Entradas con la etiqueta ‘Cuentos de princesas’

El castigo del orgullo- (Leyenda eslovaca)

Jueves, 22 de Octubre de 2009

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En el lejano reino del rey Miroslav se vivía una agitación inusual, pintores de todas partes del mundo, habían concurrido a palacio para cumplir con el encargo del retrato del monarca.

El joven rey había decidido casarse y para ello había recibido cuadros de princesas de todo el mundo, entre ellos, uno había cautivado su corazón. Por eso había citado a los pintores, deseaba que lo retratasen sin favorecerlo, para que la princesa no se decepcionara cuando lo conociera.

Eligió el soberano el retrato que menos le favorecía y lo hizo encuadrar en un marco de oro con perlas y lo envió con una comitiva, acompañado por una carta de petición de mano escrita por él mismo.

Tres semanas más tarde, regresó la delegación trayendo malas noticias. Pues, a pesar de que el monarca de aquel reino los había recibido con honores, la princesa Krasomila, había despreciado la petición, diciendo que el rey Miroslav no era digno de atarle la correa del zapato.

La princesa era muy orgullosa y no estaba dispuesta a aceptar como esposo a ningún hombre que no poseyera una elevada alcurnia, gran belleza física y una moral intachable. Consideraba que nadie era digno de ella y por eso no permitía siquiera que le tocaran la mano para saludarla.

El anciano rey, padre de la princesa estaba apesadumbrado por el comportamiento de su hija. Despidió a la delegación solicitándole discreción y ofreciéndose a intentar arreglar la situación.

Entonces el rey se dispuso a solucionar él mismo el contratiempo. Estuvo mucho tiempo pensando qué hacer y finalmente, su gran inteligencia lo proveyó de una idea. Partió de palacio dejando el reino en manos de sus consejeros. Luego de marchar tres días, en los confines de su reino, despidió a sus acompañantes y prosiguió con poco dinero y apenas los ropajes que llevaba puestos rumbo al palacio donde vivía Krasomila.

El rey informó a Krasomila que había tomado como jardinero a un joven brillante llamado Miroslav, el que no sólo conocía de jardinería, sino que además sabía de letras y de música. La princesa pensó que era buena idea tomarlo como su profesor de arpa, ya que el anciano profesor que tenía, había muerto. Pidió entonces ver al nuevo jardinero.

Cuando Miroslav se presentó ante la princesa, rápidamente la cautivó con sus modales y ésta quedó perdidamente enamorada.

Al día siguiente comenzaron las lecciones. Miroslav era un buen profesor y Krasomila una alumna inteligente. A medida que transcurría el tiempo, la joven se iba enamorando más y más. Hasta permitía que el profesor besara su mano para despedirse.

Un atardecer, la princesa tocaba el arpa junto a la ventana y Miroslav la contemplaba fascinado, se sintió cansada y le pidió que tocara él. El joven profesor tocó entonces una melodía que había compuesto en honor a la princesa, y lo hizo de una manera tan dulce y melodiosa, que la joven derramó una lágrima sobre la mano del joven.

Miroslav le comunicó que era la despedida, pues debía marcharse. Ante lo que la princesa le dijo que se quedara y cuando llegó su padre, el rey, le comunicó que estaba enamorada del joven y que sólo con él quería casarse.

El monarca accedió a la petición de su hija, pero le pidió que abandonara el reino, pues sería vergonzoso que supieran que estaba casada con un simple jardinero.

Los jóvenes se casaron y partieron del reino, rumbo a otro reino vecino, donde Miroslav decía tener un hermano. Allí se establecieron pobremente y subsistieron con las tareas que podían desempeñar. Trabajó la princesa en varios oficios, siempre sin perder la determinación y sin que su amor flaqueara ni un instante. El esposo, a su vez, era tierno y solícito con su mujer, siempre preocupado por sus sentimientos.

Cierto día, Miroslav le dijo que habría una fiesta en palacio por el casamiento del rey, y que allí conseguirían trabajo fácil y bien pagado.

Llegaron los esposos a palacio y Krasomila fue a ofrecerse a la cocina, donde fue tomada de inmediato. Su marido fue a buscar alguna tarea que pudiese desempeñar.

Mientras la princesa se ocupaba de los quehaceres de la comida, se topó con un caballero ricamente ataviado, que seguramente era el monarca, quien buscaba un ayudante para atarle el zapato. La joven lo miró de reojo y al ver que era el rey, se arrodilló y ató sus zapatos. El soberano agradeció y se marchó sonriendo.

Poco después, Krasomila fue llamada por el rey para agradecerle su gesto y le ofrecieron vestidos maravillosos para que asistiera a la fiesta. La princesa no pudo aceptar, pues no creía correcto asistir a la fiesta y tal vez, bailar con el rey, sin la aprobación de su esposo. Por tanto, se excusó.

Fue entonces que llegó Miroslav y reveló el secreto. Había obrado con ayuda del anciano rey, para que la princesa aprendiera a dominar su orgullo.

Cuando llegó el anciano monarca, abrazó a ambos y se mostró complacido por el resultado que aquella prueba tan amarga para la princesa.

El príncipe rana-

Jueves, 22 de Octubre de 2009

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En un reino lejano vivía una princesa hermosa, que era aficionada a los objetos de oro.

Le gustaba pasarse las horas jugando con una bolita de oro junto a un viejo pozo. Pero un día, la bolita cayó dentro del pozo y la princesa no pudo alcanzarla. Estaba muy triste y se puso a llorar. De pronto escuchó una voz misteriosa, era una rana que estaba en el pozo.

- ¿Por qué lloras, princesa?

- Porque mi bolita de oro cayó dentro del pozo.

- Puedo recobrarla para ti, pero debes darme algo a cambio.

- ¿Qué es lo que quieres?

- Que seas mi mejor amiga.

La princesa aceptó, aunque pensaba que eran tonterías de la rana.

La rana se sumergió y en un periquete, apareció con la bolita de oro en la boca. Y dejó el objeto a los pies de la princesa.

La princesa recogió su juguete y se fue corriendo al castillo sin dar siquiera las gracias.

La princesa olvidó por completo a la rana, y al día siguiente, mientras cenaba, se oyó una voz que pedía que abriesen la puerta.

Intrigada por la voz, la princesa fue a abrir la puerta y cuando vio a la rana, le cerró la puerta en las narices.

El rey sospechó que algo ocurría y preguntó a su hija. Mientras la princesa explicaba lo sucedido a su padre, la rana continuaba golpeando la puerta del castillo y recordándole su promesa.

- Una promesa hecha, debe cumplirse.- dijo el rey a su hija.

La princesa dejó entrar a la rana de mala gana.

La rana la siguió hasta la mesa y le pidió que la subiera a la silla que estaba junto a ella. La princesa se molestó con la rana, pero debió obedecer, pues su padre vigilaba serio.

Como la silla era muy baja, la rana pidió que la subiera a la mesa. Cuando estuvo sobre la mesa, pidió que le acercara el plato, para comer con ella.

La princesa acercó el plato, pero perdió el apetito. Una vez que la rana estuvo satisfecha, le dijo:

- Tengo sueño. Llévame a dormir a tu habitación.

La princesas no toleraba la idea de compartir la habitación con aquel animal y se puso a llorar. Pero el rey replicó:

- Llévala a tu habitación. No debes dar la espalda a quien te ayudó cuando necesitabas.

Resignada, la princesa llevó la rana a su habitación y la depositó en un rincón. Pero al poco rato, la rana se acercó a la cama y le pidió que la subiera, bajo amenaza de contarle al padre.

La princesa subió la rana a la cama y se metió dentro. Entonces notó sorprendida, que la rana lloraba en silencio.

- ¿Qué te ocurre ahora?- preguntó la joven.
- Yo quería que fueras mi amiga. Pero no me quieres, creo que lo mejor, será que regrese al pozo.

Estas palabras conmovieron a la princesa que se sentó junto a la rana y le dijo dulcemente:

- No llores más. Seré tu amiga.

Para mostrar su sinceridad, la princesa le dio un beso de buenas noches a la rana, y de inmediato, la rana se convirtió en un apuesto príncipe.

La princesa no salía de su asombro. Así comenzó una hermosa amistad. Y luego de unos años, se casaron y fueron felices.

La princesa de fuego- (Pedro Pablo Sacristan – versión abreviada)

Miércoles, 21 de Octubre de 2009

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En un castillo lejano, mucho tiempo atrás, vivía una princesa de incomparable belleza. Pero esta joven era, además, muy sabia y rica. Los pretendientes llegaban hasta el castillo constantemente, buscando obtener sus riquezas.

Pero la princesa, cansada de tanto pretendiente falso, publicó un edicto real, donde decía que se casaría con aquel joven que le presentase el regalo más valioso, tierno y sincero del mundo.

Al día siguiente, el castillo estaba lleno de flores y regalos de todo tipo, cartas de amor ardiente que los poetas escribían. La cantidad de regalos era abrumadora y entre ellos descubrió una simple y sucia piedra.

La princesa, intrigada, hizo llamar al responsable de aquel regalo.

- Esta piedra representa lo más valioso que os puedo dar, majestad. Es mi corazón. – dijo el joven- Es sincera, porque aún no es vuestro. Es dura como una piedra, sólo cuando se llene de amor, se ablandará y será el más tierno de todos.

El joven se marchó sin angustias, pero la princesa quedó prendada e intrigadísima. Llevaba aquella piedra a todas partes. Durante meses colmó al joven de atenciones y regalos, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra que la princesa cargaba.

La muchacha se sintió tan desanimada que arrojó la piedra a la chimenea encendida, el fuego consumió rápidamente la arena, de la que emergió una preciosa figura de oro. Entonces comprendió que debería hacer como el fuego y transformar todo a su alrededor, separando lo inútil de lo importante.

La princesa se dedicó a cambiar las cosas en su reino a partir de entonces, dedicó todos sus esfuerzos a ello. Terminó con los lujos y se encargó de que todos los habitantes tuviesen comida y libros.

Todo el que debía tratar con la princesa estaba encantado con su carácter y su vitalidad, tanto que comenzaron a llamarla cariñosamente, “la princesa de fuego”.

Fue así que el corazón del joven se vio conmovido por la bondad y sabiduría de la princesa, y resultó tan tierno como había prometido. Y fueron felices para siempre.

El cuarto de espejos-

Miércoles, 21 de Octubre de 2009

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Había una vez una princesa muy presumida y vanidosa, que sólo pensaba en sí misma. No le interesaba su familia, ni ninguna persona que la rodease, trataba a todo el mundo con indiferencia, como si no precisara de nadie más en el mundo.

Hasta que un día llegó un hada madrina al palacio, como invitada del rey y la reina, pero la princesa fue descortés con ella, ante el asombro de los reyes que no sabían cómo disculpar su conducta desagradable.

El hada madrina impuso un castigo a la joven:

- Si sólo te quieres a ti misma y crees que no necesitas de nadie, desde hoy vivirás sola con tu propio reflejo. Hasta que cambies sinceramente, será así.

La princesa fue encerrada en un cuarto lleno de espejos del que no podía salir. Cada día pasaba mirando su reflejo por toda la habitación.

Pasaron los años y la princesa continuaba encerrada. Al despertar lo único que podía ver, era su cara reflejada en todos los espejos del cuarto; arriba, abajo, a los lados, en todas partes había espejos reflejándola.

Finalmente, luego de varios años, la princesa comenzó a sentirse sola y pensó que tal vez necesitara de su familia, comenzó a extrañarlos. A medida que los sentimientos aumentaban, uno de los espejos se iba volviendo invisible y le permitió ver hacia fuera del cuarto. Pudo ver a su padre escribiendo en su escritorio, luego a su madre tejiendo. Alcanzó a ver hasta la cocina, donde la niñera que la había criado, estaba trabajando. También alcanzó a ver al hijo de la niñera, que había jugado con ella de pequeño, ahora podaba las rosas del jardín y había crecido.

Poco a poco iba recordando a las personas que la rodeaban y despertando su cariño por ellos y conforme esto ocurría, los espejos desaparecían y podía ver más hacia fuera. Extrañaba y anhelaba todo aquello que se había perdido durante años.

Llegó el día en que todos los espejos se tornaron invisibles y la princesa podía ver todo lo que le rodeaba, entonces no pudo contener los deseos de salir corriendo, abrió la puerta y salió del cuarto.

Cuando estuvo fuera, toda la familia se alegró de verla. Ella los abrazó y lloró emocionada.

De pronto llegó el hada madrina y la joven temió que la devolviese al cuarto de espejos.

- Por favor, no me vuelvas a encerrar, no lo toleraría. Ya aprendí mi lección, no soporto verme todo el tiempo, día tras día en ese cuarto.
- Nunca estuviste encerrada, la puerta estaba sin cerrojo. Yo sólo te puse allí. Fue tu orgullo el que te impidió abrir la puerta. Asumiste lo peor y actuaste en base a ello. Ese cuarto no era un cuarto de espejos, sino un cuarto de cristal. Hubieras podido ver a través de él, pero tus sentimientos solo te permitían ver tu propio reflejo. Necesitabas un tiempo a solas para comprender que no puedes vivir aislada. Ya no volverás a aquel cuarto, pues tu corazón te ha liberado.