
Hubo un comerciante muy rico, tanto, que podría haber empedrado una calle con monedas de plata. Pero no lo hizo, invirtió muy bien todo su dinero. Pero murió.
Su hijo, heredó toda su fortuna y vivía alegremente despilfarrando sus riquezas, hasta que finalmente se quedó sin nada. Apenas cuatro perras gordas, una bata de noche y unas zapatillas. Sus amigos lo abandonaron porque ya no tenía nada que ofrecer. Pero uno de sus amigos que era de buen corazón, le envió un cofre viejo con una nota que decía: “¡Empaca!”. Era un buen consejo, pero no tenía nada para empacar, así que se metió en el baúl.
Era un cofre extraño, apenas se trancaba la cerradura y el cofre salía volando. El muchacho se metió y salió por los aires y siguió volando hasta que llegó a Turquía.
Escondió el cofre en el bosque y lo cubrió con hojarasca seca. Se dirigió a la ciudad, donde no llamaba la atención, pues los turcos vestían también bata y pantuflas.
Mientras caminaba por la ciudad, vio un enorme castillo y preguntó de quién era, y le contaron que allí vivía la hija del rey y que nadie podía verla, pues según las profecías, quien se enamorara de ella, la haría desgraciada. Por eso, el rey y la reina, no permitían que nadie la viese, a menos que ellos estuvieran presentes.
El hijo del mercader regresó al bosque y se metió en el cofre, y logró llegar al tejado del castillo, y entró en las habitaciones de la princesa. Ella dormía en un sofá. La joven era tan hermosa, que el joven le dio un beso sin poder resistirse. La princesa despertó asustada, pero el muchacho la calmó, contándole que era el dios de los turcos que había llegado por los aires.
Los jóvenes estuvieron conversando largo rato, el muchacho le contó infinidad de historias interesantes, hasta que le pidió a la princesa que fuera su esposa. Ella aceptó inmediatamente.
La princesa le dijo que regresara el sábado, que era el día que sus padres estaban invitados a tomar el té. Le pidió que les contara historias, pues les gustaban mucho.
El joven aceptó y cuando se despedían, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro, que le vinieron muy bien al hijo del mercader. Con el dinero se compró una bata nueva. Luego marchó al bosque a componer un nuevo cuento, que debería estar listo para ese sábado.
Apenas terminó a tiempo, los reyes lo aguardaban para tomar el té y que les contara el cuento.
El mozo comenzó su historia, mientras los reyes le escuchaban atentamente:
- Había una vez un haz de fósforos orgullosos de su estirpe. Provenían de un gran pino y tenían felices recuerdos de su niñez, cuando formaban parte de las ramas. Pero un día llegó un leñador y derribó el árbol convirtiendo el tronco en palo mayor de un barco, las ramas den diversos objetos, y a ellos, que eran astillas, les había tocado alumbrar a los pobres en la cocina. A toda esta charla respondía la olla de hierro, cuya vida había transcurrido del fuego a la pileta de lavado y luego a los estantes, donde conversaba con el resto de los utensilios y se consideraba indispensable. Pero luego intervino el eslabón y se quejó de la conversación. Los fósforos propusieron que averiguaran quién entre ellos era más noble. Así comenzó la olla de barro a contar su historia y agradó tanto a todos que fue coronada. Después la tenaza se puso a bailar y también recibió galardón. Pero los fósforos pensaban que los demás eran vulgares. La tetera se excusó de cantar, porque sólo le gustaba hacerlo para los señores. Una pluma que usaba la sirvienta para escribir, que es indignó por la negación de la tetera y propuso que cantara el pájaro que estaba enjaulado. A lo que se opuso la cafetera, que también cantaba. El cesto de las compras propuso que todos se organizaran, que él dirigiría. Entonces todos se pusieron a hacer escándalo. Pero de pronto se abrió la puerta y entró la criada, que tomó los fósforos y encendió el fuego, mientras todos los objetos de la cocina estaban muy quietos. Y los fósforos pensaban que todos deberían darse cuenta de que eran los primeros. Y así se consumieron.
El cuento gustó tanto a los reyes, que le concedieron la mano de la princesa, y la boda se fijó para el lunes siguiente.
El día previo a la boda, se celebró una gran fiesta en la ciudad, a la que todos estuvieron invitados. El hijo del mercader compró muchos cohetes y petardos, los metió en el baúl y emprendió el vuelo.
Era un gran estrépito y los turcos daban grandes saltos al verlo. Estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos quien se casaría con la princesa.
Cuando el muchacho llegó al bosque, decidió regresar a la ciudad para observar qué efecto había causado su estrepitoso paso.
Todos habían presenciado el espectáculo, pero cada uno había visto algo distinto, aunque coincidían en que era maravilloso.
- El dios de los turcos volaba envuelto en un manto de fuego.- decía uno.
Estas y otras cosas decían, todas muy agradables. Regresó al bosque para instalarse en su cofre, pero éste había desaparecido. Se había incendiado con la chispa de uno de los cohetes, que había encendido el forro. El hijo del mercader ya no pudo volver a palacio y su prometida pasó el día entero esperándolo en el tejado. Y todavía sigue esperando, mientras él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno es tan magnífico como el de los fósforos.
Categorías : Mágicos
Etiquetas : Cuentos moralizantes, El cofre volador

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Comentarios(1):
juliana
22 de agosto de 2010
me encanto muy lindo el cuento
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