Archivo de la categoría ‘Princesas y reyes’

El príncipe Lapio (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

Miércoles, 16 de Junio de 2010

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Había una vez, un príncipe muy injusto. Era hermoso, valiente e inteligente, pero no le interesaba la justicia. Su padre mandó llamar a un sabio para que le enseñara la justicia.

- Llévatelo mi sabio amigo. Que no vuelva hasta que esté listo para ser un rey justo.

El sabio partió en barco con el príncipe, pero un accidente los arrojó a una isla desierta, sin agua ni comida. Durante los primeros días, el príncipe Lapio pudo pescar algunos peces, gracias a sus habilidades de cazador. Pero, cuando el anciano sabio solicitó que compartiera su comida, el joven se negó.

Luego comenzó a escasear la pesca del príncipe, mientras que el anciano lograba cazar aves todos los días, las que no compartía con el joven, para devolverle el favor. Incluso llegó a acumular aves, mientras Lapio se ponía delgado, hasta que el príncipe llegó a suplicar por un poco de comida.

- Sólo los compartiré si muestras la lección que aprendiste.- dijo el sabio.
- La justicia consiste en compartir lo que tenemos entre todos por igual. –dijo el príncipe.

El sabio lo felicitó y compartió su comida. Esa misma tarde, fueron recogidos por un barco y en su camino de regreso, anclaron junto a una montaña, donde el príncipe fue reconocido por un aldeano.

- Soy Maxi, el jefe de los maxiatos, tenemos problemas con nuestros vecinos, los miniatos, con quienes compartimos carne y verduras, pero tenemos diferencias sobre cómo repartirlas.
- Pues cuenten cuántos son y repartan la comida en porciones iguales. –dijo Lapio.

Los hombres de la montaña se alegraron, pero Maxi y los maxiatos atacaron al príncipe y lo encerraron en una celda, acusándolo de atentar contra su pueblo. Le exigieron que solucionara el problema o quedaría encerrado para siempre.

El problema estaba en que los miniatos eran muchísimos y pequeñitos, mientras que los maxiatos eran pocos y enormes, por lo que la solución del príncipe condenaría al hambre a los maxiatos, con sus raciones pequeñas, mientras que los miniatos tendrían superabundancia. El príncipe pasó la noche tratando de encontrar la solución al dilema.

A la mañana siguiente, el príncipe dijo que cada uno tomara el mismo número de bocados, de este modo, todos comerían igual de acuerdo a su tamaño. Esta solución dejó a todos contentos. Hicieron una gran fiesta y dejaron libre al príncipe, llenándolo de regalos.

De camino, el príncipe comentó al sabio:

- No es justo dar a todos lo mismo, sino hacerlo en la medida de sus necesidades.

Muy cerca del destino, se detuvieron en una aldea pequeña, donde un hombre muy pobre los recibió y atendió en todo, mientras que otro igualmente pobre, hacía alarde de su pobreza pidiendo limosna. Un tercero, que parecía ser muy rico, envió dos sirvientes para que los atendieran en todo.

El príncipe quedó tan complacido, que decidió obsequiar todo el oro que había recibido de los maxiatos. Cuando supieron esto los tres hombres, le reclamaron cada uno su parte. El sabio preguntó por la forma de reparto, y el príncipe tuvo que meditar mucho sobre su decisión. Evidentemente, el hombre rico gastaba más oro para mantener a sus sirvientes, y era quien mejor los había atendido, pero no era esa la respuesta. Finalmente, el príncipe hizo tres montones diferentes con las monedas, dio el más grande al hombre pobre, el mediano al rico, y el más pequeño al mendigo, y se despidió.

Al llegar a palacio, el sabio le preguntó sobre su concepto de justicia, a lo que el príncipe contestó:

- Ser justo es repartir las cosas de acuerdo a las necesidades, pero también a los méritos de cada uno. Por eso di el montón de monedas grande al hombre pobre que tan bien nos atendió, el mediano al rico, pues nos atendió bien, pero no lo necesitaba, y el menor al alborotador, pues no hizo nada digno, pero tenía gran necesidad de dinero.

A partir de entonces, el príncipe Lapio fue conocido como un hombre muy justo en todo el reino, y llegó a ser un gran rey.

El príncipe rana-

Jueves, 22 de Octubre de 2009

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En un reino lejano vivía una princesa hermosa, que era aficionada a los objetos de oro.

Le gustaba pasarse las horas jugando con una bolita de oro junto a un viejo pozo. Pero un día, la bolita cayó dentro del pozo y la princesa no pudo alcanzarla. Estaba muy triste y se puso a llorar. De pronto escuchó una voz misteriosa, era una rana que estaba en el pozo.

- ¿Por qué lloras, princesa?

- Porque mi bolita de oro cayó dentro del pozo.

- Puedo recobrarla para ti, pero debes darme algo a cambio.

- ¿Qué es lo que quieres?

- Que seas mi mejor amiga.

La princesa aceptó, aunque pensaba que eran tonterías de la rana.

La rana se sumergió y en un periquete, apareció con la bolita de oro en la boca. Y dejó el objeto a los pies de la princesa.

La princesa recogió su juguete y se fue corriendo al castillo sin dar siquiera las gracias.

La princesa olvidó por completo a la rana, y al día siguiente, mientras cenaba, se oyó una voz que pedía que abriesen la puerta.

Intrigada por la voz, la princesa fue a abrir la puerta y cuando vio a la rana, le cerró la puerta en las narices.

El rey sospechó que algo ocurría y preguntó a su hija. Mientras la princesa explicaba lo sucedido a su padre, la rana continuaba golpeando la puerta del castillo y recordándole su promesa.

- Una promesa hecha, debe cumplirse.- dijo el rey a su hija.

La princesa dejó entrar a la rana de mala gana.

La rana la siguió hasta la mesa y le pidió que la subiera a la silla que estaba junto a ella. La princesa se molestó con la rana, pero debió obedecer, pues su padre vigilaba serio.

Como la silla era muy baja, la rana pidió que la subiera a la mesa. Cuando estuvo sobre la mesa, pidió que le acercara el plato, para comer con ella.

La princesa acercó el plato, pero perdió el apetito. Una vez que la rana estuvo satisfecha, le dijo:

- Tengo sueño. Llévame a dormir a tu habitación.

La princesas no toleraba la idea de compartir la habitación con aquel animal y se puso a llorar. Pero el rey replicó:

- Llévala a tu habitación. No debes dar la espalda a quien te ayudó cuando necesitabas.

Resignada, la princesa llevó la rana a su habitación y la depositó en un rincón. Pero al poco rato, la rana se acercó a la cama y le pidió que la subiera, bajo amenaza de contarle al padre.

La princesa subió la rana a la cama y se metió dentro. Entonces notó sorprendida, que la rana lloraba en silencio.

- ¿Qué te ocurre ahora?- preguntó la joven.
- Yo quería que fueras mi amiga. Pero no me quieres, creo que lo mejor, será que regrese al pozo.

Estas palabras conmovieron a la princesa que se sentó junto a la rana y le dijo dulcemente:

- No llores más. Seré tu amiga.

Para mostrar su sinceridad, la princesa le dio un beso de buenas noches a la rana, y de inmediato, la rana se convirtió en un apuesto príncipe.

La princesa no salía de su asombro. Así comenzó una hermosa amistad. Y luego de unos años, se casaron y fueron felices.

La princesa de fuego- (Pedro Pablo Sacristan – versión abreviada)

Miércoles, 21 de Octubre de 2009

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En un castillo lejano, mucho tiempo atrás, vivía una princesa de incomparable belleza. Pero esta joven era, además, muy sabia y rica. Los pretendientes llegaban hasta el castillo constantemente, buscando obtener sus riquezas.

Pero la princesa, cansada de tanto pretendiente falso, publicó un edicto real, donde decía que se casaría con aquel joven que le presentase el regalo más valioso, tierno y sincero del mundo.

Al día siguiente, el castillo estaba lleno de flores y regalos de todo tipo, cartas de amor ardiente que los poetas escribían. La cantidad de regalos era abrumadora y entre ellos descubrió una simple y sucia piedra.

La princesa, intrigada, hizo llamar al responsable de aquel regalo.

- Esta piedra representa lo más valioso que os puedo dar, majestad. Es mi corazón. – dijo el joven- Es sincera, porque aún no es vuestro. Es dura como una piedra, sólo cuando se llene de amor, se ablandará y será el más tierno de todos.

El joven se marchó sin angustias, pero la princesa quedó prendada e intrigadísima. Llevaba aquella piedra a todas partes. Durante meses colmó al joven de atenciones y regalos, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra que la princesa cargaba.

La muchacha se sintió tan desanimada que arrojó la piedra a la chimenea encendida, el fuego consumió rápidamente la arena, de la que emergió una preciosa figura de oro. Entonces comprendió que debería hacer como el fuego y transformar todo a su alrededor, separando lo inútil de lo importante.

La princesa se dedicó a cambiar las cosas en su reino a partir de entonces, dedicó todos sus esfuerzos a ello. Terminó con los lujos y se encargó de que todos los habitantes tuviesen comida y libros.

Todo el que debía tratar con la princesa estaba encantado con su carácter y su vitalidad, tanto que comenzaron a llamarla cariñosamente, “la princesa de fuego”.

Fue así que el corazón del joven se vio conmovido por la bondad y sabiduría de la princesa, y resultó tan tierno como había prometido. Y fueron felices para siempre.

El cuarto de espejos-

Miércoles, 21 de Octubre de 2009

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Había una vez una princesa muy presumida y vanidosa, que sólo pensaba en sí misma. No le interesaba su familia, ni ninguna persona que la rodease, trataba a todo el mundo con indiferencia, como si no precisara de nadie más en el mundo.

Hasta que un día llegó un hada madrina al palacio, como invitada del rey y la reina, pero la princesa fue descortés con ella, ante el asombro de los reyes que no sabían cómo disculpar su conducta desagradable.

El hada madrina impuso un castigo a la joven:

- Si sólo te quieres a ti misma y crees que no necesitas de nadie, desde hoy vivirás sola con tu propio reflejo. Hasta que cambies sinceramente, será así.

La princesa fue encerrada en un cuarto lleno de espejos del que no podía salir. Cada día pasaba mirando su reflejo por toda la habitación.

Pasaron los años y la princesa continuaba encerrada. Al despertar lo único que podía ver, era su cara reflejada en todos los espejos del cuarto; arriba, abajo, a los lados, en todas partes había espejos reflejándola.

Finalmente, luego de varios años, la princesa comenzó a sentirse sola y pensó que tal vez necesitara de su familia, comenzó a extrañarlos. A medida que los sentimientos aumentaban, uno de los espejos se iba volviendo invisible y le permitió ver hacia fuera del cuarto. Pudo ver a su padre escribiendo en su escritorio, luego a su madre tejiendo. Alcanzó a ver hasta la cocina, donde la niñera que la había criado, estaba trabajando. También alcanzó a ver al hijo de la niñera, que había jugado con ella de pequeño, ahora podaba las rosas del jardín y había crecido.

Poco a poco iba recordando a las personas que la rodeaban y despertando su cariño por ellos y conforme esto ocurría, los espejos desaparecían y podía ver más hacia fuera. Extrañaba y anhelaba todo aquello que se había perdido durante años.

Llegó el día en que todos los espejos se tornaron invisibles y la princesa podía ver todo lo que le rodeaba, entonces no pudo contener los deseos de salir corriendo, abrió la puerta y salió del cuarto.

Cuando estuvo fuera, toda la familia se alegró de verla. Ella los abrazó y lloró emocionada.

De pronto llegó el hada madrina y la joven temió que la devolviese al cuarto de espejos.

- Por favor, no me vuelvas a encerrar, no lo toleraría. Ya aprendí mi lección, no soporto verme todo el tiempo, día tras día en ese cuarto.
- Nunca estuviste encerrada, la puerta estaba sin cerrojo. Yo sólo te puse allí. Fue tu orgullo el que te impidió abrir la puerta. Asumiste lo peor y actuaste en base a ello. Ese cuarto no era un cuarto de espejos, sino un cuarto de cristal. Hubieras podido ver a través de él, pero tus sentimientos solo te permitían ver tu propio reflejo. Necesitabas un tiempo a solas para comprender que no puedes vivir aislada. Ya no volverás a aquel cuarto, pues tu corazón te ha liberado.

El picapedrero- (versión abreviada)

Martes, 20 de Octubre de 2009

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Hace mucho pero mucho tiempo, en un reino lejano, había un rey que vivía con su familia en un enorme castillo cerca de una gran montaña.

El rey tenía una hija llamada Teresa. La princesa salía todos los días a pasear por los alrededores del castillo y un buen día conoció a un humilde picapedrero llamado Pedro. El picapedrero era muy amable y bondadoso, y Teresa se enamoró de él.

Los enamorados decidieron que querían casarse y la princesa fue a contárselo al rey. Pero el rey se enfadó muchísimo al conocer la noticia y le prohibió casarse con el picapedrero, pues no era digno de una princesa.

- ¡Tú debes casarte con el ser más poderoso de la tierra, nadie más es digno de ti!

El rey mandó llamar a todos sus sabios para que encontraran quién era el ser más poderoso del mundo. Los sabios reunidos en el castillo, permanecieron encerrados en una habitación durante siete días y sus siete noches, buscando al ser más poderoso del universo. Y llegaron a la conclusión de que no había nada más poderoso que el sol. Entonces el rey mandó llamar al sol.

Cuando el sol estuvo frente al monarca, este le dijo:

- Me dicen que eres el ser más poderoso del mundo y quiero que te cases con mi hija, la princesa Teresa.

- Me sentiría honrado de aceptar, majestad, pero hay alguien más poderoso que yo.- contestó el sol.

- ¿Pero, quién puede ser más poderoso que el sol?

- La nube, cuando se pone delante, no deja pasar mis rayos.

- Entonces, que venga la nube.- dijo el rey.

Cuando la nube llegó, el rey le dijo:

- Te he mandado llamar porque se supone que eres el ser más poderoso de la tierra. Quiero que te cases con mi hija, la princesa Teresa.

- Agradezco tu ofrecimiento, majestad. Sería un gran honor para mí, casarme con la princesa, pero hay alguien más poderoso que yo.

- ¿Quién puede ser más poderoso que tú?

- El viento, porque cuando sopla, me mueve de aquí para allá con gran facilidad.- contestó la nube.

Entonces el rey mandó llamar al viento y le dijo que se casara con la princesa. Y el viento contestó:

- Muchas gracias, majestad, por tu oferta, pero hay alguien más poderoso que yo.

- ¿Quién es el ser más poderoso que el viento?

- La montaña, porque por más que sople con todas mis fuerzas, no puedo mover ni un centímetro de la poderosa montaña.

El rey llamó a la montaña, pero la montaña no podía moverse y el rey tuvo que ir hasta la montaña y le dijo:

- Montaña, he venido a verte porque eres el ser más poderoso de la tierra y quiero que te cases con mi hija, la princesa Teresa.

- Majestad, agradezco la oferta, y sería un honor, pero existe un ser más poderoso que yo.

- ¿Y quién es ese ser?

- El picapedrero. Todos los días me arranca un trozo de cuerpo para hacer piedras.- dijo la montaña.

Entonces el rey comprendió que por insignificantes que puedan parecer, todas las personas son importantes, y por lo tanto, permitió que su hija se casara con el picapedrero. Pedro y Teresa se casaron y fueron felices.

La hilandera

Lunes, 5 de Octubre de 2009

En un pueblito lejano, vivía un molinero muy pobre cuya única posesión valiosa era su hermosa hija. El pobre hombre no tenía dinero y hacía mucho tiempo que no pagaba sus impuestos.

Un buen día, el rey lo mandó llamar para exigirle que pagara su deuda. El molinero no sabía qué contestar y tuvo una ocurrencia.

La hilandera

- Majestad, no tengo dinero, pero tengo una hija que puede hacer hilos de oro con paja.

El rey exigió que la llevaran ante su presencia. Cuando la hija del molinero llegó a palacio, el rey la introdujo en una habitación repleta de paja y le ordenó que convirtiera aquella paja en hilos de oro, de lo contrario, tomaría represalias contra ella y su padre.

Como es de suponerse, la pobre joven no tenía idea de cómo lograr lo que le pedían. Entonces rompió a llorar.

De pronto, se abrió la puerta y entró un extraño hombrecito que le preguntó por qué lloraba. La joven le contó su desgracia y el hombrecito le ofreció su ayuda, a cambio de algo. La niña ofreció su collar.

El hombrecito extraño aceptó el collar y convirtió la paja en hilos de oro.

Al día siguiente, el rey complacido, comprobó que había logrado su deseo. La codicia se encendió en su mente, y le exigió que hiciera nuevamente lo mismo, pero con una habitación más grande.

La joven lloraba abrumada por el enorme volumen de la paja que el rey esperaba que convirtiera en hilos de oro. Pero por más que pensaba, no podía adivinar, cómo había hecho el hombrecillo.

Cunado las lágrimas brotaban de sus ojos, apareció nuevamente el misterioso hombrecillo, y ofreció un trato similar al del día anterior. La niña ofreció entonces, su anillo de oro.

A la mañana, el rey quedó extasiado con el resultado y encerró a la hija del molinero en la torre real para que convirtiera todo su contenido en hilos de oro. Sentenciando:

- Si mañana por la mañana, has logrado convertir toda esa paja en hilos de oro, me casaré contigo.

Nuevamente la joven lloró amargamente, y de nuevo el hombrecito misterioso apareció para ofrecerle hacer el trabajo. El problema estaba en que la joven ya no tenía nada que intercambiar. Entonces el hombrecito ofreció un trato.

- Cuando te cases, tendrás que darme tu primer hijo en pago.

La muchacha no tenía una mejor opción para proponer, por lo que aceptó el trato.

Al día siguiente, cuando llegó el rey y comprobó que toda la paja se había convertido en hilos de oro, se casó con la hija del molinero. Un año más tarde nació una hija.

Para ese entonces, la reina ya no recordaba al hombrecillo y su promesa, estaba feliz con su hija. Pero un buen día, el hombrecito apareció a reclamar su pago.

La reina intentó convencerlo de que aceptase enormes tesoros en lugar de llevarse a su hija, pero el hombrecito se negaba. Entonces, acongojada, comenzó a llorar.

Conmovido por las lágrimas de la reina, el hombrecito le dijo:

- Te doy tres días para que adivines mi nombre. Si no puedes hacerlo, me quedaré con la niña.

La reina pasó la noche entera construyendo una enorme lista con todos los nombres que había oído en su vida. Al día siguiente, leyó la lista al hombrecito, quien negó cada nombre que la reina pronunció.

Sin darse por vencida, la reina envió emisarios por toda la ciudad para que buscaran los nombres más extravagantes. Cuando regresaron, traían nombres como Areopajita, Buenasnoches. Pero ninguno era el correcto.

Al tercer día, ya desesperada, la reina envió a sus emisarios a los rincones más alejados del reino para buscar el nombre misterioso.

Muy tarde, regresó el último emisario, con una extraña historia para contar.

- Majestad, me he topado con un raro hombrecillo en el bosque. Bailaba y cantaba junto a una hoguera. Y decía: “La reina perderá, pues mi nombre nunca sabrá. Soy el gran Rumpelstiltskin”.

Sin perder tiempo, la reina interrogó al hombrecito:

- ¿Acaso te llamas Alfalfa?
- No, ese no es mi nombre.
- ¿Tal vez sea Zebulón?
- Tampoco.
- ¿Entonces, será que te llamas Rumpelstiltkin?- preguntó la reina.

Dichas estas palabras, el hombrecito se puso azul de rabia, golpeó muy fuerte el piso con su pie, tanto, que abrió una gran grieta, por la cual desapareció.

Nunca se volvió a escuchar del hombrecito, y la reina vivió feliz para siempre con su esposo y su hija.

El rey que no quería bañarse- (de Ema Wolf)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

el-rey-que-no-queria-banarse

Esta es una historia contada por una esponja de baño.

Hace muchísimo tiempo, cuando la guerra era un oficio de reyes, salían a pelear y volvían años más tarde, sucios y cansados. Esto le sucedió al rey Vigildo, que una mañana partió para la batalla y regresó veinte años más tarde, cansado y adolorido.

La reina Inés lo recibió con el baño pronto, pero cuando llegó el momento de bañarse, el rey no quiso saber nada.

Todos quedaron petrificados ante la negativa.

- ¿Cuál es el problema, Majestad?- preguntó el chambelán- ¿El agua está muy caliente, el jabón frío, la bañera muy profunda?

- No, que no. Pero no me voy a bañar.- contestó el rey.

No hubo manera de convencerlo. Intentaron forzarlo, pero hizo un gran escándalo.

La reina intentó que al menos, se cambiara las medias. Era buena hora, luego de veinte años.

Todos estaban intrigados y deseaban saber qué ocurría. Lo acosaron con preguntas durante días. Hasta que finalmente, el rey confesó:

- Extraño el campo de batalla. Estuve demasiado tiempo de guerra, me sentiría ridículo y aburrido dentro de una bañera. ¿Qué clase de rey guerrero sería? Más bien, parecería un guisante remojado.

La familia se puso a buscar una solución, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una buena idea. Mandaron fabricar una fortaleza, barcos, soldaditos y algunos dragones, para poner en la bañera del rey.

Vigildo estaba encantado y no dudó en meterse al agua. Comandaba sus ejércitos de juguete a viva voz. Daba órdenes y planeaba estrategias, mientras su campo de batalla flotaba sobre el jabón.

Eso es lo que cuenta la esponja. También dice, que desde esa época, quedó la costumbre de colocar juguetes en la bañera, para que los niños tengan con qué entretenerse a la hora del baño, para que nunca se aburran.