Archivo de la categoría ‘Cuentos de miedo’

La criatura del desván (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

Jueves, 17 de Junio de 2010

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La primera vez que se escuchó de la criatura del desván fue cuando uno de los niños subió a buscar un libro viejo y vio los dos grandes ojos que lo vigilaban y se abalanzaron sobre él. El niño gritó y cerró la puerta del desván con llave, dejando al monstruo dentro.

Durante dos días, todo el pueblo asistió aterrorizado a los golpes y gruñidos que el monstruo daba a la puerta para escapar del desván. La noticia corría por todas partes. Las desgracias aumentaban, pero nadie se animaba a subir al desván y enfrentarse a la bestia.

Los lugareños solicitaron ayuda a un pescador noruego que pasaba por el pueblo debido a que su barco ballenero había naufragado. El hombre aceptó a cambio de unas cuantas monedas. Pero cuando llegó al desván y escuchó los gruñidos de la bestia, regresó a pedir más dinero y algunas herramientas, una red enorme y un carro, pues deseaba llevarse el trofeo si tenía éxito. Los lugareños aceptaron sus condiciones.

Al poco rato que el pescador entrara en el desván, los gritos estremecedores cesaron. El pescador nunca salió del desván y no volvieron a escuchar a la bestia. Nadie se atrevió a subir nuevamente al desván.

Los temerosos aldeanos nunca se enteraron de que lo que realmente había detrás de la puerta era Olav, el timonel del barco del pescador noruego. Quien usaba un parche en el ojo. Su ojo bueno se reflejaba en un espejo, que parecía pertenecer a la misma cabeza. Cuando el pescador entró al desván, reconoció a su timonel, ambos hablaron a los gritos en su idioma natal. El pescador le contó que había ganado mucho dinero por enfrentarse con él, tanto como para comprar otro barco. Ambos hombres encontraron la manera de escapar de los miedosos aldeanos, se subieron al carro y se marcharon para siempre.

Fue el miedo el responsable de que el pueblo se empobreciera y de que los pescadores se recuperaran. El miedo sin sentido, llevó al pueblo a actuar de manera tonta, y permitió que otros se aprovechasen de ello.

Margarita o el poder de la farmacopea- (versión libre sobre cuento de Adolfo Bioy Casares)

Lunes, 26 de Octubre de 2009

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En cierta ocasión, mi hijo me recriminó porque, según él, todo me sale bien. Esto me ha mantenido preocupado y lo he conversado con mi nuera, que en vano ha tratado de refutar mis temores.

Es cierto que mi hijo vivía en casa con su mujer y sus cuatro niños, el mayor de once y la menor, Margarita, de dos.

Mi vida ha transcurrido entre libros de química y el laboratorio. He llegado a jefe de laboratorio y algunas de mis fórmulas se encuentran en pomadas y tinturas que pueden verse en las farmacias de todo el país y que según dicen, curan a muchos enfermos. No confío mucho en eso. Pero cuando ideé mi fórmula para el tónico Hierro Plus, tuve la certeza del triunfo. Y no pude contener mi jactanciosidad al respecto.

Mi nieta menor, Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida y juiciosa. Su inapetencia la hacía lucir como sacada de un retrato del siglo XIX, la típica niña enfermiza, destinada a una muerte prematura.

Acuciado por la preocupación de ver a mi nieta restablecida, puse en práctica todas mis habilidades e inventé el tónico ya mencionado. Su eficiencia es incomparable. Cuatro cucharadas diarias fueron suficientes, para que en pocas semanas, Margarita se ensanchara y retomara el buen color.

Ahora manifiesta una voracidad satisfactoria, tal vez algo inquietante. Busca la comida con obstinación, y si se le niega, entonces arremete con bravura. Esta mañana, a la hora del desayuno, encontré un espectáculo bastante difícil de olvidar en el comedor diario. Estaba la pequeña sentada en medio de la mesa, con una media luna en cada mano. Me pareció que sus mejillas estaban demasiado rojas. Los restos de la familia se encontraban juntos con las cabezas apoyadas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, que todavía respiraba, alcanzó a balbucear:

- Margarita no tiene la culpa.

Lo dijo en ese tono de reproche que generalmente usaba conmigo.

El fabricante de ataúdes- (Alexander Pushkin)(Versión abreviada)

Viernes, 16 de Octubre de 2009

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El fabricante de ataúdes Adrián Prójorov clavó un letrero de venta o alquiler en la puerta de su vieja casa de la calle Bamánnaya. Se trasladaba con toda su familia a la casita amarilla de la Nikítinskaya.

Cuando llegó a su nueva casa, no sintió alegría, todo era un desorden, comenzó a regañar a sus hijas y a la sirvienta y se puso a ayudarlas.

En poco tiempo, todo estuvo ordenado. En la cocina y el salón se ubicaron los enseres funerarios. Sobre el portón se colocó un anuncio que decía: “Aquí se venden y se tapizan ataúdes sencillos y pintados, se alquilan y se reparan los viejos”. Las hijas se retiraron a sus habitaciones y Adrián se sentó junto a la ventana y pidió que le aprontaran el samovar.

A diferencia de lo que hicieron Shakespeare y Walter Scott, que mostraban sepultureros de alegres semblantes. Pero nosotros respetaremos la verdad y reconoceremos el carácter sombrío y pensativo de Adrián Prójorov. Sólo hablaba para regañar a sus hijas o para vender sus ataúdes.

Estaba entonces sumido en sus reflexiones Adrián, tomando su séptima taza de té, pensando en los gastos que el aguacero de la semana anterior, pues había encogido sobreros y mantos, y debería reponerlos. Tenía la esperanza de que desquitaría la pérdida con la vieja comerciante Triújina, que agonizaba desde hacía casi un año. Aunque temía que sus herederos no quisieran llamarlo desde Razguliái teniendo a otros funebreros más cerca.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por tres toques francmasones en la puerta. Entró un hombre con aspecto de artesano alemán y se presentó como su vecino zapatero Gotlib Schultz, que vivía en la acera de enfrente y deseaba invitarlo a él y a sus hijas a comer, por que celebraba sus bodas de plata.

Adrián aceptó de buen grado la invitación y lo convidó con té. Debido al carácter alegra del zapatero, conversaron amablemente.

- ¿Cómo va su negocio?- preguntó Adrián.

- Más o menos. No me quejo. Aunque mi mercancía no es tan indispensable como la suya.

- Muy cierto.- replicó Adrián- Si un vivo no tiene dinero para las botas, andará descalzo. Pero cualquier muerto, por miserable que sea, tendrá su ataúd, aunque más no sea de caridad.

Al día siguiente, a mediodía, el fabricante de ataúdes y sus hijas acudieron a casa de su vecino.

La casa estaba repleta de invitados, principalmente artesanos alemanes con sus esposas y sus ayudantes. También estaba el guardia de garita, un finés llamado Yurko, que llevaba veinticinco años en su cargo, y era conocido por casi todos los alemanes que vivían cerca de la Puerta Nikitínskie.

El fabricante de ataúdes trabó amistad con él y se sentaron juntos a la mesa.

Los anfitriones atendían a los comensales y la cerveza corría sin parar. Yurko y Adrián comían por varios, mientras que las hijas hacían remilgos. La conversación se hacía mayoritariamente en alemán. Hasta que el dueño de casa descorchó una botella lacrada y brindó en ruso por su esposa. Luego brindó por los invitados y por cada uno de los invitados, por Moscú y por una docena de ciudades alemanas, bebieron a la salud de los talleres en general, y de cada uno en particular, por los maestros, por sus oficiales. Adrián bebía con tesón y hasta llegó a proponer un brindis ocurrente. Luego, un grupo de invitados propuso brindar a la salud de todos aquellos para los que trabajaban. Todos recibieron con alegría la propuesta. De pronto Yurko gritó al fabricante de ataúdes:

- ¿Y tú? ¡Hombre, brinda a la salud de tus muertos!

Todos echaron a reír, menos Adrián que se sintió ofendido, aunque nadie lo notó y continuaron bebiendo.

Los invitados se marcharon tarde y bastante alegres por el alcohol. Prójorov iba malhumorado y borracho, reflexionando en voz alta.

- ¿Es que acaso mi trabajo es menos honesto que el de ellos? Pensaba hacer una fiesta para remojar mi nueva casa. Pero ahora, ni pensarlo. Voy a llamar a aquellos para los que trabajo, a mis buenos muertos.

- ¿Qué tonterías dices? ¡Santíguate! ¿A quién se le ocurre semejante disparate?- comentó la sirvienta mientras le quitaba los zapatos.

- ¡Que sí los convido! Mañana mismo, por la noche, vengan a mi casa para celebrar con lo mejor que tenga.

Apenas terminó de hablar, se metió en la cama y quedó dormido.

Todavía no había amanecido cuando vinieron a despertarlo. La comerciante Triújina había muerto y lo mandaban llamar. Adrián partió para Razguliái de inmediato. Cuando llegó, había otros mercaderes deambulando como buitres y la muerta estaba sobre la mesa, con la cara amarilla, aunque no había adquirido las características de la descomposición. Las velas estaban encendidas, las ventanas abiertas y los sacerdotes rezaban.

El fabricante de ataúdes realizó todos los acuerdos con el sobrino de Triújina y éste acordó pagar sin chistar.

Adrián pasó el día yendo y viniendo entre Razguliái y la Puerta Nikítinskie. Al atardecer, cuando todo estuvo pronto, marchó a pie hasta su casa. Cuando estaba llegando, pudo divisar una figura que entraba a su casa.

Extrañado se puso a elaborar una explicación, tal vez era un ladrón, quizás un amante que iba a ver a las hijas. Ya estaba pronto para solicitar ayuda, cuando alguien que se disponía a entrar se detuvo frente a él y quitándose el sombrero de tres picos lo saludó.

Adrián creyó reconocer al hombre y lo hizo pasar. Cuando entraron pudo ver la sala llena de difuntos, con rostros amarillentos y azulados, con los ojos turbios y entreabiertos. Con horror pudo reconocer a las figuras como sus clientes, aquellos a los que había enterrado.

Todos rodearon al fabricante de ataúdes para saludarlo, excepto un pordiosero que había recibid sepultura de balde hacía poco, que estaba avergonzado en un rincón.

El brigadier que había enterrado el día del aguacero, a quien había reconocido vagamente en la entrada, fue quien explicó lo que ocurría. Todos los que estaban en condiciones, habían aceptado a invitación de Adrián, incluso una calavera, perteneciente al sargento retirado de la Guardia, Piotr Petróvich Kurilkin, que fuera su primer cliente en 1799.

El muerto se acercó a Adrián para darle un abrazo, pero el fabricante de ataúdes lo empujó haciéndolo caer, y se desarmó. Los difuntos se indignaron y se lanzaron sobre Adrián, gritando e insultando. El pobre dueño perdió el equilibrio y cayó desmayado sobre los huesos del sargento.

Era ya tarde y Adrián estaba en la cama. Cuando abrió los ojos se encontró con la criada preparando el samovar. Recordando los sucesos del día anterior, aguardó a que la criada le comentase algo al respecto. Pero la sirvienta se limitó a hablarle sobre la hora inusual en que despertaba.

Adrián preguntó si algún pariente de la difunta Triújina había ido a verle.

- ¿Es que se murió, acaso?

- Pero si tú me ayudaste con el entierro.

- ¿Te has vuelto loco, o todavía tienes resaca? Volviste borracho y caíste en la cama, y desde entonces duermes.

- ¿En serio?- replicó alegremente Adrián.

- Como lo oyes.- contestó la sirvienta.

- Entonces, trae el té y llama a mis hijas.

El gato negro- (Edgar Allan Poe) (Versión abreviada)

Viernes, 16 de Octubre de 2009

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No pretendo que me crean, pero sé que mañana moriré y deseo relatar los extraños hechos que me han torturado y provocaron mi ruina.

Desde niño me gustaban los animales y mis padres me permitieron siempre tenerlos. Esta afición creció conmigo y pude disfrutar de la abnegada amistad de los animales.

Me casé joven y por fortuna, mi esposa compartía mi gusto por los animales domésticos, y los teníamos de todas clases: peces, pájaros, un perro, un monito, conejos y un gato.

El gato era completamente negro de gran tamaño y poseía una asombrosa sagacidad. Se llamaba Plutón y era mi favorito, me seguía a todas partes y debía frenarlo para que no anduviera tras de mí en las calles. Nuestra amistad duró años. En este tiempo, mi temperamento se vio alterado por culpa del alcohol, me fui volviendo melancólico, irritable e indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a maltratar a mi mujer. También maltrataba a nuestras mascotas. Sin embargo, alcancé a dominarme con Plutón. Mi enfermedad empeoraba hasta que finalmente, el propio Plutón comenzó a sentir mi mal humor.

Cierta noche en que volvía a casa completamente ebrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, el susto hizo que me mordiera en la mano. Esto me provocó tal furia que perdí la noción de lo que hacía. Saqué mi cortaplumas del chaleco y lo sujeté por el cuello mientras lo abría, por placer le hice saltar un ojo. Tiemblo avergonzado mientras escribo esto.

A la mañana cuando recobré la razón, sentí gran remordimiento, pero era un sentimiento débil que no bastó para cambiar mi alma. Ahogué con vino mis recuerdos.

El gato mejoraba lentamente y se paseaba por la casa. Pero como es natural, salía despavorido al verme. Al principio me entristecía por su actitud, pero luego comencé a sentir fastidio y el espíritu de la perversidad se presentó para mi caída final. Una mañana con premeditación, ahorqué al gato en la rama de un árbol, porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que cometía un pecado mortal al hacerlo.

Esa misma noche, desperté mientras mi casa estaba ardiendo y con gran dificultad, pudimos escapar mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Al día siguiente del incendio, acudí a visitar las ruinas. Sólo una pared había permanecido en pie, el tabique divisorio en que apoyaba la cabecera de mi lecho. Grabada en el enlucido, estaba la imagen de un gato gigantesco con una soga alrededor del pescuezo. Primero sentí terror, pero luego la razón predominó y busqué una explicación. Como había ahorcado al animal en el jardín contiguo a la casa, alguien pudo arrojarlo por la ventana abierta. El animal habría quedado atrapado entre las paredes caídas y el tabique y por acción de las llamas, producir la imagen sobre el nuevo enlucido.

Durante meses dominó mi espíritu un sentimiento de culpa y el fantasma del gato rondó mi mente. Llegué al punto de buscar un animal que pudiese ocupar su lugar.

Una noche estaba medio borracho en una taberna, cuando llamó mi atención un bulto negro sobre unos toneles de ginebra. Me acerqué para comprobar que era un gato casi idéntico a Plutón, excepto que este tenía una mancha blanca indefinida que le cubría el pecho. Acaricié al animal y éste se mostró complacido. Ofrecí comprarlo al tabernero, pero contestó que no lo conocía. Cuando me marchaba, permití al animal que me acompañara y cuando llegamos a casa, se acostumbró de inmediato. Se convirtió en el favorito de mi mujer. Al mismo tiempo, nacía en mí una antipatía por el animal, cuyo cariño por mí, me disgustaba. Lo que había motivado mi odio, fue descubrir a la mañana siguiente a que lo llevara a casa, que el gato era tuerto, igual que Plutón. Esto también fue el motivo para que mi mujer sintiera predilección por él.

El cariño del gato hacia mí, parecía aumentar en el mismo grado que mi odio. Me seguía a todas partes, se ovillaba bajo mi silla, se entreveraba entre mis pies. En esos momentos deseaba matarlo, pero me paralizaba el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente, porque le tenía terror.

La mancha que tenía en el pecho, que al principio era indefinida, había adquirido la forma nítida del patíbulo. Esto me sumió en la angustia y ya no pude reposar. Durante el día, el animal me seguía todo el tiempo y durante la noche, era presa de los más horribles sueños. Fue entonces que sucumbí a los más terribles pensamientos. La melancolía se apoderó de mí y mi mujer sufrió los arrebatos de mi cólera.

Un día, mi mujer me acompañó al sótano. El gato nos siguió y estuvo a punto de hacerme caer por la escalera, lo cual me hizo perder el control. Tomé un hacha y descargué un golpe terrible, que mi mujer detuvo. Esto me provocó una rabia tan descomunal que me zafé de su abrazo y hundí el hacha en su cráneo. Cayó muerta a mis pies, en silencio.

Me dediqué entonces a ocultar el cadáver. Como no podía sacarlo de la casa sin ser descubierto, decidí, luego de muchas cavilaciones, emparedar el cadáver en el sótano, tal como hicieran los monjes de la Edad Media.

El sótano era especial para esta tarea y una de las paredes tenía una falsa chimenea que había sido rellenada. Saqué los ladrillos con una palanca, coloqué el cuerpo y lo mantuve en posición mientras colocaba la mampostería como estaba originalmente. Reparé también el enlucido, de modo que no se distinguiera del anterior. Al terminar, me sentí seguro.

Luego busqué a la bestia, decidido a matarla, pero no se presentó aquella noche. Finalmente pude dormir desde su llegada. Pasaron tres días, y el animal no regresaba, me sentí libre.

Liberado de mi atormentador, todo fue fácil. Incluso se practicaron algunas pesquisas en la casa, pero naturalmente, nada hallaron. Al cuarto día del asesinato, se presentó un grupo de policías para inspeccionar la casa. Convencido de mi seguridad, acompañé a los oficiales en su examen. Por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano y no sentí inquietud. Los policías estaban satisfechos y ya se marchaban. Pero yo sentía la necesidad de probar mi triunfo.

- Caballeros, me alegro de haber disipado sus sospechas.- dije, cuando ya casi salían- Sepan ustedes que esta casa está sólidamente construida. (Pretendiendo decir algo natural)

Arrastrado por mi triunfalismo, di un fuerte golpe con el bastón, sobre la pared detrás de la cual estaba el cadáver de mi esposa. A continuación, se escuchó un quejido sordo y entrecortado, un aullido inhumano.

Muerto de miedo me tambaleé hasta la pared opuesta. Los policías quedaron pasmados por un instante. Luego atacaron la pared, que cayó de una pieza. Ante sus ojos, apareció el cadáver cubierto de sangre coagulada. Sobre su cabeza, con la boca abierta, estaba la horrible bestia que me había obligado al asesinato, y cuya voz me había delatado. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

La esfinge- (Edgar Allan Poe) (Versión resumida)

Viernes, 16 de Octubre de 2009

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Cuando el cólera azotó Nueva York, acepté la invitación de un pariente para pasar una quincena en su casa de campo a orillas del Hudson. Era un lugar encantador para el veraneo, y lo habríamos pasado de maravilla, excepto por las noticias que llegaban de la ciudad. Era tal la desazón que producía cada mala nueva en mi persona, que terminé por caer presa de la desolación, y mi anfitrión se esforzaba por alegrarme.

Sus esfuerzos por alejarme de aquel estado sucumbieron en gran parte por ciertos libros que encontré en su biblioteca, que removieron todo vestigio de superstición que existiera en mí. Leí aquellos libros sin su conocimiento, por eso no alcanzaba a explicarse mi reacción.

Pocos días después de mi llegada, me ocurrió un incidente que me espantó. Al atardecer de un día muy caluroso, estaba sentado con un libro en la mano, junto a la ventana que daba a una colina distante. Cuando levanté la vista de las páginas, ví la superficie desnuda de la colina y una figura monstruosa que bajaba por ella hasta desaparecer en el bosque de abajo. Aquella criatura debía ser mayor que cualquier barco, a juzgar por el tamaño de los árboles que estaban detrás. Su boca se ubicaba en el extremo de una probóscide de sesenta pies de largo, tan gruesa como el cuerpo de un elefante. Cerca del nacimiento de la trompa tenía pelo negro e hirsuto, de esa pelambre, surgían dos colmillo afilados de gran tamaño, similares a los del jabalí. El cuerpo era de cuña y tenía dos pares de alas, de cien yardas de largo, cubiertas por escamas metálicas. Su pecho estaba cubierto por la figura de una calavera blanca, como dibujada. Mientras observaba a la criatura, emitió un sonido tan sobrecogedor que me desvanecí mientras la figura desaparecía al pie de la colina.

Cuando volví en mí, quise contar a mi amigo aquella visión, pero no supe explicarme y callé.

Tres o cuatro días luego del suceso, decidí contárselo a mi amigo. Éste me escuchó hasta el final. Al comienzo, se rió, pero luego se mostró preocupado, como si temiera por mi salud mental. En ese preciso momento, volví a ver al monstruo y di aviso a mi amigo. Él miró ansiosamente, pero no logró ver nada, no obstante yo le mostraba el recorrido que la bestia hacía camino abajo por la colina.

Esto me alarmó terriblemente, pues consideré que se trataba de un presagio de mi muerte. Me desplomé en la silla y cubrí mis ojos unos instantes y cuando los descubrí, la visión había desaparecido.

Mi amigo me interrogó bastamente sobre mi visión, manteniendo la calma. Luego dio un discurso sobre filosofía especulativa e insistió en que las investigaciones humanas subestiman o sobrevaloran al objeto. Sacó de la biblioteca una sinopsis de Historia Natural y me pidió que cambiara de asiento para observar mejor los caracteres de la misma. Él por su parte, ocupó mi sillón y reanudó su plática.

- De no ser por su minuciosa descripción del monstruo, nunca habría podido demostrarle lo que es. Es una esfinge, perteneciente al género Sphinix, del orden de los lepidópteros.

Cerró el libro y se incorporó hacia delante, adoptando la misma postura que yo tenía al ver al monstruo.

- ¡Aquí está! Está volviendo a ascender por la colina y es un ser de aspecto notable. Pero no es tan grande ni distante como usted lo imaginaba. Está subiendo un hilo que seguro dejó alguna araña en la hoja de la ventana. Su tamaño será como máximo de una pulgada.