Archivo de la categoría ‘Hadas y elfos’

La isla de las hadas-

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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Muy lejos, en medio del océano, hay una isla muy pequeñita, que jamás fue vista por ningún barco. Es una isla que no figura en los mapas, pues es una isla mágica.

Cuentan las leyendas, que allí viven diminutas hadas y que las flores y los árboles pueden hablar. El río canta y su voz es tan melodiosa, que embeleza a todos. La luna se ríe a carcajadas cuando las hadas le cuentan sus chistes.

Los habitantes de la isla de las hadas tienen una costumbre, cada día realizan un sorteo. Dentro de un enorme cofre, guardan los nombres de todos los niños del mundo, entre estos nombres, se elige uno. El niño favorecido, podrá pasar varias horas en la isla.

Todos los niños elegidos para visitar la isla, deben cumplir dos requisitos: el primero, es que deben estar dormidos cuando los pasan a buscar y el segundo, pero no menos importante, es que deben haber sido muy buenos durante el día.

El día que el nombre de Leo fue escogido, el pequeño estaba profundamente dormido cuando las hadas entraron por la ventana y se lo llevaron volando por encima de los tejados. Se despertó al llegar a la isla, en medio de una gran fiesta, que se celebraba en su honor.

Había mesas enormes con comida por todas partes: dulces, frutas que no conocía, pasteles, adornados con flores, y jugos suaves y coloridos, servidos en vasos de cristal.

Después de comer todo lo que quiso, lo llevaron a recorrer la isla. Allí pudo escuchar el canto mágico del río. Visitó un campo de flores silvestres gigantes, que tenían cosquillas y se ponían a reír cuando las rozaban.

El viaje estuvo fantástico, tanto, que Leo quería volver. Preguntó si podría hacerlo y las hadas le contestaron que todo era posible:

- Tan sólo debes portarte bien. Tal vez tengas suerte y te toque volver.

El pequeño se despidió y las hadas lo cubrieron con el polvo mágico del sueño. Luego, lo llevaron de regreso a su cama, donde lo depositaron con mucho cuidado.

A la mañana siguiente, cuando despertó, estaba muy alegre y su madre le preguntó el motivo de tanta alegría.

- Es que tuve un sueño tan hermoso. Estuve en un país mágico, con hadas y flores silvestres gigantes y muchas otras cosas. – contó Leo a su madre, convencido de que se trataba de un hermoso sueño.

Pero cuando la madre notó que olía a flores silvestres, entonces Leo comenzó a dudar de que hubiera sido un sueño.

El leñador y el duende- (versión libre sobre cuento de Alfredo Juillet)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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En lo más profundo del bosque Azul, vivían un anciano leñador y su apuesto hijo, Juan. El bosque estaba junto al castillo del rey Falten, un rey muy orgulloso, temido por su crueldad.

Juan deseaba salir a hacer fortuna para asegurar los últimos días de su padre, por lo que decidió partir hacia tierras desconocidas.

Caminó siete días antes de salir del bosque, y al llegar al borde del bosque pudo divisar el castillo del rey Falten. Siguió avanzando por el camino hasta que se cruzó con una comitiva real.

Al verlo, el rey dio la orden de que se detuviera:

- ¿Quién sois? ¿De dónde venís que no os postráis ante mi presencia?

- Soy Juan, hijo del leñador. Vengo del bosque Azul.- contestó el joven inclinándose ante el rey y descubriendo su cabeza.

- Entonces, eres el hijo del antiguo rey de esta comarca. ¡Soldados, prendedle!

El joven leñador fue apresado al instante y conducido a las mazmorras del castillo.

Lo arrojaron a una celda de piedra, con apenas una puerta de hierro con un ventanuco, por el cual filtraba la luz de una antorcha. La celda era húmeda y fría, y por una hendidura en la roca, filtraba un hilo de agua.

Juan se acomodó en el jergón de paja que estaba en un rincón y aguardó que pasara el tiempo. De pronto sintió un sonido suave que venía de la hendidura por la que manaba el agua. La puerta se abrió y entró un guardia con una escudilla con comida. Era una pasta maloliente, que el joven no se atrevió a probar. Pero en cambio, tomó la cuchara y comenzó a cavar en la grieta de la piedra. Cuando el hoyo tenía el tamaño de un puño, cedió un trozo y comenzó a salir un chorro potente que escurría en el suelo. El agua subía rápidamente, y cuando le llegaba a la cintura, escuchó un sonido de vidrio que golpeaba la pared. Era una botella que flotaba por la celda. El joven retiró el tapón lacrado y un humo comenzó a expandirse por el calabozo, entibiando el ambiente.

Al disiparse el humo, el joven pudo ver a un duende vestido de verde, parado sobre el agua.

- Me has liberado. Te debo dos deseos antes de poder partir. ¡Hazlos ya!

- Deseo verme fuera del castillo.- replicó el joven.

Al instante, estaba sobre el puente levadizo, con la botella en la mano. Justo en el momento en que el rey Falten salía. Juan saltó tras unas piedras para esconderse, pero el rey alcanzó a verlo. Huyó hacia el interior del castillo, pues era la única forma de evitar que lo prendieran de inmediato. Subió por las escaleras y se metió en una de las habitaciones, donde una joven doncella tejía en un bastidor. Cuando lo vio, gritó sorprendida.

- ¡No os asustéis, bella dama! Imploro que me ocultéis del rey hasta que pase el peligro. Soy Juan, hijo del antiguo rey.

- Soy Flor de Sol, la hija del rey Falten.

Al oír estas palabras, el joven retrocedió asustado. Pero la joven se acercó y le dijo que no temiera, pues conocía la crueldad de su padre y deseaba ayudarle. La muchacha lo escondió en un gran armario con sus vestidos. Apenas cerraba la puerta, cuando irrumpió el rey preguntando por el joven. La princesa negó que hubiese algún extraño en la habitación y el rey se retiró.

Cuando el muchacho abandonó el armario, la joven le pidió que la ayudara. Su padre había arreglado casarla con el príncipe Oef, del reino vecino, que era tan cruel y desalmado como su propio padre.

Juan sacó la botella de su bolsillo y solicitó un deseo:

- Quiero un reino más grande que este, vecino al del príncipe Oef, y que fuera de la torre, me aguarde un caballo enjaezado.- dijo, sacando nuevamente el tapón con los sellos.

Apareció el duende y dijo:

- Tus dos deseos son cumplidos, Juan.

Dicho esto, se fue caminando por la puerta de la habitación. Bajaron los jóvenes y montaron en el corcel. Salieron del castillo sin que nadie pudiera impedirlo, y rápidamente llegaron al castillo de Juan, donde los aguardaba una partida de caballeros armados. La princesa Flor de Sol se quedó en el castillo, y Juan salió con su partida, para combatir al rey Falten.

Fácilmente derrotaron al rey y sus tropas, y emprendieron el regreso al castillo, donde los aguardaba la princesa.

Juan y Flor de Sol se casaron y vivieron felices.

La nuez de oro-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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Abigail era la hermosa hija del leñador. Era una niña muy buena y generosa. Todos los días, antes de irse a la escuela, salía al bosque a buscar bayas frescas para la comida. Siempre se preocupaba por los demás y por ello era muy querida en la escuela.

Un día, cuando estaba en la parte más profunda del bosque, vio un objeto muy brillante en medio del camino. Se agachó a ver y descubrió una nuez de oro. Estaba contemplándola, cuando escuchó una voz detrás de ella:

- Veo que encontraste mi nuez.

Cuando Abigail se volteó para ver quién le hablaba, pudo ver un pequeñito vestido con un jubón rojo y gorro puntiagudo. No era un niño, a pesar de su baja estatura y su complexión esmirriada. Por la astucia con que hablaba y su carita de viejo, Abigail dedujo que debía ser un duende.

- ¡Devuélveme esa nuez! ¡No debes tomar lo que no te pertenece!

- No te la devolveré, a menos que puedas decirme cuántos pliegues tiene en la corteza. De lo contrario, la venderé para comprar ropas para los niños pobres, para que puedan abrigarse en el invierno.

- Déjame pensar. Tiene mil ciento trece pliegues.

Abigail los contó cuidadosamente, y tenía razón el duende. Entregó la nuez de oro al duende sollozante:

- Os la devuelvo señor Duende de la Floresta. Tienes razón.

- Guárdala. Tu generosidad me ha conmovido. Le darás un mejor uso. Cuando necesites algo, pídeselo a la nuez.

Sin aguardar a que le contestaran, desapareció.

A partir de ese momento, Abigail se encargó de proporcionar ropas y alimentos a todos los pobres de la comarca. Nadie sabía de dónde provenían, pero todos estaban agradecidos y felices con los beneficios. Desde ese momento, la conocieron como el ángel Abigail.

La gata encantada-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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En un reino muy lejano, hace mucho tiempo vivía un príncipe sabio y querido por su pueblo. Todas las jóvenes nobles deseaban casarse con él. Pero no le interesaba ninguna de las candidatas, él pasaba jugando junto al hogar, con su gatita Agatha.

Una tarde, mientras acariciaba su suave pelaje, le dijo:

- Eres tan adorable, que si fueras mujer, me casaría contigo.

Al instante, apareció el Hada de los Imposibles y habló:

- Tu deseo será cumplido, príncipe.- y desapareció nuevamente.

Ante los ojos del desconcertado príncipe, Agatha se convirtió en una bellísima muchacha.

El príncipe estaba encantado con la transformación de su mascota. Mandó hacer los más finos trajes para ella, encargó las joyas más valiosas y la colmó de regalos. Llamó a sus consejeros para anunciarles que había encontrado finalmente a su candidata.

La boda se realizó con la presencia de todos los habitantes del reino. Cuando la ceremonia terminó, comenzó la gran fiesta. Todos estaban presentes, disfrutando de la buena comida y bebida, y nadie podía dejar de admirarse de la belleza de la novia, que además, impactaba por su dulzura.

La fiesta llevaba ya muchas horas de duración, y la gente continuaba divirtiéndose. Pero de pronto, todos los presentes quedaron pasmados, la joven novia, estaba encaramada en una silla, acechando a un ratoncito que correteaba por el salón. De un salto, cayó sobre él, lo tomó con su mano y se lo metió en la boca. Al sentir todas las miradas sobre ella, se lo tragó de sopetón.

El príncipe indignado ante tanta vergüenza, comenzó a llamar al hada de los imposibles para que deshiciera su hechizo. Pero el hada jamás acudió.

Nadie sabe qué pasó con el príncipe y la princesa. Tal vez vivieron felices y comieron ratones, en lugar de perdices.

El hada y la sombra-

Jueves, 22 de Octubre de 2009

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Hace muchísimo tiempo, en épocas de hadas y duendes, cuando los hombres no poblaban la tierra, existía un lago misterioso, custodiado por un hada justa y generosa.

El hada del lago era tan bondadosa que sus súbditos gozaban con servirle. Fue por eso, que cuando los seres malvados amenazaron los bosques y el lago, muchos siervos se unieron al hada para acompañarla en un peligroso viaje en busca de la piedra de cristal, que era la única salvación que tenía su reino.

El hada advirtió a sus seguidores que les esperaba un terrible viaje a través de los pantanos, ríos y desiertos. Entendía que sería muy difícil soportar todo el viaje, pero sus súbditos aceptaron y prometieron acompañarla hasta el final.

Partieron el hada con cincuenta vasallos leales y el camino fue mucho peor de lo que había anticipado. Debieron enfrentar temibles bestias, pasar hambre y sed en el desierto, caminar día y noche sin rumbo certero. Fueron tantas las adversidades, que muchos se desanimaron y abandonaron al hada a mitad del camino. Todos excepto uno, que continuó solo junto al hada. No era el más valiente, ni el más listo, ni el mejor guerrero, pero continuó su marcha hasta el final. El joven se llamaba Sombra.

Cuando el hada le preguntaba, por qué no había desistido como el resto. Sombra le respondía siempre igual:

- Prometí acompañaros a pesar de las dificultades y no desistiré ahora, sólo porque resultó ser más duro de lo que pensaba.

Gracias a la ayuda de Sombra, el hada pudo encontrar la piedra de cristal. Pero estaba custodiada por un monstruo que no estaba dispuesto a entregarla. Por eso, Sombra se ofreció a cambio de la piedra, como último gesto de lealtad. Se quedó a servir al guardián de la piedra por el resto de sus días.

La magia de la piedra de cristal ayudó al hada a volver al lago y a expulsar a los seres malvados que lo dominaban. Pero cada noche, el hada lloraba la ausencia de su fiel Sombra, porque de aquel compromiso de amistad, había surgido un amor más fuerte que cualquiera.

Para recordar a su amado y honrar su lealtad y compromiso, el hada regaló a cada ser de la tierra, su propia sombra, que los acompañaba durante el día. Pero al llegar la noche, todas las sombras regresaban al lago para consolar la tristeza del hada del lago.

Cuento de los tres deseos- (Jeanne-Marie Leprince de Beaumont) (Versión resumida)

Lunes, 19 de Octubre de 2009

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Había una vez un hombre que tenía poco dinero y se casó con una mujer hermosa. Cierta noche se lamentaban de que sus vecinos fuesen más ricos que ellos y que por ello debían ser más felices.

Estaban deseando vivir en tiempos de hadas para poder pedirles deseos, cuando apareció en su cocina un hada:

- Prometo concederles las tres primeras cosas que deseen. Pero tengan cuidado, porque luego de los tres deseos, no volveré a concederles nada más.

Cuando el hada desapareció, el matrimonio estaba confundido.

- Yo sé bien lo que desearía- dijo la mujer- ser bella, rica y fina.

- Aunque tengas todo eso, puedes estar enferma, triste e incluso, puedes morir joven. Sería más prudente desear alegría, salud y larga vida.

- ¿De qué te sirve una larga vida si eres pobre? Sólo para ser desgraciado durante más tiempo. Necesitaríamos una docena de deseos.

- Démonos tiempo, pensemos qué cosas son más necesarias y luego las pediremos.

Se quedaron pensando junto al fuego, pues hacía mucho frío. Mientras conversaban, la mujer atizó el fuego y al ver los carbones encendidos dijo sin pensar:

- Me gustaría tener una morcilla para cenar, la podríamos asar con este carbón.

Apenas dijo esto, cayó una morcilla por la chimenea.

- ¡Maldición!-exclamó el marido- Has desperdiciado un deseo, me gustaría que llevaras esa morcilla en la punta de la nariz.

La morcilla saltó a la punta de la nariz de la mujer.

- ¡Qué desgraciada soy!-gritaba la mujer.

- Perdóname, esposa mía. No supuse que fuera a ocurrir. Voy a desear grandes riquezas para hacerte un estuche de oro para tapar la morcilla.

- Si lo haces, saltaré por la ventana.

Mientras decía eso la mujer, corrió a abrir la ventana. Pero su marido, que la amaba, gritó:

- Alto, querida esposa. Pide lo que desees.

- Deseo que esta morcilla caiga al suelo.

Inmediatamente, la morcilla cayó al suelo.

La mujer, que era inteligente, comentó a su marido que el hada se había burlado de ellos, pero que tenía razón. Seguramente, si hubiesen tenido dinero, habrían sido más desgraciados de lo que eran. Por tanto, se conformarían con lo que tenían. Y como sólo les quedaba la morcilla, la asaron y la comieron alegremente, sin detenerse más a pensar, qué hubieran podido desear.

Los zapatos rojos- (Hans Christian Andersen)

Miércoles, 14 de Octubre de 2009

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Había una vez, una niña hermosa y muy pobre, tanto, que no tenía zapatos. La viuda del zapatero se conmovió de su situación y le confeccionó unas zapatillas rojas con dos viejas tiras de paño colorado.

Karen, que así se llamaba, recibió las zapatillas el día que enterraron a su madre. Y aunque no eran adecuadas para el luto, se las puso, pues no tenía otra cosa.

Cuando estaban en el cementerio, una anciana adinerada vio a la niña y se apiadó de ella. Pidió al cura que le permitiera criarla.

Karen creía que todo se lo debía a las zapatillas rojas, pero a la dama le parecían horribles y los tiró. La niña aprendió a leer, coser y recibió nuevos vestidos.

Un día pasó por el pueblo la reina, acompañada por su hija. La joven princesita salió al balcón de palacio para saludar al pueblo. Se veía hermosa con su vestido blanco y sus zapatos rojos, y Karen estaba admirada de aquellos zapatos.

Cuando vino la edad de la confirmación de Karen, la anciana mandó hacer un nuevo vestido y quería comprarle zapatos nuevos. Fueron al mejor zapatero de la ciudad, en sus vitrinas, tenía zapatos y botas, todos preciosos, pero la anciana tenía poca vista y no los apreciaba. Entre los zapatos que se exhibían, había un par de color rojos, exactamente iguales a los de la princesa. Eran de charol, muy brillantes. Como le quedaban bien, la anciana se los compró, pero de haber sabido que eran rojos, jamás habría consentido en permitir a la niña asistir a la confirmación con zapatos de semejante color.

Pero como la mujer nada sabía, Karen fue a su confirmación con los zapatos rojos. Todo el mundo le miraba los pies, y la niña sólo pensaba en su calzado todo el tiempo, sin atender al bautismo, ni al cura. Cuando la señora se enteró de que los zapatos de la niña eran rojos, se molestó mucho. Ordenó que desde entonces, la niña llevaría zapatos negros a la iglesia, pues los zapatos rojos eran contrarios a la modestia.

Al siguiente domingo, la niña desobedeció a la anciana y llevó sus zapatos rojos. Cuando llegaban a la iglesia, se cruzaron con un viejo soldado con muletas y una larga barba roja, que le dijo:

- ¡Qué preciosos zapatos de baile! Ajústatelos bien cuando bailes.

Entraron en la iglesia y todos los presentes miraban los pies de la niña, y ella estaba absorta en sus pensamientos, concentrada en su calzado rojo, tanto que olvidó cantar el salmo.

Cuando salieron, mientras abordaban el carruaje, el viejo soldado exclamó:

- ¡Qué preciosos zapatos de baile!

Y la niña no pudo resistir la tentación de bailar y cuando empezó, no pudo parar, como si los zapatos hubiesen tomado el control sobre sus piernas. El cochero debió subirla en brazos al coche, pero los pies seguían bailando. Finalmente, pudo quitarse los zapatos.

Al llegar, la anciana mandó guardar las zapatillas, pero la niña no podía evitar contemplarlas de cuando en cuando.

Cierto día, la señora cayó gravemente enferma y la pequeña debió cuidarla y así lo hizo. Pero cuando se enteró que habría un gran baile en la ciudad, sintió grandes deseos de ir. Como la anciana estaba desahuciada, Karen pensó que no empeoraría la situación si concurría con sus zapatos rojos.

Se puso los zapatos y llegó al baile y comenzó a bailar, pero los zapatos hacían su voluntad. La llevaron hasta la calle y bailó sin parar hasta salir de la ciudad, alcanzó un bosque donde vio brillar una luz y se acercó bailando. Era el viejo soldado de barba roja, que nuevamente exclamó:

-¡Qué hermosos zapatos de baile!

La joven sintió miedo y trató de quitarse los zapatos, pero no pudo más que arrancarse las medias. Siguió bailando por campos y valles, al sol y bajo la lluvia, de noche y de día. Llegó hasta el cementerio, pero no pudo reposar, siguió hasta la iglesia donde había un ángel en la puerta, con una espada en la mano, que le decía:

- ¡Bailarás en tus zapatos hasta que estés muerta! De puerta en puerta, para que los niños vanidosos te vean y sientan miedo.

- ¡Piedad!- suplicaba la pequeña, mientras los zapatos la arrastraban por los caminos.

Una mañana pasó por su casa, al tiempo que sacaban el féretro de la anciana señora. Pero siguió bailando a pesar de su tristeza. Los pies le sangraban, pero no podía parar. Llegó hasta la casa del verdugo y golpeó a su ventana y el verdugo respondió:

- ¿Acaso no sabes quién soy?

- ¡Córtame los pies, por favor! Para que pueda expiar mis pecados.

El verdugo cortó los pies con los zapatos rojos, pero estos siguieron bailando y se fueron lejos. El hombre le hizo unas muletas y unos zuecos, también le enseñó el salmo de los penitentes. Karen besó la mano que empuñaba el hacha y se marchó rumbo a la iglesia para que todos la vieran.

Estaba llegando a la puerta y vio que los zapatos estaban bailando frente a ella. Muerta de miedo, regresó corriendo.

Al domingo siguiente, volvió a salir para la iglesia, pero los zapatos aguardaban en el cementerio. Nuevamente huyó y fue a casa del predicador, donde suplicó para ser su criada. La familia se apiadó de ella y la tomaron en su hogar. Karen fue diligente como había prometido.

Cuando llegó el domingo, la invitaron a la iglesia, pero ella se quedó en su cuartito leyendo los salmos y llorando. Pidió ayuda a Dios con todas sus fuerzas. Entonces apareció el ángel del cementerio, que llevaba una rama de rosas en la mano y convirtió las paredes para que se uniera con la iglesia. Allí estaban todos, la familia del pastor la saludó. Y luego cantaron los niños y la muchacha se sintió tan feliz que su corazón estalló de alegría. Y su alma subió a los cielos.

La bola de cristal- (Hermanos Grimm)

Miércoles, 14 de Octubre de 2009

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Hace muchísimo tiempo, vivía una hechicera con tres hijos de los que desconfiaba, temiendo que desearan arrebatarle su poder. Por eso, transformó al mayor en águila, que se fue a vivir en la cima de una montaña rocosa. Al segundo en ballena, para que viviera solitario. Ambos podían recobrar la forma humana, tan sólo durante dos horas diarias.

El tercer hijo huyó para evitar correr la misma suerte de sus hermanos. Se lanzó a la búsqueda del castillo del Sol de Oro, donde vivía una princesa encantada, esperando su liberación. Ya lo habían intentado veintitrés jóvenes y habían muerto, sólo quedaba una oportunidad y él quería tomarla.

Caminó mucho tiempo, sin encontrar el castillo. De pronto vio dos gigantes que le pidieron que resolviera un conflicto que tenían. Ambos deseaban quedarse con un viejo sombrero mágico que permitía al que lo usase, transportarse al instante a cualquier parte que deseara.

El joven pidió el sombrero y se adelantó con él, para que luego los gigantes corrieran a arrebatárselo. Pero estaba tan absorto en sus planes, que se olvidó de los gigantes y suspiró:

- ¡Ah, si pudiera encontrar el castillo del Sol de Oro!

Apenas dijo esto, estaba en la cima de una montaña, a las puertas del castillo. Entró y buscó a la princesa. Cuando la encontró, se llevó una sorpresa muy desagradable. La princesa estaba llena de arrugas, tenía los ojos turbios, el cabello rojo y el rostro gris. Cuestionó entonces a la princesa por su supuesta belleza, quien le respondió:

- Esta no es mi verdadera figura. Si quieres ver cómo soy, mira en este espejo que no miente.

Y le dio un espejo, en el que pudo ver a la doncella más hermosa que pudiera imaginar. Preguntó entonces, cómo podía ayudarla.

- Para romper el hechizo, debes encontrar la bola de cristal y llevársela al brujo. Pero muchos han muerto intentándolo.

- Nada podrá detenerme.-dijo- Pero dime qué debo hacer.

- Primero bajarás de la montaña, allí encontrarás un bisonte salvaje y lucharás con él. Si lo vences, saldrá de él, un pájaro de fuego, que lleva en su cuerpo un huevo ardiente, el que en lugar de yema, tiene una bola de cristal. Pero no es fácil conseguir el huevo, si el pájaro cae al suelo, prenderá fuego a todo lo que lo rodea y se disolverá junto con la bola de cristal.

El muchacho bajó la montaña y se enfrentó al bisonte, matándolo con la espada. Se levantó entonces el ave de fuego, que salió volando. Llegó entonces en ayuda del joven, su hermano convertido en águila y atacó al ave de fuego, llevándola sobre el mar. La acosó hasta que el ave soltó el huevo, que cayó en la cabaña de un pescador y la incendió. De pronto, una ola gigantesca inundó la playa y apagó el incendio. Era obra del hermano ballena. Cuando el fuego se extinguió, el joven corrió a buscar el huevo.

Encontró el huevo con la cáscara astillada por el golpe y pudo quitarle la bola de cristal. Marchó en busca del brujo y le ofreció la bola de cristal.

El brujo se sintió vencido por el joven y le entregó el trono del castillo del Sol de Oro. También le permitió devolver la forma humana a los hermanos.

A toda prisa, el joven fue a buscar a la princesa, que lo aguardaba convertida en la resplandeciente belleza que viera en el espejo mágico.

El elfo del rosal- (Hans Christian Andersen)

Miércoles, 14 de Octubre de 2009

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Era un rosal hermoso en el centro del jardín, y en su mejor rosa, vivía un diminuto elfo, tan pequeño, que ningún ser humano podía verlo. Pasaba el día disfrutando del sol y volando de flor en flor. Bailaba y recorría los árboles y sus hojas.

Un día, se entretuvo más de lo debido y se le hizo de noche, cuando el elfo llegó a su rosa, encontró que estaba cerrada y no pudo entrar. Se asustó, pues nunca había salido de noche. Buscó otra rosa, pero todas estaban igual. Fue entonces a la glorieta que estaba al otro extremo del jardín, allí había una madreselva que podría refugiarlo.

Al llegar a la glorieta, pudo ver a una pareja joven que se besaba de despedida.

- No quiero partir, pero tu hermano me envía más allá de las montañas y los mares, en una misión. Quisiera que nunca tuviéramos que separarnos.- decía el joven.

La muchacha llorando, tomó una rosa, la besó con pasión y la rosa se abrió, lo cual aprovechó el elfo para introducirse en la flor. La joven prendió la rosa al pecho del amado y el elfo pudo oír su corazón acelerado mientras se marchaba.

Cuando se había alejado, le salió al paso el hermano de la muchacha, que clavó un puñal en el pecho del enamorado, que cayó muerto al instante. Luego, cortó su cabeza y la enterró junto al cuerpo bajo el tilo, y se marchó triunfante, seguro de que su crimen jamás sería descubierto.

El asesino llevaba compañía, pues el elfo había caído sobre su cabello, envuelto en una hoja seca del tilo. El elfo estaba aterrado y furioso por el crimen que había presenciado.

Llegó el criminal a su casa y fue a ver a su hermana dormida, para disfrutar de su triunfo. Cuando se inclinó sobre ella para verla, la hoja seca cayó sobre la almohada sin que lo notara.

Cuando el hombre se retiró, el elfo salió de la hoja y se introdujo en el oído de la joven dormida, en sueños le contó sobre el asesinato y le dio todos los detalles. Para que no dudara de lo que había oído, le habló del tilo bajo el cual yacía el cadáver, y que dejaba una hoja seca sobre su almohada.

Al despertar, la muchacha encontró la hoja del tilo y rompió en llanto inconsolable.

El elfo se sintió tan conmovido que se quedó a vivir en el rosal de Bengala que estaba junto a la ventana, para estar cerca de ella.

La desconsolada joven, no se animó a decir palabra al hermano, a pesar de sus visitas insistentes. Al anochecer, se escabulló hasta el jardín, llegó hasta el tilo y excavó con sus manos la tierra removida. Al ver el cuerpo del amado, suplicó al cielo, le concediera la muerte.

Como no podía llevarse el cadáver a su casa, tomó la cabeza inerte y la besó. La llevó hasta su cuarto, donde la colocó en una maceta. La cubrió con tierra y plantó en ella una ramita de jazmín que recogiera en la sepultura.

El elfo, abrumado por tanto dolor, retornó a su rosal. Cada mañana, llegaba volando a la ventana de la desdichada y la encontraba llorando sobre la maceta. Las lágrimas caían sobre la ramita de jazmín, que crecía lozana, mientras la joven se marchitaba. Brotaban nuevas ramas y capullos blancos.

El hermano la increpaba por su conducta, pues ignoraba lo que ocurría.

La muchacha caía dormida sobre la maceta y el elfo se deslizaba en su oído para contarle sobre las flores y el amor, y ella tenía dulces sueños.

Un día, pasó de un sueño al otro. Murió finalmente, librándose del malvado hermano, quien se apoderó de la planta y la llevó a su habitación.

El pequeño elfo siguió a la planta, preguntando a las almitas de las flores si conocían lo que había ocurrido. Éstas le respondían afirmativamente.

El duendecillo no se conformaba con la pasividad de las flores y fue con las abejas para contarles la triste historia. La reina de las abejas ordenó que se diera muerte al asesino y salieron todas junto al elfo para vengar a los enamorados.

Antes de que llegaran, el mal hermano dormía junto al jazmín. Se abrieron de pronto todos los cálices, salieron las almas de las flores y le implantaron sueños de pesadilla en sus oídos, luego le hirieron el la lengua con flechas venenosas. Para cuando llegó el elfo con sus abejas, el hermano estaba muerto y los humanos estaban enterados.

El elfo entendió la venganza de las flores y se la explicó a la abeja reina. Todo el enjambre revoloteó en torno a la maceta, sin que pudieran espantarlas. Entonces, un hombre levantó la maceta para sacarla, pero fue picado en una mano y dejó caer la maceta, con lo que apareció el cráneo y con él se develó el secreto.

La reina de las abejas cantaba la venganza de las flores y el descubrimiento del elfo.

Las hadas

Martes, 6 de Octubre de 2009

Las hadas- de Charles Perrault

Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas.

Las hadas

La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.

Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.

Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.

—Como no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.

Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:

—Eres tan bella, tan buena y tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.

Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.

—Perdón, madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¡Qué estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?

Era la primera vez que le decía hija.

La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.

—Verdaderamente, dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.

—¡No faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir a la fuente!

—Deseo que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!

Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.

—¿Habré venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡Justamente, he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.

—No sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien! ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.

La madre no hizo más que divisarla y le gritó:

—¡Y bien, hija mía!

—¡Y bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras y dos sapos.

—¡Cielos!, exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.

La pobre niña corrió y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.

—¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.

El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.

El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.

En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.

MORALEJA

Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.

OTRA MORALEJA

La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.