y no tenía dinero, Jonás no le cobraba nada por ello.

Salía un día de uno de sus trabajos, cuando se encontró con el zapatero, que era muy buen amigo suyo. Se detuvieron a conversar un rato, hasta que se hizo hora de retornar a su hogar.

Ya en su casa, dejó las herramientas sobre la mesa y se lavó las manos, y se disponía a preparase la cena, cuando vio una moneda de oro reluciente sobre la mesa.

Quedó muy intrigado por aquél hallazgo, pues creía que alguien había dejado olvidada la moneda en su casa. Deseaba devolverla a su dueño, pero no conseguía averiguar a quién pertenecía. Estuvo durante mucho tiempo pensando, pero nada se le ocurría.

Al día siguiente, como no encontrara al propietario de la moneda, decidió que se la daría a Juana, una señora muy pobre con cinco hijos, que vivía a unas cuadras de su casa. La mujer se puso muy contenta y salió a comprar comida para sus hijos.

Volvió a su taller para continuar trabajando y así se mantuvo ocupado. Cuando paró para almorzar, encontró sobre la mesa, dos brillantes monedas doradas, en el mismo sitio, donde el día anterior, encontrara la otra. Jonás estaba muy sorprendido, era indudable que no se trataba de un olvido, pues nadie había entrado aún en el taller. Así que decidió guardarlas en el bolsillo de su pantalón.

A la tarde, llegó un vecino, al cual había arreglado el tejado. Era momento de pagar, pero el hombre no tenía dinero y había perdido su trabajo, entonces Jonás le dijo que no se preocupara, que no necesitaba pagarle. El hombre se sintió muy agradecido y abrazó al carpintero antes de marcharse.

Cuando Jonás quedó solo, pudo notar que había dos nuevas monedas de oro sobre la mesa. Las tomó y las guardó junto con las otras.

Pasó la noche buscando una explicación para aquel raro fenómeno, pero la única que se le ocurrió, fue que recibía recompensa por ayudar a los necesitados. Entonces se dispuso a probar su teoría.

A la mañana siguiente, salió para arreglar una ventana. Realizó el arreglo y no quiso cobrar nada por ello. Y como si fuera poco, también reparó un gozne de una puerta que chirriaba.

Al regresar a su taller, se encontró sobre la mesa, cuatro sendas monedas de oro. Jonás estaba emocionado. Cerró la puerta con cerrojo, recogió las monedas y las guardó con las demás.

Pasaron los días y Jonás fue acrecentando su capital, hasta conseguir una fortuna. Pero sin que se diera cuenta, este dinero lo iba transformando, se había vuelto codicioso.

Un día, el carpintero encontró a un limosnero ciego en la puerta de la iglesia y le entregó una moneda. Corrió al taller para recibir su recompensa, pero lo único que había sobre la mesa, era una moneda de hierro. Confundido, salió nuevamente a la calle y regaló una suma más importante a la primera persona con la que se cruzó. Retornó al taller para buscar la moneda correspondiente, peo no encontró nada. Revisó el banco de trabajo, entre las herramientas, en la basura, pero solamente encontró dos monedas de hierro.

Se sintió muy decepcionado y rabioso, y decidió que protegería las monedas que ya había conseguido. Las llevó al banco del pueblo, en un cofre. De camino al banco, se cruzó con su amigo el zapatero, pero ni se molestó en contestarle el saludo, pues estaba muy ocupado en sus pensamientos.

Jonás iba todos los días al banco, a contar sus monedas. Se había vuelto desconfiado y huraño, y su corazón estaba endurecido. Pero, una mañana estaba en el banco como de costumbre, para su recuenta diaria, y se llevó una gran sorpresa. Sus preciadas monedas de oro, se habían convertido en simples monedas de hierro. Como un loco fue a pedir explicaciones a la gente del banco, pero nadie podía responderle. Sin nada que pudiera hacer, Jonás se echó a llorar.

Se volvió a su casa, cargando el cofre de monedas inútiles. Cuando iba de camino, le salió al paso un viejo herrero para pedirle una limosna. El carpintero le entregó el cofre. El herrero lo abrió y se puso feliz, pues con aquel hierro, podía hacer muchas herraduras para trabajar.

Jonás siguió camino a su taller y se puso a trabajar. Cuando paró para tomar un respiro, pudo ver otra moneda de oro, brillando sobre la mesa. En ese momento, comprendió que la verdadera recompensa, está en ayudar a otros, sin esperar nada a cambio.

El avaro mercader-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

el-avaro-mercader

Había una vez, en un lejano condado, un rico mercader muy avaro. Le gustaba tanto el dinero que no deseaba gastarlo. Comía lo menos que podía y por eso era muy delgado, sus ropajes estaban raídos de tanto uso, pero no los cambiaba hasta que sólo quedaban andrajos.

El mercader tenía un asno muy noble que transportaba sus mercancías durante todo el día. Hacía que el pobre animal trabajase muy duro, pero como era tan avaro no deseaba gastar dinero en comprarle el alimento, por eso, cubría la cabeza del asno con una piel de león. De este modo, cuando los campesinos lo veían, salían corriendo asustados y el asno podía pastar tranquilamente a sus anchas en los campos de alfalfa, sin que su amo gastara un centavo.

Esta situación se prolongó por un buen tiempo, y los campesinos comenzaron a disgustarse y a buscar la forma de deshacerse de aquel león que los rondaba.

Decidieron armarse y hacer frente a la criatura. Salieron con palos a buscar al león, para descubrir que estaba pastando. Los campesinos no comprendían aquella conducta, hasta que uno se animó a acercarse y pudo ver que era un asno disfrazado.

Estaban muy molestos por el engaño y decidieron seguir al animal para descubrir a su dueño.

El asno terminó de comer y regresó a las cuadras del mercader, seguido por los campesinos armados con sus palos. Cuando llegaron, buscaron al mercader para pedirle explicaciones.

El mercader que los había visto por la ventana intentó huir, pero le cortaron el paso y comenzaron a golpearlo. Tal paliza le dieron, que el mercader pidió perdón de rodillas.

Los campesinos prometieron dejarlo en paz, si de ahora en adelante, se encargaba de pagarle el mejor pienso que se pudiera comprar. Y de este modo, el fiel animal, fue recompensado por su ardua labor.

El cofre volador- (Hans Christian Andersen)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

el-cofre-volador

Hubo un comerciante muy rico, tanto, que podría haber empedrado una calle con monedas de plata. Pero no lo hizo, invirtió muy bien todo su dinero. Pero murió.

Su hijo, heredó toda su fortuna y vivía alegremente despilfarrando sus riquezas, hasta que finalmente se quedó sin nada. Apenas cuatro perras gordas, una bata de noche y unas zapatillas. Sus amigos lo abandonaron porque ya no tenía nada que ofrecer. Pero uno de sus amigos que era de buen corazón, le envió un cofre viejo con una nota que decía: “¡Empaca!”. Era un buen consejo, pero no tenía nada para empacar, así que se metió en el baúl.

Era un cofre extraño, apenas se trancaba la cerradura y el cofre salía volando. El muchacho se metió y salió por los aires y siguió volando hasta que llegó a Turquía.

Escondió el cofre en el bosque y lo cubrió con hojarasca seca. Se dirigió a la ciudad, donde no llamaba la atención, pues los turcos vestían también bata y pantuflas.

Mientras caminaba por la ciudad, vio un enorme castillo y preguntó de quién era, y le contaron que allí vivía la hija del rey y que nadie podía verla, pues según las profecías, quien se enamorara de ella, la haría desgraciada. Por eso, el rey y la reina, no permitían que nadie la viese, a menos que ellos estuvieran presentes.

El hijo del mercader regresó al bosque y se metió en el cofre, y logró llegar al tejado del castillo, y entró en las habitaciones de la princesa. Ella dormía en un sofá. La joven era tan hermosa, que el joven le dio un beso sin poder resistirse. La princesa despertó asustada, pero el muchacho la calmó, contándole que era el dios de los turcos que había llegado por los aires.

Los jóvenes estuvieron conversando largo rato, el muchacho le contó infinidad de historias interesantes, hasta que le pidió a la princesa que fuera su esposa. Ella aceptó inmediatamente.

La princesa le dijo que regresara el sábado, que era el día que sus padres estaban invitados a tomar el té. Le pidió que les contara historias, pues les gustaban mucho.

El joven aceptó y cuando se despedían, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro, que le vinieron muy bien al hijo del mercader. Con el dinero se compró una bata nueva. Luego marchó al bosque a componer un nuevo cuento, que debería estar listo para ese sábado.

Apenas terminó a tiempo, los reyes lo aguardaban para tomar el té y que les contara el cuento.

El mozo comenzó su historia, mientras los reyes le escuchaban atentamente:
- Había una vez un haz de fósforos orgullosos de su estirpe. Provenían de un gran pino y tenían felices recuerdos de su niñez, cuando formaban parte de las ramas. Pero un día llegó un leñador y derribó el árbol convirtiendo el tronco en palo mayor de un barco, las ramas den diversos objetos, y a ellos, que eran astillas, les había tocado alumbrar a los pobres en la cocina. A toda esta charla respondía la olla de hierro, cuya vida había transcurrido del fuego a la pileta de lavado y luego a los estantes, donde conversaba con el resto de los utensilios y se consideraba indispensable. Pero luego intervino el eslabón y se quejó de la conversación. Los fósforos propusieron que averiguaran quién entre ellos era más noble. Así comenzó la olla de barro a contar su historia y agradó tanto a todos que fue coronada. Después la tenaza se puso a bailar y también recibió galardón. Pero los fósforos pensaban que los demás eran vulgares. La tetera se excusó de cantar, porque sólo le gustaba hacerlo para los señores. Una pluma que usaba la sirvienta para escribir, que es indignó por la negación de la tetera y propuso que cantara el pájaro que estaba enjaulado. A lo que se opuso la cafetera, que también cantaba. El cesto de las compras propuso que todos se organizaran, que él dirigiría. Entonces todos se pusieron a hacer escándalo. Pero de pronto se abrió la puerta y entró la criada, que tomó los fósforos y encendió el fuego, mientras todos los objetos de la cocina estaban muy quietos. Y los fósforos pensaban que todos deberían darse cuenta de que eran los primeros. Y así se consumieron.

El cuento gustó tanto a los reyes, que le concedieron la mano de la princesa, y la boda se fijó para el lunes siguiente.

El día previo a la boda, se celebró una gran fiesta en la ciudad, a la que todos estuvieron invitados. El hijo del mercader compró muchos cohetes y petardos, los metió en el baúl y emprendió el vuelo.

Era un gran estrépito y los turcos daban grandes saltos al verlo. Estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos quien se casaría con la princesa.

Cuando el muchacho llegó al bosque, decidió regresar a la ciudad para observar qué efecto había causado su estrepitoso paso.

Todos habían presenciado el espectáculo, pero cada uno había visto algo distinto, aunque coincidían en que era maravilloso.

- El dios de los turcos volaba envuelto en un manto de fuego.- decía uno.

Estas y otras cosas decían, todas muy agradables. Regresó al bosque para instalarse en su cofre, pero éste había desaparecido. Se había incendiado con la chispa de uno de los cohetes, que había encendido el forro. El hijo del mercader ya no pudo volver a palacio y su prometida pasó el día entero esperándolo en el tejado. Y todavía sigue esperando, mientras él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno es tan magnífico como el de los fósforos.

El arco iris y el camaleón- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

el-arco-iris-y-el-camaleon

Era un camaleón vanidoso que se burlaba de los demás porque no podían cambiar sus ropajes todo el tiempo como él. Se pasaba el día regodeándose con su belleza.

- ¡Pero qué hermoso que soy! ¡Ningún otro animal se viste tan señorial como yo!

Todos admiraban sus colores, pero detestaban su vanidad y el mal humor constante que tenía.

Un día estaba paseando por el campo, cuando lo sorprendió un aguacero. La lluvia terminó y llegó el arco iris.

Cuando el camaleón lo vio se quedó sorprendido, pero también sintió envidia y por eso exclamó:

- ¡No es tan bello como yo!

Un pajarillo que lo escuchaba indignado le dijo que si no sabía apreciar la belleza del arco iris, sería incapaz de entender las verdades que la naturaleza nos brinda. Y se ofreció a ayudarlo.

El camaleón aceptó la oferta se dispuso a aprender.

- Los colores del arco iris te muestran los sentimientos.- decía el pajarillo.

- Mis colores sirven para camuflarme del peligro.- contestó el camaleón- No necesito sentimientos para sobrevivir.

- Si no tratas de descubrirlos, no comprenderás lo que puedes sentir a través de ellos. Y puedes compartirlos con los demás, como hace el arco iris con su belleza.- dijo el pajarillo.

El pajarillo y el camaleón se tiraron en el prado y los colores del arco iris les hicieron cosquillas por el cuerpo. Primero se acercó el color rojo y les subió por los pies. Al instante estaban rodeados de manzanos, rosas rojas y atardeceres. Se fue y llegó el amarillo que pasó sobre sus cabezas, dejándolos alegres, sintiendo olor a crisantemos. El verde se les metió en los pensamientos, y el camaleón comenzó a pensar en sus ilusiones y a recordar a los amigos perdidos. Llegó el azul, que los transportó al fondo del mar y daban vueltas mientras jugaban con los peces. Salieron a la superficie y contemplaron el cielo nocturno. El camaleón estaba entusiasmado. Cuando llegó el azul claro, sintieron una sensación de paz y bienestar, flotaban entre las nubes mirando al cielo. El pajarillo y el camaleón se miraron y sonrieron. Era la primera vez que el camaleón sentía que compartía algo. Estaba emocionado y arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar lo hermoso.

Pidió perdón a todos los animales por su comportamiento, y desde ese día, se volvió más humilde.

La figura de madera- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

la-figura-de-madera

Rodrigo era un niño de una familia de clase media. Todos los días pasaba de camino al colegio, por un ranchito miserable de madera y chapas.

Un día estaban dos niños pequeños sentados en la puerta del ranchito, el más chico, apenas estaba comenzando a hablar. Al ver a Rodrigo, se quedaron embobados por su uniforme escolar y su cartera, y quedaron murmurando sobre lo feliz que se veía. Los pequeños hacían suposiciones sobre la vida que debía llevar, sobre la casita linda en que viviría y la familia amorosa que seguramente tendría. También se imaginaban sus juguetes y la mullida cama que lo aguardaría por las noches. Les intrigaba saber sobre su colegio y la maestra y todo lo que podía aprender. Sobre sus salidas y amigos. Todo aquello que ellos no poseían.

Rodrigo escuchó la conversación y se sintió conmovido profundamente. Decidió que haría cuanto pudiera por ayudarlos.

Comenzó a llevarles ropa y alimentos de cuando en cuando, pero deseaba que la vida fuese más justa con ellos.

El niño volvía de vez en cuando a la casucha para entregar los regalos. Un día, uno de los pequeños le entregó una figura de madera que había hecho él mismo con un cuchillo viejo.

La figura era un niño y estaba pintado. Tenía el cabello rubio y erizado, y cara bondadosa.

Rodrigo lloró emocionado al recibir el regalo. Comprendía el amor que se había puesto para hacerlo y lo guardó con cuidado en su cartera.

El tiempo transcurrió y Rodrigo abandonó el colegio. Se hizo mayor y ya no regresó por el ranchito ni por el vecindario.

A pesar de que la vida lo alejó de aquel sitio en una estantería de su habitación, siempre ha ocupado un sitio de privilegio, pues es un tesoro fabricado con amor.

Este muñeco se convirtió en un símbolo de todo lo noble y las esperanzas de vida. Y cuando se siente desanimado, el sostenerlo entre sus manos, le ayuda a sentirse mejor.