Era el castillo de un señor feudal muy poderoso, pero que a diferencia de sus iguales, tenía un corazón muy bueno y generoso. Este señor siempre se había ocupado de sus vasallos y siervos con mucho esmero y cariño, cuidando de que nada les faltara. A cambio, sus servidores habían trabajado con esmero y devoción, convirtiéndolo en el señor feudal más próspero de todo el reino. Incluso se rumoreaba que era más rico que el propio rey.
Eliseo, como se llamaba el señor, había perdido a su único hijo en batalla y desde entonces estaba muy solo, por lo que dedicaba todo su tiempo a cuidar de su feudo.
Un día lluvioso, una caravana de gitanos acróbatas llegó a la comarca para establecer su campamento durante unos días y ofrecer su espectáculo a los villanos. En poco rato desempacaron sus cacharpas y estuvieron listos para sus ensayos. Una comitiva se encargó de recorrer el castillo y los alrededores, anunciando las funciones a los aldeanos que miraban asombrados a aquellos excéntricos personajes.
Eliseo se distrajo de sus tareas habituales para observar a los emisarios, era un grupo muy diferente de los pobladores del feudo, pero lo que más le llamó la atención fue una niña que no encajaba con sus parientes. Era muy pálida, con una cabellera suelta y larga que le caía por los hombros. Era tan bonita que despertaba su ternura. Decidió entonces que asistiría a la función.
Llovía como nunca a la hora de la función, pero eran tan pocas las oportunidades de ver un entretenimiento por aquellos lares, que la carpa estaba rebosante y habían tenido que rechazar espectadores, quienes deberían aguardar al día siguiente para disfrutar del espectáculo. Pero no podían negarle un sitio preferencial al señor feudal, de modo que Eliseo se quedó con el mejor asiento disponible.
La función comenzó y produjo el asombro de todos los presentes, incluido el señor feudal, que de boca abierta observaba las cabriolas de los equilibristas y se reía hasta las lágrimas con las trastadas de los bufones. Todo iba de maravilla, la llegada de los gitanos había producido un recreo saludable en aquellas gentes de vida sacrificada.
Pero siempre, algo sale mal. Una de las antorchas que alumbraban el lugar, salió de control debido al intenso viento que se colaba por los huecos de la carpa y comenzó el fuego, que rápidamente se extendió por todas partes. Los espectadores y actores, corrían aterrorizados sin tener mucha noción de lo que hacían. Se pechaban y caían unos sobre otros, entorpeciendo la huída de todos y la propia. Era un espectáculo terrible. Padres que abandonaban a sus hijos a las llamas por salvarse a sí mismos, hermanos que se incendiaban para salvar a sus hermanos más pequeños. Un suceso digno del infierno.
Nuestro señor feudal alcanzó a salir de su asiento justo antes de que el poste principal que sostenía la tienda cayera sobre su asiento. Mientras huía, pudo ver a la pequeña que había llamado su atención por la tarde, acurrucada bajo una mesa. Se acercó a ella y la tomó de la mano para conducirla hacia el exterior, apenas antes de que todo quedara envuelto por las llamas.
Cuando lograron sofocar el incendio y se realizó el recuento de víctimas, muchos de los gitanos habían perecido bajo la carpa, incluidos los padres de la pequeña extraña. Los que sobrevivieron se encontraban algunos malheridos, otros ilesos, pero todos necesitaban atención.
Eliseo alojó a los gitanos y demás heridos en el castillo y les brindó la atención necesaria para que se repusieran, también ofreció alojamiento y trabajo a quienes hubiesen resultado heridos y no pudiesen continuar con la caravana.
Entre los gitanos que se quedaron en el castillo estaba la pequeña Sofía, que así se llamaba la niña que había conmovido al señor feudal. Como después vino a saber el señor, la pequeña había sido adoptada por sus padres gitanos, cuando la encontraron abandonada en la puerta de una iglesia en la ciudad de San Petersburgo y por eso su apariencia. Eliseo decidió adoptarla como su hija y heredera, ya que no tenía otro descendiente en el mundo y tratarla como si fuese una hija de verdad.
Desde ese momento, le enseñó todo lo que debía saber para llevar a delante su feudo y comportarse como una dama de la nobleza, aunque debido a sus dotes acrobáticas, también recibió instrucción en combate, para que cuando el feudo pasara a sus manos, pudiese tomar el poder con todas las garantías.
Muchos años más tarde, cuando ya era una dama, casada y con hijos jóvenes, su padrastro falleció y dejó el castillo y el feudo a su cuidado, y tanto ella como su descendencia, rindieron honores a la tarea de aquel generoso señor, que había llevado la prosperidad a la comarca y que jamás fue olvidado, como tampoco sus nobles acciones.
Autora: Andrea Sorchantes.
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Comentarios(2):
sachha .....
10 de abril de 2012
esto esta muy bonito y ps te deja algo muy bueno de q no seas presumido o malo pero q seas en realidad humilde esta muy bonito los quiero mucho
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sachha .....
10 de abril de 2012
pongan mas comentarios plissssss
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