El conejito ingenioso-

5 de Noviembre de 2009

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Bubba era un conejito blanco que vivía en una preciosa casita al borde del camino.

Todos los días, salía al patio a tomar sol junto al pozo. Se sentaba sobre el brocal y cerraba los ojitos muy satisfecho. Así pasaba las horas, muy tranquilo, sin que nadie lo molestara.

Cierto día, apareció por allí un lobo ladrón. El conejito se moría del miedo, tenía gansa de salir corriendo y encerrarse en su casita, pero ya era tarde. Tenía que inventar alguna historia para distraer al lobo, porque sabía que no la iba a pasar bien. Estaba seguro de que el lobo Rififí, quería dinero y si no se lo entregaba, lo castigaría dándole una gran paliza.

Cuando estuvo cerca, el lobo le apuntó con un trabuco que llevaba:

- ¡Levanta las manos, conejito! Dame lo que tengas, o te rompo la cabeza.
- ¡Qué triste estoy, señor lobo!- dijo Bubba, fingiendo que no había oído al lobo- Perdí mi jarrón de plata.
- ¿De qué hablas? ¿Un jarrón de plata?
- ¡Un jarrón de plata maciza! Fue herencia de mi abuela. Vale una fortuna. ¡Ay, qué dolor! Yo era rico, y ahora soy pobre.
- ¿Por qué, conejito?
- Se me ha caído en el pozo y no puedo recuperarlo. ¡Qué horror!- suspiraba Bubba.
- Pero, ¿estás seguro que es de plata maciza?- preguntó el lobo lleno de codicia.
- Sí, certificada. Como veinte kilos de plata, y ya no los podré sacar.
- ¡Pero mi amigo!- exclamó el lobo- Yo sacaré el jarrón.

El lobo era ladrón y tonto, pues comenzó a sacarse la ropa, para que no le estorbara en los movimientos. Dejó todo sobre el brocal del pozo, incluso el trabuco cargado.

- Voy por el jarrón.- dijo al conejito.

Se metió en el cubo para sacar el agua y se dejó caer, deslizando lentamente la cuerda.

- Conejito, ya llegué. Pero no veo el jarrón. ¿Para qué lado cayó?
- Fíjate por la derecha.- contestó Bubba, conteniendo la risa.
- No veo nada. ¿Estás seguro?
- Entonces mira por la izquierda.- decía muerto de risa.
- Estoy buscando bien y no veo nada. ¿Por qué te ríes?- preguntó molesto Rififí.
- Me río de ti, tonto ladrón. Pero sobre todo, de lo que te va a costar salir de allí. Te lo tienes merecido, por codicioso y bandido. No hay ningún jarrón de plata. Querías robarme, pero el robado, serás tú. Me llevaré tu ropa y tu trabuco.

Fue así, que el conejito se marchó con las pertenencias del lobo y las vendió en el mercado. El lobo quedó aullando de rabia, y nadie sabe cuánto tiempo le tomó salir del pozo.

La vaca Nicolasa- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

4 de Noviembre de 2009

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Nicolasa es una vaca de lo más alegre, le gusta salir a pasear por el prado y comer pasto y retozar por el campo. Cuando llueve, se pone muy triste porque su amo no la deja salir del establo.

Nicolasa no juega sola, tiene algunos amigos, como Casimiro, el cerdo, que la acompaña al campo y se revuelca en la grama.

Es una vaquita muy coqueta, apenas se despierta, va a la pileta y se lava la cara y las patitas con agua fresca.

Apenas despunta el sol, Nicolasa ya sale para el prado, muy contenta, a comer hierbas y a corretear. Es una vaquita muy inquieta. Su amo siempre le dice que se quede quieta para que la ordeñe.

Ella se pasea por la granja, moviéndose de un lado a otro, jugando e imaginando que es una vaca pura raza y que puede ganar concursos. Es una vaca muy soñadora, siempre fantasea con cosas maravillosas.

En cierta ocasión, uno de los hijos del amo cumplió años. La casa estaba llena de globos inflados con helio, que apenas se los soltaba, y salían volando prestos. Nicolasa quedó encantada, y se imaginaba si reunía un manojo lo suficientemente grande, podría salir también ella, volando por los aires.

Un día, salió como de costumbre y se fue al río, porque le gusta mucho el agua. Se metió para lavarse la cara y mirarse en el agua. Estaba distraída mirando a las mariposas que revoloteaban a su alrededor y no se fijó por dónde caminaba. La pobre tropezó y se cayó de cabeza en el río. Como era una vaca, no sabía nadar y por más que hizo, no consiguió salir. Comenzó a gritar pidiendo ayuda a sus amigos.

- ¡Ayúdenme que me ahogo! No sé nadar.

El cerdo Casimiro, no sabía qué hacer, entonces llamó al caballo Bruno que sabía nadar.

- ¡Bruno! ¡Ven pronto que Nicolasa se ahoga!

Bruno corrió con sus patas ágiles y llegó muy pronto al río. Con la ayuda de los dos amigos, la vaquita logró salir sana y salva.

- ¡Qué susto me llevé! La próxima vez, tendré más cuidado.

Toda mojada, se fue al establo, donde durmió hasta el otro día y soñó con nuevas aventuras.

La isla de las hadas-

4 de Noviembre de 2009

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Muy lejos, en medio del océano, hay una isla muy pequeñita, que jamás fue vista por ningún barco. Es una isla que no figura en los mapas, pues es una isla mágica.

Cuentan las leyendas, que allí viven diminutas hadas y que las flores y los árboles pueden hablar. El río canta y su voz es tan melodiosa, que embeleza a todos. La luna se ríe a carcajadas cuando las hadas le cuentan sus chistes.

Los habitantes de la isla de las hadas tienen una costumbre, cada día realizan un sorteo. Dentro de un enorme cofre, guardan los nombres de todos los niños del mundo, entre estos nombres, se elige uno. El niño favorecido, podrá pasar varias horas en la isla.

Todos los niños elegidos para visitar la isla, deben cumplir dos requisitos: el primero, es que deben estar dormidos cuando los pasan a buscar y el segundo, pero no menos importante, es que deben haber sido muy buenos durante el día.

El día que el nombre de Leo fue escogido, el pequeño estaba profundamente dormido cuando las hadas entraron por la ventana y se lo llevaron volando por encima de los tejados. Se despertó al llegar a la isla, en medio de una gran fiesta, que se celebraba en su honor.

Había mesas enormes con comida por todas partes: dulces, frutas que no conocía, pasteles, adornados con flores, y jugos suaves y coloridos, servidos en vasos de cristal.

Después de comer todo lo que quiso, lo llevaron a recorrer la isla. Allí pudo escuchar el canto mágico del río. Visitó un campo de flores silvestres gigantes, que tenían cosquillas y se ponían a reír cuando las rozaban.

El viaje estuvo fantástico, tanto, que Leo quería volver. Preguntó si podría hacerlo y las hadas le contestaron que todo era posible:

- Tan sólo debes portarte bien. Tal vez tengas suerte y te toque volver.

El pequeño se despidió y las hadas lo cubrieron con el polvo mágico del sueño. Luego, lo llevaron de regreso a su cama, donde lo depositaron con mucho cuidado.

A la mañana siguiente, cuando despertó, estaba muy alegre y su madre le preguntó el motivo de tanta alegría.

- Es que tuve un sueño tan hermoso. Estuve en un país mágico, con hadas y flores silvestres gigantes y muchas otras cosas. – contó Leo a su madre, convencido de que se trataba de un hermoso sueño.

Pero cuando la madre notó que olía a flores silvestres, entonces Leo comenzó a dudar de que hubiera sido un sueño.

La alforja mágica-

4 de Noviembre de 2009

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Había una vez, un hombre que estaba casado con una mujer muy mandona. Al pobre hombre no le quedaba otra escapatoria que meterse en el bosque para cazar conejos o patos, que llevaba a su mujer. Esto la ponía de buen humor y lo dejaba en paz, por uno o dos días.

Un día atrapó a una grulla. Estaba muy entusiasmado, pues creía que su mujer se alegraría con eso. Pero la grulla le habló, con voz humana:

- No me mates, déjame libre. Si lo haces, serás como un padre para mí, y yo seré como una hija para ti.

Al hombre le dio pena y la dejó libre. Regresó a su casa sin nada, lo que hizo enojar a su mujer, que lo dejó durmiendo en el patio.

A la mañana siguiente retornó al bosque. Estaba aprontando sus trampas, cuando vio acercarse a la grulla con una alforja en el pico.

- Este es un regalo para ti. Estoy muy agradecida. Te mostraré como funciona.

Depositó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

En ese momento, saltaron fuera de la alforja, dos jóvenes que prepararon una mesa llena de manjares. El hombre se sentó a la mesa y comió hasta hartarse. Cuando terminó, la grulla gritó:

- ¡Los dos a la alforja!

Al instante, los jóvenes y la mesa, desaparecieron. La grulla entregó la alforja al hombre, quien se fue presuroso a casa de su tía, para lucir el regalo.

En casa de la tía, el hombre sintió hambre y pidió de comer, pero la tía no tenía dinero, por lo que el hombre decidió obsequiarle algo de lo que llevaba en la alforja. Colocó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Los jóvenes salieron de la alforja y sirvieron una mesa espléndida, que la tía jamás había visto. Cuando terminaron de comer, la tía le ofreció pasar la noche en su casa, para que partiera por la mañana bien descansado.

El hombre dejó la alforja colgada en la sala y se fue a dormir. Mientras tanto, la tía y sus hijas, fabricaron una alforja idéntica y la sustituyeron.

A la mañana, el hombre marchó a su casa, muy alegre. Llamó a su mujer y le mostró la alforja.

- ¡Los dos fuera de la alforja! – dijo inútilmente.

Pero de la alforja no salió nada. Su mujer estaba furiosa, comenzó a golpearlo con la escoba.

El pobre hombre se dirigió nuevamente al bosque, en busca de la grulla, hasta que dio con ella. La grulla le dio otra alforja y se marchó volando.

El hombre cargó la alforja y se dirigía a su casa, cuando le vino el temor de que no sirviera para nada. Se detuvo en el camino y pronunció la frase mágica. Al momento salieron los dos jóvenes con garrotes, y se pusieron a apalearlo.

- No vayas a casa de tu tía, ella te engaña.

El hombre los hizo regresar a la alforja y se quedó pensando. Estaba dispuesto a llevar nuevamente la alforja a casa de su tía, para tentarla a cambiársela.

Se dirigió a casa de su tía y dejó nuevamente la alforja en el salón. Conversó con la familia y luego pidió para pasar la noche en la casa.

Mientras el hombre dormía, la tía llamó a sus hijas y juntas llamaron a los jóvenes de la alforja. Los jóvenes salieron con sus garrotes y comenzaron a aporrear a la tía y a sus hijas, ordenándoles que devolvieran la otra alforja. Cuando ya no soportaban más los golpes, llamaron al sobrino y le devolvieron la alforja, con tal que detuviese los garrotazos.

El hombre detuvo a los jóvenes y se marchó a su hogar muy contento. Al llegar, llamó a su mujer para mostrarle el regalo de la grulla. La mujer estaba furiosa, hasta que vio los prodigios que podía hacer aquella alforja.

La mujer se mostró muy complacida y tierna, pero antes de irse a dormir, el hombre cambió las alforjas, sin que ella lo notara y se fue a acostar. La mujer sintió curiosidad por el funcionamiento de la alforja, por lo que se acercó a ella y llamó a los muchachos. Éstos salieron con los garrotes y comenzaron a golpearla y a reclamarle que no mortificara más a su marido.

La mujer gritaba y el marido se apiadó de ella y guardó a los jóvenes. Desde entonces, el matrimonio vivió feliz y en paz.

El cartero enamorado-

4 de Noviembre de 2009

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Cada mañana, muy tempranito, Tima sale a repartir sus cartas por el pueblo. Lleva un morral grande y resistente.

Su recorrido comienza en la casa de Kupka, el zapatero. Continúa con la casa de Dimitri, el pintor. Luego va hasta casa de Nadia, la señora que tiene el gallinero y así sucesivamente, entregando las cartas que todo el pueblo de Oblast espera.

A Tima le encanta ser cartero, puede visitar a sus amigos todos los días. Además, le encanta ver los sobres con sus estampillas y los remitentes lejanos.

Tima, no siempre fue un cartero feliz, hubo una época en que él no tenía quién le escribiera, ni a quién escribir. Esto lo tenía apesadumbrado.

A lo largo de su recorrido, sólo se alegraba cuando llegaba a casa de Maira, la costurera. Es que era tan linda.

- Buenos días, traigo una carta desde Tatarstan. – decía el cartero con las mejillas coloradas y el corazón acelerado.
- Muchas gracias. Que tengas un buen día.- respondía Maira.

La costurera tenía mucho trabajo y no le alcanzaba el tiempo para charlas. El cartero era sumamente tímido y no se atrevía a decirle que estaba enamorado de ella.

Una noche, mientras ordenaba la correspondencia que debía repartir al día siguiente, Timo tuvo una idea:

- Escribiré una carta a Maira. Le contaré mis sentimientos, pero no le diré quién soy. – se dijo el cartero.

Esa fue la primera carta que Timo escribió en su vida:

Hola Maira:
Espero que cuando abras esta carta, esté muy contenta. Tú no me conoces, pero yo sí.
Eres la mujer más bella del mundo. Te quiero mucho.

Dobló la carta y la metió en el sobre, junto con una flor.

Al día siguiente, repartió sus cartas con gran alegría. Pero cuando llegó a casa de Maira, se puso muy nervioso. Entregó la carta temblando y la muchacha se despidió, sin siquiera mirarlo.

Al día siguiente, el cartero llevó una revista a casa de Maira. Cuando llegó, ella ya lo esperaba en la puerta.

- Buen día, Timo. ¿Hay carta para mí?- preguntó impaciente la muchacha.
- Hola Maira. Te traigo una revista que viene de la ciudad.
- ¿Sólo eso?
- Nada más.
- ¿No hay una carta, como la de ayer?- preguntó Maira curiosa.
- Nada más por hoy.
- Gracias. Hasta luego.- dijo la joven decepcionada.

Fue entonces, que el cartero se dio cuenta de que había tocado el corazón de la costurera con su carta. Repartió las cartas restantes y se fue presuroso a su casa, para escribir otra carta.

Hola Maira:
Espero que te haya gustado mi primera carta.
Voy a contarte algunas cosas sobre mí, para que me vayas conociendo. Me gusta pasear bajo la luz de la luna, también cocinar. Pero no me gusta hacerlo para mí solo. Me sentiría feliz de tener con quien compartir estas cosas.

Ensobró la carta, como la vez anterior y se fue a dormir impaciente por que llegara el nuevo día.

A la mañana siguiente, Maira lo esperaba en el balcón desde temprano:

- Hola, Timo. ¿Qué carta me traes hoy?
- Traigo revistas y una carta.- dijo el cartero, más tranquilo esta vez.
- ¿De quién?- preguntó la muchacha, quitándole el sobre de las manos.
- No lo sé. – contestó él, fingiendo inocencia.
- Muchas gracias. Hasta luego. Que tengas un buen día. – dijo Maira feliz.

Desde entonces, Timo escribía cartas de amor todas las noches y Maira las recibía feliz.

El tiempo pasó y Timo deseaba confesar que las cartas le pertenecían, pero no se atrevía. Maira, deseaba ansiosamente conocer al galán.

Un día, Timo dejó la casa de Maira para el final del recorrido, porque estaba decidido a hablar con la costurera. Había pensado en encargarle una nueva chaqueta de cartero, para tener más tiempo para estar con ella.

Golpeó la puerta, entregó la carta y luego solicitó la prenda. La costurera aceptó encantada y lo hizo pasar para tomarle las medidas.

Mientras Maira le tomaba las medidas, preguntaba al cartero sobre el responsable de las cartas. El cartero negó saberlo. Al despedirse, la costurera notó lo guapo que era el cartero.

Maira siguió esperando las cartas misteriosas. Pasaba mucho tiempo leyéndolas y esto se notó en su trabajo, que ya no era tan bueno. Pero al cartero no le importaba en absoluto, lo que deseaba, era pasarse las horas charlando con ella.

Cuando la chaqueta estuvo terminada, Maira invitó al cartero a cenar. El cartero aceptó, pero con la condición de que fuera él, quien cocinara.

Mientras Timo estaba en la cocina, Maira puso la mesa, y las flores que el cartero le trajo de regalo. Cuando las acomodaba, se dio cuenta de que eran las mismas que venían en los sobres de las cartas.

Comieron y la comida estuvo deliciosa. Cuando terminaron, Maira le propuso que leyeran un rato, pero Timo le propuso salir a pasear bajo la luz de la luna. Caminaron largo rato, hasta que la costurera se sintió cansada. Entonces regresaron y se despidieron.

De regreso en su casa, Maira se quedó pensando, los gustos del cartero coincidían con los del admirador desconocido. No había duda, lo había descubierto. Entonces se puso a escribir una carta:

Querido Timo:
Espero que cuando abras este sobre, estés muy contento.
Te conozco muy bien y te quiero mucho. Me encantaría pasear contigo de nuevo.

Maira

Maira dobló y ensobró la carta, y puso una flor del florero dentro.

Al día siguiente, mientra Timo terminaba su recorrida, encontró que le quedaba una carta en el morral. Era para él mismo. No podía creer lo que veía. Era la primera vez que recibía una carta.

Pulgarcito- (versión libre sobre cuento de los Hermanos Grimm)

3 de Noviembre de 2009

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Había una vez, un matrimonio de campesinos que se lamentaban de no tener hijos. Deseaban aunque más no fuera, un niño pequeñito como un pulgar. Y se les concedió.

Recibieron un niño bien proporcionado, pero diminuto, no mayor que el dedo pulgar. Por esto le pusieron Pulgarcito.

El pequeño era listo y vivaz. Los padres no escatimaban comida, pero el pequeño no crecía. Sin embargo, lograba todo lo que se proponía.

Cierto día, el campesino se preparaba para ir al bosque a cortar leña, le hacía falta ayuda. El pequeño Pulgarcito se ofreció para conducir la carreta. El padre se puso a reír y le dijo que era muy pequeño para eso. Pero al niño no le importaban las dificultades. Solicitó que lo dejasen parado en la oreja del caballo, para gritarle las órdenes, pues no podía manejar las riendas.

Aunque sus padres no lo creían, el pequeño condujo la carreta sin problemas hasta el bosque, donde su padre trabajaba.

En el camino, se cruzaron con dos extraños, que se sorprendieron al ver una carreta que se conducía sola, y la siguieron.

Cuando llegó Pulgarcito, su padre lo bajó del caballo y lo depositó sobre los troncos. Los extraños quedaron asombrados con el pequeño, y decidieron comprarlo para hacer mucho dinero, exhibiéndolo en la ciudad.

Se acercaron al campesino y le ofrecieron comprar al pequeño. Pero el padre se negó rotundamente. El pequeño murmuró algo en su oído:

- ¡Véndeme, padre! Yo sabré cómo regresar.

El padre entregó al niño y recibió una bolsa de dinero. Se marcharon los dos hombres con Pulgarcito.

Anduvieron muchas horas, y cuando ya anochecía, el pequeño pidió que lo bajaran por una urgencia. Cuando lo hicieron, se perdió entre la hierba.

Los hombres lo buscaron infructuosamente, pues la noche era muy oscura. Se retiraron con las manos vacías y maldiciendo.

Pulgarcito se refugió en un caparazón de caracol, para pasar la noche. Cuando estaba a punto de dormirse, escuchó las voces de dos hombres que planeaban robar al cura. Se puso a gritarles y los hombres se asustaron. Les pidió que lo llevaran para ayudarlos y así lo hicieron.

Cuando estuvieron en la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas, para que lo escucharan:

- ¿Quieren todo lo que hay aquí?

- Baja la voz, que nos van a descubrir.

Pulgarcito se hizo el desentendido y siguió gritando, hasta que el ama del cura se despertó y salió a ver qué ocurría. Los ladrones salieron huyendo a todo lo que daban. La mujer volvió a dormirse y Pulgarcito se deslizó hasta el granero, y se echó a dormir en un montón de paja.

A la mañana, la criada fue a dar de comer a los animales. Tomó una brazada de paja y fue justamente, la de la pila en que Pulgarcito dormía. El niño no se dio cuenta, pues estaba agotado. Cuando logró despertarse, ya estaba en la boca de la vaca, que continuaba tragando paja. Sin poder escapar, fue a parar al estómago, desde donde gritaba sin parar.

- ¡No metan más paja!- decía, pues creía que era un molino triturador.

La criada se asustó y llamó al cura. Éste, creyendo que la voz pertenecía al diablo, sacrificó a la vaca y tiró el estómago lejos. Antes de que Pulgarcito pudiera librarse de su prisión, se lo comió un lobo.

El muchachito no se amedrentó y comenzó a decir al lobo:

- Yo conozco un lugar donde puedes comer a tus anchas.

- ¿Dónde es eso?

- En una casita más allá del bosque. Entra por la trampilla de la cocina y tendrás tocino, salchichas, y todo lo que desees comer.

Describió la casita de sus padres y la manera de llegar.

El lobo aceptó la oferta y se fue a casa de Pulgarcito. Cuando estuvo dentro comenzó a comer, hasta que ya no pudo tragar bocado. Había engordado y no podía salir por donde entrara. Entonces Pulgarcito se puso a gritar para despertar a sus padres.

Los padres del pequeño escucharon el griterío y fueron a ver. Cuando descubrieron que era un lobo, tomaron un hacha y una hoz y fueron a matarlo. Estaban frente al lobo, y Pulgarcito comenzó a gritar:

- Maten al lobo, me ha comido.

Los padres reconocieron la voz de su hijo y mataron al lobo y lo liberaron. Estaban todos tan contentos. Bañaron y vistieron al pequeño con ropas nuevas. Le dieron de comer y lo mimaron mucho.

Las tres semillas-

3 de Noviembre de 2009

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En tiempos bíblicos, el rey Salomón gustaba de salir disfrazado por las noches, para pasear por la ciudad de Jerusalén. Pero una noche, fue atacado por tres desconocidos y fue socorrido por un joven que pasaba por allí. El muchacho ahuyentó a los bandidos y el rey dio su agradecimiento. Entregó un anillo de oro al joven, para que fuese a verlo a palacio al día siguiente, donde sería recompensado.

El muchacho imaginaba que recibiría grandes riquezas y por la noche, no logró conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, se presentó en palacio y fue recibido.

- Te daré uno de los mayores tesoros que poseo, en agradecimiento por tu valentía.- dijo el rey.

El rey dio la orden de que trajeran un cofre finamente decorado.

Al ver el cofre, el joven supuso que contendría piedras preciosas y joyas, pero al abrirlo, vio simplemente tres semillas sobre una almohadilla de terciopelo.

Al notar la decepción en el rostro del joven, el rey le dijo:

- No son semillas corrientes. Son las semillas de la abundancia.

- ¿Qué propiedades tienen estas semillas?

- Debes plantarlas y regarlas, para conseguir abundancia. Pero debes utilizar lágrimas y sudor para regarlas. Y si eso no basta, lo harás con sangre. Pero no utilices agua.

El muchacho se sintió defraudado. Agradeció y se marchó. Mientras iba saliendo, el rey pudo notar que arrojaba las semillas a un rincón.

El criado también lo vio, y preguntó al rey Salomón, si debía arrestar al joven por el desprecio. Pero el rey le contestó que no era necesario, pues no obtendría jamás la abundancia, por no estar dispuesto a sacrificarse.

Entonces, el ayudante preguntó al rey, que si era necesario derramar lágrimas, sudor o sangre para conseguir la abundancia, entonces, cómo era posible que personas que no hacían nada, tuvieran gran abundancia.

El rey contestó:

- Para que las semillas crezcan deben regarse con lágrimas, sudor y sangre. Eso han hecho las personas que nombras, pero utilizaron las lágrimas, sudor y sangre ajenos. Ahora tráeme mi manto, que buscaremos alguien a quien entregarle las semillas de la abundancia.

El tigre- (versión libre sobre cuento de Horacio Quiroga)

3 de Noviembre de 2009

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Nunca vimos animal más orgulloso que nuestra gata, cuando le dimos para que amamantara a una cachorra de tigre recién nacida.

La olfateó largamente, la lavó con su lengua, la alisó y peinó sin parar, mientras la fierecilla se quejaba con estruendo.

Durante nueve días, la gata la amamantó con cariño y puso especial celo en su cuidado. Toda la leche pertenecía a la princesita gruñona. A ambos lados de sus patas, los gatitos aullaban de hambre.

Cuando la tigre abrió los ojos, la tomamos a nuestro cuidado. Preparábamos mamaderas, dosificadas y vigiladas. Debíamos cuidarnos al incorporarnos, pues la pequeña estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela. Cuidados para sus dolores de vientre, sus convulsiones. Y finalmente, largos quejidos. Paños calientes y su mirada atónita, que no nos reconocía.

No es de extrañar que la criatura sintiera predilección por nosotros. Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, siempre por el centro. Marchaba con la cabeza baja, aparentando no ver a nadie. Los peones quedaban asombrados de ver aquella presencia extraña por la carretera.

Mientras los perros y el coatí se desplazaban por las cunetas, ella andaba por el camino, con un lazo celeste al cuello, y los ojos del mismo color.

El problema con los carnívoros, es que tarde o temprano, buscan la alimentación con carne viva. Nuestra vigilancia la retrasó un poco, pero finalmente, se llevó a nuestra gallina preferida.

La joven tigre, comía solo carne cocida, y hasta desdeñaba la carne cruda. No le interesaban las ratas, ni las gallinas del corral.

La gallina que criamos en casa, había sacado pollitos, y era un ejemplo de madre. Pero un mediodía, sentimos el alboroto en el patio y allí estaba nuestra tigre relamiéndose, entre un alboroto de plumas.

Demasiado nervioso, tomé a la tigre del cuello y la lancé lejos. Pero quiso la casualidad, que golpeara su cabeza contra una piedra y también la perdimos.

No fue una tarde feliz para nosotros.

El monstruo del lago- (versión libre sobre cuento narrado por H. C. Granch)

3 de Noviembre de 2009

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Allá en tierras africanas, vivía hace mucho tiempo, Untombina, la hija de un rey poderoso. Era una joven muy valiente y orgullosa. En las tierras donde vivía, había un lago encantado, al cual, ningún ser humano se acercaba, por temor a un monstruo terrible que allí vivía.

Llegó una terrible época de lluvias torrenciales y el país había quedado inundado. Untombina que conocía las historias del monstruo, solicitó permiso a sus padres para visitar al monstruo y preguntarle si podía ayudarlos para que cesara la lluvia.

Los padres se negaron por miedo a que la muchacha se metiera en problemas debido a su testarudez. Fue así que se quedó en casa, más que por obedecer, porque estaba todo inundado y los caminos eran intransitables.

Al año siguiente, comenzaron nuevamente las lluvias y la princesa se fue al lago a pesar de los ruegos y las amenazas. Convocó a las muchachas del pueblo para que la acompañasen en su viaje.

Se reunieron doscientas muchachas vestidas con galas y la princesa Untombina al frente, vestida de novia. Salieron juntas del pueblo, con la princesa en medio.

En el camino, las muchachas iban bromeando y preguntando a los mercaderes que encontraban, cuál era la más bella. Pero los comerciantes siempre respondían que la princesa Untombina era la más hermosa. Esto enfurecía a las muchachas.

Al caer la tarde, llegaron al lago encantado. Cuando estuvieron allí, se quitaron la ropa y entraron al agua, pues hacía muchísimo calor. Pero al salir del agua, descubrieron que sus ropas ya no estaban.

Supusieron que el monstruo era el responsable. No sabían qué hacer, hasta que una de ellas propuso que suplicaran al monstruo, que les devolviera las ropas. La princesa se rehusó debido a su noble condición.

- Yo soy la hija del rey y no voy a humillarme ante un monstruo.

Con esto, se apartó del grupo que continuaba suplicando al monstruo.

De pronto, fueron cayendo los vestidos, uno a uno, como llovidos del cielo. Las muchachas se vistieron y pidieron a la princesa que suplicara por sus ropas, pero esta se negó altivamente. Entonces, el monstruo salió a la superficie y se la engulló de un bocado. Las jóvenes huyeron hacia el poblado y contaron lo sucedido al rey, quien ordenó de inmediato que vinieran sus guerreros bien armados.

- ¡Vamos a liberar a mi hija!

Un ejército se puso en marcha hacia el lago encantado. Cuando llegaron, el monstruo asomó su cabeza y se tragó a cuanto guerrero pudo. Salió de las aguas y persiguió a los guerreros que escapaban hacia el poblado, hasta las mismas puertas, donde lo detuvo el rey, que tenía la lanza más filosa y se enfrentó al monstruo, derrotándolo con mucho esfuerzo. Luego abrió la panza del monstruo y salieron todos los guerreros primero y finalmente Untombina, más altiva que nunca.

El rey y la reina estaban felices de recuperar a su hija. Y al morir el monstruo, el lago perdió su encantamiento.

El fabricante de juguetes-

3 de Noviembre de 2009

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Fui un niño campesino pobre, y jugar, era una compensación por las privaciones. Jugábamos con la naturaleza, con todos sus elementos. Era nuestro mejor espectáculo, pasábamos horas contemplándola.

Jugábamos con el agua, haciendo pozos y canales, retozando en la quebrada o lanzándonos bajo la lluvia como árboles.

También el fuego nos fascinaba. Hacíamos fogatas, creábamos volcanes. Pero el incendio en el bosque, era un espectáculo que nos aterraba, con sus lenguas terribles y el crepitar infernal.

El aire nos permitía remontar las cometas y mecía el follaje de los árboles en los que nos trepábamos.

Con la tierra podíamos hacer figuras, amasarla con agua. Era la materia prima de nuestras cerámicas. Incluso hicimos una aldea minúscula de barro, y la iluminamos con aceite de higuerilla.

Éramos una pandilla alegre, fabricábamos nuestros juguetes con nuestras propias manos, pues la pobreza no nos permitía tener de los otros.

Llegamos a ser expertos en construir trompos, jaulas, arcos, flautas de bambú, runrunes con botones, escopetas de madera.

El mejor fabricante de juguetes, era el manco Pastor, tenía once años, y nadie podía explicarse cómo lo hacía. Sus juguetes eran impecables, los nuestros, no podían competir.

Un día, pasamos la tarde para atrapar a una ardilla, que encerramos en la jaula de Pastor. Era un encanto, podíamos llevarla a casa por turnos. Compartíamos todo, aunque de vez en cuando, nos peleábamos.

Un día, todo comenzó a cambiar. La guerra había llegado y se instaló entre nosotros. Sin darnos cuenta, ya no éramos los mismos. Teníamos miedo y desconfianza. La pandilla ya no tenía oportunidades para jugar.

Un día, hirieron al padre de Pastor. Cuando se curó, su familia se fue lejos. Y la pandilla no volvió a reunirse.