Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía una mujer con su hija y su hijastra. Para la señora, todo lo que hacía su hija estaba bien. Pero en cambio, nada que la hijastra hiciera, le resultaba aceptable, a pesar de que la niña era un encanto.
A la madrastra se le había puesto en la cabeza que ya no quería a la niña en su casa. Ordenaba al marido que se la llevara a toda costa.
- Llévatela donde sea, pero no quiero verla ni oírla. No deseo que permanezca más tiempo con mi hija. Abandónala en la nieve.- le decía al marido.
El hombre lloraba, pero obedeció. Se llevó a su hija en el trineo y la dejó sobre un montón de nieve en los campos desiertos, y volvió inmediatamente a su hogar.
La niña se sentó bajo un pino, mientras el frío la recorría y comenzó a rezar en voz baja. De pronto, sintió un extraño rumor. Morozko crepitaba en un árbol cercano, saltando de rama en rama, chasqueando los dedos. Se acercó al pino donde estaba la niña y comenzó a brincar chasqueando los dedos mientras contemplaba a la pequeña.
- Pequeña, pequeña, soy Moroz Narizrubia.
- Buenos días, Moroz. Dios te envió para consolar mi alma pecadora.
- ¿Estás caliente, pequeña?
- ¡Caliente, caliente, padre Morozushko!
Moroz comenzó a bajar crepitando con más ruido y chasqueando los dedos con mayor alegría.
- ¿Estás caliente, pequeña? ¿Estás caliente, hermosa?
La niña, que apenas podía respirar por el frío, continuó diciendo:
- ¡Sí, caliente, Morozushko; caliente, padre!
Con mayor intensidad, Morozko crepitó y chasqueó los dedos. Y preguntó por última vez a la niña:
- ¿Estás caliente, pequeña? ¿Estás caliente, hermosa?
La niña ya estaba aterida y apenas logró contestar:
- Sí, estoy caliente, mi querido Morozushko.
Morozko se sintió conmovido por sus palabras dulces y la envolvió en pieles para que entrara en calor. Luego le regaló un arcón con trajes de novia, del cual extrajo un vestido bordado en plata y oro. La muchacha se lo puso. Estaba hermosa. Se sentó bajo el árbol y comenzó a cantar.
Lejos, en la casa, la madrastra preparaba el banquete fúnebre. Y ordenaba a su marido:
- ¡Ve a enterrar a tu hija!
El hombre nuevamente obedeció a su mujer. Antes de que saliera, se oyó al perro, que estaba bajo la mesa:
- ¡Guau, guau! La hija del amo está vestida en plata y oro, pero la hija de la ama, no tendrá galanes que la miren.
- ¡Silencio, perro tonto! Cómete un hueso y di: “Los galanes buscarán a la hija de la ama, pero la hija del amo está en los huesos”.
El perro comió su hueso y repitió:
- ¡Guau, guau! La hija del amo viste en plata y oro, pero la hija de la ama no tendrá galanes.
La madrastra golpeó al perro, también probó con huesos, pero el perrito seguía repitiendo:
- La hija del amo viste en plata y oro, pero la hija de la ama no tiene galanes.
El piso tembló y se abrieron las puertas. La hijastra entró junto con el enorme arcón, vestida de plata y oro, hermosa. Al verla, la madrastra comenzó a gritar:
- Esposo mío. Toma dos caballos y llévate a mi hija. Déjala en el mismo lugar que a tu hija.
El marido se llevó a la hija de su mujer al sitio donde había dejado a su propia hija.
Al ver a la niña, Moroz Narizrubia se acercó y preguntó:
- ¿Estás caliente, pequeña?
- ¡Vete al cuerno! ¿No ves que me estoy congelando?
Morozko comprendió que sin importar cuánto saltara, no obtendría una respuesta amable de aquella niña. Se sintió profundamente enfadado con la niña y la congeló hasta que murió de frío.
En la casa, la madrastra gritaba:
- Esposo mío. Ve a buscar a mi hija. Lleva los caballos más veloces y tráela junto con el arcón.
- ¡Guau, guau! Los pretendientes se van a casar con la hija del amo, pero de la hija de la ama no quedan más que los huesos.
- No me mientas, perro. Toma un hueso y dime: “Traerán a la hija de la ama, vestida de plata y oro”.
Las puertas se abrieron y la madrastra salió al encuentro de su hija, pero no había más que un cadáver helado. La mujer se puso a llorar desconsoladamente, pues sabía que la muerte de su hija era producto de su maldad y envidia.
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Etiquetas : Cuento popular ruso, Morozko

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