Las cerezas

Las cerezas versión libre

Escrito por : isabel
26 octubre 2009

 

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En una fiesta del mees de junio, durante los postres, tenía sentado frente a mí al párroco de Gondar. Pude observar cómo mudaba su rostro cuando le ofrecían un frutero de cristal con las últimas cerezas de la estación.

En el nerviosismo con que lo rechazó, pude intuir una razón moral, que luego me dediqué a escrutar, mientras volvíamos charlando por la calle de castaños. El cura sentía gran debilidad por las cerezas y pasaba grandes problemas para no sucumbir a la tentación.

- Si me descuido, me cuestan el alma o la vida.

- ¿El alma o la vida, nada menos?- repetí con sorpresa.

El cura, viendo mi interés, continuó gustoso:

Hace como siete años, no estaba yo en armonía con el párroco de mi parroquia. Había maquinado una conjuración contra mí. Logró poner a todos los feligreses en mi contra, asegurando que los dejaría sin misa el día más solemne. Así me dejó aislado y amenazado de vida. Siempre fui algo terco y soberbio, por lo que no me molesté en contestar las calumnias de mi enemigo y fui dejando que se les diese crédito. Hasta por fanfarronear, llegué a decir que dejaría a la parroquia sin misa cuando se me antojara, y a ver si alguien me podía pedir cuentas. Por allí vino el daño y por las malditas cerezas. El día del Sacramento, los mozos de la aldea decidieron dar una fiesta con misa en la iglesia del párroco, para provocarme. Yo debía asistir luego de mi misa. Fui a caballo y cuando llegué, noté que los mozos gritaban y amenazaban con varas y palos. Seguí hasta la puerta de la sacristía y entré, no había nadie. Sobre los cajones había un pañuelo lleno de cerezas y yo estaba acalorado. Me comí tres de un bocado, y apenas las hube tragado, apareció mi enemigo ante la puerta y me dijo:

- Ahí viene el sacristán, puede vestirse y dar misa, está todo listo.

- ¡Misar! Pero, ¡si ésta la dice usted!

- Estuve con cólico de mañana y tomé medicinas. Le mandé recado que hoy doblaba usted.

- No recibí ningún recado.

Pues me habían cazado. Ya no estaba en ayunas y el muy bribón, había aguardado tras la puerta a que me comiera las cerezas. Estaba atrapado o perdía mi vida, por los mozos que estaban furiosos afuera, o perdía mi alma, cometiendo un horrible sacrilegio. El pensar en fallar el Sacramento me dio valor y le dije que no estaba en ayunas y que si tenía alguna conciencia, impediría que me matasen. No cometería sacrilegio. El hombre se quedó pasmado, se echó de rodillas y me dijo:

- Absuélvame, reconcílieme, que voy a misar. Es verdad lo del cólico, pero no lo de las medicinas. Yo sí estoy en ayunas.

Le absolví y dijo misa y todo salió bien. Pero cuando veo una cereza, se me aprieta la garganta como si todavía estuviera en la sacristía.

- ¿Y luego se hicieron amigos?

- Apenas por ese momento, luego volvimos a las emboscadas.


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