
En los tiempos lejanos, vivía en la ciudad de Bagdad, un joven llamado Simbad. Era muy pobre, para ganarse la vida trabajaba como cargador.
Un día en que el muchacho se lamentaba de su pesada carga, quiso el destino, que sus quejas fueran escuchadas por un hombre rico, que ordenó que lo invitaran a pasar a la casa.
Simbad fue conducido a través de patios enjardinados, hasta un enorme salón.
En la sala, había una mesa en el centro, donde se disponían los más exóticos manjares y los mejores vinos. Alrededor de la mesa, había varias personas sentadas, entre las cuales destacaba un anciano, que dijo a Simbad:
- Soy Simbad el marino. Si crees que mi vida ha sido fácil, te contaré mis aventuras. Y verás que no es así:
“Al morir mi padre, me dejó una fortuna considerable. Pero lo derroché todo. Debí vender mis últimas pertenencias y me embarqué con unos mercaderes.
Navegamos por semanas, hasta que encontramos una isla y desembarcamos. Cuando pisamos el suelo, sentimos un terrible temblor. Fuimos despedidos por los aires. Es que la isla, era en realidad una ballena.
Como no pude subir al barco, me dejé llevar por las corrientes, iba sujeto a una tabla, hasta que llegué a una playa con palmeras. Allí, esperé a que pasara el primer barco que me trajo a Bagdad.”
Aquí, Simbad el marino, interrumpió su relato, para darle cien monedas de oro al muchacho. También pidió al joven que volviera al día siguiente. Simbad el cargador, regresó al otro día, y el anciano Simbad, prosiguió sus relatos.
“Volví a zarpar rumbo al océano. Cierto día, me quedé dormido en tierra firme, y cuando me desperté, comprobé que el barco había zarpado sin mí. Anduve deambulando por allí, hasta que llegué a un valle profundo, sembrado de diamantes. Recogí todos los que pude en un saco. Luego me até un trozo de carne a la espalda y me senté a esperar que llegara un águila, que me eligió como su alimento. Así me cargó hasta el nido.”
Cuando acabó su relato. Simbad el marino entregó otras cien monedas de oro, y le pidió que regresara al día siguiente.
Al día siguiente, prosiguió:
“Podría haber permanecido en Bagdad con aquella fortuna, pero me aburría sobremanera y me embarqué de nuevo. Todo marchaba bien, hasta que nos sorprendió una tormenta y el barco naufragó. Terminamos en una isla habitada por enanos, los que nos hicieron prisioneros. Estos enanos condenados, nos llevaron con un gigante de un ojo solo, que se alimentaba de carne humana. Pero, apenas anocheció, le clavamos un leño ardiente en su único ojo y escapamos. Regresamos a Bagdad, pero no tardé en aburrirme. Pero mañana te contaré sobre esto.”
Así, le entregó otras cien monedas de oro.
“Zarpé nuevamente, pero volvió a golpearme el destino y naufragamos otra vez. Llegamos a una isla habitada por indígenas. Su rey me ofreció a su hija y me casé con ella. Pero al poco tiempo, se murió. Esta tribu, tenía una extraña costumbre: el marido, debía ser enterrado con la esposa. Pero, afortunadamente, logré escapar a último momento, y regresé a Bagdad con un gran cargamento de joyas.”
Las historias continuaron. Simbad el marino, fue narrando sus aventuras a Simbad el cargador. Y cada día, le ofrecía las cien monedas de oro. Fue así, que el muchacho comprendió cómo el afán de aventuras, había llevado a Simbad el marino a enriquecerse, y cómo luego perdía su fortuna.
El anciano le contó que en su último viaje, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Debía cazar elefantes, y para hacerlo, debía enfrentarse a un elefante furioso y luego huír. Para ello, se subió a un árbol, pero el elefante lo derribó y Simbad cayó sobre su lomo. El animal lo levó hasta el cementerio de elefantes, donde había marfil suficiente, como para que no tuvieran que matar a más elefantes. Simbad regresó con su amo para contarle su hallazgo, y éste, lo dejó en libertad, como agradecimiento. Además, le hizo valiosos obsequios. Regresé entonces a Bagdad y ya no volví a embarcarme.”
El anciano continuó hablando:
- Como verás, mi vida ha sido una constante de aventuras. Ahora gozo de todos los placeres, pero tuve que padecer mucho para lograrlos.
Cuando terminó de hablar, el anciano pidió a Simbad el cargador, que se quedase a vivir con él. El muchacho aceptó encantado y ya no tuvo que volver a trabajar.
Categorías : Populares
Etiquetas : Cuentos mágicos, Simbad el marino

Cargando...
Comentarios(0):
Aún no hay comentarios, se el primero!