El patito feo

El patito feo

Escrito por : isabel
13 octubre 2009

 

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En una vieja casona de campo, había un estanque lleno de agua limpia y plantas enormes. Allí había hecho su nido una pata, que se encontraba empollando sus huevos.

Estaba ansiosa la madre, aguardando el momento en que sus polluelos rompiesen el cascarón. Hasta que finalmente, comenzaron a emerger los pequeños de sus cascarones.

- ¡Bienvenidos!- dijo la pata.

- ¡Pip! ¡Pip!- decían los patitos.

Y todos se apresuraron a salir de los cascarones y comenzaron a escrutar felices las plantas que rodeaban el nido. Todos los huevos habían eclosionado, excepto uno, el más grande. La madre estaba impaciente porque ya naciera y retornó al nido.

Finalmente, el último patito rompió el huevo y salió, ante la mirada asombrada de su madre, que exclamó:

-¡Pero qué patito más grande! No se parece a ninguno de los otros.

Pero la madre estaba segura que el patito más joven, era suyo y no podía pertenecer a ningún huevo intruso en el nido -cosa que suele ocurrir con las aves-.

A la mañana siguiente, el día estaba hermoso y la mamá pata aprovechó para llevar a su familia al foso, para que conocieran el agua.

Uno a uno, los patitos iban saltando al agua tras la madre, alentados por su llamado. Los patitos se sumergían y volvían a emerger, moviendo sus patas para avanzar en el agua. Todos los polluelos, incluido el patito feo, nadando alegremente.

La mamá pata estaba orgullosa de su prole, hasta de feo, decidió que ya era tiempo de presentarlos al corral completo. Daba instrucciones a los pequeños para que no se separaran de ella y que tuviesen mucho cuidado con el gato. Y así se encaminaron al corral.

Cuando llegaron, la madre comenzó a darles nuevas indicaciones para que saludaran a los personajes más importantes del corral. Los patos que estaban allí los miraron con desprecio y mirando al patito más grande, dijeron:

-¡Qué patito tan feo! No tenemos por qué soportarlo.- dijo uno de los patos y le dio un picotazo en el cuello.

La mamá salió en su defensa. Pero el que lo había picoteado argumentaba que era necesario despanzurrarlo porque era muy desgarbado.

- ¡Qué lindos hijos tienes! Todos excepto uno. Me gustaría que lo pudieras hacer de nuevo.- dijo la pata más aristocrática del corral.

- De ninguna manera. Tal vez no sea hermoso, pero es muy dulce y nada muy bien, quizás mejor que los otros. Estuvo más tiempo dentro del cascarón, por eso no salió tan hermoso como los demás.- contestó la madre en defensa del patito feo.

- Sean bienvenidos al corral y siéntanse como en su casa.- agregó la pata vieja.

Todos se pusieron cómodos, menos el patito feo, que sólo recibía burlas y picotazos. Los días que siguieron, no fueron mejores, por el contrario, la situación empeoró, incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban. Todos lo empujaban, pellizcaban y picoteaban, hasta su propia mamá, prefería tenerlo lejos. Un día, la niña que les servía la comida le dio un puntapié, entonces el patito escapó del corral. Corrió sin parar hasta que llegó a los pantanos donde vivían los patos salvajes y allí pasó la noche, agotado y muy triste.

A la mañana siguiente, cuando los patos salvajes remontaron el vuelo, dieron vuelta para ver que hacía su compañero. El patito hacía sus mejores reverencias para los patos salvajes. Los patos pensaron que era lo más feo que habían visto, pero no les preocupaba demasiado.

El patito sólo quería descansar y que lo dejasen en paz. Permaneció junto al pantano durante días, tranquilo bajo los juncos, hasta que aparecieron dos gansos salvajes muy jóvenes e impertinentes, que lo invitaron a emigrar.

Pero los cazadores andaban cerca y mataron a los dos gansos. Las balas continuaron, espantando a todos los gansos que estaban escondidos entre la maleza. Luego aparecieron los perros de caza, avanzando por el agua. El patito estaba aterrorizado. De pronto, un enorme perro se acercó mostrando los dientes. Repentinamente se fue sin tocarlo. El patito suspiró aliviado, creyendo que su fealdad le había quitado los deseos de comerlo. Se tendió entonces sobre el suelo, muy quietito, aguardando, mientras las balas surcaban el aire.

Horas después que todo se calmó, el patito se levantó de su escondite y huyó. Atravesó campos y praderas, pero el viento hacía que le costase mucho correr. Al atardecer encontró una cabaña humilde y se metió por una hendija.

A la mañana siguiente, el gato y la gallina de la anciana dueña de casa, descubrieron al patito y lo saludaron. La anciana que veía poco, creyó que el patito era una pata y lo adoptó en prueba. Le dieron tres semanas de plazo, para que pusiera un huevo. Pero esto, obviamente no ocurrió. El patito sentía nostalgia por la vida al aire libre y deseaba nadar, por eso se marchó.

Vivió solo, sin que nadie quisiera acercársele por lo feo que era. Llegó el otoño y luego vino la nieve, y el pobre patito lo estaba pasando muy mal en el lago. Hasta que una tarde, al ponerse el sol, llegó una bandada de aves hermosísimas. El patito nunca había visto nada más bello. Eran cisnes. Lanzaron un grito fantástico y extendieron sus imponentes alas, alzando el vuelo hacia tierras cálidas. El patito se sintió extrañamente inquieto, no sabía la razón, pero esas aves extrañas lo habían perturbado.

Aquel era un invierno terrible, el pobre patito sobrevivió a duras penas. Finalmente llegó la primavera y el patito se sintió aliviado. Un buen día probaba sus alas, cuando sin pensarlo, alzó el vuelo. Rápidamente ganó altura y avanzó hasta que divisó un lago en el que había tres cisnes bellísimos. Deseó acercarse a ellos, sin importarle si lo rechazaban. Pensaba que era mejor suerte que los cisnes lo mataran por feo, a que lo hicieran los patos y gallinas con sus picotazos. Se posó sobre el lago y nadó hasta los cisnes, que se acercaron a él con las alas encrespadas.

El patito pensó que era su fin, pero no le importó. Inclinó su cabeza, aguardando la muerte y no pudo creer lo que el agua reflejaba. Era la imagen de un elegante cisne. Los otros cisnes nadaron en su derredor, acariciándolo con el pico. Le daban la bienvenida.

Otros cisnes más viejos llegaron a ver lo que ocurría, y todos se admiraban del hermoso joven recién llegado. El patito recibió las reverencias y elogios de sus compañeros, sin mostrar ninguna vanidad. Finalmente, el patito feo fue feliz.


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