
A Marizel le gustaba cambiar de lugar con sus muñecas. Se quedaba tirada en un rincón, con la esperanza de que alguien le apretara el ombligo y ella pudiera abrir la boca: “Mamá.”
Una noche se cortó el dedo y descubrió que estaba rellena de aserrín. Cortó una de sus muñecas y sangraba.
Días después despertó con las mejillas pintadas de rosado y el rosado no salía.
Luego, al despertar no podía mover un brazo; a la mañana siguiente, el otro; y en dos mañanas más, ninguna parte del cuerpo. Debería haberse aterrado, pero su rostro sonreía y poco a poco aquella sonrisa fue todo en lo que pensaba. Vio que Marizel, la otra Marizel, se acostaba con ella y la arropaba. No podía cerrar los ojos pero la habitación empezó a desaparecer y la conciencia misma de que estaba sobre la cama; todo menos la sonrisa, que quedó flotando dentro y fuera de Marizel, el alma de las muñecas.
Categorías : Mágicos
Etiquetas : cuento fantástico, El alma de las muñecas

Cargando...
Comentarios(0):
Aún no hay comentarios, se el primero!