Archivo de la categoría ‘Mágicos’

Los lápices de Anne-

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Anne era una artista joven que ilustraba una revista infantil. La directora de la revista era muy exigente, tanto, que Anne debía trabajar hasta muy tarde.

Estaba muy cansada y su trabajo se veía afectado. Pero la directora, que era una mujer despiadada y calculadora, le exigía cada vez más.

Una mañana. Anne no fue a trabajar. Había estado dibujando toda la noche y no tenía fuerzas para ir al día siguiente. La directora le advirtió que contrataría a alguien más, si no completaba el trabajo de la semana.

La pobre muchacha se esforzó más de lo debido y se levantó a trabajar. Comenzó a dibujar, una página, otra y otra. Hasta que no pudo más y se quedó dormida sobre la mesa de dibujo.

De pronto, los lápices y la goma, salieron del interior del estuche, sin hacer ruido. Se juntaron a deliberar. La joven estaba extenuada y nada podría hacer, por tanto, decidieron encargarse de la tarea.

Todo parecía posible, salvo que las ideas pertenecían a Anne, por más que los instrumentos conocieran a la perfección su trabajo. Pero lo intentarían de todos modos, para que su dueña no se quedara sin trabajo.

Sólo les quedaba una cuestión por resolver. Nadie debía verlos trabajar, ni siquiera su dueña. Por tanto, encargaron al compás que vigilara.

Comenzaron a dibujar, los lápices de colores a pintar, el difumino a sombrear y la goma a dar luces. Mientras el compás montaba guardia.

Cuando Anne despertó, compás dio un silbido y todos volvieron a quedar inmóviles.

La muchacha no se percató de los cambios y se fue a dormir. Cuando finalmente se levantó, se llevó una gran sorpresa. Había dormido tres días seguidos. Estaba desesperada, pues perdería su empleo. Pero cuando se acercó a la mesa para ver sus dibujos, quedó pasmada.

Sobre la mesa estaban todos los dibujos que debía entregar. Sin detenerse a buscar explicaciones, tomó los dibujos y se fue a la revista.

Cuando la directora vio todos los dibujos, bien pintados y retocados, agradeció el esfuerzo y se disculpó por ser tan exigente.

Le asignó un ayudante para que no debiera trabajar por las noches. Y Anne, estaba feliz con los dibujos y con la idea de tener un ayudante. Pero sabía que sus verdaderos ayudantes, estaban en su mesa de dibujo.

La lámpara de Alhazred- (versión libre sobre cuento de August Derleth)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Ward Philips vivía en casa de su abuelo desde hacía siete años, cuando éste desapareciera. Fue entonces que recibió la lámpara del abuelo Whipple. Éste había dispuesto que la lámpara quedara con su abogado, hasta que pasaran los siete años necesarios, para darle por muerto.

El objetivo de aquella petición, era que su nieto pudiera familiarizarse con la imponente biblioteca del abuelo, requisito que le parecía indispensable para que estuviera en condiciones de recibir el tesoro más valioso.

Philips tenía treinta años y mala salud. Había nacido en el seno de una familia de mediana riqueza, pero el abuelo había realizado malas inversiones, y sólo había heredado la casa de la calle Angell y su contenido. El joven trabajaba como redactor de una revista. Era alto, delgado y llevaba gafas.

Los modestos ingresos de Philips no le permitían disfrutar de la luz eléctrica, por lo que, la lámpara del abuelo Whipple, sería de gran utilidad.

La lámpara fue entregada junto con una carta. Whipple explicaba que la lámpara procedía de una tumba árabe y que era muy antigua. Se suponía que había pertenecido a un árabe medio loco, Abdul Alhazred. La lámpara podía proporcionarle tanto placer encendida como apagada. Podía traer dolor y ser la fuente del éxtasis o del terror.

Era una lámpara de aceite, parecía estar hecha de oro. Su forma era de tetera alargada. Tenía grabados extraños caracteres, que no eran Sánscrito, sino algún idioma más antiguo.

Ward pasó una tarde entera limpiando la lámpara. A la noche la encendió y se congratuló con su luz. Se dispuso a trabajar, pero no pudo concentrarse y se dispuso a descansar. Cuando levantó la vista, pudo distinguir que se proyectaban imágenes extrañas sobre las paredes, en los sectores iluminados por la lámpara, pero en cambio, en las zonas en sombra, se veían los objetos normalmente. Permaneció contemplando aquellas imágenes. Las escenas que veía, parecían provenir del principio de los tiempos, cuando la tierra se formaba. La escena cambió suavemente, vio un desierto arrasado por el viento y en él, la Ciudad de las Columnas, de donde supuestamente provenía la lámpara. Supo entonces que los habitantes de aquella ciudad habían sido exterminados por criaturas misteriosas. También, que la ciudad se llamaba Ciudad Sin Nombre. Junto con las imágenes, que parecía salidas de un sueño, podía distinguir una presencia maligna que lo inquietaba. Apagó la lámpara y prendió una vela. Se sintió mejor.

Estuvo meditando sobre lo visto y concluyó que aquellos paisajes debían ser familiares para Alhazred. Luego, se dejó absorber por el trabajo y olvidó sus inquietudes.

Al día siguiente, salió de la ciudad. Fue al campo y antes de la puesta del sol, subió a una colina, desde donde podía ver el campo, también la ciudad con su aire misterioso. Pudo ver la luna y las cúpulas de los campanarios y alminares.

Descendió de la colina y avanzó por la llanura hasta terrenos más familiares. El camino que conducía a su hogar estaba ante él. Todo el tiempo pensaba en la experiencia de la noche anterior, y la sensación de alarma que experimentara, había sido sustituida por un deseo de aventura. Deseaba que llegara la noche.

Cenó rápidamente y se dirigió a su estudio. Encendió la lámpara y se sentó a esperar lo que ocurriera. La luz alumbró estable y Philips aguardó. Los libros y estantes que cubrían las paredes, parecieron difuminarse, dando paso a las escenas de otros tiempos. Los nombres de los lugares y escenas que veía, llegaban a su mente con naturalidad. Vio Gloucester, un antiguo pueblo holandés, el Arrecife del Diablo. Contempló la Meseta de Leng, las islas de los Mares del Sur, las Tierras del Ensueño, el espacio, las formas de vida que habían existido en otros tiempos.

Todo lo veía, como a través de una ventana que parecía invitarle, y Philips estaba tentado. Pero, al igual que la noche anterior, apagó la luz. Dejó de lado su trabajo y pasó la noche escribiendo relatos, inspirados en las escenas que viera con la lámpara de Alhazred.

Pasó el día durmiendo. Al levantarse estuvo escribiendo cartas, donde relataba las escenas que viera, como si se tratara de sueños. Reconocía que en las visiones se mezclaban sus deseos y anhelos. Pasaron muchas noches sin que encendiera la lámpara. Pasaron años. Mientras tanto, Philips seguía escribiendo sus relatos, y aunque no utilizaba la lámpara, se reflejaba en ellos su influencia.

Luego de dieciséis años, Ward Philips buscó nuevamente la lámpara. Su salud había desmejorado notoriamente, le quedaba poco tiempo. Encendió la lámpara y miró las paredes. Aparecieron entonces las escenas de la lámpara, pero esta vez no eran los lugares de Alhazred, sino los lugares de la niñez de Philips. Lo que la lámpara reflejaba ahora, eran sus propios recuerdos. La lámpara lo invitaba, se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared.
Una luz lo rodeó, se sintió libre y comenzó a correr por la orilla del Seekonk, como en su infancia.

Conocieron la desaparición de Ward Philips, cuando un admirador quiso conocerle. Las autoridades concluyeron que debió fallecer en alguno de sus conocidos paseos por el campo. Nunca lo encontraron. La casa y su contenido, se vendieron, incluso una vieja lámpara de aceite, a la que nadie encontró utilidad.

Los geniecillos holgazanes-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

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En un bosque muy tupido, vivían unos geniecillos. Tenían una hermosa casita, pequeña pero muy acogedora, con sus ventanitas con cortinas de vivos colores, su tejado y la chimenea.

La casita era hermosa, pero los genios eran tan holgazanes que jamás limpiaban. La suciedad se había acumulado a tal extremo, que apenas podían vivir dentro de aquel lugar. Pero de todos modos, no les hizo problema.

Pero sucedió que un día llegó de visita la reina de las hadas y al ver la casita tan sucia y desordenada, se molestó muchísimo. No podía comprender, cómo habían dejado la casa en tal estado y decidió enviarles a la bruja gruñona para que los vigilara.

- La bruja gruñona es muy estricta. No os dejará pasar ningún error, pero terminarán aprendiendo.

Llegó la bruja gruñona al día siguiente, montada en su escoba. Llevaba unas gafas especiales que le permitían ver mejor las motas de polvo y entonces comenzó a dar escobazos con todos. Mantenía a los geniecillos limpiando todo el día. Estaban tan cansados de trabajar, que decidieron hacer algo al respecto. Fueron a consultar a un mago y le pidieron que los transformara en pájaros, para poder escapar lejos de la bruja. Y apenas los convirtió, se fueron volando a toda velocidad.

Se alejaron tanto como pudieron, pero no tenían comida ni refugio, estaban sin casa, desprotegidos del frío y las lluvias. La vida era muy difícil para ellos, debieron aprender a conseguir la comida, luego procurarse algún refugio, pero cada día debían mudarse. Comenzaron a extrañar su confortable casita del bosque, donde tenían abrigo y comodidades. Habían recibido un justo castigo por su holgazanería, deberían permanecer siempre vagando por ahí, sin poder retornar al hogar.

Los geniecillos jamás volvieron a su casita del bosque y nadie sabe que fue de ellos. La reina de las hadas dio la casita a otros geniecillos más obedientes y trabajadores, que la cuidaron bien y la disfrutaron por muchísimo tiempo.

La mona-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

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Había un rey que tenía tres hijos en edad casadera. Pero estaba preocupado porque parecían muy dependientes de la protección de la reina, y él necesitaba saber que el reino quedaría en buenas manos. Por eso les dijo un día:

- Hijos míos, es tiempo de que partáis a conocer el mundo. Le ofrezco el trono a aquel de vosotros que consiga casarse con la princesa más hábil y hermosa.

Partieron los hijos cada uno por su lado y quedaron en reunirse un año más tarde.

El mayor, Enrique, tomó hacia el norte y allí estuvo entretenido en aventuras y conociendo los reinos lejanos, hasta que encontró a la princesa que mejor le pareció y se casó con ella.

El del medio, Carlos, hizo lo propio, pero con rumbo este. Llegó a tierras lejanas y consiguió casarse con una princesa tan bella como inteligente.

El hermano menor, Ricardo, partió en dirección al oeste y se encontró una casita al borde de un camino. Miró por la ventana y vio a una vieja horrenda, dando palos a una monita que gritaba desesperada. Como era muy compasivo, abrió la puerta y quitó el palo a la anciana, y la amenazó con golpearla a ella si volvía a tocar al animal. La mujer se puso furiosa y no quiso darle hospedaje al príncipe, pero él se quedó durmiendo en el patio bajo un roble.

Muy tarde en la noche, despertó Ricardo sobresaltado por una manito peluda, que le tapaba la boca.

- No grites, soy yo, Mariana. Has sido muy bueno conmigo, ¿por qué no te casas conmigo y me llevas?- dijo la monita.

El príncipe le dijo que no podía casarse con una mona, pero que podía llevarla consigo y tratarla muy bien. Pero la monita se puso a llorar, pues la anciana era una bruja, y sólo podría liberarse de ella si conseguía un marido. El príncipe sintió gran compasión por la monita y aceptó. Partió el príncipe a caballo con su monita al hombro. A los pocos minutos, ya se sentía arrepentido de su acción, no encontraba la forma de justificarse ante su padre.

Al verlo tan afligido, Mariana le dijo que no fueran al castillo, que entraran en el bosque, donde hallarían una casita en la que podrían vivir. En medio de la espesura, encontraron la casa, tal como lo había dicho la mona. Era una casita limpia y confortable. Se instalaron y comenzaron su vida juntos. El príncipe se veía cada vez más triste y ya había desistido de acudir a la cita con sus hermanos. Pero cuando llegó el día en que debía partir, la mona le dijo que no faltara a su palabra.

El príncipe partió a reencontrarse con sus hermanos y juntos marcharon al castillo. En el camino, todos comentaban de sus aventuras, menos Ricardo, que sentía gran vergüenza de su vida. Pero finalmente, no tuvo más remedio que contestar a las preguntas de los hermanos, y como era de esperarse, les mintió.

Cuando llegaron al castillo, los recibió el rey y pidió noticias sobre sus vidas. Cada uno de los hijos contó su vida, exagerando un tanto, para ganar los favores del padre.

El rey quiso medir la verdad en las palabras de los príncipes y les encargó que cada una de las esposas tejiera una camisa para él y otra para la reina, que debían ser tan finas y delicadas, que no produjesen roce ni siquiera a un recién nacido.

Los príncipes retornaron a sus hogares a contar el encargo a las princesas. Y éstas, encargaron inmediatamente las más finas sedas para hacer las telas. Pero Mariana, no parecía interesada.

El día que Ricardo debía retornar al castillo, Mariana le entregó dos semillas de cacao, diciendo que allí estaban las camisas.

El príncipe no quería creer en aquello, pero Mariana le dijo que si al abrirlas, no encontraba lo que deseaba, quedaría libre de ella.

Partió Ricardo hacia el castillo con sus semillas. Cuando llegó, se encontró con sus hermanos que tenían hermosas camisas para los padres.

El rey examinó las camisas y quedó muy satisfecho. Pero cuando el hermano menor le entregó las semillas, se puso furioso y las arrojó contra la pared. entonces, de cada semilla salió una camisa de tela finísima, de una blancura inmaculada y con botones de piedras preciosas. Los reyes estaban encantados con el presente y con su hijo menor.

- Ahora, me presentarán a sus esposas.- comentó el rey.

Ricardo llegó a su hogar muy afligido, debía presentar a su esposa. Pero, ¿cómo podía presentarse en la corte con una mona?

Cuando llegó el momento de llevar a Mariana a palacio, ella lo instruyó para que le consiguiera un viejo carruaje con ventanas cubiertas. Marcharon con el príncipe sentado en el pescante y su esposa dentro del carruaje.

Estaban todos frente al palacio y se presentaron primero las esposas de los hermanos mayores. Ambas muy hermosas y graciosas, que fueron aprobadas por los reyes.

Finalmente, le tocó el turno a Mariana. El joven príncipe estaba resignado al ridículo, cuando bajó del carruaje una muchacha bellísima como nunca se había visto, que provocó la exclamación de todos los presentes. Se presentó ante los reyes, sus modales y elegancia eran tales, que no dudó el rey en proclamar a su hijo menor como el sucesor al trono. Pero Mariana intervino:

- Agradecemos a vuestra majestad el ofrecimiento. Pero soy la única hija del rey de Francia, por lo que me corresponde hacerme cargo de la corona de mi país.

El rey quedó muy complacido al conocer la alcurnia de su nuera y les dio su bendición.

Los príncipes se marcharon con rumbo a Francia, y en el camino, la joven contó a su esposo, cómo aquella bruja horrenda la había hechizado, en venganza porque su padre no había querido casarse con ella.

La bobina maravillosa-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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Había en un castillo lejano, un principito muy holgazán, que no quería estudiar ni hacer nada. Sólo le interesaba jugar. Sus padres los reyes, habían intentado de todo para convencerlo de que asumiera sus responsabilidades reales para el futuro, pero el príncipe los ignoraba completamente.

Una noche, después de recibir un gran sermón sobre su pereza, suspiró tristemente, deseando ser mayor, para poder hacer lo que le viniera en gana.

Se fue a dormir apesadumbrado, y a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama, una bobina de hilo de oro. La tomó con curiosidad y la bobina le habló con voz muy débil:

- Trátame con cuidado, príncipe. Mi hilo es mágico, representa toda tu vida. A medida que vaya pasando, el hilo se irá soltando.

El principito estaba completamente asombrado y algo escéptico. La bobina continuó:

- Sé que quieres crecer pronto. Te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo. Pero te advierto. Todo el hilo que hayas desenrollado, no podrá volverse a ovillar, pues, los días pasados no retornan.

Para convencerse de lo que decía aquella bobina, el príncipe dio un fuerte tirón del hilo, y se convirtió en un apuesto príncipe. Tiró entonces un poco más y se encontró llevando la corona del rey, su padre.

La curiosidad le ganaba y tiró un poquito más.

- Dime bobina. ¿Cómo será mi esposa y mis hijos?

Apareció una joven hermosísima junto a él, y cuatro niños rubios y sonrosados. Sin siquiera disfrutar de lo que había obtenido, dejó que la curiosidad se apoderara de él. Tiró un poco más, para saber cómo serían sus hijos de mayores.

Pero de pronto, vio su imagen reflejada en el espejo. Había frente a él, un anciano decrépito de barba blanca y poco cabello. Sintió mucho miedo, era un viejo y ya le quedaba poco hilo. Su vida estaba llegando a su fin.

Intentó enrollar nuevamente el hilo, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. La vocecita de la bobina volvió a sonar:

- Has desperdiciado tu vida. Ahora comprendes que no pueden recuperarse los días perdidos. Fuiste perezoso, deseabas pasar por la vida, sin molestarte en hacer el trabajo de cada día. Deberás sufrir tu castigo.

El rey entró en pánico, lanzó un terrible grito y murió. Había gastado toda su vida, sin haber logrado hacer nada provechoso.

El buen carpintero-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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Jonás era el carpintero del pueblo y tenía un pequeño taller al final de una calle pobre. Todos acudían a él para hacer sus encargos, no sólo porque era el único carpintero, sino porque era muy bondadoso. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, cuando alguien le encargaba un trabajo y no tenía dinero, Jonás no le cobraba nada por ello.

Salía un día de uno de sus trabajos, cuando se encontró con el zapatero, que era muy buen amigo suyo. Se detuvieron a conversar un rato, hasta que se hizo hora de retornar a su hogar.

Ya en su casa, dejó las herramientas sobre la mesa y se lavó las manos, y se disponía a preparase la cena, cuando vio una moneda de oro reluciente sobre la mesa.

Quedó muy intrigado por aquél hallazgo, pues creía que alguien había dejado olvidada la moneda en su casa. Deseaba devolverla a su dueño, pero no conseguía averiguar a quién pertenecía. Estuvo durante mucho tiempo pensando, pero nada se le ocurría.

Al día siguiente, como no encontrara al propietario de la moneda, decidió que se la daría a Juana, una señora muy pobre con cinco hijos, que vivía a unas cuadras de su casa. La mujer se puso muy contenta y salió a comprar comida para sus hijos.

Volvió a su taller para continuar trabajando y así se mantuvo ocupado. Cuando paró para almorzar, encontró sobre la mesa, dos brillantes monedas doradas, en el mismo sitio, donde el día anterior, encontrara la otra. Jonás estaba muy sorprendido, era indudable que no se trataba de un olvido, pues nadie había entrado aún en el taller. Así que decidió guardarlas en el bolsillo de su pantalón.

A la tarde, llegó un vecino, al cual había arreglado el tejado. Era momento de pagar, pero el hombre no tenía dinero y había perdido su trabajo, entonces Jonás le dijo que no se preocupara, que no necesitaba pagarle. El hombre se sintió muy agradecido y abrazó al carpintero antes de marcharse.

Cuando Jonás quedó solo, pudo notar que había dos nuevas monedas de oro sobre la mesa. Las tomó y las guardó junto con las otras.

Pasó la noche buscando una explicación para aquel raro fenómeno, pero la única que se le ocurrió, fue que recibía recompensa por ayudar a los necesitados. Entonces se dispuso a probar su teoría.

A la mañana siguiente, salió para arreglar una ventana. Realizó el arreglo y no quiso cobrar nada por ello. Y como si fuera poco, también reparó un gozne de una puerta que chirriaba.

Al regresar a su taller, se encontró sobre la mesa, cuatro sendas monedas de oro. Jonás estaba emocionado. Cerró la puerta con cerrojo, recogió las monedas y las guardó con las demás.

Pasaron los días y Jonás fue acrecentando su capital, hasta conseguir una fortuna. Pero sin que se diera cuenta, este dinero lo iba transformando, se había vuelto codicioso.

Un día, el carpintero encontró a un limosnero ciego en la puerta de la iglesia y le entregó una moneda. Corrió al taller para recibir su recompensa, pero lo único que había sobre la mesa, era una moneda de hierro. Confundido, salió nuevamente a la calle y regaló una suma más importante a la primera persona con la que se cruzó. Retornó al taller para buscar la moneda correspondiente, peo no encontró nada. Revisó el banco de trabajo, entre las herramientas, en la basura, pero solamente encontró dos monedas de hierro.

Se sintió muy decepcionado y rabioso, y decidió que protegería las monedas que ya había conseguido. Las llevó al banco del pueblo, en un cofre. De camino al banco, se cruzó con su amigo el zapatero, pero ni se molestó en contestarle el saludo, pues estaba muy ocupado en sus pensamientos.

Jonás iba todos los días al banco, a contar sus monedas. Se había vuelto desconfiado y huraño, y su corazón estaba endurecido. Pero, una mañana estaba en el banco como de costumbre, para su recuenta diaria, y se llevó una gran sorpresa. Sus preciadas monedas de oro, se habían convertido en simples monedas de hierro. Como un loco fue a pedir explicaciones a la gente del banco, pero nadie podía responderle. Sin nada que pudiera hacer, Jonás se echó a llorar.

Se volvió a su casa, cargando el cofre de monedas inútiles. Cuando iba de camino, le salió al paso un viejo herrero para pedirle una limosna. El carpintero le entregó el cofre. El herrero lo abrió y se puso feliz, pues con aquel hierro, podía hacer muchas herraduras para trabajar.

Jonás siguió camino a su taller y se puso a trabajar. Cuando paró para tomar un respiro, pudo ver otra moneda de oro, brillando sobre la mesa. En ese momento, comprendió que la verdadera recompensa, está en ayudar a otros, sin esperar nada a cambio.

El país de los caramelos-

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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Carlos y Alejandra pasaban el fin de semana en casa de su abuelo. Como se aburrían bastante, pidieron autorización para subir a la buhardilla a revolver entre las cosas viejas. El abuelo les dio permiso, pero les hizo una advertencia:

- Cuidado con la buhardilla, allí encontrarán cosas sorprendentes. Si han sido buenos niños, no tienen por qué temer.

El abuelo rió y los niños también, pensando que el abuelo estaba bromeando.

Subieron a la buhardilla y sus ojos comenzaron a recorrer el espacio buscando objetos interesantes. En un rincón, un maniquí muy viejo, tenía un sombrero con plumas, que llamó la atención de Alejandra. Carlos fue derecho a un baúl que estaba detrás de una escalera. Al abrirlo, encontró una cantidad de prendas de todas clases. Los niños encantados, comenzaron a probarse las viejas ropas y a fingir personajes.

Continuaron explorando y jugando, pero una cosa faltaba. Sillas, no había por ninguna parte. Buscando mucho, pudieron hallar un taburete, como era grande, ambos niños cabían en él. Pero menuda sorpresa se llevaron al sentarse. Aparecieron en un país extraño, donde todo estaba hecho con caramelos, las casas, los autos, los animales y las personas.

Los niños estaban desconcertados por el viaje, pero maravillados por tanta golosina. La visión, les despertó el apetito y comenzaron a buscar el bocado más tentador. Encontraron una casita con el techo de chocolate y comenzaron a comer sin dudarlo.

Pero apenas dieron el primer mordisco, salió del dueño de casa, que también era de chocolate, y les dijo:

- ¡Por favor! No se coman mi casa, porque no tendré dónde vivir.

Carlos y Alejandra comprendieron que el señor de chocolate tenía toda la razón. Se sintieron avergonzados de su conducta imprudente. El señor Chocolate los invitó a pasar a su casa y les ofreció golosinas de todas clases. También les contó de su país de caramelos y de los problemas que tenían por culpa de un malvado tragón, que amenazaba con comerse al país entero.

Los niños entendieron la preocupación de su amigo y se dispusieron a ayudarlo. Con la ayuda del señor Chocolate y los vecinos, crearon una muchacha de chocolate de lo más tentadora. Pero la muñeca estaba hecha con madera, forrada de chocolate.

Colocaron a la muñeca en medio de una plaza para que el tragón la viera. Al poco tiempo llegó y se fue corriendo a comérsela. Pero se llevó un gran chasco. Al primer mordisco, se cayeron todos los dientes y el tragón salió corriendo a los gritos. Juró que nunca volvería a comer golosinas.

Solucionado el problema, los niños retornaron a su hogar, de la misma forma en la que habían llegado.

Damien el dragón-

Martes, 27 de Octubre de 2009

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Hace muchísimo, pero muchísimo tiempo, el oficio de cazador de dragones, era un oficio de mucho prestigio. Se suponía que eran criaturas malvadas y que había que matarlos para proteger a los campesinos, pues se comían el ganado e incendiaban las casas con su aliento de fuego.

Por eso, los caballeros llegaban hasta tierras de dragones para cazarlos y conseguir fama y prestigio, ya que se corría un gran riesgo al capturarlos.

Había muchos caballeros y todos eran valientes, menos el caballero Angelote. Al pobre, lo había enviado su madre, pues quería sentirse orgullosa de su hijo.

Angelote no era un real caballero, era cobarde y esmirriado, y el pobre, tenía miedo hasta de su sombra.

Partió el caballero Angelote en busca de su dragón y al despedirse de su madre, llevaba puesta la armadura, que rechinaba sonoramente de tanto que él temblaba.

Estuvo cabalgando durante muchos días y noches, hasta que un buen día, encontró una cueva que olía horrendamente, pero Angelote no lo notó, pues estaba resfriado.

Entró silenciosamente, por si había allí algún dragón dormido. Oyó unos ronquidos y siguió el sonido, hasta que al dar la vuelta en un recodo, se topó con el dragón Damien, que estaba dormido.

Era un dragón enorme, todo de color rojo, hasta las alitas que eran pequeñas para su tamaño, eran rojas.

El caballero Angelote, se desmayó del susto al verlo. Despertó al mismo tiempo que Damien y ambos se llevaron un buen susto.

Angelote se armó de coraje y levantó su espada, pero era tan pesada, que apenas lograba despegar la punta del suelo. Damien se alistó para atacar, tomó aire y resopló con todo su aliento, y logró fulminar a Angelote, pero no con su fuego, sino con el mal aliento que tenía.

El olor era tan insoportable, que Angelote cortó por lo sano y le dio unos caramelos de menta que su madre había puesto en su morral.

El dragón se los comió todos de un bocado y estaba tan agradecido que le explicó la situación. Resulta, que los dragones no eran criaturas malignas, como se pensaba, pero sus cuevas olían tan mal, que los caballeros se desmayaban antes de entrar y por eso habían criado mala fama.

Damien pidió a Angelote que lo protegiera de los otros caballeros, pues ahora tenía aliento mentolado y sería fácil que lo cazaran.

Angelote aceptó, porque cualquier cosa era mejor que volver con su madre mandona. Y entonces vivieron felices paseando por el bosque y comiendo caramelos de menta.

El Pájaro de la Verdad- (versión libre sobre cuento de Fernán Caballero)

Lunes, 26 de Octubre de 2009

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Era un pescador muy pobre, que vivía en una choza a orilla de un río.

Un día, estaba el pescador en el río y vio flotar en la corriente un arca de cristal con un niño y una niña recién nacidos en ella. El pobre pescador sintió lástima y los recogió, aunque ya tenía ocho hijos. Su mujer le recriminó por su acción, pero el pescador resignado, le contestó que si Dios se los enviaba, seguro que los ayudaría a criarlos. Y así sucedió, los pequeños crecieron sanos y robustos. Eran tan buenos, que el pescador y su mujer, vivían poniéndolos como ejemplo de sus otros hijos, lo cual despertó su envidia y enojo. Los hermanos les hacían mil maldades a los huerfanitos y ellos, para escapar a su furia, se refugiaban en el bosque a orillas del río y jugaban con los pájaros. Hicieron buena amistad y los pájaros les enseñaron a levantarse temprano y el idioma de los pájaros, además de muchas otras cosas.

Cierto día, los hijos del pescador estaban más rabiosos que de costumbre e increparon a los mellizos, reprochándoles porque no tenían padres. Los pequeños sintieron tanta tristeza y vergüenza, que a la mañana siguiente huyeron de la chocita del pescador, sin que nadie los escuchara.

Se dirigieron al campo y caminaron sin parar. Al mediodía, todavía no habían visto a nadie, estaban cansados y sedientos. Se internaron en un montecillo y encontraron una casita, cerrada y con sus dueños ausentes. Se sentaron bajo el alero de la puerta a descansar. A poco rato, algunas golondrinas se reunieron en el tejado y comenzaron a conversar. Como los niños habían aprendido el lenguaje de los pájaros, podían comprender la conversación.

Conversaban dos aves, una de visita de la ciudad y otra residente del campo, preguntándose por las novedades. La golondrina de la ciudad, que vivía en un palacio, comentó sus experiencias con los humanos:

- El Rey se enamoró de la hija menor de un sastre y se casó con ella, era una niña muy buena. Pero resulta que el Rey debió partir para la guerra, justo cuando su mujer estaba embarazada. Pobre muchacha, los ministros y cortesanos que no la querían, aprovecharon para deshacerse de ella. Dijeron al Rey que la Reina había tenido un gato y una culebra por hijos. El Rey creyó la historia y mandó que los echaran al río y que emparedasen a la reina. Y así se hizo.

Las golondrinas se lamentaron por la suerte de la Reina y de los pequeños inocentes. Y los mellizos comenzaron a sospechar que ese era su origen. La narradora prosiguió:

- Pero no lloren, porque Dios ha intervenido. La Reina fue asistida por su ama, que la quería bien. La buena mujer hizo un agujero en la pared y por allí le suministra alimentos, y sigue viva en su horrenda prisión. Los niños fueron recogidos por un buen pescador, que los ha criado.

Los mellizos estaban felices de conocer su origen. Las golondrinas estaban entusiasmadas por la posibilidad de que los pequeños pudieran reunirse un día con su padre y liberar a su madre. Pero esto no era tan simple, sólo había una manera de convencer al rey de su error y desenmascarar a los ministros. Se lo había dicho un pájaro cucú (que es un pájaro zahorí). La golondrina contó lo que el cucú le había dicho:

- Sólo el Pájaro de la Verdad puede convencer al rey, pues él habla la lengua de los hombres, aunque la mayor parte del tiempo, ellos no quieren entenderle. Ese pájaro está en el castillo de “Irás y no volverás”, que está guardado por un gigante terrible que sólo duerme durante un cuarto de hora. No sé dónde está el castillo. Pero sé que cerca hay una torre, donde vive una bruja pícara que conoce el camino, y está dispuesta a contarlo a quien le traiga el agua de muchos colores de la fuente del castillo, que ella utiliza para sus encantos. Pero no dirá jamás donde está el Pájaro de la Verdad, pues lo detesta y quiere verlo muerto, pero como ese pájaro no puede morir, entonces lo tiene encerrado en el castillo con el gigante y custodiado por los pájaros de la mentira que no lo dejan respirar.

- ¿Pero nadie más podrá contarles dónde está escondido el Pájaro de la Verdad?

- Sólo un mochuelo ermitaño que apenas sabe la palabra “cruz”, en el idioma de los hombres, por lo que no logrará hacerse entender si los niños se llegaran hasta él.

La golondrina se despidió de sus amigas, pues estaba por ocultarse el sol, y los niños marcharon con el mismo rumbo, sin sentir hambre ni cansancio. En poco tiempo llegaron a una ciudad, que suponían era la de su padre y pidieron albergue por la noche en casa de una buena mujer que encontraron. Como a la mañana siguiente se levantaran tan temprano e hicieran los quehaceres, la mujer les propuso que vivieran con ella. El pequeño dejó allí a su hermana y se despidió.

Anduvo tres días sin encontrar la torre y al cuarto, estaba ya desesperanzado, cuando vio llegar a una tórtola y le preguntó por el castillo. La paloma le dijo que siguiera el viento. Así lo hizo, y en el campo árido, encontró a la noche la torre donde vivía la bruja. Era un lugar temible, pero el niño prosiguió y tocó a la puerta. Lo recibió una vieja horrenda rodeada de sabandijas. La bruja se molestó y le dijo que se lo diría al día siguiente, pero el niño insistió, por lo cual, la bruja no tuvo más remedio que acceder, pero le exigió que llevase el agua mágica.

- Debes traerme el “agua de muchos colores” que brota de la fuente que está en el patio del castillo. Si no me la traes, te convierto en lagartija para toda la eternidad.

La bruja ordenó a un pobre perro flaco que lo condujera al castillo sin avisar al gigante.

Llegaron al castillo en apenas dos horas y las puertas estaban abiertas. El perro no quiso continuar y se puso a aullar. El niño se refugió bajo el único árbol que había, y fue cuando escuchó el llamado del mochuelo ermitaño. El niño pidió su ayuda y el mochuelo contestó:

- Llena el jarro con el agua clara que brota del manantial al pie de la fuente del “agua de muchos colores”. Ve a la pajarera y no elijas a los pájaros vistosos que te gritarán que son el Pájaro de la Verdad. Elije al pajarito blanco que tienen arrinconado. Date prisa, pues el gigante acaba de dormirse y no tienes más que un cuarto de hora.

El niño obedeció al mochuelo y logró su cometido. Se encaminó luego a la torre de la bruja. Cuando le entregó el agua, la bruja se la echó encima, creyendo que era el agua mágica y que lo convertiría en un loro, pero como era agua pura, el niño se puso más hermoso. Al instante, acudieron todas las sabandijas a empaparse en el agua pura, y como eran personas hechizadas, se convirtieron nuevamente en caballeros, princesas, músicos, niños y demás. Cuando la bruja vio lo sucedido, tomó su escoba y echó a volar. Los desencantados agradecieron al niño y se marcharon. El niño fue por su hermana, pero les restaba llegar al Rey.

De alguna forma, los cortesanos estaban enterados de la llegada del Pájaro de la Verdad a la corte y estaban prevenidos. Pero tanto se habló del asunto, que el Rey se enteró, y desoyendo los consejos, quiso ver al pájaro.

El niño se presentó en el castillo con el pájaro en su pecho, pero no le dejaron entrar. Entonces el Pájaro de la Verdad se escapó y llegó hasta el Rey y le contó lo sucedido. El rey mandó buscar a los niños y quiso saber quiénes eran. A lo que el niño respondió que se lo preguntar al Pájaro de la Verdad.

El pájaro contó todo al Rey. Apenas éste le hubo escuchado, estrechó a los niños entre sus brazos y mandó liberar a la Reina. La Reina estaba tan desmejorada que parecía un cadáver, pero al ver a sus hijos, la sangre retornó a su cuerpo y se puso más hermosa que nunca.

Mandó traer al pescador y a su esposa y los nombró: Ministro de la Pesca y Duquesa de la Huelga. Se repartieron muchas gracias y dones. Y yo fui y vine y no me dieron nada.

La balanza de plata- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

la-balanza-de-plata

Esta historia sucedió hace un tiempo, pero no sé a ciencia cierta, si es verdadera o no.

En una esquina había una tienda de telas abandonada desde tiempo atrás. Cierto día, unos niños lograron abrir una ventana y entraron a curiosear. Detrás de un mostrador, escondida, encontraron una balanza de plata. Tenía un extraño adorno en el centro.

Aquella no era una balanza común y corriente, era algo misterioso. No servía para pesar frutas, verduras o carnes, sino que podía pesar las obras de las personas y determinar si eran buenas o malas.

Cuando uno de los niños tocó el centro de la balanza, ésta se iluminó de repente. El niño se sintió mareado y de pronto se desplomó en el suelo.

En ese preciso momento, uno de los lados de la balanza se inclinó y comenzaron a salirle estrellas, y aparecieron desplegadas frente a ellos, todas las buenas obras que el niño había realizado. El pequeño había sido bondadoso y comprensivo con los demás.

Luego de un rato, el niño se levantó y comenzó a recuperarse.

Entonces otro niño quiso, él también, intentarlo. Puso su mano sobre el centro de la balanza y se iluminó nuevamente. Pero esta vez no hubo estrellas, sino espadas. El niño no había obrado bien, había sido egoísta. Como todavía era pequeño, tenía la posibilidad de aprender a compartir.

La balanza les señalaba lo bueno y lo malo que había en sus vidas y aquello que podían mejorar. Los niños continuaron consultándola durante algunos años, en cada ocasión en la que tenían dudas sobre la forma en que debían actuar o pensar.

Hasta que un día, la balanza dejó de iluminarse y los niños se sintieron muy tristes e inseguros.

Al verlos tan desconcertados, la balanza se iluminó por última vez, para explicarles el motivo de su mutismo.

- Ya estáis grandes y podéis pensar por vosotros mismos. No me necesitáis más. Os deseo mucha suerte.- tras decir esto, la balanza se apagó para siempre.

Al principio, los niños estaban tristes, pero luego fueron dándose cuenta de que podían hacerlo solos y que de este modo, resultaba mejor para ellos. Aprendieron a ser responsables por sí mismos y jamás olvidaron los consejos que la balanza les dio.