Un día, las víboras decidieron dar un gran baile. Fueron invitados los sapos, las ranas, los flamencos, los pescados y los yacarés.

El baile se hizo a la orilla del río y los pescados miraban asomaditos a la arena, aplaudiendo con la cola, pues no tienen patas para bailar. Los yacarés fumaban cigarros paraguayos y se adornaron los cuellos con collares de bananas. Los sapos se pegaron escamas de pescado en el cuerpo y se movían como si nadaran. Las ranas se habían perfumado el cuerpo y caminaban en dos pies, llevando un farolito con una luciérnaga.

Las medias de los flamencos

Las que estaban mejor vestidas, eran las víboras, con trajes de bailarinas haciendo juego con el color de cada víbora. Bailaban apoyadas en la punta de sus colas, mientras los invitados aplaudían como locos.

Los únicos que no estaban felices, eran los flamencos, que por ese tiempo tenían las patas blancas, porque no eran inteligentes y no habían sabido adornarse. Ellos envidiaban los trajes de los otros invitados, principalmente los de las víboras de coral, las más hermosas.

Un flamenco tuvo una idea. Colocarse medias rojas, blancas y negras, para que las víboras se enamorasen de ellos. Fueron hasta el almacén del pueblo para comprar las medias. Pero el almacenero no tenía. Entonces fueron a otro almacén y a otro, y en todas partes los tomaban por locos.

Un tatú que estaba tomando agua en el río, escuchó lo que ocurría y quiso burlarse de ellos y se acercó.

– Buenas noches, señores flamencos. No van a encontrar lo que buscan en un almacén. Tal vez en Buenos Aires, pero eso demora. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pueden pedírselas.

Los flamencos agradecidos se despidieron y fueron volando a la cueva de la lechuza.

– Buenas noches, lechuza. Venimos a pedirle medias rojas, blancas y negras, para el gran baile de las víboras.

– Con mucho gusto.- respondió la lechuza- Aguarden un momento.

La lechuza se alejó volando y retornó un rato después con las medias. En realidad, no eran medias, sino los cueros de víboras de coral, recién sacados de las víboras que había cazado.

– Aquí les traigo las medias. Disfrútenlas, pero no dejen de bailar nunca, porque entonces van a llorar.- dijo la lechuza.

Como los flamencos son tontos, no comprendieron a qué se refería la lechuza y se pusieron los cueros de víbora como si fueran medias. Así llegaron al baile.

Cuando llegaron al baile, todos estuvieron envidiosos. Las víboras quisieron bailar sólo con ellos. Como se movían constantemente, nadie podía ver de qué estaban hechas sus medias.

Pero las víboras comenzaron a sospechar. Comenzaron entonces a observar con intensidad aquellas medias, pero los flamencos no paraban de bailar.

Cuando las víboras se dieron cuenta que los flamencos estaban muy cansados y que deberían forzosamente parar, pidieron los farolitos a los sapos. Cuando los flamencos comenzaron a caer de cansancio, las víboras se acercaron a observar sus patas con los farolitos, pudiendo ver de qué estaban hechas las medias.

– ¡No son medias!- exclamaron- Nos han engañado. Mataron a nuestras hermanas y se pusieron sus cueros.

Los flamencos asustados quisieron huir, pero no pudieron debido al enorme cansancio que tenían. Entonces, las víboras de coral se abalanzaron sobre ellos, deshaciendo sus medias a mordiscones, mordiendo también sus patas para que murieran.

Los flamencos saltaban de un lado a otro por el dolor, pero sin poder quitarse de encima a las víboras. Hasta que finalmente los dejaron libres, para que murieran por el veneno que habían dejado en sus cuerpos.

Pero los flamencos corrieron a echarse en el agua, gritando de dolor. No murieron, pasaron días con el terrible ardor en las patas, que habían cambiado su color blanco, por un color sangre que venía del veneno que contenían.

Esto ocurrió hace muchísimo, pero los flamencos todavía deben tener las patas sumergidas en el agua por el intenso ardor. En ocasiones, deben arrollar una de sus patas, para aliviar el ardor.

FIN