Archivo de la categoría ‘Cuentos populares’

La huesuda-

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Hace mucho tiempo, en la región de los mayos, en Sonora, México, había un hombre muy pobre. Muchas veces, la familia no tenía para comer y esta situación, podía durar varios días.

Un día, el hombre estaba cansado de pasar hambre y decidió ser egoísta. Se fue al bosque con la única gallina que tenía y la cocinó para comérsela él solo. Cuando se disponía a comer, apareció un anciano que le pidió:

- ¿Puedes darme un poco? Hace días que no como.
- Dejé a mi familia sin comer, para poder comerme yo solo esta gallina y tú vienes a importunar.- contestó el hombre.
- Yo soy Dios.- le respondió el anciano.
- Con más razón. En lugar de venir a ayudarme, me pides que comparta lo único que tengo. Tú siempre ayudas a los ricos. ¡Lárgate!

El anciano se molestó mucho y le envió a la muerte como castigo.

Antes de que el hombre terminara de comer, apareció otro hombre pidiendo comida. Este le dijo que era la muerte. Entonces, el hombre sí lo convidó.

- A ti sí te doy. Tú te llevas ricos y pobres.
- En pago a tu favor, te ayudaré.- dijo la muerte- Te convertiré en un gran médico para que cures a ricos y pobres. Pero si alguna vez me encuentras en el lecho de un enfermo, apártate, pues ya es mío. Esa es mi condición.

El hombre se convirtió en médico y comenzó a ganar fama y fortuna.

Cierto día, fue llamado para atender a un hombre rico. Al llegar a ver al enfermo, se encontró con la muerte en la cabecera de su cama. Al principio se negó a curarlo, pero la familia le ofreció mucho dinero y decidió que lo curaría. Luchó con la muerte hasta que salvó al hombre. Esto le dio más fama.

Otro día, el hombre estaba en el bosque paseando, muy contento por su vida y los cambios que había sufrido. Vio de pronto llegar a la muerte, que quería hablar con él.

- No respetaste nuestro trato. Aquel hombre tenía los días contados. Le quedaban tres días. Ahora, es el tiempo que te queda a ti.- dijo la muerte y desapareció.

El hombre llegó muy triste a su casa, contó a su mujer lo ocurrido y ella le propuso una solución.

Disfrazó al hombre de viejo y le dijo que se marchara a casa de un amigo.

A la tarde, apareció la muerte disfrazada de vaquero y preguntó a la mujer por su esposo. Ella contestó que hacía tres días que había salido para el monte y todavía no regresaba.

La muerte fastidiada emprendió el regreso. De camino, se encuentra al hombre disfrazado de anciano y pensó que, como no había podido llevarse al médico, se llevaría al anciano. Montó al viejo en su mula y lo dejó tirado más adelante.

Cuando la mujer encontró a su marido en el camino, comprendió que no es posible burlar a la muerte.

Simbad el marino-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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En los tiempos lejanos, vivía en la ciudad de Bagdad, un joven llamado Simbad. Era muy pobre, para ganarse la vida trabajaba como cargador.

Un día en que el muchacho se lamentaba de su pesada carga, quiso el destino, que sus quejas fueran escuchadas por un hombre rico, que ordenó que lo invitaran a pasar a la casa.

Simbad fue conducido a través de patios enjardinados, hasta un enorme salón.

En la sala, había una mesa en el centro, donde se disponían los más exóticos manjares y los mejores vinos. Alrededor de la mesa, había varias personas sentadas, entre las cuales destacaba un anciano, que dijo a Simbad:

- Soy Simbad el marino. Si crees que mi vida ha sido fácil, te contaré mis aventuras. Y verás que no es así:

“Al morir mi padre, me dejó una fortuna considerable. Pero lo derroché todo. Debí vender mis últimas pertenencias y me embarqué con unos mercaderes.
Navegamos por semanas, hasta que encontramos una isla y desembarcamos. Cuando pisamos el suelo, sentimos un terrible temblor. Fuimos despedidos por los aires. Es que la isla, era en realidad una ballena.
Como no pude subir al barco, me dejé llevar por las corrientes, iba sujeto a una tabla, hasta que llegué a una playa con palmeras. Allí, esperé a que pasara el primer barco que me trajo a Bagdad.”

Aquí, Simbad el marino, interrumpió su relato, para darle cien monedas de oro al muchacho. También pidió al joven que volviera al día siguiente. Simbad el cargador, regresó al otro día, y el anciano Simbad, prosiguió sus relatos.

“Volví a zarpar rumbo al océano. Cierto día, me quedé dormido en tierra firme, y cuando me desperté, comprobé que el barco había zarpado sin mí. Anduve deambulando por allí, hasta que llegué a un valle profundo, sembrado de diamantes. Recogí todos los que pude en un saco. Luego me até un trozo de carne a la espalda y me senté a esperar que llegara un águila, que me eligió como su alimento. Así me cargó hasta el nido.”

Cuando acabó su relato. Simbad el marino entregó otras cien monedas de oro, y le pidió que regresara al día siguiente.

Al día siguiente, prosiguió:

“Podría haber permanecido en Bagdad con aquella fortuna, pero me aburría sobremanera y me embarqué de nuevo. Todo marchaba bien, hasta que nos sorprendió una tormenta y el barco naufragó. Terminamos en una isla habitada por enanos, los que nos hicieron prisioneros. Estos enanos condenados, nos llevaron con un gigante de un ojo solo, que se alimentaba de carne humana. Pero, apenas anocheció, le clavamos un leño ardiente en su único ojo y escapamos. Regresamos a Bagdad, pero no tardé en aburrirme. Pero mañana te contaré sobre esto.”

Así, le entregó otras cien monedas de oro.

“Zarpé nuevamente, pero volvió a golpearme el destino y naufragamos otra vez. Llegamos a una isla habitada por indígenas. Su rey me ofreció a su hija y me casé con ella. Pero al poco tiempo, se murió. Esta tribu, tenía una extraña costumbre: el marido, debía ser enterrado con la esposa. Pero, afortunadamente, logré escapar a último momento, y regresé a Bagdad con un gran cargamento de joyas.”

Las historias continuaron. Simbad el marino, fue narrando sus aventuras a Simbad el cargador. Y cada día, le ofrecía las cien monedas de oro. Fue así, que el muchacho comprendió cómo el afán de aventuras, había llevado a Simbad el marino a enriquecerse, y cómo luego perdía su fortuna.

El anciano le contó que en su último viaje, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Debía cazar elefantes, y para hacerlo, debía enfrentarse a un elefante furioso y luego huír. Para ello, se subió a un árbol, pero el elefante lo derribó y Simbad cayó sobre su lomo. El animal lo levó hasta el cementerio de elefantes, donde había marfil suficiente, como para que no tuvieran que matar a más elefantes. Simbad regresó con su amo para contarle su hallazgo, y éste, lo dejó en libertad, como agradecimiento. Además, le hizo valiosos obsequios. Regresé entonces a Bagdad y ya no volví a embarcarme.”

El anciano continuó hablando:

- Como verás, mi vida ha sido una constante de aventuras. Ahora gozo de todos los placeres, pero tuve que padecer mucho para lograrlos.

Cuando terminó de hablar, el anciano pidió a Simbad el cargador, que se quedase a vivir con él. El muchacho aceptó encantado y ya no tuvo que volver a trabajar.

La alforja mágica-

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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Había una vez, un hombre que estaba casado con una mujer muy mandona. Al pobre hombre no le quedaba otra escapatoria que meterse en el bosque para cazar conejos o patos, que llevaba a su mujer. Esto la ponía de buen humor y lo dejaba en paz, por uno o dos días.

Un día atrapó a una grulla. Estaba muy entusiasmado, pues creía que su mujer se alegraría con eso. Pero la grulla le habló, con voz humana:

- No me mates, déjame libre. Si lo haces, serás como un padre para mí, y yo seré como una hija para ti.

Al hombre le dio pena y la dejó libre. Regresó a su casa sin nada, lo que hizo enojar a su mujer, que lo dejó durmiendo en el patio.

A la mañana siguiente retornó al bosque. Estaba aprontando sus trampas, cuando vio acercarse a la grulla con una alforja en el pico.

- Este es un regalo para ti. Estoy muy agradecida. Te mostraré como funciona.

Depositó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

En ese momento, saltaron fuera de la alforja, dos jóvenes que prepararon una mesa llena de manjares. El hombre se sentó a la mesa y comió hasta hartarse. Cuando terminó, la grulla gritó:

- ¡Los dos a la alforja!

Al instante, los jóvenes y la mesa, desaparecieron. La grulla entregó la alforja al hombre, quien se fue presuroso a casa de su tía, para lucir el regalo.

En casa de la tía, el hombre sintió hambre y pidió de comer, pero la tía no tenía dinero, por lo que el hombre decidió obsequiarle algo de lo que llevaba en la alforja. Colocó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Los jóvenes salieron de la alforja y sirvieron una mesa espléndida, que la tía jamás había visto. Cuando terminaron de comer, la tía le ofreció pasar la noche en su casa, para que partiera por la mañana bien descansado.

El hombre dejó la alforja colgada en la sala y se fue a dormir. Mientras tanto, la tía y sus hijas, fabricaron una alforja idéntica y la sustituyeron.

A la mañana, el hombre marchó a su casa, muy alegre. Llamó a su mujer y le mostró la alforja.

- ¡Los dos fuera de la alforja! – dijo inútilmente.

Pero de la alforja no salió nada. Su mujer estaba furiosa, comenzó a golpearlo con la escoba.

El pobre hombre se dirigió nuevamente al bosque, en busca de la grulla, hasta que dio con ella. La grulla le dio otra alforja y se marchó volando.

El hombre cargó la alforja y se dirigía a su casa, cuando le vino el temor de que no sirviera para nada. Se detuvo en el camino y pronunció la frase mágica. Al momento salieron los dos jóvenes con garrotes, y se pusieron a apalearlo.

- No vayas a casa de tu tía, ella te engaña.

El hombre los hizo regresar a la alforja y se quedó pensando. Estaba dispuesto a llevar nuevamente la alforja a casa de su tía, para tentarla a cambiársela.

Se dirigió a casa de su tía y dejó nuevamente la alforja en el salón. Conversó con la familia y luego pidió para pasar la noche en la casa.

Mientras el hombre dormía, la tía llamó a sus hijas y juntas llamaron a los jóvenes de la alforja. Los jóvenes salieron con sus garrotes y comenzaron a aporrear a la tía y a sus hijas, ordenándoles que devolvieran la otra alforja. Cuando ya no soportaban más los golpes, llamaron al sobrino y le devolvieron la alforja, con tal que detuviese los garrotazos.

El hombre detuvo a los jóvenes y se marchó a su hogar muy contento. Al llegar, llamó a su mujer para mostrarle el regalo de la grulla. La mujer estaba furiosa, hasta que vio los prodigios que podía hacer aquella alforja.

La mujer se mostró muy complacida y tierna, pero antes de irse a dormir, el hombre cambió las alforjas, sin que ella lo notara y se fue a acostar. La mujer sintió curiosidad por el funcionamiento de la alforja, por lo que se acercó a ella y llamó a los muchachos. Éstos salieron con los garrotes y comenzaron a golpearla y a reclamarle que no mortificara más a su marido.

La mujer gritaba y el marido se apiadó de ella y guardó a los jóvenes. Desde entonces, el matrimonio vivió feliz y en paz.

Las tres semillas-

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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En tiempos bíblicos, el rey Salomón gustaba de salir disfrazado por las noches, para pasear por la ciudad de Jerusalén. Pero una noche, fue atacado por tres desconocidos y fue socorrido por un joven que pasaba por allí. El muchacho ahuyentó a los bandidos y el rey dio su agradecimiento. Entregó un anillo de oro al joven, para que fuese a verlo a palacio al día siguiente, donde sería recompensado.

El muchacho imaginaba que recibiría grandes riquezas y por la noche, no logró conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, se presentó en palacio y fue recibido.

- Te daré uno de los mayores tesoros que poseo, en agradecimiento por tu valentía.- dijo el rey.

El rey dio la orden de que trajeran un cofre finamente decorado.

Al ver el cofre, el joven supuso que contendría piedras preciosas y joyas, pero al abrirlo, vio simplemente tres semillas sobre una almohadilla de terciopelo.

Al notar la decepción en el rostro del joven, el rey le dijo:

- No son semillas corrientes. Son las semillas de la abundancia.

- ¿Qué propiedades tienen estas semillas?

- Debes plantarlas y regarlas, para conseguir abundancia. Pero debes utilizar lágrimas y sudor para regarlas. Y si eso no basta, lo harás con sangre. Pero no utilices agua.

El muchacho se sintió defraudado. Agradeció y se marchó. Mientras iba saliendo, el rey pudo notar que arrojaba las semillas a un rincón.

El criado también lo vio, y preguntó al rey Salomón, si debía arrestar al joven por el desprecio. Pero el rey le contestó que no era necesario, pues no obtendría jamás la abundancia, por no estar dispuesto a sacrificarse.

Entonces, el ayudante preguntó al rey, que si era necesario derramar lágrimas, sudor o sangre para conseguir la abundancia, entonces, cómo era posible que personas que no hacían nada, tuvieran gran abundancia.

El rey contestó:

- Para que las semillas crezcan deben regarse con lágrimas, sudor y sangre. Eso han hecho las personas que nombras, pero utilizaron las lágrimas, sudor y sangre ajenos. Ahora tráeme mi manto, que buscaremos alguien a quien entregarle las semillas de la abundancia.

El monstruo del lago- (versión libre sobre cuento narrado por H. C. Granch)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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Allá en tierras africanas, vivía hace mucho tiempo, Untombina, la hija de un rey poderoso. Era una joven muy valiente y orgullosa. En las tierras donde vivía, había un lago encantado, al cual, ningún ser humano se acercaba, por temor a un monstruo terrible que allí vivía.

Llegó una terrible época de lluvias torrenciales y el país había quedado inundado. Untombina que conocía las historias del monstruo, solicitó permiso a sus padres para visitar al monstruo y preguntarle si podía ayudarlos para que cesara la lluvia.

Los padres se negaron por miedo a que la muchacha se metiera en problemas debido a su testarudez. Fue así que se quedó en casa, más que por obedecer, porque estaba todo inundado y los caminos eran intransitables.

Al año siguiente, comenzaron nuevamente las lluvias y la princesa se fue al lago a pesar de los ruegos y las amenazas. Convocó a las muchachas del pueblo para que la acompañasen en su viaje.

Se reunieron doscientas muchachas vestidas con galas y la princesa Untombina al frente, vestida de novia. Salieron juntas del pueblo, con la princesa en medio.

En el camino, las muchachas iban bromeando y preguntando a los mercaderes que encontraban, cuál era la más bella. Pero los comerciantes siempre respondían que la princesa Untombina era la más hermosa. Esto enfurecía a las muchachas.

Al caer la tarde, llegaron al lago encantado. Cuando estuvieron allí, se quitaron la ropa y entraron al agua, pues hacía muchísimo calor. Pero al salir del agua, descubrieron que sus ropas ya no estaban.

Supusieron que el monstruo era el responsable. No sabían qué hacer, hasta que una de ellas propuso que suplicaran al monstruo, que les devolviera las ropas. La princesa se rehusó debido a su noble condición.

- Yo soy la hija del rey y no voy a humillarme ante un monstruo.

Con esto, se apartó del grupo que continuaba suplicando al monstruo.

De pronto, fueron cayendo los vestidos, uno a uno, como llovidos del cielo. Las muchachas se vistieron y pidieron a la princesa que suplicara por sus ropas, pero esta se negó altivamente. Entonces, el monstruo salió a la superficie y se la engulló de un bocado. Las jóvenes huyeron hacia el poblado y contaron lo sucedido al rey, quien ordenó de inmediato que vinieran sus guerreros bien armados.

- ¡Vamos a liberar a mi hija!

Un ejército se puso en marcha hacia el lago encantado. Cuando llegaron, el monstruo asomó su cabeza y se tragó a cuanto guerrero pudo. Salió de las aguas y persiguió a los guerreros que escapaban hacia el poblado, hasta las mismas puertas, donde lo detuvo el rey, que tenía la lanza más filosa y se enfrentó al monstruo, derrotándolo con mucho esfuerzo. Luego abrió la panza del monstruo y salieron todos los guerreros primero y finalmente Untombina, más altiva que nunca.

El rey y la reina estaban felices de recuperar a su hija. Y al morir el monstruo, el lago perdió su encantamiento.

El Ratón Pérez- (Luis Coloma)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Hace muchísimo tiempo, había un príncipe llamado Buby y sus padres lo amaban mucho. Por eso, cuando se le cayó su primer diente, la madre le contó que los niños buenos dejaban su diente bajo la almohada para que el ratón de los dientes, se lo cambiara por un regalo.

Buby dejó su diente bajo la almohada y esperó impaciente la llegada del ratoncito. Pero sucedió lo que debía suceder y se quedó dormido. De pronto, un suave roce lo despertó.

Se incorporó de golpe y vio sobre la almohada a un ratón pequeño, con lentes de oro, sombrero de paja, zapatos de lienzo y una cartera roja, terciada a la espalda.

- ¿Quién eres?- preguntó el niño.

- Soy Ratón Pérez.- contestó el ratón.

El pequeño príncipe intentaba tomarlo por el rabo, mientras el ratón, continuaba eludiéndolo. Finalmente, Buby consigue convencer al ratón para que lo lleve en sus aventuras. El ratón se subió en el hombro de Buby y pasó su rabo por la nariz del niño, lo hizo estornudar estrepitosamente y al instante, quedó convertido en un hermoso ratoncillo de piel brillante y ojos verdes. De esta forma, pudo acompañar al Ratón Pérez y salir de palacio sin ser notado.

Antes de emprender el viaje, pasaron por la casa del Ratón Pérez, que vivía con su mujer e hijos en una buhardilla, para recoger el regalo para Gilito. Luego se dirigieron a la casa de Gilito, un niño pobre que esperaba la visita del ratón de los dientes.

Al conversar con el pequeño niño pobre, el príncipe Buby I conoce la miseria y la forma en que viven sus súbditos. Conoce la existencia de otros niños que viven de manera muy diferente a él, sin lujos, ni servidumbre. También aprenderá valores durante su aventura, como el buen gobierno, la generosidad y la valentía.

Cuando Buby creció y se convirtió en rey, gobernó con bondad y muy amigo de los niños y un decidido protector de los ratones.

Desde entonces, es costumbre que cuando a un niño se le cae un diente, lo deje bajo la almohada para que el Ratón Pérez se lo cambie por un regalo.

Los sueños del rey-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

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En un reino muy próspero, al norte de la India, vivía un monarca muy poderoso y rico. Su padre le había enseñado a ser generoso y magnánimo. Antes de morir, el padre le había encomendado una misión:

- Lo importante no es tener mucho, sino saber compartirlo. La avaricia es el peor defecto, por lo que debes ser generoso. Como tú tienes mucho, debes dar mucho.

Durante los primeros años, luego de la muerte de su padre, el monarca se mostró generoso. Pero luego, fue tornándose avaro y miserable. Incluso se comportaba mezquino con sus propias necesidades.

Vivía como un pordiosero, hasta el punto que su consejero de confianza (que también lo había sido de su padre), comenzó a preocuparse, e hizo llamar a un rishi (sabio santo), que vivía en las montañas del Himalaya.

Cuando el rishi visitó al rey, éste lo recibió en andrajos. Se encerraron en una recámara de palacio, y el rey le decía:

- ¡Estoy arruinado!

- Pero, señor, si eres uno de los más ricos y poderosos monarcas. – replicó el rishi.

- No me vengas con tonterías. Nada tengo, soy muy pobre.- dijo el rey y se puso a llorar.

Entonces el hombre santo penetró en la mente del monarca y pudo ver lo que le ocurría.

El rey tenía el mismo sueño desde hacía un tiempo; soñaba que era un pobre mendigo, el más pobre de todos. Y este sueño, se le había fijado en la mente, de modo que, aunque era el más poderoso de todos, se comportaba como un pobre miserable.

Trabajó el rishi para quitar esta idea de la cabeza del monarca. En unos días logró que el rey volviera a ser generoso como antes. Pero por más que hizo, el rey no logró que el rishi aceptara sus obsequios.

Moraleja:
El poder del pensamiento es muy grande. Así como piensas, serás. Si logras conquistar el pensamiento, lograrás conquistarte a ti mismo.

Pedro y el lobo-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

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Era un pueblito de Rusia, donde todos los habitantes estaban aterrorizados, porque en el bosque había un lobo malvado que se comía al ganado y acechaba en los caminos.

En una casita en el bosque, vivía con su abuelo leñador, un niño llamado Pedro. Cierto día, salió Pedro para hacer las tareas de la casa y dejó abierto el portón del jardín, cosa que aprovechó Sonja, el pato, para escapar y seguir al niño. En el paseo, descubrió Sonja el estanque y se fue a nadar. Estaba nadando tranquilamente, cuando llegó Sasha el pajarillo y le preguntó qué clase de ave era, pues no sabía volar. Y Sonja le respondió con una pregunta similar.

Se acercó después Iván el gato, que hacía rato estaba observando a Sasha para comérselo. Aguardó y aguardó, hasta que lo atrapó, pero no pudo comérselo.

El abuelo de Pedro advirtió al nieto que no saliera de la casa:

- No debes estar fuera, no es seguro. ¿No te has enterado que hay un lobo hambriento en el bosque?

- Yo no le temo al lobo. Soy muy valiente y puedo atraparlo.

El abuelo obligó al niño a entrar en la casa. Pedro estaba muy frustrado. Se puso a mirar por un hueco de la cerca, hasta que vio al lobo y se asustó mucho. Los animales habían quedado fuera, Iván se trepó a un árbol, pero Sonja era muy atolondrado y salió del agua lentamente, y así el lobo pudo comérselo fácilmente.

Pedro quedó muy enojado por la muerte de su amigo y decidió atrapar al lobo. Trepó al árbol que estaba junto a la casa y desde una de sus ramas, que daba al otro lado de la cerca, esperó a que el lobo se acercara. Cuando lo tuvo a tiro, bajó la cuerda con lazo que llevaba y le atrapó. El lobo tironeaba con todas sus fuerzas para zafarse de la trampa de Pedro, pero no logró desasirse. Finalmente, agotado por tanto trabajo, se quedó rendido.

Fue entonces que llegaron los tres cazadores: Misha, Yasha y Vladimir; los que dieron muerte al lobo y lo llevaron al pueblo, donde todos celebraron felices porque ya no debían temer.

Cuando abrieron al lobo para sacarle la piel, pudieron ver que el pato todavía estaba vivo, pues lo había engullido entero. Entonces se reunió con su amigo Sasha y con Pedro, y todos estuvieron muy felices.

Nasrudín visita la India-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

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Estaba el Mulla Nasrudín, un famoso personaje sufí, visitando la India. Había llegado en su mula hasta la ciudad de Calcuta. Mientras paseaba por las calles repletas de gentes, se llegó hasta un mercado. Se bajó de la mula y fue a recorrerlo.

Entre la multitud de vendedores y tolderías, le llamó la atención un vendedor, que estaba de cuclillas vendiendo algo que parecían dulces, colorados y apetitosos. Como Nasrudín era muy goloso, no pudo contenerse y compró una gran cantidad de aquellos dulces, pensando en darse un buen atracón, aunque en realidad, lo que compró fueron chiles picantes.

Se fue el Mulla muy contento por su adquisición. Se sentó bajo unos árboles junto al río y comenzó a comer los supuestos dulces. Apenas había mordido el primero de los chiles, cuando sintió un fuego que recorría su paladar. Estaban tan picantes, que hasta la nariz se le puso roja. Comenzó a soltar lágrimas y le costaba respirar, pero no dejaba de comer sus “dulces”.

Hacía toda clase de muecas y estornudaba, pero continuaba devorando los chiles. Hasta que un hombre se le acercó y preguntó:

- Buen hombre, ¿no sabe que no puede comerse todos esos chiles? Van a hacerle daño.

- Créame que los compré pensando que eran dulces.- contestó Nasrudín, casi sin aliento.

Pero, no obstante, seguía engullendo los endiablados chiles.

- Está bien, pero ahora sabe que no son dulces. ¿Por qué sigue entonces comiéndolos?

- Ya que he invertido en ellos mi dinero, debo ahora aprovecharlos.- dijo Nasrudín entre sollozos y toses.

Moraleja:
Nasrudín no tenía razón. Toma de la vida lo que sea mejor para tu evolución interior, y desecha lo innecesario o pernicioso, aunque hayas invertido años en ello.

El pastorcillo mentiroso-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

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Era un pequeño pastor que vivía en las montañas. Pasaba todo el día cuidando de los rebaños, desde muy temprano en la mañana hasta la puesta de sol. Le agradaba su tarea, pero muchas veces se sentía solo y aburrido. Hubiera deseado tener alguien para jugar y conversar, pero no era posible, así que pasaba su tiempo, imaginando situaciones para divertirse.

Pero un día, le pareció buena idea, divertirse a costas de la gente del pueblo cercano. Bajó hasta la ladera de la montaña y comenzó a gritar:

- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ahí viene el lobo!

Al escuchar los gritos, las gentes del pueblo tomaron lo que tenían a mano y salieron corriendo para ayudar al pequeño. Pero al llegar descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastorcillo. Se enfadaron mucho con el niño y lo reprendieron.

Se marcharon muy molestos los vecinos del pueblo, pero el pastor se divertía como nunca con aquello. Tanto, que decidió que sería bueno, repetir la broma.

Cuando los aldeanos habían bajado la montaña, el pastorcito volvió a gritar con más fuerza:

- ¡Cuidado, es el lobo! ¡Viene el lobo!

Las gentes del pueblo escucharon los gritos y dieron media vuelta para socorrerlo, creyendo que esta vez, sería cierto que el lobo había llegado. Pero cuando llegaron a la cima nuevamente, se encontraron al pequeño revolcándose de la risa por el engaño. Esta vez, los aldeanos se ofendieron profundamente y se marcharon furiosos.

A la mañana siguiente, el pastor regresó a la montaña como de costumbre. Ya habían pasado algunas horas y el pequeño estaba tranquilamente sentado sobre una roca, recordando lo sucedido el día anterior, cuando vio acercándose lentamente a un lobo. Quedó helado del susto, no se podía mover. Cuando le fue posible, comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

- ¡Socorro! ¡Viene el lobo! Se va a comer todas mis ovejas. ¡Auxilio!

Pero esta vez, los aldeanos habían aprendido la lección, y no se molestaron en escuchar sus súplicas.

El pobre pastorcillo veía como el lobo se lanzaba sobres sus ovejas y no sabía que hacer. Chillaba cada vez más fuerte, pero el lobo no se asustaba:

- ¡Socorro! ¡Es el lobo, se come mis ovejas!

Pero los aldeanos seguían sin hacerle caso.

El pastorcillo debió presenciar cómo el lobo se comía unas cuantas ovejas, sin que pudiera hacer nada al respecto. Fue entonces, que se arrepintió de todo corazón, de la terrible broma que había hecho.