El tullido

El tullido

Escrito por : isabel
15 octubre 2009

 

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En una gran mansión, vivía una familia muy rica que era feliz. Todo lo que deseaban era ser felices y hacer el bien. En nochebuena instalaban un precioso árbol, elegantemente adornado, bajo el que depositaban los regalos para los pobres.

Invitaban a los niños pobres de la parroquia y cada uno venía con su madre a recibir los obsequios y la comida.

Aquel año, los invitados recibieron su sopa navideña y el pato asado, y de postre, manzanas rellenas. Después de esto, les entregaron ropa de abrigo para todos los niños.

Regresó cada uno a su humilde casa, agradecido y alegre. Igual que Kristen y Ole, un matrimonio que trabajaba el jardín de la familia rica. Recibían éstos casa y comida a cambio de su trabajo.

El matrimonio tenía cinco hijos con los que concurrían anualmente al festejo, todos excepto el hijo mayor, al cual llamaban “El tullido”, porque habiendo sido el más listo y vivaz de los cinco, un buen día, fue víctima de una debilidad en las piernas, y desde entonces no podía tenerse en pie ni andar. Había estado en cama durante cinco años.

Todos los años, la familia rica enviaba ropa nueva para El tullido, pues no podía asistir a la fiesta. Pero este año, habían cambiado la ropa de abrigo por un libro de cuentos.

Los padres no comprendieron la razón del cambio, pero aceptaron el regalo y se lo dieron a Hans, que así se llamaba. El muchacho pasaba su tiempo confeccionando calcetines de lana, incluso mantas, que la señora de la mansión compraba con mucho agrado, pero le apasionaba la lectura.

Llegó la primavera y había mucho trabajo para los padres de Hans en el jardín de Sus Señorías.

Estaban una noche discutiendo los padres de Hans junto a su cama. Hablaban sobre lo mal que estaban repartidos los bienes. Hablaban con envidia y amargura, lo que provocó la intervención de Hans, que les leyó una historia acerca del tema.

El pequeño les leyó el cuento del leñador y su mujer, que al igual que sus padres, discutían sobre la curiosidad de Adán y Eva, a la que achacaban todas sus desgracias.

El leñador y su mujer se quejaban de las injusticias de la vida, cuando ven pasar al rey, que los invitó a vivir en el palacio, donde recibirían el mismo trato real que él. Les ofreció todos los lujos, siete platos para l acomida, y todo lo que desearan, menos una sopera tapada que se suponía que no debían tocar, so pena de perder la buena vida. La mujer estaba intrigada, pero su marido la desestimulaba a cada instante, temeroso de perder los privilegios recién adquiridos. Una noche, la mujer soñó que la tapa de la sopera se levantaba sola y de ella salía un delicioso aroma a ponche y que en el fondo había una moneda de plata con una inscripción en ella: “Si bebéis este ponche, seréis las dos personas más ricas del mundo”. Al despertar, la mujer estaba más intrigada que nunca y comenzó a insistirle a su marido. Aunque su marido se oponía, la mujer levantó la tapa con sumo cuidado, pero al hacerlo, saltaron dos ratoncitos que escaparon rápidamente. Entonces apareció el rey, que les indicó que regresaran a su casa, pues habían desoído su advertencia. Y les aconsejó que no se quejaran de Adán y Eva, pues habían sido tan curiosos como ellos.

Los padres de Hans, se sintieron identificados con la historia, y le pidieron que volviese a leerla en varias ocasiones. El hijo les ofreció otras historias que no conocían, pero ellos prefirieron la que sí conocían ya.

El hijo les leyó la historia de El hombre sin necesidades ni preocupaciones: Era un rey que estaba postrado en la cama, y su enfermedad no tenía cura, a menos que se pusiera la camisa de un hombre que no supiera lo que era la preocupación y la necesidad. Envió mensajeros a todo el mundo, pero cuando encontraron al hombre indicado, era un porquerizo que no tenía camisa y aún así, se consideraba el hombre más feliz.

Los padres de Hans se rieron mucho de la historia, y el maestro del pueblo que pasaba por allí les preguntó el motivo de su risa. Los padres le contaron que se motivaba en una historia que Hans les había leído y el maestro sintió curiosidad. Conversó con el niño y desde ese momento, visitó a Hans periódicamente mientras sus padres trabajaban. Las charlas eran una fiesta para Hans, pues versaban sobre temas que desconocía, aunque eran normales para cualquier estudiante.

El maestro, que visitaba a los señores varias veces al año, comentó la importancia que había tenido el libro en la vida de Hans y su familia, y la señora envió dos escudos de plata para el muchacho. Pero el muchacho dio el dinero a sus padres.

Un buen día, la señora vino a verlo trayendo nuevos regalos, comida y una jaula dorada con un pajarito negro que cantaba de maravilla. Depositaron la jaula sobre un mueble, para que el joven pudiese contemplarlo.

El gato de la casa pareció aceptar al pajarito, y convivieron sin problemas, hasta que un día en que Hans estaba solo en casa, leyendo su adorado libro, notó que el gato observaba al pájaro con malas intenciones. Como no podía moverse, arrojó el libro al gato, que se apartó sin mucha preocupación. El pobre libro se despatarró en el aire, yendo a parar las tapas por un lado y el libro por otro.

El gato no se mostró afectado y volvió a aprontarse para saltar. Esta vez, el muchacho agitó su manta para espantarlo, lo que no sirvió de mucho. El gato saltó sobre el mueble, junto a la jaula. Hans estaba desesperado y no tenía a quien llamar. El gato subió a la jaula y la derribó. Sin pensarlo, Hans se levantó de la cama y fue a rescatar al ave, que ya estaba muerta por el susto. Salió corriendo hacia la calle y al darse cuenta, comenzó a gritar emocionado. Todos se pusieron felices por el milagro, principalmente la señora de la gran mansión, pues le había regalado el libro y el pájaro.

Pocos días más tarde, los señores mandaron llamar a Hans para felicitarlo por su recuperación. La familia quedó tan encantada con el muchacho, que decidieron financiar sus estudios en una ciudad lejana.

Marchó Hans entonces a la escuela, dejando su amado libro como recuerdo para sus padres. Y escribió cartas hermosas y alegres, donde contaba lo feliz que era. Sus padres se sintieron felices de su alegría, y sentían como si Hans todavía les leyera historias del libro.



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