Entradas con la etiqueta ‘Cuentos mágicos’

Simbad el marino-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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En los tiempos lejanos, vivía en la ciudad de Bagdad, un joven llamado Simbad. Era muy pobre, para ganarse la vida trabajaba como cargador.

Un día en que el muchacho se lamentaba de su pesada carga, quiso el destino, que sus quejas fueran escuchadas por un hombre rico, que ordenó que lo invitaran a pasar a la casa.

Simbad fue conducido a través de patios enjardinados, hasta un enorme salón.

En la sala, había una mesa en el centro, donde se disponían los más exóticos manjares y los mejores vinos. Alrededor de la mesa, había varias personas sentadas, entre las cuales destacaba un anciano, que dijo a Simbad:

- Soy Simbad el marino. Si crees que mi vida ha sido fácil, te contaré mis aventuras. Y verás que no es así:

“Al morir mi padre, me dejó una fortuna considerable. Pero lo derroché todo. Debí vender mis últimas pertenencias y me embarqué con unos mercaderes.
Navegamos por semanas, hasta que encontramos una isla y desembarcamos. Cuando pisamos el suelo, sentimos un terrible temblor. Fuimos despedidos por los aires. Es que la isla, era en realidad una ballena.
Como no pude subir al barco, me dejé llevar por las corrientes, iba sujeto a una tabla, hasta que llegué a una playa con palmeras. Allí, esperé a que pasara el primer barco que me trajo a Bagdad.”

Aquí, Simbad el marino, interrumpió su relato, para darle cien monedas de oro al muchacho. También pidió al joven que volviera al día siguiente. Simbad el cargador, regresó al otro día, y el anciano Simbad, prosiguió sus relatos.

“Volví a zarpar rumbo al océano. Cierto día, me quedé dormido en tierra firme, y cuando me desperté, comprobé que el barco había zarpado sin mí. Anduve deambulando por allí, hasta que llegué a un valle profundo, sembrado de diamantes. Recogí todos los que pude en un saco. Luego me até un trozo de carne a la espalda y me senté a esperar que llegara un águila, que me eligió como su alimento. Así me cargó hasta el nido.”

Cuando acabó su relato. Simbad el marino entregó otras cien monedas de oro, y le pidió que regresara al día siguiente.

Al día siguiente, prosiguió:

“Podría haber permanecido en Bagdad con aquella fortuna, pero me aburría sobremanera y me embarqué de nuevo. Todo marchaba bien, hasta que nos sorprendió una tormenta y el barco naufragó. Terminamos en una isla habitada por enanos, los que nos hicieron prisioneros. Estos enanos condenados, nos llevaron con un gigante de un ojo solo, que se alimentaba de carne humana. Pero, apenas anocheció, le clavamos un leño ardiente en su único ojo y escapamos. Regresamos a Bagdad, pero no tardé en aburrirme. Pero mañana te contaré sobre esto.”

Así, le entregó otras cien monedas de oro.

“Zarpé nuevamente, pero volvió a golpearme el destino y naufragamos otra vez. Llegamos a una isla habitada por indígenas. Su rey me ofreció a su hija y me casé con ella. Pero al poco tiempo, se murió. Esta tribu, tenía una extraña costumbre: el marido, debía ser enterrado con la esposa. Pero, afortunadamente, logré escapar a último momento, y regresé a Bagdad con un gran cargamento de joyas.”

Las historias continuaron. Simbad el marino, fue narrando sus aventuras a Simbad el cargador. Y cada día, le ofrecía las cien monedas de oro. Fue así, que el muchacho comprendió cómo el afán de aventuras, había llevado a Simbad el marino a enriquecerse, y cómo luego perdía su fortuna.

El anciano le contó que en su último viaje, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Debía cazar elefantes, y para hacerlo, debía enfrentarse a un elefante furioso y luego huír. Para ello, se subió a un árbol, pero el elefante lo derribó y Simbad cayó sobre su lomo. El animal lo levó hasta el cementerio de elefantes, donde había marfil suficiente, como para que no tuvieran que matar a más elefantes. Simbad regresó con su amo para contarle su hallazgo, y éste, lo dejó en libertad, como agradecimiento. Además, le hizo valiosos obsequios. Regresé entonces a Bagdad y ya no volví a embarcarme.”

El anciano continuó hablando:

- Como verás, mi vida ha sido una constante de aventuras. Ahora gozo de todos los placeres, pero tuve que padecer mucho para lograrlos.

Cuando terminó de hablar, el anciano pidió a Simbad el cargador, que se quedase a vivir con él. El muchacho aceptó encantado y ya no tuvo que volver a trabajar.

Los lápices de Anne-

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Anne era una artista joven que ilustraba una revista infantil. La directora de la revista era muy exigente, tanto, que Anne debía trabajar hasta muy tarde.

Estaba muy cansada y su trabajo se veía afectado. Pero la directora, que era una mujer despiadada y calculadora, le exigía cada vez más.

Una mañana. Anne no fue a trabajar. Había estado dibujando toda la noche y no tenía fuerzas para ir al día siguiente. La directora le advirtió que contrataría a alguien más, si no completaba el trabajo de la semana.

La pobre muchacha se esforzó más de lo debido y se levantó a trabajar. Comenzó a dibujar, una página, otra y otra. Hasta que no pudo más y se quedó dormida sobre la mesa de dibujo.

De pronto, los lápices y la goma, salieron del interior del estuche, sin hacer ruido. Se juntaron a deliberar. La joven estaba extenuada y nada podría hacer, por tanto, decidieron encargarse de la tarea.

Todo parecía posible, salvo que las ideas pertenecían a Anne, por más que los instrumentos conocieran a la perfección su trabajo. Pero lo intentarían de todos modos, para que su dueña no se quedara sin trabajo.

Sólo les quedaba una cuestión por resolver. Nadie debía verlos trabajar, ni siquiera su dueña. Por tanto, encargaron al compás que vigilara.

Comenzaron a dibujar, los lápices de colores a pintar, el difumino a sombrear y la goma a dar luces. Mientras el compás montaba guardia.

Cuando Anne despertó, compás dio un silbido y todos volvieron a quedar inmóviles.

La muchacha no se percató de los cambios y se fue a dormir. Cuando finalmente se levantó, se llevó una gran sorpresa. Había dormido tres días seguidos. Estaba desesperada, pues perdería su empleo. Pero cuando se acercó a la mesa para ver sus dibujos, quedó pasmada.

Sobre la mesa estaban todos los dibujos que debía entregar. Sin detenerse a buscar explicaciones, tomó los dibujos y se fue a la revista.

Cuando la directora vio todos los dibujos, bien pintados y retocados, agradeció el esfuerzo y se disculpó por ser tan exigente.

Le asignó un ayudante para que no debiera trabajar por las noches. Y Anne, estaba feliz con los dibujos y con la idea de tener un ayudante. Pero sabía que sus verdaderos ayudantes, estaban en su mesa de dibujo.

La Bella y la Bestia- (Jeanne-Marie Leprince de Beaumont)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Era un mercader que tenía tres hijas, como se marchaba en un largo viaje, preguntó qué deseaban de regalo. La mayor pidió un vestido de brocado, la segunda un collar de perlas, la menor que se llamaba Bella y era dulce y bondadosa, pidió una rosa cortada con sus propias manos.

Partió el mercader a su viaje y cuando retornaba, una tormenta lo sorprendió en medio del camino. Estaba muerto de frío y cansancio, cuando vio brillar una luz en el bosque. Se dirigió hacia ella y se encontró con un castillo que tenía la puerta abierta.

Entró y llamó, pero nadie respondió. Recorrió el lugar y llegó al salón, que tenía la mesa servida y comió. Luego buscó dónde dormir y encontró una habitación pronta para el descanso. A la mañana siguiente, se despertó con el aroma de los panecillos calientes, que estaban servidos en una bandeja junto a la cama. Pero seguía sin ver a nadie.

El mercader desayunó y se dispuso a partir. Quiso agradecer la recepción, pero no encontró a nadie. Cuando se dirigió al jardín a buscar a su caballo, recordó la promesa a su hija menor y se acercó a un rosal para cortar una flor. Cuando lo hizo, apareció de repente, una horrible bestia vestida como un príncipe.

La bestia lo amenazó de muerte por su descortesía. El mercader imploró para regresar a su casa a despedirse de sus hijas, entonces la bestia le hizo una proposición.

- Irás a ver a tus hijas. Pero cuando retornes, traerás a una de ellas contigo, para que tome tu lugar.

Al llegar a su casa, el mercader relató lo ocurrido a sus hijas. Bella lo tranquilizó diciendo que haría cualquier cosa por él.

Partieron rumbo al castillo y la Bestia los aguardaba. Dejó partir al padre, como había prometido y le asignó la mejor habitación a la joven. Pidió que fuese su esposa, pero la joven contestó que tan sólo podía darle su amistad. Y se quedó viviendo en el castillo. Bestia le había regalado un espejo mágico, para que pudiera ver a su familia. Pasaban los días y la amistad de Bella y Bestia crecía.

Un día, el padre de Bella cayó muy enfermo, y temiendo su muerte, suplicó a Bestia que la dejara visitarlo. Luego de mucho negarse, Bestia aceptó, pero le impuso una condición, que regresara a los siete días.

Bella partió a ver a su padre y éste al verla se recuperó prontamente. La muchacha estaba tan feliz, que se olvidó de su promesa. Pero una noche tuvo un sueño terrible, soñó que Bestia agonizaba y que la llamaba. Bella regresó de inmediato al castillo.

Al llegar, buscó por todas partes, hasta que encontró a Bestia en el jardín, tirado sobre el césped, como muerto. Cuando lo vio, comenzó a llorar.

- ¡Por favor, no te mueras! Me casaré contigo.

Apenas terminó de hablar, cuando Bestia se convirtió en un hermoso joven.

- Una bruja me transformó en monstruo. Sólo el amor de una joven que aceptara casarse conmigo, con aquella apariencia, podría romper el hechizo.

La boda se celebró. Y en conmemoración de tal acontecimiento, sólo se cultivaron rosas en el jardín real. Y por eso, todavía se conoce el castillo como Castillo de la Rosa.

El leñador y el duende- (versión libre sobre cuento de Alfredo Juillet)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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En lo más profundo del bosque Azul, vivían un anciano leñador y su apuesto hijo, Juan. El bosque estaba junto al castillo del rey Falten, un rey muy orgulloso, temido por su crueldad.

Juan deseaba salir a hacer fortuna para asegurar los últimos días de su padre, por lo que decidió partir hacia tierras desconocidas.

Caminó siete días antes de salir del bosque, y al llegar al borde del bosque pudo divisar el castillo del rey Falten. Siguió avanzando por el camino hasta que se cruzó con una comitiva real.

Al verlo, el rey dio la orden de que se detuviera:

- ¿Quién sois? ¿De dónde venís que no os postráis ante mi presencia?

- Soy Juan, hijo del leñador. Vengo del bosque Azul.- contestó el joven inclinándose ante el rey y descubriendo su cabeza.

- Entonces, eres el hijo del antiguo rey de esta comarca. ¡Soldados, prendedle!

El joven leñador fue apresado al instante y conducido a las mazmorras del castillo.

Lo arrojaron a una celda de piedra, con apenas una puerta de hierro con un ventanuco, por el cual filtraba la luz de una antorcha. La celda era húmeda y fría, y por una hendidura en la roca, filtraba un hilo de agua.

Juan se acomodó en el jergón de paja que estaba en un rincón y aguardó que pasara el tiempo. De pronto sintió un sonido suave que venía de la hendidura por la que manaba el agua. La puerta se abrió y entró un guardia con una escudilla con comida. Era una pasta maloliente, que el joven no se atrevió a probar. Pero en cambio, tomó la cuchara y comenzó a cavar en la grieta de la piedra. Cuando el hoyo tenía el tamaño de un puño, cedió un trozo y comenzó a salir un chorro potente que escurría en el suelo. El agua subía rápidamente, y cuando le llegaba a la cintura, escuchó un sonido de vidrio que golpeaba la pared. Era una botella que flotaba por la celda. El joven retiró el tapón lacrado y un humo comenzó a expandirse por el calabozo, entibiando el ambiente.

Al disiparse el humo, el joven pudo ver a un duende vestido de verde, parado sobre el agua.

- Me has liberado. Te debo dos deseos antes de poder partir. ¡Hazlos ya!

- Deseo verme fuera del castillo.- replicó el joven.

Al instante, estaba sobre el puente levadizo, con la botella en la mano. Justo en el momento en que el rey Falten salía. Juan saltó tras unas piedras para esconderse, pero el rey alcanzó a verlo. Huyó hacia el interior del castillo, pues era la única forma de evitar que lo prendieran de inmediato. Subió por las escaleras y se metió en una de las habitaciones, donde una joven doncella tejía en un bastidor. Cuando lo vio, gritó sorprendida.

- ¡No os asustéis, bella dama! Imploro que me ocultéis del rey hasta que pase el peligro. Soy Juan, hijo del antiguo rey.

- Soy Flor de Sol, la hija del rey Falten.

Al oír estas palabras, el joven retrocedió asustado. Pero la joven se acercó y le dijo que no temiera, pues conocía la crueldad de su padre y deseaba ayudarle. La muchacha lo escondió en un gran armario con sus vestidos. Apenas cerraba la puerta, cuando irrumpió el rey preguntando por el joven. La princesa negó que hubiese algún extraño en la habitación y el rey se retiró.

Cuando el muchacho abandonó el armario, la joven le pidió que la ayudara. Su padre había arreglado casarla con el príncipe Oef, del reino vecino, que era tan cruel y desalmado como su propio padre.

Juan sacó la botella de su bolsillo y solicitó un deseo:

- Quiero un reino más grande que este, vecino al del príncipe Oef, y que fuera de la torre, me aguarde un caballo enjaezado.- dijo, sacando nuevamente el tapón con los sellos.

Apareció el duende y dijo:

- Tus dos deseos son cumplidos, Juan.

Dicho esto, se fue caminando por la puerta de la habitación. Bajaron los jóvenes y montaron en el corcel. Salieron del castillo sin que nadie pudiera impedirlo, y rápidamente llegaron al castillo de Juan, donde los aguardaba una partida de caballeros armados. La princesa Flor de Sol se quedó en el castillo, y Juan salió con su partida, para combatir al rey Falten.

Fácilmente derrotaron al rey y sus tropas, y emprendieron el regreso al castillo, donde los aguardaba la princesa.

Juan y Flor de Sol se casaron y vivieron felices.

La gata encantada-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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En un reino muy lejano, hace mucho tiempo vivía un príncipe sabio y querido por su pueblo. Todas las jóvenes nobles deseaban casarse con él. Pero no le interesaba ninguna de las candidatas, él pasaba jugando junto al hogar, con su gatita Agatha.

Una tarde, mientras acariciaba su suave pelaje, le dijo:

- Eres tan adorable, que si fueras mujer, me casaría contigo.

Al instante, apareció el Hada de los Imposibles y habló:

- Tu deseo será cumplido, príncipe.- y desapareció nuevamente.

Ante los ojos del desconcertado príncipe, Agatha se convirtió en una bellísima muchacha.

El príncipe estaba encantado con la transformación de su mascota. Mandó hacer los más finos trajes para ella, encargó las joyas más valiosas y la colmó de regalos. Llamó a sus consejeros para anunciarles que había encontrado finalmente a su candidata.

La boda se realizó con la presencia de todos los habitantes del reino. Cuando la ceremonia terminó, comenzó la gran fiesta. Todos estaban presentes, disfrutando de la buena comida y bebida, y nadie podía dejar de admirarse de la belleza de la novia, que además, impactaba por su dulzura.

La fiesta llevaba ya muchas horas de duración, y la gente continuaba divirtiéndose. Pero de pronto, todos los presentes quedaron pasmados, la joven novia, estaba encaramada en una silla, acechando a un ratoncito que correteaba por el salón. De un salto, cayó sobre él, lo tomó con su mano y se lo metió en la boca. Al sentir todas las miradas sobre ella, se lo tragó de sopetón.

El príncipe indignado ante tanta vergüenza, comenzó a llamar al hada de los imposibles para que deshiciera su hechizo. Pero el hada jamás acudió.

Nadie sabe qué pasó con el príncipe y la princesa. Tal vez vivieron felices y comieron ratones, en lugar de perdices.

La balanza de plata- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

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Esta historia sucedió hace un tiempo, pero no sé a ciencia cierta, si es verdadera o no.

En una esquina había una tienda de telas abandonada desde tiempo atrás. Cierto día, unos niños lograron abrir una ventana y entraron a curiosear. Detrás de un mostrador, escondida, encontraron una balanza de plata. Tenía un extraño adorno en el centro.

Aquella no era una balanza común y corriente, era algo misterioso. No servía para pesar frutas, verduras o carnes, sino que podía pesar las obras de las personas y determinar si eran buenas o malas.

Cuando uno de los niños tocó el centro de la balanza, ésta se iluminó de repente. El niño se sintió mareado y de pronto se desplomó en el suelo.

En ese preciso momento, uno de los lados de la balanza se inclinó y comenzaron a salirle estrellas, y aparecieron desplegadas frente a ellos, todas las buenas obras que el niño había realizado. El pequeño había sido bondadoso y comprensivo con los demás.

Luego de un rato, el niño se levantó y comenzó a recuperarse.

Entonces otro niño quiso, él también, intentarlo. Puso su mano sobre el centro de la balanza y se iluminó nuevamente. Pero esta vez no hubo estrellas, sino espadas. El niño no había obrado bien, había sido egoísta. Como todavía era pequeño, tenía la posibilidad de aprender a compartir.

La balanza les señalaba lo bueno y lo malo que había en sus vidas y aquello que podían mejorar. Los niños continuaron consultándola durante algunos años, en cada ocasión en la que tenían dudas sobre la forma en que debían actuar o pensar.

Hasta que un día, la balanza dejó de iluminarse y los niños se sintieron muy tristes e inseguros.

Al verlos tan desconcertados, la balanza se iluminó por última vez, para explicarles el motivo de su mutismo.

- Ya estáis grandes y podéis pensar por vosotros mismos. No me necesitáis más. Os deseo mucha suerte.- tras decir esto, la balanza se apagó para siempre.

Al principio, los niños estaban tristes, pero luego fueron dándose cuenta de que podían hacerlo solos y que de este modo, resultaba mejor para ellos. Aprendieron a ser responsables por sí mismos y jamás olvidaron los consejos que la balanza les dio.