nuez-de-oro

Abigail era la hermosa hija del leñador. Era una niña muy buena y generosa. Todos los días, antes de irse a la escuela, salía al bosque a buscar bayas frescas para la comida. Siempre se preocupaba por los demás y por ello era muy querida en la escuela.

Un día, cuando estaba en la parte más profunda del bosque, vio un objeto muy brillante en medio del camino. Se agachó a ver y descubrió una nuez de oro. Estaba contemplándola, cuando escuchó una voz detrás de ella:

– Veo que encontraste mi nuez.

Cuando Abigail se volteó para ver quién le hablaba, pudo ver un pequeñito vestido con un jubón rojo y gorro puntiagudo. No era un niño, a pesar de su baja estatura y su complexión esmirriada. Por la astucia con que hablaba y su carita de viejo, Abigail dedujo que debía ser un duende.

– ¡Devuélveme esa nuez! ¡No debes tomar lo que no te pertenece!

– No te la devolveré, a menos que puedas decirme cuántos pliegues tiene en la corteza. De lo contrario, la venderé para comprar ropas para los niños pobres, para que puedan abrigarse en el invierno.

– Déjame pensar. Tiene mil ciento trece pliegues.

Abigail los contó cuidadosamente, y tenía razón el duende. Entregó la nuez de oro al duende sollozante:

– Os la devuelvo señor Duende de la Floresta. Tienes razón.

– Guárdala. Tu generosidad me ha conmovido. Le darás un mejor uso. Cuando necesites algo, pídeselo a la nuez.

Sin aguardar a que le contestaran, desapareció.

A partir de ese momento, Abigail se encargó de proporcionar ropas y alimentos a todos los pobres de la comarca. Nadie sabía de dónde provenían, pero todos estaban agradecidos y felices con los beneficios. Desde ese momento, la conocieron como el ángel Abigail.