El alma de las muñecas

El alma de las muñecas

Escrito por : isabel
5 abril 2010

 

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A Marizel le gustaba cambiar de lugar con sus muñecas. Se quedaba tirada en un rincón, con la esperanza de que alguien le apretara el ombligo y ella pudiera abrir la boca: “Mamá.”

Una noche se cortó el dedo y descubrió que estaba rellena de aserrín. Cortó una de sus muñecas y sangraba.

Días después despertó con las mejillas pintadas de rosado y el rosado no salía.

Luego, al despertar no podía mover un brazo; a la mañana siguiente, el otro; y en dos mañanas más, ninguna parte del cuerpo. Debería haberse aterrado, pero su rostro sonreía y poco a poco aquella sonrisa fue todo en lo que pensaba. Vio que Marizel, la otra Marizel, se acostaba con ella y la arropaba. No podía cerrar los ojos pero la habitación empezó a desaparecer y la conciencia misma de que estaba sobre la cama; todo menos la sonrisa, que quedó flotando dentro y fuera de Marizel, el alma de las muñecas.



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