
Había una vez un padre con dos hijos, el mayor era muy listo y despabilado, pero en cambio, el menor, era un verdadero zoquete. El mayor se hacía cargo de todas las faenas que le encargaban, pero tenía un defecto, era miedoso. Pero el menor, Juan, no conocía lo que el miedo significaba.
Un día, el padre quiso que Juan aprendiese algo, para que tuviera con qué ganarse la vida, y éste respondió que quería aprender a tener miedo. Esto provocó la risa del mayor y la vergüenza del padre.
A los pocos días llegó un sacristán a la casa y el padre le contó lo que ocurría con su hijo menor. El sacristán le contestó que se lo llevaría y le haría conocer el miedo. El padre aceptó, creyendo que esto lo despabilaría.
El sacristán le asignó la tarea de tocar las campanas y unos días más tarde, lo despertó a medianoche y lo mandó tocar las campanas. El joven así lo hizo y cuando estuvo arriba, se topó con una figura blanca inmóvil. Varias veces le advirtió que se identificara y como no lo hizo, lo lanzó por la escalera, pensando que era un ladrón. Allí quedó el sacristán maltrecho y el muchacho se fue a dormir.
Como no regresaba a la cama, la esposa del sacristán fue a despertar al muchacho y descubrió lo ocurrido, por lo que fue a quejarse al padre del chico. El padre se llevó a Juan y le dijo que se marchara de su casa, pues era una vergüenza para él. Le dio cincuenta monedas y lo despidió.
El muchacho se marchó al alba y por el camino sólo se repetía, “Si al menos tuviera miedo”. Un hombre que iba por la misma senda lo escuchó, y cuando pasaron por la horca, le dijo que se quedara allí bajo los siete cuerpos que colgaban y aguardara la noche. El muchacho le contestó que si eso lo hacía sentir miedo, volviera a la mañana y le daría las cincuenta monedas.
Esperó bajo el patíbulo y como hacía mucho frío, encendió una hoguera. El viento era tan intenso que no le alcanzaba con el fuego y los cadáveres se chocaban entre sí. Juan pensó que estarían friolentos y los bajó de sus cuerdas y los colocó frente al fuego. Como las ropas comenzaron a quemárseles, el chico les advirtió que tuviesen cuidado o los colgaría de nuevo. Pero como los cadáveres no respondieron, acabó por colgarlos nuevamente. Sin preocuparse más, se quedó dormido. A la mañana siguiente, cuando regresó el hombre, le contó lo sucedido, y éste al ver que no ganaría su dinero, se alejó maldiciendo.
Prosiguió su camino el muchacho, siempre con su obsesión. Llegó hasta una posada, donde repetía en voz alta que deseaba tener miedo. El posadero lo escuchó y le contó que había cerca de allí un castillo encantado, donde podría lograr lo que deseaba si pasaba tres noches en él. Le dijo también, que el Rey había prometido que daría la mano de su hija al hombre que se atreviese a hacerlo. La princesa era la doncella más hermosa que alumbrara el sol. Había en el castillo, tesoros valiosos guardados por espíritus maléficos. Muchos hombres habían tratado de lograrlo, pero no habían sobrevivido.
A la mañana siguiente, Juan se presentó al Rey y le solicitó autorización para pasar tres noches en el castillo. Como le cayera simpático, el Rey lo autorizó y le permitió llevar tres cosas que no fueran inanimadas. El muchacho pidió: fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla. El Rey hizo llevar los objetos al castillo. Al anochecer, el muchacho entró en el castillo y encendió el fuego, colocó al lado el banco de carpintero y se sentó sobre el torno.
A la medianoche quiso avivar el fuego y escuchó voces provenientes de una esquina de la habitación:
- ¡Au miau! ¡Qué frío hace!
- ¡Tontos!-exclamó- Si tienen frío, acérquense al fuego para calentarse.
Apenas dijo esto, se acercaron dos gatos negros enormes que lo miraban con aspecto feroz. Cuando se calentaron lo invitaron a jugar una partida de naipes. El joven aceptó, pero pidió ver sus patas. Como tenían garras muy largas, se las cortó con en el banco de carpintero. Pero como desconfiaba de ellos, los mató y los arrojó al estanque que estaba al pie del castillo. Cuando se iba a sentar junto al fuego nuevamente, comenzaron a salir gatos y perros negros de todos los rincones, tantos, que no había dónde meterse. Apagaron el fuego, mientras el mozo contemplaba. Finalmente se molestó y tomó la cuchilla y arremetió contra ellos. Mató a los que pudo y los demás escaparon. Reavivó el fuego y se sentó. De pronto sintió sueño y buscó en derredor, encontró una cama y se acostó y se durmió sin más.
Apenas se había dormido y la cama comenzó a moverse por todas partes. Pensó que era mejor, pero cuando bajando las escaleras, cayó la cama patas arriba, entonces se volvió junto al fuego y se quedó dormido en el suelo.
A la mañana siguiente, lo vio el Rey sobre el piso y lo creyó muerto, pero Juan despertó y le prometió pasar allí las dos noches restantes.
A la noche siguiente volvió al castillo y se sentó junto al fuego lamentando no tener miedo. Antes de medianoche se oyó un estruendo que iba creciendo. Luego se sintió un alarido terrible y cayó la mitad de un hombre. El muchacho pensó que faltaba la otra mitad. Luego cayó la otra mitad. Juan fue a avivar el fuego para las mitades de hombre, y mientras hacía esto, el hombre se unió, completando su aspecto horrible y tomó el lugar del joven. El muchacho se molestó y lo hizo a un lado. Bajaron más hombres, llevando nueve tibias y dos calaveras, las colocaron en posición y se pusieron a jugar bolos. Al mozo le dieron ganas de jugar y pidió. Le exigieron dinero y él tenía, pero le molestaba que los cráneos no fueran bien redondos, por lo que los torneó hasta dejarlos debidamente. Jugó y perdió algunos florines, pero al dar las doce, todo desapareció. Se acostó y durmió tranquilamente. A la mañana siguiente lo despertó el Rey, y le contó lo ocurrido. Se había divertido mucho, pero estaba decepcionado por no entender lo que era el miedo.
La tercera noche, estaba sentado en el banco, malhumorado por su fracaso. Ya bastante tarde, entraron seis hombres cargando un ataúd. El joven supuso que traían a su primo, muerto unos días antes. Se acercó y levantó la tapa, tocó la cara helada del muerto. Calentó su mano para darle calor al muerto, pero fue inútil. Lo sacó del ataúd y se sentó junto al fuego con el cadáver sobre su regazo e intentó calentarlo, pero todo era inútil. Se le ocurrió ponerlo en la cama y se tendió junto a él, para darle calor. Al rato, el muerto comenzó a calentarse y a moverse. Luego se incorporó gritando:
- ¡Te voy a estrangular!
- ¿Con que esas tenemos? Volverás a tu ataúd.- replicó Juan.
Y lo metió nuevamente en el cajón y lo cerró. Entraron los seis hombres y se lo llevaron. Apareció después un hombre más alto, con una larga barba blanca, era viejo y de aspecto terrible.
- ¡Pronto sabrás lo que es el miedo, pues vas a morir!- le dijo.
- Soy tan fuerte como tú.- contestó el muchacho.
- Eso lo veremos. Si eres tan fuerte como dices, te dejaré marchar. Sígueme.
El ogro lo llevó por corredores hasta una fragua. Allí tomó un hacha y clavó un yunque al suelo. Juan tomó el hacha y partió el yunque y de paso, aprisionó la barba del viejo.
- Ahora te tengo en mis manos y morirás.- dijo el joven.
Recogió una barra de hierro y comenzó a golpear la viejo, hasta que éste le suplicó que no lo golpeara más, a cambio de grandes riquezas. El chico lo liberó y el viejo le mostró tres arcas llenas de oro, diciendo:
- Una es para los pobres, otra es para el Rey, y la tercera, para ti.
En ese momento sonaron las doce y el trasgo desapareció. El mozo sin preocuparse, buscó a tientas el camino a su aposento y se echó a dormir junto al fuego.
A la mañana siguiente, cuando el Rey le preguntó si conocía el miedo, Juan negó con pesadumbre. Habló de su encuentro con el muerto y con el viejo, y de los tesoros, pero que no había encontrado el miedo. Entonces el Rey le dijo que había desencantado el castillo y que le concedería la mano de su hija. Sacaron el oro, se casó con la princesa y estaba muy contento.
Un día, mientras Juan todavía estaba dormido, la princesa se acercó a él con una pecera que le traía como regalo, pero tropezó con el tapete y derramó el contenido sobre su amado, quien despertó gritando de miedo al sentir los peces que se movían sobre él.
- ¡Ay qué miedo! ¡Ahora sí, sé lo que es el miedo!
Categorías : Moralejas
Etiquetas : Cuentos fantásticos, Juan Sinmiedo

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