Al payaso Plimplín, le regalaron un montón de narices para su cumpleaños. Redondas, cuadradas, rojas, negras, hasta narices con lentes y bigotes. El payaso estaba muy contento y se las probó una por una, delante de sus invitados. Luego, las guardó a todas en un mismo cajón, para asegurarse de no meter las narices donde no debía.
Los invitados, por su parte, estaban muy contentos con la fiesta de Plimplín. Era muy original, era una fiesta donde todos ellos, sin excepción, eran payasos. ¿Se imaginan una fiesta de cumpleaños, donde todos los invitados son payasos? ¡Era muy divertida!
Sin embargo, hubo un momento especial en que todos guardaron silencio y prestaron atención, mucha atención. Casi siempre en el cumpleaños de un niño, ese momento tan especial es cuando aparece el payaso. Pero en el cumpleaños del payaso, ¡apareció un niño!
Estaba atado a una silla. Todos rieron al verlo.
- ¡Yo lo conozco!- dijo Plimplín, con su voz chillona- ¿Ustedes lo conocen?
- ¡Si!- gritó Panchito.- ¡Me ensució con mostaza en el cumple de Juanita, la pelirroja!
- ¡Eso no es nada!- gritó Boniato.- ¡A mi me clavó un tenedor!
- Me pateó un tobillo en el cumpleaños de Jorgito.- dijo Soquete.- ¡Y hacía rimas con mi nombre!
- Y a mi me tiró un vaso de refresco en la cara- agregó Acuarela, la novia de Soquete, que trabajaban juntos.
Uno por uno, los payasos comenzaron a recordar las maldades que el niño había cometido en los cumpleaños de sus amiguitos. Y no solo contra ellos.
- En el cumple de Pedrito, puso un pedazo de torta bajo un almohadón, y cuando Carlitos se sentó, ¡toda la crema se le subió y le ensució el pantalón!
Cada vez que un payaso contaba una historia, los demás reían. Al principio el niño se rebelaba y gritaba cosas, pero al ver que los payasos se reían de sus insultos, se puso a llorar. A lo cual, los invitados comenzaron a cantar:
Al payaso Plimplín
se le pinchó la nariz.
Que lo cumplas payasito,
que lo cumplas feliz.
El niño continuaba llorando.
- ¡Ahora llora, el nene malcriado!- reflexionó Pelusita, mientras los demás continuaban riendo.
- Se lo merece- dijo Plimplín- por pincharme las narices.
Súbitamente apareció la madre del niño.
- ¡Mamá!- gritó el niño- ¡Sacame, este payaso se metió en mi cuarto y me trajo a la rastra, y me ató acá!
- Uy, no te vayas a hacer pipí- se burló Plimplín.
- ¡Cómo se nota, que no es tu hijo!- vociferó la mujer.
- ¡Cómo se nota!- contestó el payaso, abandonado su voz chillona- que vos tampoco ves a través del disfraz.
Y en esa voz, ella reconoció a su marido. Es decir, al padre del niño.
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