
Había en un castillo lejano, un principito muy holgazán, que no quería estudiar ni hacer nada. Sólo le interesaba jugar. Sus padres los reyes, habían intentado de todo para convencerlo de que asumiera sus responsabilidades reales para el futuro, pero el príncipe los ignoraba completamente.
Una noche, después de recibir un gran sermón sobre su pereza, suspiró tristemente, deseando ser mayor, para poder hacer lo que le viniera en gana.
Se fue a dormir apesadumbrado, y a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama, una bobina de hilo de oro. La tomó con curiosidad y la bobina le habló con voz muy débil:










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