
En una pequeña casa en el bosque vivía una familia con tres hijos. Dos varones y una niña, que era la mayor.
La niña era egoísta y caprichosa, tan sólo pensaba en sí misma. Pero un día se enfermó misteriosamente. Los doctores no comprendían lo que le sucedía y no podían curarla.
Un día, los hermanos lloraban por la hermana enferma, cuando pasó un viejo leñador y al verlos tan tristes, preguntó qué ocurría. Cuando le explicaron lo sucedió, el leñador les dijo que el mal que afectaba a su hermana, no era físico sino del alma. Pues su egoísmo la había aislado de las personas, nadie quería jugar con ella y sus padres deseaban que fuera mejor, por eso había enfermado.
El leñador aconsejó a los niños que fueran al castillo de los olores, pues allí estaba el remedio. Era un castillo que guardaba los aromas más bellos del mundo, y cada uno representaba a una cualidad humana: la bondad, el amor, la generosidad y la humildad. Debían llevar al leñador cuatro tarros de cristal con los cuatro aromas del castillo, para que los mezclara y curara a la hermana.
- Pero ella debe ir con vosotros.- dijo el leñador- no pueden ayudarla si ella no desea curarse.
Los hermanos convencieron a su hermana y fabricaron una camilla para llevarla. Caminaron varios días y finalmente llegaron. El puente levadizo estaba abierto, como si los esperasen. Al entrar vieron cuatro puertas y se dirigieron a la primera. Al entrar, sintieron un aroma extraño y vieron un pajarito con un ala rota en el suelo. Los niños se conmovieron al verlo. La niña, aunque estaba muy débil, pidió para cuidarlo y cuando lo tomó entre sus manos, sopló un viento que llenó uno de los tarros de cristal que cargaban.
Pasaron a la siguiente puerta y al abrirla dejaron caer un escudo que colgaba de la pared, el que cayó sobre el pie de uno de los niños. El otro hermano no conseguía quitar el escudo, entonces la niña se levantó penosamente de la camilla y quitó el escudo del pie de su hermano. Rompió su lindo vestido para hacer una venda y lo vendó. Otro de los frascos, se llenó.
Cuando llegaron a la tercera puerta, sentían mucha hambre, pues habían pasado muchos días caminando, y tan sólo les quedaban dos trozos de pan. La niña pidió uno para sí y los hermanos compartieron el trozo que quedaba. Como el hermano menor se sintió triste por el pequeño trocito que le tocara, la niña le dio un poco del suyo. Fue así que se llenó el tercer frasco.
En la cuarta puerta pudieron ver un tapiz sobre la pared, que tenía dos escenas, una representando a un caballero que maltrataba a sus siervos y la otra, con el mismo caballero, vencido por aquellos vasallos. Al verlo, la niña comenzó a llorar diciendo:
- ¡Yo soy como el caballero, os he herido sin querer, no he disfrutado de mi familia ni de su amor! ¡Sólo he pensado en mí y por eso ahora estoy tan triste!
El cuarto frasco se llenó y los niños regresaron a su casa.
Cuando faltaba poco para llegar, la niña se levantó de la camilla y caminó por sí misma. Al llegar a su casa, los padres se sorprendieron y rompieron en llanto emocionado.
El leñador le dijo a la niña:
- Espero que esto te haya servido de lección. Ya estás curada.
A partir de entonces, la niña cambió su manera de ser y volvió a reír, pues disfrutaba del amor de los suyos y de las pequeñas cosas de cada día.
Categorías : Educativos
Etiquetas : Cuentos tradicionales, El castillo de los olores

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