
Hace mucho tiempo, en un reino lejano, nació una princesita, que tuvo por madrinas a todas las hadas del reino, para que cada una, le concediera un don, y así, la pequeña tuviera todos los dones imaginables.
Hubo un gran festín en palacio, después del bautismo. Todos estaban invitados. Cuando todos estaban comiendo, apareció en el salón, un hada vieja, a la que todos creían muerta y por eso, no había sido invitada.
El rey hizo disponer un sitio en la mesa para ella. Pero no tenían ya vajilla de oro, como la que tenían las otras madrinas, y por eso tuvieron que ponerle vajilla de porcelana, como a los otros comensales. Esto molestó muchísimo a la anciana, la que se creyó despreciada.
Una de las hadas, notó el enojo de la vieja y se dispuso a ser la última en otorgar sus dones, para prevenir de cualquier mal don que la anciana pudiera conferirle en venganza.
Así, las hadas concedieron sus dones, una por una. La primera le dio la belleza, la segunda le auguró un espíritu angelical, la tercera le dio la gracia, la cuarta la danza, la quinta el canto, la sexta el don musical. Cuando la vieja hada tomó su turno, dijo que la princesa se atravesaría la mano con un huso y moriría por ello.
Fue entonces, que el hada joven, que se había escondido, concedió su don, para reparar el daño que la anciana hubiese hecho. No pudiendo combatir completamente el encantamiento de su hermana hada, realizó un encantamiento que suavizaría las consecuencias del otro. La joven no moriría a causa del huso, sino que caería en un sueño profundo de cien años, luego de los cuales, llegaría el hijo de un rey a despertarla.
Para prevenir la desgracia anunciada. El rey ordenó que se destruyesen todas las ruecas del reino.
Cuando la princesa tenía quince años, se trasladó la familia real al palacio de verano. La princesa se entretenía recorriendo todas las habitaciones. Y de este modo, fue a parar un día al desván, donde había una viejecita hilando sola con su rueca. Como la princesa nunca había visto una rueca, sintió gran curiosidad y le preguntó a la anciana por su labor. La anciana le ofreció el huso para que hilara, y al momento de tomarlo, se atravesó la mano cayendo desvanecida.
Muy apenado, el rey mandó colocar a la joven en una cama con colcha bordada en oro y plata. Y ordenó que la dejasen dormir en paz, hasta que llegara el momento de despertar.
El hada joven que había protegido a la princesa, se enteró del suceso y fue a ayudar a los reyes. Se dio cuenta de que al pasar los cien años, la princesa despertaría sola en el palacio y sentiría miedo. Entonces echó un encantamiento sobre todos los miembros del palacio, excepto los reyes, y los dejó durmiendo hasta que la princesa despertase.
Los reyes regresaron a su palacio y la vegetación cubrió rápidamente el palacio de verano. De este modo, la princesa estaba a salvo de algún invasor ocasional.
Cien años más tarde, un príncipe de un reino vecino, estaba de cacería por la región y quiso internarse en el bosque encantado. Nadie había podido penetrar la espesa vegetación que cubría el castillo de la princesa, pero cuando el príncipe puso un pie en el bosque, los árboles y matorrales, comenzaron a apartarse a su paso. Pero sólo a él, permitió pasar. Llegó así, hasta las puertas de palacio.
Ingresó al palacio y todo lo que veía causaba espanto. Parecía que todos estaban muertos. Llegó hasta la habitación de la princesa y quedó maravillado por lo que vio. Era como si estuviera en presencia de un ángel. Se sintió tan conmovido, que se arrodilló a su lado.
Como el encantamiento había llegado a su fin, la princesa despertó. Vio al príncipe a su lado y supo que era su benefactor.
Todos los miembros de palacio despertaron también. La vegetación desapareció y la vida retornó a aquél lugar.
Como estaba previsto, cien años antes, la princesa y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre.
Categorías : Clásicos
Etiquetas : Cuentos de hadas, La bella durmiente del bosque

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Comentarios(2):
keisy
19 de mayo de 2011
gauguua
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yaritzy
27 de octubre de 2011
esta
historia
es
maravillosaa
gracias!
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