Margarita o el poder de la farmacopea

 

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En cierta ocasión, mi hijo me recriminó porque, según él, todo me sale bien. Esto me ha mantenido preocupado y lo he conversado con mi nuera, que en vano ha tratado de refutar mis temores.

Es cierto que mi hijo vivía en casa con su mujer y sus cuatro niños, el mayor de once y la menor, Margarita, de dos.

Mi vida ha transcurrido entre libros de química y el laboratorio. He llegado a jefe de laboratorio y algunas de mis fórmulas se encuentran en pomadas y tinturas que pueden verse en las farmacias de todo el país y que según dicen, curan a muchos enfermos. No confío mucho en eso. Pero cuando ideé mi fórmula para el tónico Hierro Plus, tuve la certeza del triunfo. Y no pude contener mi jactanciosidad al respecto.

Mi nieta menor, Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida y juiciosa. Su inapetencia la hacía lucir como sacada de un retrato del siglo XIX, la típica niña enfermiza, destinada a una muerte prematura.

Acuciado por la preocupación de ver a mi nieta restablecida, puse en práctica todas mis habilidades e inventé el tónico ya mencionado. Su eficiencia es incomparable. Cuatro cucharadas diarias fueron suficientes, para que en pocas semanas, Margarita se ensanchara y retomara el buen color.

Ahora manifiesta una voracidad satisfactoria, tal vez algo inquietante. Busca la comida con obstinación, y si se le niega, entonces arremete con bravura. Esta mañana, a la hora del desayuno, encontré un espectáculo bastante difícil de olvidar en el comedor diario. Estaba la pequeña sentada en medio de la mesa, con una media luna en cada mano. Me pareció que sus mejillas estaban demasiado rojas. Los restos de la familia se encontraban juntos con las cabezas apoyadas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, que todavía respiraba, alcanzó a balbucear:

- Margarita no tiene la culpa.

Lo dijo en ese tono de reproche que generalmente usaba conmigo.



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