El perro encantado

El perro encantado

Escrito por : isabel
29 septiembre 2009

 

el-perro-encantado1

Lo pusieron en el regazo de Alejandrita cuando tenía treinta y cuatro días y medio. Para ella fue el mejor regalo de cumpleaños, para él, otro día perro.

A la noche, privado de su madre y hermanos, lloraba sin parar y daba vueltas como un trompo despuntado. Apenas por dos pelos, se salvó del chancletazo que el padre le tiró para que se callara, que se estrelló con fuerte sonido de tambor, en la delicada espalda de Alejandrita, quien lo había cubierto con su cuerpo.

Durante las siguientes horas, todos lloraban. Feldespato –que así fue nombrado- por su soledad, Alejandrita por el chancletazo, el padre por el remordimiento y la madre por solidaridad. La mañana los encontró en un gran abrazo familiar, todos plácidamente dormidos en la cama grande. Feldespato incluido.

Feldespato, era un perrito feo, a decir verdad. Pero, para Alejandrita, no había nada más hermoso en todo el universo.

Creció como cualquier cachorro. Hasta que un fatídico día, sin más, pronunció sus primeras palabras. Alejandrita quedó maravillada, su adorada mascota podía charlar.

Su mamá llamó inmediatamente a los noticieros, para mostrar al mundo tal prodigio, y de paso, ver si podía hacerse de unos buenos pesos con él. En poco tiempo, la casa se vio invadida por extraños con cámaras.

Alejandrita se encerró con Feldespato en el ropero del altillo y se negó a moverse. Hasta que su madre la convenció de que con el dinero, la llevaría en un viaje soñado por Disney World.

La noticia corrió por todo el país, en segundos y antes de una hora, estaba en todo el planeta.

La casa se convirtió en una central telefónica, las llamadas se sucedían constantemente, de día y de noche. La familia, agotada por tanta comunicación, decidió que ya era tiempo de elegir al comprador, pues el cansancio y un zumbido peculiar en sus oídos, pudieron más que su codicia.

La favorecida, fue la Sra. Colemanita Myokito, una millonaria japonesa, quien dos días más tarde, se presentó ante su puerta, cheque en una mano y jaulita en la otra. Rápidamente, ayudada por un intérprete, concluyó el negocio y marchó rumbo a su patria, con el precioso cargamento. Y Alejandrita rumbo a su prometido paseo.

Los primeros días, la Sra. Myokito estaba fascinada, aunque no así Feldespato, que extrañaba a la dueña de su corazón. Pero pronto, las barreras idiomáticas terminaron por aburrir a la millonaria, quien vendió sin miramientos al desafortunado.

Su nuevo hogar era no menos lujoso, pero sí más occidental. Su dueño era un gordo petrolero de Texas. Al igual que la señora japonesa, el norteamericano, pronto se aburrió de que su interlocutor no hablara su lengua y lo envió a una escuela de idiomas para perros (que algún avivado había creado especialmente para la ocasión). Los resultados fueron desastrosos, Feldespato podía hablar español con erudición, pero bajo ninguna circunstancia fue capaz de aprender inglés.

Furioso con el resultado, el tejano lo vendió a un rico colombiano, cuyas arcas se habían llenado con los frutos de la droga.

Feldespato, no sería capaz de aprender inglés, pero no era tonto, fue así que se levantó en huelga y dejó de hablar. Pasaron semanas y Feldespato continuaba sumido en el silencio. El colombiano, que era de temer, montó en cólera y ordenó que lo ejecutaran.

Partió así el siniestro grupo rumbo a la selva. Ya en lo más profundo de la jungla, el pelotón aprontó sus armas, apuntó y cuando estaban por hacer fuego, una explosión venida vaya a saberse de dónde, echó por tierra a los mercenarios. Feldespato corrió tanto como sus patitas cortas se lo permitieron, hasta quedar tan perdido, que ni sus asesinos podían encontrarlo. Vagó sin destino durante días, comiendo cuando podía, durmiendo en el húmedo lecho selvático.

Cuando se hubo resignado a la soledad, se topó con un pequeño poblado. Recorrió las chozas en busca de un alma caritativa y la encontró sin esfuerzos. Era una anciana achinada, de cabellos blancos y ojos opacos, que le arrimó un tacho con un guiso espeso, que a Feldespato le pareció un manjar. De inmediato se estableció la amistad. Feldespato demostró sus mejores gracias, guardándose las palabras para el magistral final. Cuando las pronunció, la anciana no demostró sorpresa, tampoco prestó atención a la fluida conversación, lo cual desconcertó al cánido, quien no estaba dispuesto a terminar la relación por ese pequeño desprecio. Para su tranquilidad, pronto se enteró de que su nueva ama, era completamente sorda. Sabiendo esto, Feldespato respiró aliviado y pudo llevar una vida feliz. La anciana le contaba sus cosas, como todos hacemos de vez en cuando con nuestras mascotas, y él podía responderle a gusto, sin tener que preocuparse de lo que ella pensara.


Categorías : Animales

Etiquetas : ,


Comentarios(1):

  1. yurley tatiana quintero

    13 de junio de 2011

    megusto

    Karma: Thumb up 1 Thumb down 0

Dejar un comentario sobre el árticulo :

Los campos marcados con un * son obligatorios.




Escribe los caracteres tal y como aparecen en la imágen

Recomendamos los siguientes contenidos de