
En un lejano país, hace mucho tiempo, vivía una hermosa princesa llamada Adeline. Su belleza era legendaria y los pretendientes llegaban desde todas partes de la tierra para pedir su mano en matrimonio. Pero ella siempre los rechazaba.
Como la princesa no podía elegir pretendiente, el Rey organizó un torneo para determinar cuál sería el caballero que se convertiría en su esposo.
Esto entristeció a la princesa, pues ella amaba en secreto a un apuesto mozo de palacio, que también la amaba, pero que no podía aspirar a casarse con ella por ser un simple sirviente.
El día fijado para el torneo se acercaba, y los enamorados estaban muy preocupados, debían encontrar una solución para su dilema. Finalmente, Eduardo, que así se llamaba, tuvo una buena idea. Se presentaría a las justas para competir por la mano de la princesa.
Eduardo era un muchacho alto y fornido, y sabía luchar muy bien, por lo que tenía grandes posibilidades de salir victorioso. Además, prefería arriesgar la vida para ganar la mano de la princesa, antes que vivir sin ella.
- Me presentaré al torneo. Iré vestido distinto a todos los demás, así podrás reconocerme.- dijo Eduardo.
El día del torneo, todo el pueblo estaba presente. Los participantes iban llegando con sus relucientes armaduras, montados en briosos corceles. Cuando estaban a punto de comenzar, llegó un jinete vestido con una armadura de color rojo brillante y pidió permiso para participar.
El torneo comenzó y los caballeros se sucedían, quedando fuera los derrotados. Finalmente, quedaron sólo un caballero de negra armadura y el caballero rojo, ambos eran muy buenos y el resultado era impredecible. Adeline estaba emocionada por la contienda, estaba segura de que su amado era el caballero de la armadura roja.
De pronto, el caballero rojo derribó al de negro con su lanza. El pueblo gritaba, vivas, para el vencedor. La princesa estaba a punto de desmayarse de la emoción. Cuando el caballero rojo descubrió su rostro y se presentó al Rey, éste no podía dar crédito a sus ojos.
Eduardo se excusó por el atrevimiento y confesó su amor por la princesa. El Rey sorprendido interrogó a la princesa.
- Yo también lo amo, padre.- contestó la princesa Adeline.
El Rey conmovido por el amor que veía en su rostro, y sabiendo que Eduardo era un buen hombre, consintió la boda.
El matrimonio se celebró en grande. Adeline y Eduardo fueron muy felices. Cuando el Rey se retiró, los jóvenes gobernaron con sabiduría y acierto, y se ganaron el afecto del pueblo.
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Etiquetas : Eduardo, El caballero rojo

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