
Fui un niño campesino pobre, y jugar, era una compensación por las privaciones. Nuestros juguetes eran la naturaleza, con todos sus elementos. Era nuestro mejor espectáculo, pasábamos horas contemplándola.
Jugábamos con el agua, haciendo pozos y canales, retozando en la quebrada o lanzándonos bajo la lluvia como árboles.
También el fuego nos fascinaba. Hacíamos fogatas, creábamos volcanes. Pero el incendio en el bosque, era un espectáculo que nos aterraba, con sus lenguas terribles y el crepitar infernal.
El aire nos permitía remontar las cometas y mecía el follaje de los árboles en los que nos trepábamos.
Con la tierra podíamos hacer figuras, amasarla con agua. Era la materia prima de nuestras cerámicas. Incluso hicimos una aldea minúscula de barro, y la iluminamos con aceite de higuerilla.
Éramos una pandilla alegre, fabricábamos nuestros juguetes con nuestras propias manos, pues la pobreza no nos permitía tener de los otros.
Llegamos a ser expertos en construir trompos, jaulas, arcos, flautas de bambú, runrunes con botones, escopetas de madera.
El mejor fabricante de juguetes, era el manco Pastor, tenía once años, y nadie podía explicarse cómo lo hacía. Sus juguetes eran impecables, los nuestros, no podían competir.
Un día, pasamos la tarde para atrapar a una ardilla, que encerramos en la jaula de Pastor. Era un encanto, podíamos llevarla a casa por turnos. Compartíamos todo, aunque de vez en cuando, nos peleábamos.
Un día, todo comenzó a cambiar. La guerra había llegado y se instaló entre nosotros. Sin darnos cuenta, ya no éramos los mismos. Teníamos miedo y desconfianza. La pandilla ya no tenía oportunidades para jugar.
Un día, hirieron al padre de Pastor. Cuando se curó, su familia se fue lejos. Y la pandilla no volvió a reunirse.
Categorías : Educativos, Realistas
Etiquetas : Cuentos para niños, El fabricante de juguetes

Cargando...
Comentarios(0):
Aún no hay comentarios, se el primero!