El buen carpintero

El buen carpintero

Escrito por : isabel
29 octubre 2009

 

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Jonás era el carpintero del pueblo y tenía un pequeño taller al final de una calle pobre. Todos acudían a él para hacer sus encargos, no sólo porque era el único carpintero, sino porque era muy bondadoso. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, cuando alguien le encargaba un trabajo y no tenía dinero, Jonás no le cobraba nada por ello.

Salía un día de uno de sus trabajos, cuando se encontró con el zapatero, que era muy buen amigo suyo. Se detuvieron a conversar un rato, hasta que se hizo hora de retornar a su hogar.

Ya en su casa, dejó las herramientas sobre la mesa y se lavó las manos, y se disponía a preparase la cena, cuando vio una moneda de oro reluciente sobre la mesa.

Quedó muy intrigado por aquél hallazgo, pues creía que alguien había dejado olvidada la moneda en su casa. Deseaba devolverla a su dueño, pero no conseguía averiguar a quién pertenecía. Estuvo durante mucho tiempo pensando, pero nada se le ocurría.

Al día siguiente, como no encontrara al propietario de la moneda, decidió que se la daría a Juana, una señora muy pobre con cinco hijos, que vivía a unas cuadras de su casa. La mujer se puso muy contenta y salió a comprar comida para sus hijos.

Volvió a su taller para continuar trabajando y así se mantuvo ocupado. Cuando paró para almorzar, encontró sobre la mesa, dos brillantes monedas doradas, en el mismo sitio, donde el día anterior, encontrara la otra. Jonás estaba muy sorprendido, era indudable que no se trataba de un olvido, pues nadie había entrado aún en el taller. Así que decidió guardarlas en el bolsillo de su pantalón.

A la tarde, llegó un vecino, al cual había arreglado el tejado. Era momento de pagar, pero el hombre no tenía dinero y había perdido su trabajo, entonces Jonás le dijo que no se preocupara, que no necesitaba pagarle. El hombre se sintió muy agradecido y abrazó al carpintero antes de marcharse.

Cuando Jonás quedó solo, pudo notar que había dos nuevas monedas de oro sobre la mesa. Las tomó y las guardó junto con las otras.

Pasó la noche buscando una explicación para aquel raro fenómeno, pero la única que se le ocurrió, fue que recibía recompensa por ayudar a los necesitados. Entonces se dispuso a probar su teoría.

A la mañana siguiente, salió para arreglar una ventana. Realizó el arreglo y no quiso cobrar nada por ello. Y como si fuera poco, también reparó un gozne de una puerta que chirriaba.

Al regresar a su taller, se encontró sobre la mesa, cuatro sendas monedas de oro. Jonás estaba emocionado. Cerró la puerta con cerrojo, recogió las monedas y las guardó con las demás.

Pasaron los días y Jonás fue acrecentando su capital, hasta conseguir una fortuna. Pero sin que se diera cuenta, este dinero lo iba transformando, se había vuelto codicioso.

Un día, el carpintero encontró a un limosnero ciego en la puerta de la iglesia y le entregó una moneda. Corrió al taller para recibir su recompensa, pero lo único que había sobre la mesa, era una moneda de hierro. Confundido, salió nuevamente a la calle y regaló una suma más importante a la primera persona con la que se cruzó. Retornó al taller para buscar la moneda correspondiente, peo no encontró nada. Revisó el banco de trabajo, entre las herramientas, en la basura, pero solamente encontró dos monedas de hierro.

Se sintió muy decepcionado y rabioso, y decidió que protegería las monedas que ya había conseguido. Las llevó al banco del pueblo, en un cofre. De camino al banco, se cruzó con su amigo el zapatero, pero ni se molestó en contestarle el saludo, pues estaba muy ocupado en sus pensamientos.

Jonás iba todos los días al banco, a contar sus monedas. Se había vuelto desconfiado y huraño, y su corazón estaba endurecido. Pero, una mañana estaba en el banco como de costumbre, para su recuenta diaria, y se llevó una gran sorpresa. Sus preciadas monedas de oro, se habían convertido en simples monedas de hierro. Como un loco fue a pedir explicaciones a la gente del banco, pero nadie podía responderle. Sin nada que pudiera hacer, Jonás se echó a llorar.

Se volvió a su casa, cargando el cofre de monedas inútiles. Cuando iba de camino, le salió al paso un viejo herrero para pedirle una limosna. El carpintero le entregó el cofre. El herrero lo abrió y se puso feliz, pues con aquel hierro, podía hacer muchas herraduras para trabajar.

Jonás siguió camino a su taller y se puso a trabajar. Cuando paró para tomar un respiro, pudo ver otra moneda de oro, brillando sobre la mesa. En ese momento, comprendió que la verdadera recompensa, está en ayudar a otros, sin esperar nada a cambio.


Categorías : Mágicos

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