
Enrique quería comer sólo caramelos. No le importaba que se le cariaran los dientes, porque eran de leche y ya se le caerían. Tampoco le importaba que por no comer no creciese, porque si se mantenía pequeño nadie le negaría nunca un caramelo.
Una noche, mientras sus padres dormían, abrió el ropero donde su madre escondía la bolsa de caramelos. Estaba en el estante más alto y Enrique apenas alcanzaba al más bajo. Logró trepar los estantes, pero no alcanzó a sacar la bolsa. Apenas pudo empujarla haciendo que un caramelo cayera golpeándole la cabeza. Lo recogió y salió apurado del cuarto de sus padres para esconderse en el suyo y comerlo.
Era el caramelo más rico que hubiera probado nunca. Lamentó que fuera sólo uno. Luego de una hora chupándolo, Enrique notó que el caramelo no se había achicado. Se lo sacó de la boca y el caramelo estaba como recién desenvuelto. Volvió a llevárselo a la boca y estuvo chupándolo una hora más sin consumirlo. Pasó otra hora más y otra y a Enrique le vino sueño. Volvió a sacarse el caramelo, esta vez con la intención de tirarlo y un nuevo caramelo apareció en su boca. Lo sacó y apareció otro; sacó el nuevo caramelo y apareció uno más, como los magos que se sacan un pañuelo sin fin de la boca.
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