El fabricante de ataúdes Adrián Prójorov clavó un letrero de venta o alquiler en la puerta de su vieja casa de la calle Bamánnaya. Se trasladaba con toda su familia a la casita amarilla de la Nikítinskaya.
Cuando llegó a su nueva casa, no sintió alegría, todo era un desorden, comenzó a regañar a sus hijas y a la sirvienta y se puso a ayudarlas.
En poco tiempo, todo estuvo ordenado. En la cocina y el salón se ubicaron los enseres funerarios. Sobre el portón se colocó un anuncio que decía: “Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos”. Las hijas se retiraron a sus habitaciones y Adrián se sentó junto a la ventana y pidió que le aprontaran el samovar.
A diferencia de lo que hicieron Shakespeare y Walter Scott, que mostraban sepultureros de alegres semblantes. Pero nosotros respetaremos la verdad y reconoceremos el carácter sombrío y pensativo de Adrián Prójorov. Sólo hablaba para regañar a sus hijas o para vender sus ataúdes.
Estaba entonces sumido en sus reflexiones Adrián, tomando su séptima taza de té, pensando en los gastos que el aguacero de la semana anterior, pues había encogido sobreros y mantos, y debería reponerlos. Tenía la esperanza de que desquitaría la pérdida con la vieja comerciante Triújina, que agonizaba desde hacía casi un año. Aunque temía que sus herederos no quisieran llamarlo desde Razguliái teniendo a otros funebreros más cerca.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por tres toques francmasones en la puerta. Entró un hombre con aspecto de artesano alemán y se presentó como su vecino zapatero Gotlib Schultz, que vivía en la acera de enfrente y deseaba invitarlo a él y a sus hijas a comer, por que celebraba sus bodas de plata.
Adrián aceptó de buen grado la invitación y lo convidó con té. Debido al carácter alegra del zapatero, conversaron amablemente.
- ¿Cómo va su negocio?- preguntó Adrián.
- Más o menos. No me quejo. Aunque mi mercancía no es tan indispensable como la suya.
- Muy cierto.- replicó Adrián- Si un vivo no tiene dinero para las botas, andará descalzo. Pero cualquier muerto, por miserable que sea, tendrá su ataúd, aunque más no sea de caridad.
Al día siguiente, a mediodía, el fabricante de ataúdes y sus hijas acudieron a casa de su vecino.
La casa estaba repleta de invitados, principalmente artesanos alemanes con sus esposas y sus ayudantes. También estaba el guardia de garita, un finés llamado Yurko, que llevaba veinticinco años en su cargo, y era conocido por casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie.
El fabricante de ataúdes trabó amistad con él y se sentaron juntos a la mesa.
Los anfitriones atendían a los comensales y la cerveza corría sin parar. Yurko y Adrián comían por varios, mientras que las hijas hacían remilgos. La conversación se hacía mayoritariamente en alemán. Hasta que el dueño de casa descorchó una botella lacrada y brindó en ruso por su esposa. Luego brindó por los invitados y por cada uno de los invitados, por Moscú y por una docena de ciudades alemanas, bebieron a la salud de los talleres en general, y de cada uno en particular, por los maestros, por sus oficiales. Adrián bebía con tesón y hasta llegó a proponer un brindis ocurrente. Luego, un grupo de invitados propuso brindar a la salud de todos aquellos para los que trabajaban. Todos recibieron con alegría la propuesta. De pronto Yurko gritó al fabricante de ataúdes:
- ¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!
Todos echaron a reír, menos Adrián que se sintió ofendido, aunque nadie lo notó y continuaron bebiendo.
Los invitados se marcharon tarde y bastante alegres por el alcohol. Prójorov iba malhumorado y borracho, reflexionando en voz alta.
- ¿Es que acaso mi trabajo es menos honesto que el de ellos? Pensaba hacer una fiesta para remojar mi nueva casa. Pero ahora, ni pensarlo. Voy a llamar a aquellos para los que trabajo, a mis buenos muertos.
- ¿Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¿A quién se le ocurre semejante disparate?- comentó la sirvienta mientras le quitaba los zapatos.
- ¡Que sí los convido! Mañana mismo, por la noche, vengan a mi casa para celebrar con lo mejor que tenga.
Apenas terminó de hablar, se metió en la cama y quedó dormido.
Todavía no había amanecido cuando vinieron a despertarlo. La comerciante Triújina había muerto y lo mandaban llamar. Adrián partió para Razguliái de inmediato. Cuando llegó, había otros mercaderes deambulando como buitres y la muerta estaba sobre la mesa, con la cara amarilla, aunque no había adquirido las características de la descomposición. Las velas estaban encendidas, las ventanas abiertas y los sacerdotes rezaban.
El fabricante de ataúdes realizó todos los acuerdos con el sobrino de Triújina y éste acordó pagar sin chistar.
Adrián pasó el día yendo y viniendo entre Razguliái y la Puerta Nikítinskie. Al atardecer, cuando todo estuvo pronto, marchó a pie hasta su casa. Cuando estaba llegando, pudo divisar una figura que entraba a su casa.
Extrañado se puso a elaborar una explicación, tal vez era un ladrón, quizás un amante que iba a ver a las hijas. Ya estaba pronto para solicitar ayuda, cuando alguien que se disponía a entrar se detuvo frente a él y quitándose el sombrero de tres picos lo saludó.
Adrián creyó reconocer al hombre y lo hizo pasar. Cuando entraron pudo ver la sala llena de difuntos, con rostros amarillentos y azulados, con los ojos turbios y entreabiertos. Con horror pudo reconocer a las figuras como sus clientes, aquellos a los que había enterrado.
Todos rodearon al fabricante de ataúdes para saludarlo, excepto un pordiosero que había recibid sepultura de balde hacía poco, que estaba avergonzado en un rincón.
El brigadier que había enterrado el día del aguacero, a quien había reconocido vagamente en la entrada, fue quien explicó lo que ocurría. Todos los que estaban en condiciones, habían aceptado a invitación de Adrián, incluso una calavera, perteneciente al sargento retirado de la Guardia, Piotr Petróvich Kurilkin, que fuera su primer cliente en 1799.
El muerto se acercó a Adrián para darle un abrazo, pero el fabricante de ataúdes lo empujó haciéndolo caer, y se desarmó. Los difuntos se indignaron y se lanzaron sobre Adrián, gritando e insultando. El pobre dueño perdió el equilibrio y cayó desmayado sobre los huesos del sargento.
Era ya tarde y Adrián estaba en la cama. Cuando abrió los ojos se encontró con la criada preparando el samovar. Recordando los sucesos del día anterior, aguardó a que la criada le comentase algo al respecto. Pero la sirvienta se limitó a hablarle sobre la hora inusual en que despertaba.
Adrián preguntó si algún pariente de la difunta Triújina había ido a verle.
- ¿Es que se murió, acaso?
- Pero si tú me ayudaste con el entierro.
- ¿Te has vuelto loco, o todavía tienes resaca? Volviste borracho y caíste en la cama, y desde entonces duermes.
- ¿En serio?- replicó alegremente Adrián.
- Como lo oyes.- contestó la sirvienta.
- Entonces, trae el té y llama a mis hijas.