Archivo de la categoría ‘Fábula’

El cuervo y la zorra-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

el-cuervo-y-la-zorra1

En un bosque de pinos, vivía un cuervo de plumaje renegrido. Todos lo habitantes del bosque sabían que era un vanidoso.

Junto al bosque había una casita muy coqueta, donde vivía una señora a la que le gustaba cocinar. Aquel día, tenía las ventanas abiertas y el cuervo podía observar la actividad de la cocina.

La mujer estaba preparando un plato con queso. Pensó que el queso se mantendría más fresco, si lo ponía en la ventana.

El cuervo que estaba observando todo, sintió el aroma del queso y se sintió muy tentado a probarlo. Voló hasta la ventana y se llevó el queso en su pico, hasta la copa de un árbol cercano.

Mientras esto ocurría, una zorra muy astuta estaba observando. La zorra estaba hambrienta, pues hacía días que no conseguía bocado. Vio que el cuervo se posaba en la rama de un árbol, con el queso en su pico y se acercó.

- ¡Buenos días, señor cuervo!

El cuervo no respondió, simplemente observó a la zorra que le sonreía.

- ¡Tenga usted buenos días!- repitió la zorra- ¡Pero, qué elegante que está usted con ese bello plumaje!

La zorra lo adulaba y el cuervo, como bueno vanidoso, se quedó contento de escuchar los elogios. Aunque no podía contestar, porque tenía el pico lleno.

- Es lo que siempre digo.- agregó la zorra- No hay ave con mayor gallardía que el señor cuervo.

El cuervo se esponjaba de satisfacción en la rama. En realidad, estaba convencido de que cuanto decía la zorra, era verdad. Porque no había otro plumaje más lindo que el suyo.

- Usted tiene un porte majestuoso, claro que sí. Si su canto es como su plumaje, no puede existir en el mundo, un ave que se le pueda igualar.

Al escuchar estas palabras, el ave quiso demostrar que su voz era tan hermosa como su plumaje. Movido por la vanidad, quiso cantar. Abrió su pico y comenzó a graznar, sin acordarse del queso que llevaba.

Cuando el queso cayó, la zorra ya estaba pronta para atraparlo. Abrió su boca y atrapó el manjar. Entre bocado y bocado, decía:

- ¡Pero qué tonto! Has quedado hinchado de tantas lisonjas y elogios. Déjame que me encargue yo, de digerir este queso. Que tú tienes bastante, con digerir las adulaciones.

Así, el cuervo comprendió que no es bueno dejarse ganar por las alabanzas falsas. A partir de entonces, no volvió a dejarse engañar por los elogios inmerecidos, aprendiendo a evaluarse en su justa medida. Y si se le acercaba algún adulador, salía huyendo. Porque aprendió que cuando nos halagan sin méritos, es porque esperan sacar beneficio de nosotros.

El conejito ingenioso-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

el-conejito-ingenioso

Bubba era un conejito blanco que vivía en una preciosa casita al borde del camino.

Todos los días, salía al patio a tomar sol junto al pozo. Se sentaba sobre el brocal y cerraba los ojitos muy satisfecho. Así pasaba las horas, muy tranquilo, sin que nadie lo molestara.

Cierto día, apareció por allí un lobo ladrón. El conejito se moría del miedo, tenía gansa de salir corriendo y encerrarse en su casita, pero ya era tarde. Tenía que inventar alguna historia para distraer al lobo, porque sabía que no la iba a pasar bien. Estaba seguro de que el lobo Rififí, quería dinero y si no se lo entregaba, lo castigaría dándole una gran paliza.

Cuando estuvo cerca, el lobo le apuntó con un trabuco que llevaba:

- ¡Levanta las manos, conejito! Dame lo que tengas, o te rompo la cabeza.
- ¡Qué triste estoy, señor lobo!- dijo Bubba, fingiendo que no había oído al lobo- Perdí mi jarrón de plata.
- ¿De qué hablas? ¿Un jarrón de plata?
- ¡Un jarrón de plata maciza! Fue herencia de mi abuela. Vale una fortuna. ¡Ay, qué dolor! Yo era rico, y ahora soy pobre.
- ¿Por qué, conejito?
- Se me ha caído en el pozo y no puedo recuperarlo. ¡Qué horror!- suspiraba Bubba.
- Pero, ¿estás seguro que es de plata maciza?- preguntó el lobo lleno de codicia.
- Sí, certificada. Como veinte kilos de plata, y ya no los podré sacar.
- ¡Pero mi amigo!- exclamó el lobo- Yo sacaré el jarrón.

El lobo era ladrón y tonto, pues comenzó a sacarse la ropa, para que no le estorbara en los movimientos. Dejó todo sobre el brocal del pozo, incluso el trabuco cargado.

- Voy por el jarrón.- dijo al conejito.

Se metió en el cubo para sacar el agua y se dejó caer, deslizando lentamente la cuerda.

- Conejito, ya llegué. Pero no veo el jarrón. ¿Para qué lado cayó?
- Fíjate por la derecha.- contestó Bubba, conteniendo la risa.
- No veo nada. ¿Estás seguro?
- Entonces mira por la izquierda.- decía muerto de risa.
- Estoy buscando bien y no veo nada. ¿Por qué te ríes?- preguntó molesto Rififí.
- Me río de ti, tonto ladrón. Pero sobre todo, de lo que te va a costar salir de allí. Te lo tienes merecido, por codicioso y bandido. No hay ningún jarrón de plata. Querías robarme, pero el robado, serás tú. Me llevaré tu ropa y tu trabuco.

Fue así, que el conejito se marchó con las pertenencias del lobo y las vendió en el mercado. El lobo quedó aullando de rabia, y nadie sabe cuánto tiempo le tomó salir del pozo.

La gallina de los huevos de oro- (versión libre de la fábula de Esopo)

Lunes, 26 de Octubre de 2009

la-gallina-de-los-huevos-de-oro

Había una vez, una pareja de granjeros pobres. Cierto día, descubrieron entre sus gallinas, una que era distinta a todas las demás. Esta gallina ponía cada día un huevo de oro puro.

El granjero y su esposa se pusieron muy contentos al ver que su suerte había cambiado, y fueron vendiendo los huevos de oro. Así, su posición fue mejorando.

Pero como estaban intrigados por la naturaleza de la gallina, comenzaron a buscar el origen de tal anomalía, supusieron pues, que dentro de ella debía haber un gran terrón de oro.

Esta idea los hizo reflexionar y decidieron que no necesitaban esperar a que cada día les entregara un solo huevo, deseaban obtener todo el oro de una vez, entonces mataron a la gallina.

Cuando la mataron y abrieron su cuerpo, encontraron, para su sorpresa, que la gallina era igual que cualquier otra, no tenía nada diferente.

El matrimonio movido por la codicia y deseando hacerse rico de una sola vez, se privó del ingreso seguro que los habría mantenido durante toda la vida.

Moraleja:
No hay razón para que destruyas lo que buenamente haz adquirido y te provee de bienestar.

Los dos amigos

Martes, 6 de Octubre de 2009

Los dos amigos- de Jean de la Fontaine (1621-1695).

En el mundo en que vivimos la verdadera amistad no es frecuente.

Muchas personas egoístas olvidan que la felicidad está en el amor desinteresado que brindamos a los demás.

Esta historia se refiere a dos amigos verdaderos. Todo lo que era de uno era también del otro; se apreciaban, se respetaban y vivían en perfecta armonía.

Una noche, uno de los amigos despertó sobresaltado. Saltó de la cama, se vistió apresuradamente y se dirigió a la casa del otro.

Al llegar, golpeó ruidosamente y todos se despertaron. Los criados le abrieron la puerta, asustados, y él entró en la residencia.

El dueño de la casa, que lo esperaba con una bolsa de dinero en una mano y su espada en la otra, le dijo:

-Amigo mío: sé que no eres hombre de salir corriendo en plena noche sin ningún motivo. Si viniste a mi casa es porque algo grave te sucede. Si perdiste dinero en el juego, aquí tienes, tómalo…

-Y si tuviste un altercado y necesitas ayuda para enfrentar a los que te persiguen, juntos pelearemos. Ya sabes que puedes contar conmigo para todo.

El visitante respondió:
-Mucho agradezco tus generosos ofrecimientos, pero no estoy aquí por ninguno de esos motivos…

-Estaba durmiendo tranquilamente cuando soñé que estabas intranquilo y triste, que la angustia te dominaba y que me necesitabas a tu lado…

-La pesadilla me preocupó y por eso vine a tu casa a estas horas. No podía estar seguro de que te encontrabas bien y tuve que comprobarlo por mí mismo.

Así actúa un verdadero amigo. No espera que su compañero acuda a él sino que, cuando supone que algo le sucede, corre a ofrecerle su ayuda.

La amistad es eso: estar atento a las necesidades del otro y tratar de ayudar a solucionarlas, ser leal y generoso y compartir no sólo las alegrías sino también los pesares.

El león y el leopardo

Martes, 6 de Octubre de 2009

El león y el leopardo de Jean-Pierre Claris de Florian (1755 - 1794)

Un león valeroso, rey de una inmensa llanura, quería dominar una parte más grande, y quiso conquistar un próximo bosque, herencia de un leopardo.

El león y el leopardo

Atacar no era muy difícil para él; pero el león temió a las panteras y osos, por lo que el monarca diestro resolvió debidamente la cuestión.
Al leopardo joven, bajo el pretexto de honor, le delega a un embajador:
era un zorro viejo, hábil y popular.

En primer lugar, del leopardo joven exalta su prudencia, le alaba en son de paz, su bondad, su dulzura, su justicia y su beneficencia; entonces, en nombre del león una alianza propone para limpiar a todo el vecino que no valore su fuerza.

El leopardo acepta; y desde el día siguiente, nuestros dos héroes, en sus fronteras, comen a los mejores osos y panteras; fue hecho pronto; pero cuando los reyes amigos, compartiendo el país conquistado, fijan sus miradas en sus nuevos límites, allí sobrevinieron algunas riñas.

El leopardo perjudicado se quejó al león; este mostró su dentadura postiza para demostrar quién mandaba; para abreviar la historia, fueron varios los golpes.

Al final de la aventura llegó la muerte del leopardo: éste aprendió un poco tarde que contra los leones las verjas más buenas son los Estados pequeños de osos y panteras.

Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre- (de Horacio Quiroga)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

historia-de-dos-cachorros-de-coati-y-de-dos-cachorros-de-hombre

En la selva de Misiones, vivía una coatí con sus tres cachorros. Se alimentaban de frutas, huevos de aves y raíces.

Cuando los cachorros fueron lo suficientemente grandes, la madre los reunió en la copa de un naranjo y les dijo:

- Coaticitos: ya están grandes para buscar su propio alimento. Deben aprender a hacerlo, porque la vida del coatí es solitaria. Sólo hay una cosa a la que deben temer, son los perros. Una vez debí enfrentarme a uno y terminé con un diente partido. Los perros siempre vienen con los hombres y ellos traen sus armas. Cuando escuchen cerca el ruido de las armas, tírense de cabeza al suelo, pues de no hacerlo, seguramente los matarán de un balazo.

Cuando la madre terminó sus palabras, todos bajaron del árbol y se fueron cada uno por su lado a buscar comida. El mayor era afecto a los cascarudos, fue a buscarlos entre los palos podridos y los yuyos, comió tanto que se quedó dormido. El segundo prefería las frutas y comió todas las que quiso, pues el naranjal estaba en el monte y podía comer tranquilo, sin que los hombres lo molestaran. El tercero gustaba de los huevos de aves, pero tuvo que buscarlos todo el día, apenas encontró dos nidos, uno de tucán con tres huevos y el otro de tórtola, con dos. Apenas cinco pequeños huevos, los que no alcanzaron para llenarse. Así que a la noche, ya tenía tanta hambre como en la mañana. Se quedó triste en la orilla del monte, mirando el campo y recordando la advertencia de la madre, sin comprender del todo sus razones. Fue entonces que sintió un canto de ave muy fuerte y pensó que debía pertenecer a un ave enorme y por lo tanto, sus huevos debían serlo. Sin dudarlo, salió en busca del ave, atravesando el campo con la cola levantada. Llegó a la casa de los hombres, donde estaba el ave, que era un gallo.

El coaticito conocía los gallos, su madre se los había mostrado. Sabía que las gallinas ponían huevos muy sabrosos. Recordó la advertencia de su madre, pero el hambre y el deseo, fueron más fuertes. Aguardó a la noche y entonces se encaminó a la casa, con gran sigilo. Lo primero que vio en la entrada del gallinero fue un huevo abandonado en el suelo, pensó en dejarlo para el final, pero no resistió la tentación. Se lanzó sobre el huevo y recibió un fuerte golpe en la cara. El hocico le dolía terriblemente, hasta hacerlo gritar de dolor.

El coatí nunca notó que mientras aguardaba que todo estuviera tranquilo, el hombre colocó una trampa para atrapar a una comadreja que rondaba el gallinero. El perro alertó al hombre, quien vino a revisar la trampa acompañado por sus hijos, que al ver al cachorro de coatí atrapado, pidieron que le perdonara la vida.

- No lo mates, por favor, papá. Es muy chiquito. ¡Dánoslo a nosotros!- suplicaron los niños.

- Está bien. Pero deben cuidarlo bien, darle comida y agua.- respondió el padre.

Los niños habían cuidado de un gato montés, al cual daban mucho alimento, pero olvidaron darle agua y murió de sed. Colocaron al coatí en la misma jaula del gato montés, muy cerca del gallinero, y se fueron a dormir.

Pasada la medianoche, el coaticito estaba muy triste y adolorido por los dientes de la trampa. Bajo la luz de la luna pudo distinguir tres siluetas que se acercaban. Para su asombro, eran su madre y hermanos, que estaban buscándolo. Pidió a su familia que lo liberara. La madre y los hermanos se pusieron a mordisquear la jaula sin éxito, luego intentaron con herramientas tomadas del galpón del hombre. Hicieron tanto ruido, que el perro se despertó y debieron huir apresuradamente.

Al día siguiente, los niños fueron a ver a su nueva mascota. Eligieron un nombre, Diecisiete. Le dieron comida y cariño. El coatí recibió todo con agrado y comenzó a sentirse cómodo.

Durante varias noches, el perro montó guardia cerca de la jaula, de modo que la familia del coatí, no pudo visitarlo. Cuando finalmente lograron acercarse e intentaron liberarlo, el coaticito les dijo que deseaba quedarse, que lo trataban muy bien y que la comida era deliciosa. La familia prometió visitarlo diariamente y así lo hizo. Cada noche, los coatís se deslizaban hasta la jaula del pequeño y éste les daba algún alimento. En pocos días, el coatí tenía permitido salir de su jaula y regresaba por sí mismo durante las noches.

Al ver lo bien que trataban al coaticito, su familia también le tomó cariño a los cachorros humanos. Pero una noche calurosa y oscura, la familia llegó de visita y no obtuvo respuesta a su llamado. Se acercaron a la jaula y vieron una víbora enorme junto a la puerta, pudieron deducir entonces, que e coatí debía estar ya muerto. Al instante se lanzaron sobre la víbora cascabel, saltando de un lado a otro para marearla, luego comenzaron a morderla y le deshicieron la cabeza. Llegaron hasta el coatí agonizante e intentaron revivirlo en balde. Lloraron amargamente por su muerte y se marcharon. Pero algo les molestaba.

Los tres coatíes sabían cuánto amaba su hermano a los cachorros humanos, también eran conscientes de que el cariño era mutuo. Estaban preocupados por los sentimientos de aquellos niños y por tanto decidieron que el hermano más parecido, sustituiría al coatí muerto. Los niños no notarían el cambio, a lo sumo, alguna variante en su actitud, ya que el coaticito les había hablado largamente de su familia humana.

Así lo hicieron, el hermano sustituyó al coatí muerto y nadie notó la diferencia. Su familia continuó con las visitas. Él les guardaba comida y ellos le contaban de la situación en la selva.