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Alí Babá y los cuarenta ladrones-

Miércoles, 14 de Octubre de 2009

ali-baba-y-los-cuarenta-ladrones

Alí Babá era un leñador pobre y honrado que tenía un hermano muy avaro y deshonesto, Kassim.

Cierto día, Alí Babá caminaba por el bosque con su mula, cuando vio a cuarenta bandidos a caballo cargados con tesoros pararse delante de una roca enorme. Su jefe se puso al frente y gritó:

- ¡Sésamo, ábrete!- y la roca se abrió para dejarlos pasar.

Alí Babá quedó pasmado ante lo que vio, los ladrones entraron en la roca con sus caballos, y cuando todos estuvieron dentro, el jefe gritó nuevamente:

- ¡Sésamo, ciérrate!- y la roca se cerró, como si nada hubiera ocurrido.

Al poco rato, la roca volvió a abrirse y salieron los ladrones sin los tesoros, volvieron a cerrar la roca y se marcharon a todo galope.

El pobre Alí no daba crédito a sus ojos, estaba ante una roca mágica y los ladrones tenían el control. Ya quisiera él, poder entrar en esa cueva. Aguardó un rato, hasta que no se escuchaba ni el rumor de los jinetes y se acercó a la cueva. Se paró en el mismo sitio donde se encontraba el jefe de los ladrones y gritó:

- ¡Sésamo, ábrete!- y la roca se abrió para sorpresa de Alí Babá.

El hombre entró en la cueva y cerró nuevamente la roca. El interior estaba repleto de tesoros magníficos y Alí decidió que se llevaría algo a casa. Comenzó a llenar sus alforjas y salió de la cueva, volviendo a cerrar la roca, para que los bandidos no sospecharan del robo.

Cuando llegó a su casa y mostró el tesoro a Zulema, su mujer, ésta se puso muy triste, pues creía que era un botín robado. Pero cuando Alí le contó cómo lo había obtenido, la mujer es puso a dar saltos de alegría.

Alí decidió enterrar el tesoro, pero su mujer quiso contarlo antes. Como era mucho, decidieron que mejor lo pesarían, por lo que Zulema fue a pedir prestada una balanza. Pero no tuvo más remedio que pedirla a Kassim, que era muy avaro y envidioso. El hermano le prestó la balanza, pero untó grasa en ella, para averiguar qué clase de granos se pesaban en su balanza.

Cuando pesaron el tesoro y devolvieron la balanza, Kassim se encontró con una sorpresa. En lugar de encontrar algún grano prisionero de la grasa, se encontró con un pequeño rubí. Kassim salió como un rayo a buscar a su hermano.

- ¡Sinvergüenza!- gritaba- ¿De dónde sacaste esta joya? ¡Tú no tienes dónde caerte muerto!

Kassim estaba furioso por la suerte de su hermano. Alí Babá comprendió que lo mejor sería contarle toda la historia. Y así lo hizo. Cuando Kassim supo la verdad, decidió que se llevaría todo el tesoro a su casa.

A la mañana siguiente, estaba Kassim parado frente a la roca mágica, con diez mulas para cargar todo el tesoro. Tras pensarlo un momento, pronunció las palabras mágicas:

- ¡Sésamo, ábrete!- y la roca se abrió.

El avaricioso hermano, entró en la cueva y dio la orden para que se cerrara. Estuvo contemplando por unos instantes el magnífico espectáculo. Comenzó luego a llenar las alforjas, hasta completar las diez mulas. Cuando se disponía a retirarse, se dio cuenta de que no recordaba las palabras mágicas:

- ¡Centeno, ábrete! No, esa no es.- dijo- ¡Pistacho, ábrete!

Por más que se esforzaba, no lograba recordar la combinación correcta de palabras. Siguió durante horas intentando pronunciar las palabras mágicas, hasta que finalmente, la roca se abrió. Pero no fue por las palabras de Kassim, sino porque los cuarenta ladrones habían regresado. Cuando entraron y vieron a Kassim y las mulas, sin pensarlo, le cortaron la cabeza y devolvieron el tesoro a su lugar. Realizaron su trabajo y volvieron a salir.

Como ya era de noche, y Kassim no regresaba, Alí Babá comenzó a preocuparse, pues temía que algo malo hubiese ocurrido. Fue hasta la roca mágica y al entrar, se encontró con el cuerpo decapitado de su hermano. Desconsolado, llevó el cadáver a su casa, para sepultarlo. Pero sabía que esto le traería problemas, pues los ladrones descubrirían que otro intruso había estado en la cueva.

Cuando los ladrones vieron que el cuerpo de Kassim, había desaparecido, comprendieron que había un segundo intruso.

El astuto jefe de los ladrones, se encargó de averiguar qué familia había enterrado a un pariente esa semana. Cuando le señalaron la puerta de Alí Babá, hizo una marca en la misma, para poder reconocerla en la oscuridad de la noche y entrar a la casa para su venganza.

Zulema vio la marca en la puerta y sospechó lo que ocurría, por lo que decidió hacer una marca idéntica en todas las puertas del vecindario.

Cuando los ladrones llegaron al pueblo por la noche, se encontraron con que no sabían cuál era la puerta correcta, y tuvieron que marcharse sin cumplir su objetivo.

El jefe de los ladrones ideó entonces otro plan. Llegó hasta la casa de Alí Babá disfrazado de mercader, con cuarenta y cinco vasijas de aceite, diciendo que era amigo de Kassim. Alí Babá le permitió descargar el aceite en su patio y lo invitó a cenar.

Cuando caía la noche, Zulema notó que el aceite de las lámparas se estaba acabando y fue por más al patio. Al pasar junto a una vasija, escuchó un rumor:

- ¿Es la hora?

- Todavía no.- respondió Zulema, que comprendió que en las vasijas estaban los ladrones.

Revisó todas las vasijas y marcó las que tenían aceite. Después, alertó a su marido y al resto de la familia. Sin que el mercader se diera cuenta, calentó el aceite de las seis vasijas y lo echó en las vasijas que contenían a los treinta y nueve ladrones, los que tuvieron una muerte horrible.

Mientras todos dormían, el jefe de los ladrones bajó a buscar a sus compañeros. Pero se llevó la tal sorpresa, cuando los vio a todos muertos en las vasijas. Volvió a la casa hecho una furia, pensando en matar a todos los de la casa, pero lo estaban esperando y lo atraparon.

A la mañana siguiente, el jefe de los ladrones fue entregado a la justicia con lo que quedaba de su banda. Desde ese entonces, Alí Babá y su familia, vivieron tranquilos.

La Cenicienta- (Charles Perrault)

Martes, 13 de Octubre de 2009

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Hace algún tiempo, había un viudo rico que se había vuelto a casar, con una mujer tan orgullosa y altanera que era insoportable, y tenía dos hijas como su madre.

El viudo tenía una hija propia, pero ésta, era la criatura más dulce y hermosa, viva imagen de su madre.

La madrastra y sus hijas resentían las cualidades de la joven hija del viudo, por lo que decidieron deshacerse de ella y le asignaron las peores tareas de la casa y la obligaron a vestirse con harapos. Desde entonces, debió dormir en la cocina dentro de la chimenea, porque ni siquiera tenía cama. Por ello sus ropas estaban tiznadas y entonces comenzaron a llamarla Cenicienta.

Cierto día, el rey anunció que se daría una fiesta en palacio a la que estaban invitadas todas las jóvenes del reino, para que el príncipe buscara esposa. La fiesta duraría tres días y tres noches.

Todas las muchachas del reino estaban entusiasmadas, pero las más inquietas, eran las hermanastras de Cenicienta, estaban decididas a conquistar al príncipe, sin importar el costo.

Finalmente llegó el día de la fiesta y las hermanastras se acicalaron durante todo el día, solicitando a Cenicienta que las ayudase. Cuando la muchacha se enteró del baile, sintió deseos de asistir y pidió autorización a la madrastra. La madrastra se negó rotundamente por más que Cenicienta rogara.

- ¡No permitiré que nos pongas en ridículo! Eres fea y tosca, además no tienes vestidos.- gritaba la madrastra.

La madrastra y sus hijas se marcharon hacia el baile, dejando a Cenicienta atrás. La pobre muchacha estaba inconsolable. Lloraba lamentándose de su suerte cuando un hada apareció junto a ella.

- ¿Qué te ocurre, mi niña?- preguntó el hada.

Cenicienta le contó lo que ocurría y el hada le ofreció ayuda. Le dio a la joven un finísimo vestido de encaje, con zapatillas de cristal diminutas como sus piececitos. Para que llegara apropiadamente conducida, hizo aparecer una carroza y también joyas. Pero todos estos regalos desaparecerían cuando sonara la última campanada que marca la medianoche, de modo que Cenicienta debería retornar a su casa, antes de que la descubrieran.

Llegó la joven al baile y entró con gran revuelo, ya que todos los presentes la admiraban. Estaba tan hermosa, que nadie pudo reconocerla, ni siquiera su familia.

En el momento en que el príncipe la vio, quedó prendado de ella y no se separó ni un minuto. Hasta que dieron las doce menos cuarto y Cenicienta salió del salón con excusas. Cuando el príncipe notó que no regresaba, comenzó a buscarla por todo el palacio, pero no la halló.

Cenicienta regresó rápidamente a su casa, donde retomó sus vestimentas habituales y se fue a dormir.

Al día siguiente, se repitió la escena del día anterior. La madrastra y sus hijas se fueron al baile y Cenicienta llamó nuevamente al hada madrina.

Cuando entró nuevamente al palacio, todos exclamaron de admiración y sorpresa por su retorno. El príncipe corrió feliz a su encuentro y bailó con ella toda la noche, hasta que marcaron las doce y Cenicienta se le escapó otra vez. El príncipe la siguió tanto como pudo, pero cuando llegaba a la casa de Cenicienta, la perdió de vista, y sólo logró ver a una pequeña harapienta y sucia, que jamás imaginó que fuese su invitada misteriosa. Buscó por toda la casa, pero no la encontró y regresó a palacio, muy triste.

Al día siguiente, todo se repitió. Cenicienta llegó a palacio, más ricamente ataviada y el príncipe fue a su encuentro. El joven estaba tan feliz y bailaba con tanta alegría, que Cenicienta se sintió muy a gusto y se olvidó de la hora. Cuando faltaba apenas un minuto para las doce, se escabulló entre los invitados y corrió hacia la calle. Pero el príncipe estaba decidido a no perderla nuevamente, había ordenado que colocaran brea en las escaleras, por eso, cuando Cenicienta bajó, uno de sus zapatos quedó atrapado en la brea, y como ya era tarde, siguió sin él.

Dieron las doce cuando apenas abandonaba la escalera, y sus harapos volvieron, justo a tiempo, para que el príncipe no la reconociese mientras huía.

El príncipe quedó consternado parado en la escalera, intentando en vano, descubrir a su amada. Pero cuando se marchaba vio el zapatito. Lo tomó en sus manos y se sorprendió de lo pequeño que era, esto le dio una idea. Buscaría a la muchacha que pudiera calzarlo, y esta sería la adecuada.

A la mañana siguiente, muy temprano, el príncipe llamó a la puerta de la casa de Cenicienta y preguntó a la madrastra por su princesa misteriosa. La madrastra le enseñó a sus hijas. El príncipe le alcanzó el zapato para que se lo probaran.

Primero se lo probó la hermana mayor, pero sus pies eran demasiado largos. Luego la menor, pero sus pies, eran demasiado anchos. La madre trataba de dar excusas para que el príncipe las eligiera. Pero el príncipe preguntó si no había alguna otra joven en la casa. La madrastra lo negó, pero el príncipe le recordó a la harapienta que había visto unas noches atrás.

A regañadientes, la madrastra llamó a Cenicienta por orden del príncipe. La muchacha entró en la habitación y se probó el diminuto zapato, que le calzó con toda naturalidad.

Al ver su rostro, el príncipe comprendió que era ella su amada. En ese instante apareció el hada, que transformó los ropajes de Cenicienta en un vestido deslumbrante.

El príncipe la invitó a su carruaje y se marcharon rumbo a palacio, mientras la madrastra y sus horribles hijas, quedaban sumidas en la rabia más profunda.

Cenicienta y su príncipe, vivieron felices para siempre.

El patito feo- (Hans Christian Andersen)

Martes, 13 de Octubre de 2009

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En una vieja casona de campo, había un estanque lleno de agua limpia y plantas enormes. Allí había hecho su nido una pata, que se encontraba empollando sus huevos.

Estaba ansiosa la madre, aguardando el momento en que sus polluelos rompiesen el cascarón. Hasta que finalmente, comenzaron a emerger los pequeños de sus cascarones.

- ¡Bienvenidos!- dijo la pata.

- ¡Pip! ¡Pip!- decían los patitos.

Y todos se apresuraron a salir de los cascarones y comenzaron a escrutar felices las plantas que rodeaban el nido. Todos los huevos habían eclosionado, excepto uno, el más grande. La madre estaba impaciente porque ya naciera y retornó al nido.

Finalmente, el último patito rompió el huevo y salió, ante la mirada asombrada de su madre, que exclamó:

-¡Pero qué patito más grande! No se parece a ninguno de los otros.

Pero la madre estaba segura que el patito más joven, era suyo y no podía pertenecer a ningún huevo intruso en el nido -cosa que suele ocurrir con las aves-.

A la mañana siguiente, el día estaba hermoso y la mamá pata aprovechó para llevar a su familia al foso, para que conocieran el agua.

Uno a uno, los patitos iban saltando al agua tras la madre, alentados por su llamado. Los patitos se sumergían y volvían a emerger, moviendo sus patas para avanzar en el agua. Todos los polluelos, incluido el patito feo, nadando alegremente.

La mamá pata estaba orgullosa de su prole, hasta de feo, decidió que ya era tiempo de presentarlos al corral completo. Daba instrucciones a los pequeños para que no se separaran de ella y que tuviesen mucho cuidado con el gato. Y así se encaminaron al corral.

Cuando llegaron, la madre comenzó a darles nuevas indicaciones para que saludaran a los personajes más importantes del corral. Los patos que estaban allí los miraron con desprecio y mirando al patito más grande, dijeron:

-¡Qué patito tan feo! No tenemos por qué soportarlo.- dijo uno de los patos y le dio un picotazo en el cuello.

La mamá salió en su defensa. Pero el que lo había picoteado argumentaba que era necesario despanzurrarlo porque era muy desgarbado.

- ¡Qué lindos hijos tienes! Todos excepto uno. Me gustaría que lo pudieras hacer de nuevo.- dijo la pata más aristocrática del corral.

- De ninguna manera. Tal vez no sea hermoso, pero es muy dulce y nada muy bien, quizás mejor que los otros. Estuvo más tiempo dentro del cascarón, por eso no salió tan hermoso como los demás.- contestó la madre en defensa del patito feo.

- Sean bienvenidos al corral y siéntanse como en su casa.- agregó la pata vieja.

Todos se pusieron cómodos, menos el patito feo, que sólo recibía burlas y picotazos. Los días que siguieron, no fueron mejores, por el contrario, la situación empeoró, incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban. Todos lo empujaban, pellizcaban y picoteaban, hasta su propia mamá, prefería tenerlo lejos. Un día, la niña que les servía la comida le dio un puntapié, entonces el patito escapó del corral. Corrió sin parar hasta que llegó a los pantanos donde vivían los patos salvajes y allí pasó la noche, agotado y muy triste.

A la mañana siguiente, cuando los patos salvajes remontaron el vuelo, dieron vuelta para ver que hacía su compañero. El patito hacía sus mejores reverencias para los patos salvajes. Los patos pensaron que era lo más feo que habían visto, pero no les preocupaba demasiado.

El patito sólo quería descansar y que lo dejasen en paz. Permaneció junto al pantano durante días, tranquilo bajo los juncos, hasta que aparecieron dos gansos salvajes muy jóvenes e impertinentes, que lo invitaron a emigrar.

Pero los cazadores andaban cerca y mataron a los dos gansos. Las balas continuaron, espantando a todos los gansos que estaban escondidos entre la maleza. Luego aparecieron los perros de caza, avanzando por el agua. El patito estaba aterrorizado. De pronto, un enorme perro se acercó mostrando los dientes. Repentinamente se fue sin tocarlo. El patito suspiró aliviado, creyendo que su fealdad le había quitado los deseos de comerlo. Se tendió entonces sobre el suelo, muy quietito, aguardando, mientras las balas surcaban el aire.

Horas después que todo se calmó, el patito se levantó de su escondite y huyó. Atravesó campos y praderas, pero el viento hacía que le costase mucho correr. Al atardecer encontró una cabaña humilde y se metió por una hendija.

A la mañana siguiente, el gato y la gallina de la anciana dueña de casa, descubrieron al patito y lo saludaron. La anciana que veía poco, creyó que el patito era una pata y lo adoptó en prueba. Le dieron tres semanas de plazo, para que pusiera un huevo. Pero esto, obviamente no ocurrió. El patito sentía nostalgia por la vida al aire libre y deseaba nadar, por eso se marchó.

Vivió solo, sin que nadie quisiera acercársele por lo feo que era. Llegó el otoño y luego vino la nieve, y el pobre patito lo estaba pasando muy mal en el lago. Hasta que una tarde, al ponerse el sol, llegó una bandada de aves hermosísimas. El patito nunca había visto nada más bello. Eran cisnes. Lanzaron un grito fantástico y extendieron sus imponentes alas, alzando el vuelo hacia tierras cálidas. El patito se sintió extrañamente inquieto, no sabía la razón, pero esas aves extrañas lo habían perturbado.

Aquel era un invierno terrible, el pobre patito sobrevivió a duras penas. Finalmente llegó la primavera y el patito se sintió aliviado. Un buen día probaba sus alas, cuando sin pensarlo, alzó el vuelo. Rápidamente ganó altura y avanzó hasta que divisó un lago en el que había tres cisnes bellísimos. Deseó acercarse a ellos, sin importarle si lo rechazaban. Pensaba que era mejor suerte que los cisnes lo mataran por feo, a que lo hicieran los patos y gallinas con sus picotazos. Se posó sobre el lago y nadó hasta los cisnes, que se acercaron a él con las alas encrespadas.

El patito pensó que era su fin, pero no le importó. Inclinó su cabeza, aguardando la muerte y no pudo creer lo que el agua reflejaba. Era la imagen de un elegante cisne. Los otros cisnes nadaron en su derredor, acariciándolo con el pico. Le daban la bienvenida.

Otros cisnes más viejos llegaron a ver lo que ocurría, y todos se admiraban del hermoso joven recién llegado. El patito recibió las reverencias y elogios de sus compañeros, sin mostrar ninguna vanidad. Finalmente, el patito feo fue feliz.

Peter Pan- (James Matthew Barrie)

Martes, 13 de Octubre de 2009

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En las afueras de Londres, vivía Wendy con sus dos hermanos Juan y Miguel. Todas las noches, Wendy arrullaba a sus hermanos con cuentos sobre las aventuras de su amigo Peter Pan.

Cierta noche, cuando estaban por acostarse, llegó el hada Campanilla a la casa, enviada por Peter Pan, en busca de los niños. El hada esparció polvos mágicos sobre los niños, para que pudieran volar rumbo al País de Nunca Jamás.

Cuando estaban llegando a destino, se cruzaron con el barco del Capitán Garfio, un pirata muy temido, y Peter Pan se encargó de despacharlo lejos.

Después, Peter los llevó a la aldea de los indios Sioux, donde hallaron muy triste al jefe, porque su hija se había perdido. Peter y Wendy salieron a buscarla por toda la isla, hasta que la encontraron. Estaba prisionera del Capitán Garfio, en la playa de las sirenas, donde la habían atado a una roca, para que el agua la cubriera. El capitán pretendía que Lili le revelara el lugar secreto, donde vivía Peter Pan. La joven Lili, se negó a revelar el secreto y Peter llegó a tiempo para salvarla, trabándose en lucha con el Capitán, hasta que el pirata cayó al mar presa del miedo, cuando escuchó el tic-tac, del cocodrilo gigante que lo perseguía. El Capitán Garfio, nunca retornó a la superficie.

Peter Pan devolvió a Lili a su padre, quien agasajó a Peter y sus amigos con una gran fiesta, donde bailaron y comieron.

Pero, como ya era tarde, los niños debían regresar a sus camas para dormir. Entonces Peter y Campanilla, los condujeron de regreso.

Al despedirse, Peter les aconsejó, que aunque crecieran, jamás perdieran la fantasía y la imaginación, pues de ese modo, seguirían siempre unidos.

Las habichuelas mágicas- (Hans Christian Andersen)

Lunes, 12 de Octubre de 2009

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Periquín vivía en una cabaña en el bosque, junto a su madre viuda. Como no tenían dinero, cada día empeoraba la situación de la familia, hasta que finalmente, la madre decidió enviar a Periquín a vender su única vaca al pueblo.

El pequeño emprendió viaje rumbo al pueblo y a mitad de camino se encontró con un hombre que llevaba un bolsito de habichuelas para vender. El hombre le explicó que las habichuelas eran mágicas y le ofreció entregárselas a cambio de la vaca. Al pequeño le pareció que era un buen negocio y realizó el cambio.

Volvió Periquín muy contento a su hogar con las habichuelas, pero su madre se puso furiosa y las lanzó por la ventana.

A la mañana siguiente, cuando Periquín se levantó, vio que las habichuelas habían crecido durante la noche, alcanzando una altura increíble y sus ramas se perdían de vista.

El pequeño intrigado por la planta extraña, comenzó a trepar por sus ramas, movido por la curiosidad. Cuando llegó a la cima, se encontró con tierra firme en el cielo y frente a él, un castillo.

El niño entró al castillo y vio que vivía un gigante que tenía una gallina mágica, que a cada orden del gigante, ponía un huevo de oro. El pequeño esperó a que el gigante se durmiera y robó la gallina. Corrió hasta la planta de habichuelas y descendió hasta su cabaña.

Cuando la madre lo vio llegar con la gallina se puso muy contenta. Vivieron mucho tiempo tranquilos con la venta de los huevos de oro, pero un día, la gallina se murió.

Entonces Periquín decidió trepar nuevamente a la cima de la planta de habichuelas. Entró al castillo del gigante y aguardó tras una cortina, desde donde pudo observar cómo el gigante contaba monedas de oro que sacaba de un saco de cuero. Cuando el gigante se durmió, el niño robó el saquito de monedas y corrió hasta la planta. Llegó a su hogar y entregó el saco de oro a su madre, con el que vivieron mucho tiempo felices. Pero un día se acabó el oro.

Periquín subió por tercera vez hasta el castillo del gigante. Ya dentro, pudo ver como el ogro guardaba una cajita singular dentro de un cajón. Cada vez que se levantaba la tapa de la cajita, esta soltaba una moneda de oro. Cuando el gigante abandonó la habitación, Periquín tomó la cajita milagrosa y se la guardó.

Por una rendija, pudo ver el niño al gigante, que se explayaba sobre un sofá, mientras un arpa mágica tocaba sola, sin que nadie la pulsara. Aquella melodía adormeció al gigante. El pequeño quedó impresionado con el arpa. Se apoderó del arpa y salió huyendo. Lamentablemente, el arpa estaba encantada y comenzó a gritar mientras el niño corría con ella:

- ¡Señor amo, me roban!

- ¡Seño amo, que me roban!

El gigante despertó y al darse cuenta de lo que ocurría, salió a perseguir a Periquín que comenzaba a bajar por la planta mágica. Cuando estaba cerca del suelo, comenzó a gritarle a su madre:

- ¡Madre, tráeme el hacha que me persigue el gigante!

La madre le alcanzó el hacha y el joven cortó el tronco de la planta de habichuelas. La planta y el gigante se estrellaron contra el piso y el gigante murió. Periquín y su madre vivieron felices con el oro que la cajita soltaba cada vez que se abría.

La princesa y el guisante- (Hans Christian Andersen)

Lunes, 12 de Octubre de 2009

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Hace muchísimo tiempo, había un príncipe que buscaba esposa. Tenía menudo problema el joven, pues deseaba casarse con una princesa auténtica. Recorrió el mundo entero y conoció a muchas princesas, pero todas ellas tenían algún aspecto sospechoso que le impedía saber si eran verdaderas. Por tanto, se dio por vencido y retornó a su reino.

Cierta noche en que una tormenta terrible arreciaba, sintieron que alguien golpeaba en el castillo. Cuando el sirviente regresó, lo acompañaba una joven empapada que aseguraba ser una princesa.

La reina no creyó en su palabra y dispuso una prueba. Ordenó al ama de llaves que preparara el lecho para la princesa y le dio instrucciones de cómo hacerlo.

El ama obedeció a la reina y colocó un guisante sobre la cama y sobre éste, colocó veinte colchones y sobre ellos veinte edredones. Así estuvo listo el lecho para la princesa.

La princesa pasó la noche en la recámara que le asignaron y a la mañana siguiente, cuando se levantó y bajó a desayunar, los reyes le preguntaron cómo había pasado la noche, a lo que respondió:

- No pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama y tengo el cuerpo lleno de magulladuras.

Al oír esto, los reyes supieron que estaban delante de una verdadera princesa, pues solamente una, podría sentir el guisante debajo de tantos colchones.

Esta noticia puso feliz al príncipe, quien le propuso matrimonio de inmediato. La princesa aceptó y se casaron.

El guisante fue llevado al museo, donde todavía se exhibe, a menos que alguien lo haya comido.

Esta es una historia verdadera.

El traje nuevo del Emperador- (Hans Christian Andersen)

Lunes, 12 de Octubre de 2009

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En un país lejano vivía un emperador al cual le gustaba mucho la ropa elegante. Gastaba todo su dinero en trajes nuevos, tenía un traje para cada hora del día.

Cierto día, llegaron a la ciudad dos estafadores que se hicieron pasar por tejedores finos. Aseguraban los truhanes, que eran capaces de tejer telas maravillosas, las que no podían ser vistas por las personas muy estúpidas o que no estaban aptas para desempeñar el cargo que ostentaban.

El Emperador quedó fascinado por aquella idea, pensaba que podría así, distinguir entre los funcionarios del reino que eran eficientes y los que no. Ordenó entonces que fabricaran la tela. Debió primero, pagar un buen adelanto por el trabajo.

Los bribones montaron un telar en el que fingían tejer, pero nada había en él. Para completar su cuento, pidieron que se les suministrasen sedas de las más finas e hilos de oro, todo lo que se embolsaron los estafadores, mientras continuaban simulando su trabajo hasta avanzadas horas de la noche.

El Emperador estaba impaciente por ver el resultado del encargo, pero a pesar de sentirse muy seguro de sí mismo, no se atrevió a ir en persona, por lo que envió a su ministro de confianza para que averiguase cómo marchaba el trabajo.

Toda la ciudad estaba pendiente de las acciones de los bribones y deseaban ver los resultados.

El ministro se presentó ante los embaucadores, los que continuaban fingiendo su labor. El pobre hombre se sorprendió al notar que no podía ver la tela que los estafadores tejían. Pero no dijo nada y les siguió la corriente, por temor a no ser lo suficientemente digno.

Los hombres lo invitaron a apreciar la tela y alabaron los colores y el diseño, a lo que el viejo ministro sólo podía asentir, pues nada veía. Y pensaba para sus adentros que por nada del mundo diría al emperador la verdad. El ministro elogió la tela y elevó un excelente informe al Emperador.

Los truhanes aprovecharon para pedir más dinero, seda y oro, los que se embolsaron para sí, pues nada se gastaba en tejer la tela invisible. Y continuaron con su representación.

Unos días más tarde, el Emperador envió a un segundo funcionario para preguntar cuándo estaría lista la tela. El funcionario tampoco vio nada, porque nada había. Y del mismo modo que el ministro, pensó que era mejor callar y aceptar aquello. Alabó entonces a los estafadores y su trabajo, y elevó un informe favorable al Emperador.

Toda la ciudad estaba pendiente de la evolución del tejido, tanto que el Emperador quiso ver con sus propios ojos. Llegó hasta la casa donde los pícaros tejían, acompañado por un séquito de notables.

Los tejedores continuaban su ferviente labor, aunque nada hacían en realidad. Recibieron al Emperador y le pidieron su opinión.

El Emperador alarmado comprobó que no podía ver nada y temió por su condición. Entonces hizo lo que los demás, fingió.

El séquito en pleno, alababa las cualidades de la tela, sin ver realmente nada. Aconsejaron al soberano que vistiera un traje confeccionado con aquella tela durante la procesión.

El Emperador siguió el consejo de su séquito y encargó el traje. Durante la noche previa a la procesión, los estafadores permanecieron fingiendo su trabajo, hasta que dieron por terminados los ropajes de su excelencia.

Cuando el Emperador llegó a buscar sus vestimentas, los hombres fingieron vestirlo. Elogiaban el traje y lo elegante que el Emperador se veía con él, y el Emperador aprobaba complacido, para no ser menos.

Salió a preceder la procesión y todo el pueblo aclamaba al soberano y su elegancia.

Todos cuidaban de no admitir que nada veían, para que no los creyesen incapaces o estúpidos.

Pero de pronto, un niño exclamó:

- ¡Pero si no lleva nada!

- ¡No sabe lo que dice, es apenas un niño!- dijo el padre disculpándolo.

Pero todo el pueblo comentaba lo que el pequeño había dicho. Poco después, todo el pueblo coreaba:

- ¡Pero si no lleva nada!

El Emperador supo que el pueblo tenía razón, pero ya no podía dar marcha atrás, por lo que continuó con su cabeza en alto.

Rapunzel- (Hermanos Grimm)

Viernes, 9 de Octubre de 2009

rapunzel

Era un matrimonio que vivía en soledad, soñando con tener hijos, hasta que finalmente, ocurrió el milagro.

El matrimonio vivía en una casa que tenía una ventanita en la pared posterior, la cual asomaba a un espléndido jardín, en el que crecían flores y plantas variados. El jardín pertenecía a una bruja poderosa y estaba rodeado por un muro alto, que nadie se atrevía a traspasar.

Un día en que la mujer se asomó a contemplar el jardín, descubrió un bancal de collejas verdes y frescas y sintió un repentino deseo de comerlas. El antojo fue creciendo con los días, la mujer sólo quería comer de aquellas plantas y como no las tenía, dejó de comer.

Al verla tan desmejorada, su marido decidió entrar al jardín, para conseguir las plantas para su mujer. El hombre aguardó la noche, entro al jardín y tomó varias plantas y las llevó a su esposa.

La mujer se las comió todas, pero en lugar de quedar satisfecha, quería más. El marido no tuvo más remedio que entrar nuevamente al jardín de la bruja. Esperó a que anocheciera y saltó el muro, pero la bruja lo descubrió.

- ¿Cómo te atreves a entrar en mi jardín?- dijo la bruja.

- ¡Tened piedad de mí! Lo hice para alimentar a mi esposa. Ella tiene antojo de collejas vio las de tu jardín y no quiere comer otra cosa. Si no se las llevo, morirá.

La bruja consintió en que llevara las collejas, pero con una condición. El hombre tuvo miedo de la hechicera y aceptó entregarle al bebé cuando naciera.

Cuando la niña nació, se presentó la bruja a reclamar su pago. Le pusieron Rapunzel de nombre, antes de entregarla a la bruja.

Rapunzel era la niña más hermosa del mundo y cuando cumplió los doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un bosque. Para que no escapara, la torre no poseía puertas ni ventanas, a excepción de la pequeña ventanita que había en lo más alto de la torre. Cuando la bruja quería subir, se colocaba al pie de la ventana y gritaba:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suélta tu trenza!

Rapunzel tenía los cabellos dorados y espléndidos. Eran tan largos y fuertes, que la niña dejaba su trenza colgando, para que la bruja subiera por ella.

Pasó mucho tiempo, cuando cierto día, un príncipe pasó cerca de la torre y pudo escuchar el canto de la joven. Quiso subir a la torre para conocerla, pero no encontró la entrada. Entonces volvió a su palacio. Pero el canto lo había conmovido de tal modo, que todos los días regresaba para escucharlo nuevamente.

Una vez que se encontraba oculto escuchando a su amada, vio a la bruja y escuchó sus palabras:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suelta tu trenza!

La joven soltó la trenza como siempre y la bruja trepó por ella.

Al días siguiente, el príncipe aguardó la noche y llamó a la joven:

- Rapunzel, Rapunzel. ¡Suelta tu trenza!

La joven dejó caer su trenza y el príncipe subió por ella. Al verlo, la muchacha se asustó mucho, pues nunca había visto un hombre. Pero el príncipe le explicó con dulzura que había quedado deslumbrado por su voz y que deseaba hacerla su esposa. Rapunzel aceptó apresuradamente, pues deseaba librarse de la bruja. Como no había manera de que ella bajara, solicitó al pretendiente que en cada visita llevara una madeja de seda, para que se fabricara con ellas una escalera, con la que escaparía de la torre.

El príncipe visitaba a la muchacha por las noches porque la bruja lo hacía de día. Y la bruja nada sospechaba, hasta que un día, Rapunzel dejó escapar el secreto sin intención:

- Pesas mucho más que el príncipel.

- ¡Con que me has estado engañando!- gritó furiosa la bruja.

La bruja cortó la trenza de la joven y la llevó a un paraje desierto, para que viviera en soledad y sumida en la miseria.

Ató la trenza de Rapunzel a la ventana, y cuando el príncipe llegó, la soltó. El joven subió y se encontró a la hechicera. El príncipe huyó por la ventana, pero la bruja le lanzó un hechizo, dejándolo ciego. El pobre noble tuvo que vagar por el bosque, hasta que un día llegó al paraje donde su amada estaba. Allí reconoció la voz de la muchacha y se acercó a ella. La joven lo reconoció al instante y se puso muy triste cuando pudo comprobar que su amado no podía ver. Derramó lágrimas de amargura y algunas cayeron sobre los ojos del joven y por arte de magia, el príncipe recuperó la vista.

Partieron entonces hasta el reino del joven, donde se casaron y fueron felices.

¿Quién robó los pasteles?- (Lewis Carrol)

Viernes, 9 de Octubre de 2009

quien-robo-los-pasteles

¿Escuchaste la historia de pasteles que hizo la Reina de Corazones? ¿Sabes qué pasó con ellos?

¡Sí, claro! ¿Acaso no lo dice la canción?

La Reina de Corazones hizo unos deliciosos pasteles

un día de verano

el Paje de Corazones los robó

el muy villano se los llevó a un lugar lejano.

Es cierto, lo dice. Pero no se puede tomar lo que dice la canción para castigar al Paje. Lo justo sería enjuiciarlo, meterlo preso o encadenarlo, llevarlo ante el Rey de Corazones.

Fíjate en el dibujo que está al principio del libro, verás qué impresionante es un juicio cuando lo celebra un rey.

El Rey está espléndido, ¿no crees? Aunque no parece feliz. Tal vez le incomoda la corona, tan grande y colocada sobre la peluca. Pero no tiene otro remedio, la gente debe saber que es el Juez y el Rey.

La Reina está de mal humor. Observa la bandeja de los pasteles que tanto le costaron. Mira la Paje que se los robó, está moleta.

El Conejo Blanco está parado junto al Rey, leyendo la Canción, para que todos conozcan el crimen del Paje. Y los Jurados deben decidir si es culpable o inocente.

Bueno, te contaré sobre un accidente que tuvo Alicia. Estaba sentada al costado del estrado, cuando la llamaron para que hiciera de testigo. Un testigo es una persona que presenció cuando el acusado, hacía aquello de que se lo acusa, o que al menos, tiene información pertinente al caso.

Alicia no vio a la Reina hornear los pasteles, tampoco al Paje llevarse los pasteles, en realidad no sabía nada respecto al asunto: ¡De modo que, no puedo explicarte, por qué la querían de testigo!

Pero la llamaron. El Conejo Blanco hizo sonar la trompeta y anunció: “¡Alicia!” y Alicia se paró. Entonces…Entonces, ¿qué piensas que ocurrió? ¡La falda de Alicia se enganchó en el estrado de los Jurados, y los hizo salir volando!

Sabes que se necesitan doce Jurados, veamos si podemos identificarlos. Allí está la Rana, el Lirón, la Rata, el Hurón, el Lagarto, el Erizo, el Gallo, el Topo, la Ardilla, el Pato y un pájaro de pico largo, gritando detrás del Topo.

Pero nos falta uno.

¡Allí! ¿Lo ves, detrás del Topo, una cabecita blanca, bajo el Pato? Se completaron los doce.

Según el señor Tenniel, el pájaro que grita sería un Cigoñino y la cabecita blanca es de un Ratoncito. ¿No es un primor?

Alicia los recogió cuidadosamente. ¡Espero que no se hayan hecho daño!

El señor Nichtverstehen- (Juan Valera)

Viernes, 9 de Octubre de 2009

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Una goleta mercante española arribó al puerto de Hamburgo, procedente de Málaga, con un cargamento de vinos, almendras, limones, higos y pasas. El patrón y el piloto eran expertos en las artes de conducir naves, pero completamente ignorantes en todo lo demás. Por fortuna, llevaban con ellos a un malagueño conocedor de todas las artes y ciencias, que oficiaba como secretario del patrón.

El puerto estaba repleto de buques de todas clases, pero destacaba por sobre todos, una embarcación de grandioso lujo. Los españoles deseaban conocer al propietario del navío, por lo tanto, encargaron al secretario que preguntara a unos visitantes alemanes que habían subido al buque.

El secretario cumplió su encargo y pudo saber que el navío de su admiración pertenecía al Sr. Nichtverstehen. Los españoles sintieron envidia por el rico caballero.

Bajaron a tierra y se dedicaron a pasear por las calles de la ciudad, admirando los edificios, cuando tras una reja de bronce, vieron un parque lleno de árboles frondosos que presidía a uno de los palacios más lujosos que jamás hubiesen conocido. Nuevamente pidieron al secretario que averiguara quién era el propietario de tal maravilla.

- Quien vive en el palacio es el mismo dueño del buque, el Sr. Nichtverstehen.- dijo el secretario.

Continuaron su recorrida por el pueblo, distrayéndose en ver pasar la multitud de gente bien vestida, mujeres hermosas, pero principalmente una, joven y rubia, de excepcional belleza, que paseaba en un landó abierto. Los marinos quedaron deslumbrados y preguntaron quién era.

El secretario hizo las averiguaciones y retornó con la misma respuesta:

- Es la esposa del Sr. Nichtverstehen.

El patrón, el piloto y la tripulación estaban envidiosos de aquel señor tan venturoso. Se fueron a pasear por los alrededores de Hamburgo, para olvidar su envidia. Durante el paseo vieron una fábrica de tejidos espléndida, que los dejó estupefactos, una magnífica quinta, rodeada por bosques y jardines. Al preguntar, obtuvieron la misma respuesta: el Sr. Nichtverstehen.

- Debe ser un potentado.- exclamó el piloto.

- ¡Quién fuera como el Sr. Nichtverstehen!- decían los demás a coro.

Volvieron a la ciudad y continuaron su paseo a pie. A poco pudieron ver un cortejo fúnebre de mucho lujo. Cuando el secretario, que además de alemán, sabía latín, sentenció:

- Sic transit gloria mundi (Así pasa la gloria del mundo). De nada sirve envidiar la opulencia, el Sr. Nichtverstehen era tan mortal como el más mísero pordiosero. Ahí va, encerrado en su féretro y pronto alimentará a los gusanos.