
Cuando nació el debilucho segundón, su padre lo veía como un fracaso y ni se molestó en buscarle madrina, pues pensaba que el niño tendría a la muerte de madrina.
Llegó el día del bautizo y no había sido elegida la madrina, por lo que se siguió la costumbre de que trae buena suerte invitar a la primera que pasa. Era una dama alta, flaca y vestida de negro, que atravesaba el camino helado en un anochecer de diciembre. La dama aceptó. Al llegar a la iglesia, el bebé comenzó a llorar, pero cuando la futura madrina lo tomó en brazos, se durmió plácidamente. Apenas salieron de la iglesia, la madrina desapareció misteriosamente.
La servidumbre del castillo murmuraba temerosa, sobre el bautizo y la madrina. Mientras el segundón crecía trabajosamente. Varias veces había estado al borde de la muerte, pero siempre se revivía de último momento, se incorporaba, pasaba la manito por los ojos y pedía de comer.
- Siete vidas tiene como los gatos. ¡Embrujado está, y no muere así le despeñen de la torre más alta!- decía el ama Mari Nuño a Fernán el escudero.
Fue lo que ocurrió pocos días más tarde. Jugando con el mayor en la plataforma de la torre, se colaron por una brecha y cayeron desde aquella altura. El mayor, don Félix, dejó una masa sanguinolenta e informe. El segundón, don Beltrán, fue amortiguado por una cornisa y unas matas, y pudo sostenerse y trepar nuevamente. Fernán fue testigo y todos atribuyeron el suceso a la madrina. Se convirtió Beltrán entonces en el heredero universal. Debió instruirse para la guerra, a pesar de su débil condición, pero resultó pendenciero y amigo de retos y cuchilladas, y su brazo enclenque hacía saltar la espada de los mejores guerreros. En las funciones militares, libraba sin rasguño alguno. Los demás señores le miraban con aprensión, y el vulgo con temor y admiración.
Estaba don Beltrán enamorado perdidamente de doña Estrella de Guevara, una viuda hermosa y rica, que todos deseaban. Pero ella prefería a Moncada, el duque de San Juan, y en vísperas de la boda, mientras celebraban una fiesta junto al río Jarama, salió un toro bravo que atacó al duque hiriéndolo de muerte. Esto bastó para que se hablara de brujería que favorecía a don Beltrán. Eran tantos los rumores, que el Santo Oficio debió intervenir, no sin antes experimentar serio desacuerdos, pues se trataba de prender a un noble señor.
El inquisidor general era el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de Valladares, que se había limitado a aplicar los rigores inquisitoriales a mercaderes, portugueses, judaizantes renegados y bígamos, a los que se quemaba vivos y confiscaba sus bienes. Pero tanto insistieron las familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara, que finalmente apresaron a don Beltrán.
Ya en las mazmorras, recordó las habladurías que se tejían en torno a él y desesperado exclamó:
- ¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!
Una luz invadió el calabozo y don Beltrán vio una mujer extraña, medio moza y medio vieja, con rostro parecido al suyo propio, como que era él mismo, su propia muerte.
- ¿Qué se te ofrece, ahijado?- preguntó solícita.
- ¡Salir de esta cárcel!- suplicó don Beltrán.
- Mi poder no basta para eso. Te he servido bien, te he quitado los estorbos, pero tengo límites. El amor y el odio, son más fuertes que yo. Tendrás cárcel por muchos años.
- ¿No hay ningún recurso, madrina?
- Sé un recurso para darte libertad. Yo saco a los mortales del sitio en que penan, llevándolos conmigo.
Don Beltrán sintió un escalofrío y se cubrió los ojos. Cuando volvió a mirar, estaba solo. Durante dos años mantuvo alejada a su madrina, ni siquiera la llamó cuando lo torturaron sobre el potro y quedó moribundo. Fue llevado a una celda con reja a la calle.
Una mañana vio pasar a doña Estrella de Guevara acompañada de un galán, con su cabello teñido de rubio y la alegría de vivir chispeando en sus ojos.
- ¡Madrina! ¡Ven, acude!- gritó sinceramente.
Y apenas terminó, se cerraron sus párpados y murió. Don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz, de la mano de su madrina.
Categorías : Clásicos
Etiquetas : Emilia Pardo Bazán, La madrina

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