Archivo de la categoría ‘General’

El mejor guerrero del mundo (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

Martes, 15 de Junio de 2010

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El joven Caucasum era un espadachín muy valiente y tenía la ambición de ser el mejor guerrero del mundo. No encontraba en ningún ejército un rival de su altura. Gozaba de la simpatía del rey, que no compartía su ambición de convertirse en general, ya que consideraba que necesitaba todavía aprender mucho.

Las palabras del rey enfurecieron al joven que abandonó el palacio para aprender todas las técnicas de lucha existentes. Recorrió muchas escuelas de guerra, mejorando su técnica, pero sin aprender los secretos. Hasta que llegó a una fortaleza gris en una montaña, que era la mejor escuela de guerreros del mundo, y cuyo ingreso era reservado a unos pocos. Era la escuela donde había estudiado el viejo general de palacio a quien deseaba sustituir.

Para ingresar en la escuela debió abandonar sus armas, que fueron arrojadas a un foso. Fue conducido a su habitación, para aguardar cien días para que comenzara el entrenamiento.

Caucasum creyó que se trataba de una broma, pero no fue así. Los primeros días transcurrieron mientras el joven trataba inútilmente de adelantar su entrenamiento. Finalmente aprendió a disfrutar de la espera.

El día ciento uno, tuvo lugar la primera sesión.

- Ya has aprendido a manejar tu primer arma: la Paciencia.- dijo el viejo maestro.

El joven debió admitir la verdad del maestro.

- Ahora te toca aprender a triunfar en cada batalla. – dijo el maestro.

Y Caucasum se vio atado de pies y manos a una silla encaramada en un pedestal, al cual trataban de trepar una turba de aldeanos, que llegaron para darle una paliza. No logró zafarse y debió sufrir su destino.

El entrenamiento siguió del mismo modo por días, y el joven se convencía de que debía intentar cosas nuevas. Intentó muchas cosas, pero falló. Hasta que se dio cuenta de que debía acabar con la ira de los aldeanos. Durante los días siguientes, no paró de hablarles, hasta que consiguió convencerlos de que era su amigo y no una amenaza. Fue tan persuasivo que lo liberaron y se convirtieron en sus amigos, prometiéndole ayuda contra el maestro. Había llegado el día doscientos dos.

- Ya controlas el arma más poderosa, la Palabra. Lo que tu espada y tu fuerza no pudieron conseguir, lo obtuvo tu lengua.

El joven debió coincidir nuevamente y se preparó para continuar con su entrenamiento. Había llegado el momento más importante, el enfrentamiento con otros alumnos.

El maestro acompañó a Caucasum a una sala donde aguardaban otros siete guerreros, fuertes, valientes y fieros como él. Pero se notaba en ellos la sabiduría de las lecciones aprendidas.

Lucharían todos contra todos y ganaría quien permaneciera en pie al final. Cada mañana los guerreros se enfrentaban desarmados, ayudados por los aldeanos que habían conquistado, tramaban, esperaban, dirigían las batallas sin descargar un golpe.

Los días pasaban y Caucasum veía que no obtendría resultados, entonces cambió su estrategia y renunció a la lucha y propuso emplear sus fuerzas en ayudar a los demás a reponerse. Los demás continuaron luchando con más bravura, mientras los aldeanos se unían a Caucasum. Finalmente, uno de los alumnos logró triunfar sobre los otros, Tronor mantenía unos pocos aldeanos, cuando se disponía a salir triunfante de la lucha, el maestro no le hizo notar que todavía quedaba Caucasum en pie, y que sólo uno podía quedar. Tronor miró amenazante al joven, quién se adelantó a sus intenciones:

- ¿De veras quieres luchar? ¿No comprendes que somos mucho más numerosos que tú? Estos hombres entregarán todo, les permití vivir en paz y libres.

Cuando el joven terminó de hablar, los pocos aldeanos que acompañaban a Tronor, se unieron a Caucasum. El joven había conseguido la victoria.

El maestro asintió complacido. El joven había aprendido que el arma más poderosa es la Paz.

Caucasum se despidió agradecido y retornó desarmado a palacio, para disculparse con el rey por su osadía. Pero el soberano comprendió con solo verlo, que había aprendido, y lo saludó como a un general.

Los tres perezosos (versión libre sobre cuento de Francisco J. Briz Hidalgo)

Viernes, 9 de Abril de 2010

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Un padre tenía tres hijos muy perezosos, tanto que, cuando se enfermó y mandó buscar un notario para su testamento, le dijo que la herencia (un burro) sería para el hijo más perezoso.

Poco tiempo después, el hombre murió. El notario debió llamar a los hijos para hablarles del testamento, pues los jóvenes no preguntaban siquiera por su existencia.

El notario leyó el testamento ante el desinterés de los hijos y explicó:

- Vuestro padre hizo testamento antes de morir. Ahora debo saber cuál de ustedes tres es más perezoso.

Solicitó pruebas de su pereza al hijo mayor:

- Yo no tengo ganas de contar nada- agregó el mayor.
- Habla ya o te haré meter en la cárcel.
- Cierta vez, cayó una brasa candente en mi zapato, pero la pereza me impedía moverme, aunque me dolía mucho. Pero afortunadamente, unos amigos la apagaron.- concluyó el mayor.
- Eres un perezoso, yo te habría dejado arder, para ver cuánto aguantabas.

Interrogó al segundo hermano:

- Es tu turno.
- ¿También iré a la cárcel si no tengo qué contar?
- Ni lo dudes.
- Una vez caí al mar, pero tuve pereza de nadar, aunque sé hacerlo muy bien. Un barco de pescadores me rescató cuando estaba por ahogarme.
- Yo te habría dejado para que te salvaras tú mismo.

Finalmente interrogó al menor:

- Háblanos de tu pereza.
- Señor notario, puede llevarme a la cárcel y quedarse con el burro, porque no tengo ganas de hablar.
- El burro es tuyo, no hay dudas de que eres el más perezoso de los tres.-exclamó el notario.

La abuela loca (versión libre sobre cuento de María García Borrego)

Jueves, 8 de Abril de 2010

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Mi abuela está loca. Usa pelo largo color rosa chicle, le gusta inventar canciones y bailar. Tanto le da una canción de los Rolling como una de los años cuarenta. Ama las computadoras y se la pasa navegando por la red, haciendo amigos por todo el mundo y de todas las edades, sin importarle un comino.

Ella cree que los avances tecnológicos nos permitirán a los niños salvar el planeta de los desastres ocasionados por los adultos. Confía más en el raciocinio de los animales que en el de los hombres, por eso nos aconseja imitarlos, nadar como delfines, ser independientes como los gatos, pero leales como los perros, que cantemos como pájaros, descansemos como osos, corramos como liebres, trabajemos unidos como las hormigas, que saltemos como canguros para intentar atrapar las estrellas, que nos subamos a los árboles y colguemos cabeza abajo para tener otra perspectiva de la vida. Que nos adaptemos a nuestro medioambiente y que utilicemos nuestra inteligencia para mejorarlo y hacerlo más confortable.

Por eso nos alienta a reír siempre que estemos contentos para transmitir felicidad a los demás y llorar a moco suelto cuando la pasemos mal, porque las lágrimas limpian el alma y eso ahuyenta a la tristeza.

Mi abuela está chiflada, usa calzados de plataforma y todos los colores del arco iris, para que la ciudad no se vea tan oscura y sucia. No usa cartera sino mochila para moverse libremente por la ciudad, bailando como niña y tarareando sus canciones inventadas.

Mi querida abuela me alienta para que aprenda todo lo que pueda, para que estudie, que adquiera conocimiento con el paso del tiempo. Ella dice que de los ancianos debemos aprender, porque vivieron mucho para ver las cosas y que tienen sabiduría.

Me gustaría poder ser como ella algún día.

El niño de azúcar (de Leonardo de Mello)

Miércoles, 7 de Abril de 2010

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Enrique quería comer sólo caramelos. No le importaba que se le cariaran los dientes, porque eran de leche y ya se le caerían. Tampoco le importaba que por no comer no creciese, porque si se mantenía pequeño nadie le negaría nunca un caramelo.

Una noche, mientras sus padres dormían, abrió el ropero donde su madre escondía la bolsa de caramelos. Estaba en el estante más alto y Enrique apenas alcanzaba al más bajo. Logró trepar los estantes, pero no alcanzó a sacar la bolsa. Apenas pudo empujarla haciendo que un caramelo cayera golpeándole la cabeza. Lo recogió y salió apurado del cuarto de sus padres para esconderse en el suyo y comerlo.

Era el caramelo más rico que hubiera probado nunca. Lamentó que fuera sólo uno. Luego de una hora chupándolo, Enrique notó que el caramelo no se había achicado. Se lo sacó de la boca y el caramelo estaba como recién desenvuelto. Volvió a llevárselo a la boca y estuvo chupándolo una hora más sin consumirlo. Pasó otra hora más y otra y a Enrique le vino sueño. Volvió a sacarse el caramelo, esta vez con la intención de tirarlo y un nuevo caramelo apareció en su boca. Lo sacó y apareció otro; sacó el nuevo caramelo y apareció uno más, como los magos que se sacan un pañuelo sin fin de la boca.

Empezó a llorar. Había comido tanto dulce que las lágrimas le salieron almibaradas. Lloró hasta quedar completamente cubierto de almíbar. Llamó a sus padres pero ninguno respondió. Por la ventana abierta entró un picaflor y los ojos del picaflor se abrieron enormes al ver a Enrique hecho un niño de azúcar. Empezó a picarle la nariz que se había cristalizado y logró arrancarla. Así siguió con todo el cuerpo hasta que se hartó. Los huesos de Enrique eran el caramelo más fino que el picaflor hubiera probado nunca, cuando se hartó de picarlos los cargó en el pico y voló llevándoselos a sus pichones, que gustan tanto del dulce como los niños humanos.

El lazarillo de Tormes (versión adaptada para niños)

Martes, 6 de Abril de 2010

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Tratado primero:

Lázaro nació junto al río Tormes, por eso su apodo. Su padre murió cuando tenía ocho años en una expedición contra los moros, donde fuera enviado como castigo por robar trigo en el molino en que trabajaba. El niño y su madre se mudaron a Salamanca, donde apenas sobrevivían con lo que su madre ganaba cocinando y lavando ropa para estudiantes y mozos de caballos. Su madre tuvo otro hijo mulato, fruto de su relación con un mozo negro. También el negro fue condenado por ladrón y volvieron a quedarse solos.
Un ciego lo tomó como guía cuando llegó a la adolescencia, cosa que su madre aceptó por creer que su hijo estaría mejor cuidado. Pero el ciego era un avaro y mataba de hambre al joven, hasta que éste lo abandonó.

Tratado segundo:

Lázaro llegó a Maqueda, donde trabajó para un clérigo que guardaba la comida en un arca bajo llave. El joven se hizo con una copia de la llave para robar algo durante las noches, fingiendo que había ratones.
Cierta noche, los ronquidos de Lázaro despertaron al clérigo que pensó que escuchaba el silbido de una serpiente, pero era el muchacho que escondía la llave en su boca.
El clérigo se acercó en la oscuridad y golpeó al chico con un garrote que lo dejó en cama por tres días, luego de los cuales lo echó de su casa.

Tratado tercero:

Viaja a Toledo y vive de limosnas por unos días. Entra al servicio de un escudero tan pobre que debía seguir mendigando para compartir con su amo. Luego que el alcalde prohibiera la mendicidad, las vecinas ayudaron al chico y su amo a sobrevivir. Pero el escudero desapareció cuando llegaron los dueños de la casa por el alquiler. Y Lázaro volvió a quedar solo.

Tratado cuarto:

El cuarto amo de Lázaro era un fraile que pasaba más tiempo en la calle que en el convento. Por esto lo abandonó el muchacho y por razones que no quiso contar.

Tratado quinto:

El quinto amo de Lázaro era un clérigo que vendía bulas (buldero). El joven se quedó unos meses con él y prosiguió su camino.

Tratado sexto:

En este tratado, Lázaro tiene dos amos, un maestro de pintar panderos para el que muele los colores y con quien pasa mil peripecias. Y un capellán con el que logró ahorrar dinero para comprarse ropa nueva.

Tratado séptimo:

Es el último y se desarrolla en el momento actual de la vida de Lázaro. Trabajó para un alguacil, pero le resultó un trabajo peligroso y lo abandonó.
Luego consiguió un puesto como pregonero en Toledo y lo hacía con mucha habilidad.

Finalmente, Lázaro se casa con una criada del Arcipreste de San Salvador de Toledo y vive en una casa junto a la del Arcipreste. En la ciudad se hablaba de la relación entre la criada y el Arcipreste, pero a Lázaro le parecía vivir muy bien y se mantenía ajeno a las murmuraciones, amenazando de muerte a quien injuriara a su mujer.

El alma de las muñecas (de Leonardo de Mello)

Lunes, 5 de Abril de 2010

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A Marizel le gustaba cambiar de lugar con sus muñecas. Se quedaba tirada en un rincón, con la esperanza de que alguien le apretara el ombligo y ella pudiera abrir la boca: “Mamá.”

Una noche se cortó el dedo y descubrió que estaba rellena de aserrín. Cortó una de sus muñecas y sangraba.

Días después despertó con las mejillas pintadas de rosado y el rosado no salía.

Luego, al despertar no podía mover un brazo; a la mañana siguiente, el otro; y en dos mañanas más, ninguna parte del cuerpo. Debería haberse aterrado, pero su rostro sonreía y poco a poco aquella sonrisa fue todo en lo que pensaba. Vio que Marizel, la otra Marizel, se acostaba con ella y la arropaba. No podía cerrar los ojos pero la habitación empezó a desaparecer y la conciencia misma de que estaba sobre la cama; todo menos la sonrisa, que quedó flotando dentro y fuera de Marizel, el alma de las muñecas.

El viejo manuscrito- (versión libre sobre cuento de Franz Kafka)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Soy zapatero remendón y debo decir, que algunos acontecimientos recientes de nuestra patria, nos tienen inquietos. Mi negocio está frente a la plaza del palacio imperial. Hay soldados armados, apostados en todas las bocacalles. No son nuestros soldado, son nómades del Norte. Cada día son más.

Acampan al aire libre, pasan afilando sus espadas y ejercitándose. La plaza se ha convertido en una pocilga. En ocasiones, salimos de nuestros negocios para limpiar un poco, pero es un trabajo inútil. Además, nos arriesgamos a que nos atropellen con sus caballos o nos hieran con sus látigos.

No conocen nuestro idioma, y entre ellos se entienden como grajos. Cuando necesitan algo, lo roban. Toman las cosas sin que opongamos resistencia. También de mi tienda se llevaron excelentes mercaderías. Pero no me quejo, es peor la situación del carnicero. Se llevan su mercancía apenas llega. También sus caballos comen carne. El carnicero no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero es comprensible, si no encontraran carne, nadie sabe lo que ocurriría; pero tampoco sabe lo que se les puede ocurrir comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó en ahorrarse el trabajo de descuartizar y dejó un buey vivo. No volverá a hacerlo, fue terrible.

Todos nos preguntamos, ¿en qué terminará esto? El palacio imperial trajo a los nómades, pero ahora no sabe cómo controlarlos.

Las puertas de palacio permanecen cerradas. Los guardias, que antiguamente entraban y salían marchando, ahora están siempre encerrados tras las rejas de las ventanas.

La salvación de la patria, depende solamente de nosotros, artesanos y comerciantes. Pero no tenemos preparación para tal tarea.

Hay cierta confusión, y esta confusión, será nuestra ruina.

El albañil- (versión libre sobre cuento de Washington Irving)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Hace mucho tiempo, vivía en Granada un albañil muy pobre con su familia. El trabajo escaseaba y cada día, se hundían más en la pobreza. El hombre pasaba muchas horas en vela pensando en una forma de conseguir trabajo.

Una noche, cuando acababa de dormirse, escuchó que golpeaban la puerta. Cuando abrió la puerta se encontró con un caballero alto de aspecto demacrado, con una gran capa.

El caballero necesitaba un albañil en ese preciso momento y estaba dispuesto a pagar lo que correspondiera. Pero exigía al albañil, que llevase los ojos vendados, debido al carácter secreto de su misión.

El albañil aceptó sin reparos, pues estaba urgido por trabajar. El caballero le vendó con un pañuelo que llevaba y lo condujo por callejuelas tortuosas. Caminaron largo rato, hasta que se detuvieron y el albañil escuchó, cómo el otro abría una pesada puerta. Cuando estuvieron en el interior, el caballero le quitó la venda, y el albañil pudo ver que estaba en una sala espaciosa que daba a un patio. Un escalofrío recorrió al hombre, pero se sobrepuso.

- Debes hacer una pequeña bóveda bajo la taza de esa fuente morisca que está en el centro del patio. Es mejor que la termines hoy mismo.
- Lo intentaré, señor.

Junto a la fuente, estaban los materiales y herramientas necesarios. El hombre trabajó por horas, pero al poco rato, supo que no terminaría de ninguna forma. El caballero comprendió la situación. Antes de despuntar el alba, lo llamó y le entregó una moneda de oro en la palma de la mano.

- ¿Aceptas volver mañana por la noche, para terminar el trabajo?
- Por supuesto, si se mantiene el pago.

El caballero afirmó y vendó los ojos del albañil, y lo llevó hasta la puerta de su casa. El hombre acarició la moneda durante todo el camino de regreso. Su familia no pasaría hambre por unos días.

El albañil y su mujer estaban intrigados por la identidad de aquel hombre y su misterioso encargo.

A medianoche, regresó el caballero, repitió el procedimiento de la noche anterior y se marcharon los dos.

El albañil logró terminar su obra, un par de horas antes del amanecer. Entonces, el caballero le pidió que lo ayudara a meter unos bultos dentro de la bóveda. El albañil se sintió temeroso por la naturaleza de los bultos. Vaciló unos instantes y siguió al caballero hasta una habitación apartada.

Fue un gran alivio comprobar que lo esperaban cuatro grandes bolsos de cuero, que parecían contener dinero. Los colocaron en la bóveda y el hombre la cerró de manera que nadie supiera que allí había algo oculto.

El albañil restauró el pavimento con gran maestría. El caballero estuvo tan complacido, que le entregó dos monedas de oro.

Le vendó nuevamente los ojos y lo condujo por un camino distinto al que había utilizado anteriormente. Cuando se detuvieron, el caballero no le quitó la venda, sino que, le ordenó que aguardase a que sonara la campana de la catedral. De lo contrario, ocurrirían grandes desgracias a él y a su familia. Y se marchó.

El albañil obedeció en todo, pues no osaba desobedecer a quien le había pagado generosamente. Cuando la campana sonó, se quitó la venda y pudo comprobar que estaba cerca de su casa.

La familia estuvo feliz por quince días, comiendo cuanto querían. Pero al cabo de ese tiempo, retornaron a su habitual estado de pobreza, que duró por meses.

Un día en que el albañil estaba sentado frente a la casucha, con la cabeza apoyada sobre las manos y reflexionando, se detuvo junto a él, un caballero. El hombre lo miró. El caballero era el anciano avaro del pueblo, y venía a solicitar un trabajo al albañil.

El caballero explicó el trabajo al albañil:

- Tengo una casa vieja que se está cayendo. Deseo arreglarla, pero no gastar mucho, sobre todo, porque nadie quiere vivir en ella. En definitiva, tan solo quiero que repares lo indispensable para que siga en pie.
- A vuestras órdenes, señor. Puedo empezar cuando queráis.
- Mañana al amanecer vendré por ti.

Al día siguiente, el avaro fue a buscar al albañil y lo codujo hasta la puerta de un rico caserón destartalado. Entraron y recorrieron el interior hasta llegar a un patio interior, que tenía una fuente morisca en el centro, que llamó mucho la atención del albañil. El hombre observó detenidamente el patio y dijo:

- Todo está en muy mal estado. Quién habitó la casa últimamente, no tenía muchas expectativas.
- Es todo un problema. El último inquilino siempre pagó puntualmente. Pero nadie sabe de dónde vino. Las habladurías decían que era un hombre sumamente rico. Verás, él murió de pronto. Pero no se halló más que una bolsa de cuero con algún dinero. Todos se habían apresurado a entrar a la casa para participar en la repartición de bienes. Yo mismo, fui el primero en llegar. Tenía más derecho que nadie, era mi inquilino. Pero no había más que un puñado de monedas. Pero lo peor es que nadie quiere vivir en la casa, por más barato que lo he dejado. Las gentes aseguran que su alma sigue en la casa, y que escuchan el tintineo de monedas en su habitación.
- Son habladurías, claro que sí.
- ¡Por supuesto! Pero de todas formas no consigo alquilar la casa.
- Os propongo una idea. La casa necesita muchas reparaciones para dejarla habitable. Eso lleva tiempo. Yo podría habitar la casa y realizar las reparaciones que necesite. Si me permitís vivir en ella sin pagar alquiler, no os cobraré nada por mi trabajo. La abandonaré, apenas se presente un mejor inquilino. También servirá para que la gente deje de especular.
- ¿No temes a los espíritus?
- Sólo temo a Dios.
- De acuerdo. Trasládate cuando quieras a la casa y comienza el trabajo lo antes posible.- dijo el avaro mientras regresaba a su hogar complacido.

El albañil también estaba complacido. Al día siguiente se mudó a la vieja casona junto a su familia.

A pesar de los rumores, nada malo sucedió al albañil o a su familia. Al contrario, fue reparando la casa poco a poco, y consiguió restaurarla y convertirla en una de las mejores de la ciudad, gracias a su pericia y laboriosidad.

Era como si la casa le hubiera traído la suerte, en lugar de las desgracias. Se olvidaron del hambre, compraron vestimenta nueva, renovaron el mobiliario.

No se volvieron a escuchar ruidos extraños en la noche. El albañil llegó a ser muy querido por todos, debido a sus virtudes y su generosidad para todos. La fortuna parecía multiplicarse. Fue comprando muchas casas, incluso el caserón en que habitaba, y llegó a ser uno de los hombres más ricos de Granada. Y su fortuna parecía no tener límites, a pesar de las importantes sumas que donaba a los necesitados.

Su mujer suponía el origen de la fortuna, pero jamás le preguntó. Tampoco él se lo dijo. Pero vivieron sin preocupaciones por el resto de sus vidas, y pudieron dejarle una cuantiosa herencia a sus hijos.

El visitante de Marte-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Andrés se estaba bañando cuidadosamente, como hacía todos los días, pues era un niño muy pulcro. De pronto, se acercó a él una motita negra, que fue a depositarse sobre su blanca toalla.

El niño se acercó un poco para ver qué era lo que se había posado sobre la felpa. Pudo distinguir claramente, a una pulga con casco y antenas.

- ¡Hola! – le dijo la pulga- soy Pamela, la pulga marciana. Vine a este planeta para explorarlo.

Andrés estaba muy sorprendido por lo que veía. No sabía que existían pulgas exploradoras de planetas.

- ¡Hola! Soy Andrés. Me gustaría poder ayudarte en tu expedición.
- ¡Eso, sería genial! Algo falló y no encuentro la planta en la que debía aterrizar.
- ¿Qué tipo de planta es?
- Es una palmera. – le respondió la pulga.

Andrés recordó que en el jardín había una palmera y se ofreció a conducir a la pulga. La exploradora se mostró agradecida. Le impresionaba conocer a un terrícola que no fuera un tonto.

Cuando se aprontaban para salir del baño e ir hasta el jardín, se apagó la luz y quedaron a oscuras.

La pulga gritaba a todo pulmón:

- ¡Esto es obra de la plaga estelar que nos quiere acabar!

Andrés comenzó a reírse sin parar. La risa le impedía explicar a la pulga que el corte de luz se debía a problemas técnicos de la compañía eléctrica. Buscó a tientas el armario donde guardaba las velas y encendió una, para alumbrar el camino.

Llegaron al jardín y Andrés le señaló la palmera. La pulga debía alcanzar la cima.

La pulga no se hizo problema por las dificultades del ascenso, sacó unos polvos mágicos, espolvoreó su cuerpo con ellos y se elevó en medio de una nube de plata.

Andrés estaba emocionado por lo que veía. De pronto, una nave de plástico aterrizó en la cima de la palmera y salió una pulga con escafandra a recibir a la primera.

La pulga agradeció la ayuda al niño y prometió regresar al finalizar su exploración.

El niño observó a la nave que se alejaba y regresó a su habitación. Estaba seguro de que nadie creería su historia, pero se sentía orgulloso de haber ayudado a una pulga marciana a regresar a su planeta.

El cumpleaños de Plimplín- (Claudio Vela)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Al payaso Plimplín, le regalaron un montón de narices para su cumpleaños. Redondas, cuadradas, rojas, negras, hasta narices con lentes y bigotes. El payaso estaba muy contento y se las probó una por una, delante de sus invitados. Luego, las guardó a todas en un mismo cajón, para asegurarse de no meter las narices donde no debía.

Los invitados, por su parte, estaban muy contentos con la fiesta de Plimplín. Era muy original, era una fiesta donde todos ellos, sin excepción, eran payasos. ¿Se imaginan una fiesta de cumpleaños, donde todos los invitados son payasos? ¡Era muy divertida!

Sin embargo, hubo un momento especial en que todos guardaron silencio y prestaron atención, mucha atención. Casi siempre en el cumpleaños de un niño, ese momento tan especial es cuando aparece el payaso. Pero en el cumpleaños del payaso, ¡apareció un niño!

Estaba atado a una silla. Todos rieron al verlo.

- ¡Yo lo conozco!- dijo Plimplín, con su voz chillona- ¿Ustedes lo conocen?
- ¡Si!- gritó Panchito.- ¡Me ensució con mostaza en el cumple de Juanita, la pelirroja!
- ¡Eso no es nada!- gritó Boniato.- ¡A mi me clavó un tenedor!
- Me pateó un tobillo en el cumpleaños de Jorgito.- dijo Soquete.- ¡Y hacía rimas con mi nombre!
- Y a mi me tiró un vaso de refresco en la cara- agregó Acuarela, la novia de Soquete, que trabajaban juntos.

Uno por uno, los payasos comenzaron a recordar las maldades que el niño había cometido en los cumpleaños de sus amiguitos. Y no solo contra ellos.

- En el cumple de Pedrito, puso un pedazo de torta bajo un almohadón, y cuando Carlitos se sentó, ¡toda la crema se le subió y le ensució el pantalón!

Cada vez que un payaso contaba una historia, los demás reían. Al principio el niño se rebelaba y gritaba cosas, pero al ver que los payasos se reían de sus insultos, se puso a llorar. A lo cual, los invitados comenzaron a cantar:

Al payaso Plimplín
se le pinchó la nariz.
Que lo cumplas payasito,
que lo cumplas feliz.

El niño continuaba llorando.

- ¡Ahora llora, el nene malcriado!- reflexionó Pelusita, mientras los demás continuaban riendo.
- Se lo merece- dijo Plimplín- por pincharme las narices.

Súbitamente apareció la madre del niño.

- ¡Mamá!- gritó el niño- ¡Sacame, este payaso se metió en mi cuarto y me trajo a la rastra, y me ató acá!
- Uy, no te vayas a hacer pipí- se burló Plimplín.
- ¡Cómo se nota, que no es tu hijo!- vociferó la mujer.
- ¡Cómo se nota!- contestó el payaso, abandonado su voz chillona- que vos tampoco ves a través del disfraz.

Y en esa voz, ella reconoció a su marido. Es decir, al padre del niño.