Archivo de la categoría ‘Moralejas’

Los tres perezosos (versión libre sobre cuento de Francisco J. Briz Hidalgo)

Viernes, 9 de Abril de 2010

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Un padre tenía tres hijos muy perezosos, tanto que, cuando se enfermó y mandó buscar un notario para su testamento, le dijo que la herencia (un burro) sería para el hijo más perezoso.

Poco tiempo después, el hombre murió. El notario debió llamar a los hijos para hablarles del testamento, pues los jóvenes no preguntaban siquiera por su existencia.

El notario leyó el testamento ante el desinterés de los hijos y explicó:

- Vuestro padre hizo testamento antes de morir. Ahora debo saber cuál de ustedes tres es más perezoso.

Solicitó pruebas de su pereza al hijo mayor:

- Yo no tengo ganas de contar nada- agregó el mayor.
- Habla ya o te haré meter en la cárcel.
- Cierta vez, cayó una brasa candente en mi zapato, pero la pereza me impedía moverme, aunque me dolía mucho. Pero afortunadamente, unos amigos la apagaron.- concluyó el mayor.
- Eres un perezoso, yo te habría dejado arder, para ver cuánto aguantabas.

Interrogó al segundo hermano:

- Es tu turno.
- ¿También iré a la cárcel si no tengo qué contar?
- Ni lo dudes.
- Una vez caí al mar, pero tuve pereza de nadar, aunque sé hacerlo muy bien. Un barco de pescadores me rescató cuando estaba por ahogarme.
- Yo te habría dejado para que te salvaras tú mismo.

Finalmente interrogó al menor:

- Háblanos de tu pereza.
- Señor notario, puede llevarme a la cárcel y quedarse con el burro, porque no tengo ganas de hablar.
- El burro es tuyo, no hay dudas de que eres el más perezoso de los tres.-exclamó el notario.

La abuela loca (versión libre sobre cuento de María García Borrego)

Jueves, 8 de Abril de 2010

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Mi abuela está loca. Usa pelo largo color rosa chicle, le gusta inventar canciones y bailar. Tanto le da una canción de los Rolling como una de los años cuarenta. Ama las computadoras y se la pasa navegando por la red, haciendo amigos por todo el mundo y de todas las edades, sin importarle un comino.

Ella cree que los avances tecnológicos nos permitirán a los niños salvar el planeta de los desastres ocasionados por los adultos. Confía más en el raciocinio de los animales que en el de los hombres, por eso nos aconseja imitarlos, nadar como delfines, ser independientes como los gatos, pero leales como los perros, que cantemos como pájaros, descansemos como osos, corramos como liebres, trabajemos unidos como las hormigas, que saltemos como canguros para intentar atrapar las estrellas, que nos subamos a los árboles y colguemos cabeza abajo para tener otra perspectiva de la vida. Que nos adaptemos a nuestro medioambiente y que utilicemos nuestra inteligencia para mejorarlo y hacerlo más confortable.

Por eso nos alienta a reír siempre que estemos contentos para transmitir felicidad a los demás y llorar a moco suelto cuando la pasemos mal, porque las lágrimas limpian el alma y eso ahuyenta a la tristeza.

Mi abuela está chiflada, usa calzados de plataforma y todos los colores del arco iris, para que la ciudad no se vea tan oscura y sucia. No usa cartera sino mochila para moverse libremente por la ciudad, bailando como niña y tarareando sus canciones inventadas.

Mi querida abuela me alienta para que aprenda todo lo que pueda, para que estudie, que adquiera conocimiento con el paso del tiempo. Ella dice que de los ancianos debemos aprender, porque vivieron mucho para ver las cosas y que tienen sabiduría.

Me gustaría poder ser como ella algún día.

El niño de azúcar (de Leonardo de Mello)

Miércoles, 7 de Abril de 2010

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Enrique quería comer sólo caramelos. No le importaba que se le cariaran los dientes, porque eran de leche y ya se le caerían. Tampoco le importaba que por no comer no creciese, porque si se mantenía pequeño nadie le negaría nunca un caramelo.

Una noche, mientras sus padres dormían, abrió el ropero donde su madre escondía la bolsa de caramelos. Estaba en el estante más alto y Enrique apenas alcanzaba al más bajo. Logró trepar los estantes, pero no alcanzó a sacar la bolsa. Apenas pudo empujarla haciendo que un caramelo cayera golpeándole la cabeza. Lo recogió y salió apurado del cuarto de sus padres para esconderse en el suyo y comerlo.

Era el caramelo más rico que hubiera probado nunca. Lamentó que fuera sólo uno. Luego de una hora chupándolo, Enrique notó que el caramelo no se había achicado. Se lo sacó de la boca y el caramelo estaba como recién desenvuelto. Volvió a llevárselo a la boca y estuvo chupándolo una hora más sin consumirlo. Pasó otra hora más y otra y a Enrique le vino sueño. Volvió a sacarse el caramelo, esta vez con la intención de tirarlo y un nuevo caramelo apareció en su boca. Lo sacó y apareció otro; sacó el nuevo caramelo y apareció uno más, como los magos que se sacan un pañuelo sin fin de la boca.

Empezó a llorar. Había comido tanto dulce que las lágrimas le salieron almibaradas. Lloró hasta quedar completamente cubierto de almíbar. Llamó a sus padres pero ninguno respondió. Por la ventana abierta entró un picaflor y los ojos del picaflor se abrieron enormes al ver a Enrique hecho un niño de azúcar. Empezó a picarle la nariz que se había cristalizado y logró arrancarla. Así siguió con todo el cuerpo hasta que se hartó. Los huesos de Enrique eran el caramelo más fino que el picaflor hubiera probado nunca, cuando se hartó de picarlos los cargó en el pico y voló llevándoselos a sus pichones, que gustan tanto del dulce como los niños humanos.

Caperucita Roja- (Charles Perrault) (Versión resumida)

Martes, 13 de Octubre de 2009

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En un pueblo lejano vivía una niña hermosa a la cual todos conocían por Caperucita Roja, porque siempre usaba una caperuza de ese color.

Cierto día, su madre le pidió que llevara unos pasteles a su abuela que estaba enferma.

La niña se encaminó hacia la casa de su abuela, que vivía en un pueblo vecino. Para llegar a casa de la abuela, Caperucita debía atravesar un bosque, donde encontró a un lobo que estaba en el camino. El lobo le preguntó dónde iba y la niña en su inocencia le contestó.

El lobo, continuó su interrogatorio:

- ¿Vive muy lejos tu abuelita?

- Sí, pasando el bosque, en la primera casita del pueblo.

- Te apuesto a que puedo llegar primero. Iré por este camino y tú por aquel.- dijo el lobo y partió corriendo por el camino más corto.

La pequeña fue por el camino más largo, que el lobo le había indicado. Se entretuvo en cortar vallas y flores.

El lobo llegó primero y tocó a la puerta de la casa de la abuela. Como estaba enferma, la abuela preguntó desde la cama, quién era. El lobo fingió ser Caperucita y logró entrar. Cuando estuvo dentro, se lanzó sobre la pobre abuela y se la devoró, pues estaba hambriento. Cuando terminó, se metió en la cama, disfrazado de abuela y esperó a que llegara Caperucita.

Cuando Caperucita llegó, el lobo dio las mismas indicaciones a la niña, que la abuela le había dado antes a él, para que entrara. Al entrar la pequeña, el lobo dijo:

- Deja los pasteles sobre la mesa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja obedeció y se fue a acostar con la abuela, pero al verla notó algo extraño:

- Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

- Es para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!

- Es para oírte mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

- Es para verte mejor, hija mía.

- Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!

- ¡Para comerte mejor!

Y diciendo esto, el lobo se lanzó sobre Caperucita Roja y se la comió de un bocado.

Moraleja:
Las señoritas bonitas, amables y decentes, no deben hablar con cualquiera, pues pueden ser víctimas del lobo. El lobo puede adoptar muchas formas y siempre es peligroso.

El amigo fiel

Lunes, 5 de Octubre de 2009

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Cierto día, una rata de agua que vivía junto a un estanque, se trabó en una discusión con sus vecinos. La rata afirmaba que lo más valioso en la vida, era la amistad leal, mientras una pata con patitos, afirmaba que lo principal era la paternidad. Un pardillo verde intervino en la conversación contando una historia sobre el amigo fiel, para que la rata escuchara:

En una comarca lejana, vivía Hans, un mozo que vivía en una choza humilde y trabajaba su jardín. El mozo era muy pobre, pero su jardín era el mejor de la región. El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero su mejor amigo era el gran Hugo, un rico molinero que lo visitaba frecuentemente.

La amistad de Hugo y Hans era tan íntima, que el molinero no visitaba a su amigo, sin llevarse un recuerdo de su jardín. Es que Hugo sostenía que los verdaderos amigos debían compartirlo todo y el pequeño Hans estaba de acuerdo.

Claro está, que los vecinos no comprendían aquella situación, ya que el molinero siempre tomaba, pero nunca correspondía los favores recibidos.

El pequeño Hans era feliz con su jardín y su amigo, nada lo complacía más que recibirlo y obsequiarle los frutos de temporada, para que el molinero llevase a su opulento hogar.

Durante primavera, verano y otoño, Hans obtenía su sustento de la venta de los productos del jardín, pero en los meses de invierno, debía sufrir penurias para sobrevivir.

Casualmente en esta época, Hugo dejaba de visitarlo, pues pensaba que ya tenía suficiente con su miseria, para tener que exhibirla frente a los amigos.

- No es buena cosa visitar al pequeño Hans con estas nieves. El pobre no lo está pasando bien, es mejor dejarle tranquilo.- decía Hugo a su mujer, sentado frente a la enorme chimenea, mientras saboreaba una jarra de cerveza caliente.

- Qué generoso eres querido. Siempre pensando en los demás.- contestaba su mujer desde otro sofá.

La siguiente primavera, Hugo retornó a casa de su amigo Hans, con un gran cesto para llenarlo con flores del jardín de su amigo, a quien no veía desde el otoño.

- ¿Cómo has estado pequeño Hans?
- Bien, tengo mucho trabajo. Venderé las flores en el pueblo y con las ganancias, podré recuperar mi carretilla.
- ¿Qué le pasó a tu carretilla?
- Debí venderla en el invierno. Necesitaba sustento.
- Pues no hace falta, tengo una carretilla que puedo obsequiarte. Está un poco destartalada y vieja, pero si la reparas, te dará servicio por un tiempo más. Además yo he comprado otra.
- Eres muy amable, realmente aprecio tu bondad, mi amigo. Tengo una tabla con la que puedo arreglarla sin problemas.
- Qué suerte que lo dijeras, estaba necesitando una tabla para reparar el techo de mi granero, antes que vengan las lluvias y estropeen los sacos de harina que tengo almacenados. Ya que te he regalado mi carretilla, es buena cosa que me devuelvas el favor.
- No es problema, te la daré gustoso, ya verás si te sobra algo para reparar mi carretilla.

Sin demoras, Hans le entregó la tabla y las flores al molinero, quedándose sin flores para el mercado.

Los días transcurrieron y Hugo siempre encontraba una nueva tarea para que Hans lo ayudara en pago de la carretilla. Hans acudía gustoso a cumplir con su amigo, descuidando completamente su jardín.

Una noche tormentosa, golpeó Hugo la puerta de su amigo.

- ¿Qué ocurre, que vienes en medio de la tormenta?
- Mi hijo se ha caído de la escalera y está herido, necesita al médico. Pensé que con tan terrible noche, no sería saludable que fuera hasta el pueblo a buscarlo. Pero tú bien podrías ir en mi lugar, ya que te he regalado la carretilla.
- Con mucho gusto iré por ti. Gracias por traer tu linterna para que no me hiera en el camino.
- Es una linterna nueva, si te la dejo y algo te sucede, se estropeará.
- Está bien, iré sin luz, pues.

Sin demora, Hans salió a buscar al médico hasta el pueblo. El galeno montó su caballo rumbo a lo del molinero, seguido a pie, por Hans. La tormenta era tan terrible que el mozo se extravió. Sin saber por dónde iba, cayó por un acantilado y se ahogó.

Todos lamentaron la muerte del pequeño Hans y concurrieron a su entierro. Luego del mismo, mientras todos bebían en una taberna, el molinero se lamentó de la mala suerte que había tenido al regalarle la carretilla a su amigo Hans, y de cómo no podía deshacerse de ella de manera apropiada.

La rata interrumpió la historia, preocupada por la suerte del molinero. El pardillo dijo que eso no tenía interés, con lo cual, la rata se fastidió.

- Pero déjeme contarle la moraleja.
- De haber sabido que había una moraleja, no perdía mi tiempo en escucharlo.- dijo mientras daba media vuelta y retornaba a su madriguera.

- Es que la moraleja es cosa de peligro.- dijo la pata.
- Eso mismo pienso.- contestó el pardillo.

El círculo del noventa y nueve- (de Jorge Bucay-fragmento)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

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Había una vez un rey que siempre estaba triste, que por contraposición, tenía un sirviente que siempre estaba alegre.

Cada mañana entraba el sirviente alegremente con el desayuno del rey. Un día, el rey le preguntó el origen de su alegría.

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría, paje?- preguntó el rey intrigado.

- No hay ninguno, Majestad.- contestó con naturalidad el sirviente.

El rey se molestó y lo intimó a que contestara, pero el sirviente no tenía respuesta para su pregunta. Simplemente explicó cómo se sentía.

- Majestad, no tengo motivos para estar triste. Tengo trabajo, esposa, hijos, casa, comida y ropa. De cuando en cuando, me premias con algunas monedas para gastar, ¿qué más puedo pedir?

El rey despidió molesto al paje y se quedó meditando. No concebía que un ser tan miserable fuera feliz. Entonces mandó llamar al más sabio de sus asesores para preguntarle.

- Majestad, es que el paje está fuera del círculo.

- Explícate.

- ¿Es feliz por estar fuera del círculo?

- No. No es infeliz por estarlo.

- ¿Acaso, estar en el círculo te hace infeliz?

- Efectivamente.

- Y el paje no está dentro.

- Así es.

- ¿Cuándo salió?

- Nunca entró.

- ¿Qué clase de círculo es ese?

- El círculo del noventa y nueve. Para que entiendas, debería mostrártelo en la práctica, haciendo que tu sirviente entre en él.

- Hagámoslo.

- Sólo hay una manera de hacerlo. Debemos dejar que entre por su voluntad.

- Bien.

- Pues prepara una bolsa con noventa y nueve monedas de oro para esta noche. Pasaré por ti. No olvides que sean exactamente noventa y nueve, ni una más ni una menos.

A la noche, el consejero pasó a buscar al rey y se dirigieron a la casa del paje, donde se ocultaron tras unos arbustos y aguardaron al alba.

Cuando vieron la primera luz en la casa, el consejero dejó la bolsa de cuero con las monedas y una nota que decía:

“Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie, cómo lo encontraste”.

Golpeó la puerta del paje y se volvió a esconder para espiar mejor.

El sirviente vio la bolsa y la nota y cuando se percató del sonido de las monedas, entró inmediatamente a la casa, echando el cerrojo.

El paje desparramó el contenido de la bolsa sobre la mesa y no podía creer lo que veía. Estaba embelesado, tocaba y acariciaba las monedas. Comenzó a formar pilas de a diez y cuando llegó a la última, notó que faltaba una. De inmediato comenzó a buscar la moneda faltante, en el suelo, sus bolsillos, los alrededores, en la bolsa. Era imposible, debía estar en alguna parte, no podían ser sólo noventa y nueve, debían ser cien.

- ¡Me robaron!- gritó desconsolado.

No había otra explicación, noventa y nueve no es un número redondo, debía faltar una. Era mucho dinero, pero faltaba una para que estuviera completo. Con cien monedas de oro, no tendría que volver a trabajar.

La cara del sirviente había cambiado, tenía los ojos pequeños y arrugados, el ceño fruncido, la boca con un terrible rictus. El hombre guardó las monedas nuevamente en el bolso, vigilando que nadie de la casa lo viera. Escondió la bolsa entre la leña y comenzó a calcular cuánto tiempo le llevaría conseguir la moneda faltante.

Cuando terminó sus cálculos quedó espantado, tomaría unos doce años juntar lo suficiente para comprar la moneda faltante, siempre que ahorrara todo su salario y algún dinero extra. Debía encontrar la forma de hacerlo más rápido. Tal vez pudiera pedirle a su esposa que buscara un trabajo en el pueblo y también él mismo, podría conseguir un segundo empleo. Haciendo esto, podría tardar unos siete años. Tampoco era suficientemente rápido. Quizás pudiera vender por las noches, los restos de comida. Deberían comer menos para tener más para vender. Tal vez podrían vender la ropa y los zapatos sobrantes. Seguía cavilando sin cesar. El sirviente había entrado en el círculo del noventa y nueve.

Durante los meses posteriores, el sirviente se dedicó a cumplir sus planes. Conforme seguía su estrategia, su humor empeoraba. Hasta que una mañana, el rey le preguntó el motivo de su malhumor. El paje contestó de mal modo. No pasó mucho tiempo, hasta que el rey lo despidió, debido a su mal humor.

Moraleja:

Todos hemos sido educados en la ideología de que siempre nos falta algo para estar completos, y que sólo seremos felices, cuando logremos completarnos. Nos enseñaron que la felicidad debe esperar a completar lo que falta. Y como siempre nos falta algo, nunca podremos gozar de la vida.

Pero, ¿qué pasaría si esas noventa y nueve monedas fueran el cien por ciento del tesoro? Pues noventa y nueve, no es menos redondo que cien. Por tanto, debemos disfrutar de nuestros tesoros, tal como están.