Archivo de la categoría ‘Clásicos en versión resumida’

Pulgarcito- (versión libre sobre cuento de los Hermanos Grimm)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

pulgarcito

Había una vez, un matrimonio de campesinos que se lamentaban de no tener hijos. Deseaban aunque más no fuera, un niño pequeñito como un pulgar. Y se les concedió.

Recibieron un niño bien proporcionado, pero diminuto, no mayor que el dedo pulgar. Por esto le pusieron Pulgarcito.

El pequeño era listo y vivaz. Los padres no escatimaban comida, pero el pequeño no crecía. Sin embargo, lograba todo lo que se proponía.

Cierto día, el campesino se preparaba para ir al bosque a cortar leña, le hacía falta ayuda. El pequeño Pulgarcito se ofreció para conducir la carreta. El padre se puso a reír y le dijo que era muy pequeño para eso. Pero al niño no le importaban las dificultades. Solicitó que lo dejasen parado en la oreja del caballo, para gritarle las órdenes, pues no podía manejar las riendas.

Aunque sus padres no lo creían, el pequeño condujo la carreta sin problemas hasta el bosque, donde su padre trabajaba.

En el camino, se cruzaron con dos extraños, que se sorprendieron al ver una carreta que se conducía sola, y la siguieron.

Cuando llegó Pulgarcito, su padre lo bajó del caballo y lo depositó sobre los troncos. Los extraños quedaron asombrados con el pequeño, y decidieron comprarlo para hacer mucho dinero, exhibiéndolo en la ciudad.

Se acercaron al campesino y le ofrecieron comprar al pequeño. Pero el padre se negó rotundamente. El pequeño murmuró algo en su oído:

- ¡Véndeme, padre! Yo sabré cómo regresar.

El padre entregó al niño y recibió una bolsa de dinero. Se marcharon los dos hombres con Pulgarcito.

Anduvieron muchas horas, y cuando ya anochecía, el pequeño pidió que lo bajaran por una urgencia. Cuando lo hicieron, se perdió entre la hierba.

Los hombres lo buscaron infructuosamente, pues la noche era muy oscura. Se retiraron con las manos vacías y maldiciendo.

Pulgarcito se refugió en un caparazón de caracol, para pasar la noche. Cuando estaba a punto de dormirse, escuchó las voces de dos hombres que planeaban robar al cura. Se puso a gritarles y los hombres se asustaron. Les pidió que lo llevaran para ayudarlos y así lo hicieron.

Cuando estuvieron en la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas, para que lo escucharan:

- ¿Quieren todo lo que hay aquí?

- Baja la voz, que nos van a descubrir.

Pulgarcito se hizo el desentendido y siguió gritando, hasta que el ama del cura se despertó y salió a ver qué ocurría. Los ladrones salieron huyendo a todo lo que daban. La mujer volvió a dormirse y Pulgarcito se deslizó hasta el granero, y se echó a dormir en un montón de paja.

A la mañana, la criada fue a dar de comer a los animales. Tomó una brazada de paja y fue justamente, la de la pila en que Pulgarcito dormía. El niño no se dio cuenta, pues estaba agotado. Cuando logró despertarse, ya estaba en la boca de la vaca, que continuaba tragando paja. Sin poder escapar, fue a parar al estómago, desde donde gritaba sin parar.

- ¡No metan más paja!- decía, pues creía que era un molino triturador.

La criada se asustó y llamó al cura. Éste, creyendo que la voz pertenecía al diablo, sacrificó a la vaca y tiró el estómago lejos. Antes de que Pulgarcito pudiera librarse de su prisión, se lo comió un lobo.

El muchachito no se amedrentó y comenzó a decir al lobo:

- Yo conozco un lugar donde puedes comer a tus anchas.

- ¿Dónde es eso?

- En una casita más allá del bosque. Entra por la trampilla de la cocina y tendrás tocino, salchichas, y todo lo que desees comer.

Describió la casita de sus padres y la manera de llegar.

El lobo aceptó la oferta y se fue a casa de Pulgarcito. Cuando estuvo dentro comenzó a comer, hasta que ya no pudo tragar bocado. Había engordado y no podía salir por donde entrara. Entonces Pulgarcito se puso a gritar para despertar a sus padres.

Los padres del pequeño escucharon el griterío y fueron a ver. Cuando descubrieron que era un lobo, tomaron un hacha y una hoz y fueron a matarlo. Estaban frente al lobo, y Pulgarcito comenzó a gritar:

- Maten al lobo, me ha comido.

Los padres reconocieron la voz de su hijo y mataron al lobo y lo liberaron. Estaban todos tan contentos. Bañaron y vistieron al pequeño con ropas nuevas. Le dieron de comer y lo mimaron mucho.

La Bella y la Bestia- (Jeanne-Marie Leprince de Beaumont)

Lunes, 2 de Noviembre de 2009

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Era un mercader que tenía tres hijas, como se marchaba en un largo viaje, preguntó qué deseaban de regalo. La mayor pidió un vestido de brocado, la segunda un collar de perlas, la menor que se llamaba Bella y era dulce y bondadosa, pidió una rosa cortada con sus propias manos.

Partió el mercader a su viaje y cuando retornaba, una tormenta lo sorprendió en medio del camino. Estaba muerto de frío y cansancio, cuando vio brillar una luz en el bosque. Se dirigió hacia ella y se encontró con un castillo que tenía la puerta abierta.

Entró y llamó, pero nadie respondió. Recorrió el lugar y llegó al salón, que tenía la mesa servida y comió. Luego buscó dónde dormir y encontró una habitación pronta para el descanso. A la mañana siguiente, se despertó con el aroma de los panecillos calientes, que estaban servidos en una bandeja junto a la cama. Pero seguía sin ver a nadie.

El mercader desayunó y se dispuso a partir. Quiso agradecer la recepción, pero no encontró a nadie. Cuando se dirigió al jardín a buscar a su caballo, recordó la promesa a su hija menor y se acercó a un rosal para cortar una flor. Cuando lo hizo, apareció de repente, una horrible bestia vestida como un príncipe.

La bestia lo amenazó de muerte por su descortesía. El mercader imploró para regresar a su casa a despedirse de sus hijas, entonces la bestia le hizo una proposición.

- Irás a ver a tus hijas. Pero cuando retornes, traerás a una de ellas contigo, para que tome tu lugar.

Al llegar a su casa, el mercader relató lo ocurrido a sus hijas. Bella lo tranquilizó diciendo que haría cualquier cosa por él.

Partieron rumbo al castillo y la Bestia los aguardaba. Dejó partir al padre, como había prometido y le asignó la mejor habitación a la joven. Pidió que fuese su esposa, pero la joven contestó que tan sólo podía darle su amistad. Y se quedó viviendo en el castillo. Bestia le había regalado un espejo mágico, para que pudiera ver a su familia. Pasaban los días y la amistad de Bella y Bestia crecía.

Un día, el padre de Bella cayó muy enfermo, y temiendo su muerte, suplicó a Bestia que la dejara visitarlo. Luego de mucho negarse, Bestia aceptó, pero le impuso una condición, que regresara a los siete días.

Bella partió a ver a su padre y éste al verla se recuperó prontamente. La muchacha estaba tan feliz, que se olvidó de su promesa. Pero una noche tuvo un sueño terrible, soñó que Bestia agonizaba y que la llamaba. Bella regresó de inmediato al castillo.

Al llegar, buscó por todas partes, hasta que encontró a Bestia en el jardín, tirado sobre el césped, como muerto. Cuando lo vio, comenzó a llorar.

- ¡Por favor, no te mueras! Me casaré contigo.

Apenas terminó de hablar, cuando Bestia se convirtió en un hermoso joven.

- Una bruja me transformó en monstruo. Sólo el amor de una joven que aceptara casarse conmigo, con aquella apariencia, podría romper el hechizo.

La boda se celebró. Y en conmemoración de tal acontecimiento, sólo se cultivaron rosas en el jardín real. Y por eso, todavía se conoce el castillo como Castillo de la Rosa.

Ricitos de oro- (Robert Southey)

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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En lo profundo del bosque, había una familia de osos, el papá, la mamá y el pequeño hijo. Vivían en una casita muy confortable.

Una mañana, a la hora del desayuno, estaban sobre la mesa tres tazas de leche humeante y panecillos recién sacados del horno, pero estaban tan calientes, que quemaban. Para aprovechar el tiempo, mientras la comida se enfriaba, el papá Oso, propuso que salieran a dar un paseo por el bosque.

Salieron los tres a pasear por el bosque, muy contentos de tomar un poco de aire fresco.

Mientras los osos paseaban distraídos, pasaba por la casita, una niñita muy rubia, llamada Ricitos de Oro. Cuando vio la casita, le pareció muy bonita y se acercó. Tocó a la puerta, pero como nadie le contestó, abrió despacito la puerta y entró.

Cuando estaba dentro, vio las tazas de leche y los panecillos, servidos y calentitos. Como tenía mucha hambre, y no había nadie, decidió probar la leche de la taza más grande. Pero se quemó, porque todavía estaba muy caliente. Probó entonces, la de la taza más chica, ya estaba tibia y pudo beberla sin problemas.

Después de comer, se puso a curiosear por la habitación. Notó que las sillas eran todas diferentes, una pequeñita, como para ella, otra más grande y otra, todavía mayor.

Cuando terminó de husmear en el comedor, se dirigió a las otras habitaciones. Entró al dormitorio y vio tres camas. Igual que sucedía en el comedor, había una cama pequeña, otra más grande y una tercera, mucho más grande. Ricitos probó la cama grande, le pareció muy dura. Probó entonces, la mediana, tampoco le conformaba. Se tendió luego en la pequeña y sí le gustó. Tanto, que se quedó dormida.

Mientras Ricitos dormía, la familia regresó de su paseo para desayunar. Cuando se sentaron a comer, notaron un cambio en la mesa.

- Alguien probó mi leche.- dijo papá Oso.

- También la mía.- agregó mamá Osa.

- Se tomaron toda la mía.- sollozó Osito.

Notaron que la puerta del dormitorio estaba entreabierta, y así supieron que había un intruso en la casa. Entraron al dormitorio y se llevaron tremenda sorpresa. Había una niña durmiendo en la cama de Osito.

Ricitos despertó ante el barullo y se asustó muchísimo de los osos. Quiso huir, pero Osito la tranquilizó, diciéndole que no estaban enfadados con ella.

Los osos resolvieron invitarla a pasar el día con ellos, y desde ese día, Ricitos de Oro, se hizo amiga de la familia Oso.

La bella durmiente del bosque- (Charles Perrault)

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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Hace mucho tiempo, en un reino lejano, nació una princesita, que tuvo por madrinas a todas las hadas del reino, para que cada una, le concediera un don, y así, la pequeña tuviera todos los dones imaginables.

Hubo un gran festín en palacio, después del bautismo. Todos estaban invitados. Cuando todos estaban comiendo, apareció en el salón, un hada vieja, a la que todos creían muerta y por eso, no había sido invitada.

El rey hizo disponer un sitio en la mesa para ella. Pero no tenían ya vajilla de oro, como la que tenían las otras madrinas, y por eso tuvieron que ponerle vajilla de porcelana, como a los otros comensales. Esto molestó muchísimo a la anciana, la que se creyó despreciada.

Una de las hadas, notó el enojo de la vieja y se dispuso a ser la última en otorgar sus dones, para prevenir de cualquier mal don que la anciana pudiera conferirle en venganza.

Así, las hadas concedieron sus dones, una por una. La primera le dio la belleza, la segunda le auguró un espíritu angelical, la tercera le dio la gracia, la cuarta la danza, la quinta el canto, la sexta el don musical. Cuando la vieja hada tomó su turno, dijo que la princesa se atravesaría la mano con un huso y moriría por ello.

Fue entonces, que el hada joven, que se había escondido, concedió su don, para reparar el daño que la anciana hubiese hecho. No pudiendo combatir completamente el encantamiento de su hermana hada, realizó un encantamiento que suavizaría las consecuencias del otro. La joven no moriría a causa del huso, sino que caería en un sueño profundo de cien años, luego de los cuales, llegaría el hijo de un rey a despertarla.

Para prevenir la desgracia anunciada. El rey ordenó que se destruyesen todas las ruecas del reino.

Cuando la princesa tenía quince años, se trasladó la familia real al palacio de verano. La princesa se entretenía recorriendo todas las habitaciones. Y de este modo, fue a parar un día al desván, donde había una viejecita hilando sola con su rueca. Como la princesa nunca había visto una rueca, sintió gran curiosidad y le preguntó a la anciana por su labor. La anciana le ofreció el huso para que hilara, y al momento de tomarlo, se atravesó la mano cayendo desvanecida.

Muy apenado, el rey mandó colocar a la joven en una cama con colcha bordada en oro y plata. Y ordenó que la dejasen dormir en paz, hasta que llegara el momento de despertar.

El hada joven que había protegido a la princesa, se enteró del suceso y fue a ayudar a los reyes. Se dio cuenta de que al pasar los cien años, la princesa despertaría sola en el palacio y sentiría miedo. Entonces echó un encantamiento sobre todos los miembros del palacio, excepto los reyes, y los dejó durmiendo hasta que la princesa despertase.

Los reyes regresaron a su palacio y la vegetación cubrió rápidamente el palacio de verano. De este modo, la princesa estaba a salvo de algún invasor ocasional.

Cien años más tarde, un príncipe de un reino vecino, estaba de cacería por la región y quiso internarse en el bosque encantado. Nadie había podido penetrar la espesa vegetación que cubría el castillo de la princesa, pero cuando el príncipe puso un pie en el bosque, los árboles y matorrales, comenzaron a apartarse a su paso. Pero sólo a él, permitió pasar. Llegó así, hasta las puertas de palacio.

Ingresó al palacio y todo lo que veía causaba espanto. Parecía que todos estaban muertos. Llegó hasta la habitación de la princesa y quedó maravillado por lo que vio. Era como si estuviera en presencia de un ángel. Se sintió tan conmovido, que se arrodilló a su lado.

Como el encantamiento había llegado a su fin, la princesa despertó. Vio al príncipe a su lado y supo que era su benefactor.

Todos los miembros de palacio despertaron también. La vegetación desapareció y la vida retornó a aquél lugar.

Como estaba previsto, cien años antes, la princesa y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre.

Las cerezas- (versión libre sobre cuento de Emilia Pardo Bazán)

Lunes, 26 de Octubre de 2009

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En una fiesta del mees de junio, durante los postres, tenía sentado frente a mí al párroco de Gondar. Pude observar cómo mudaba su rostro cuando le ofrecían un frutero de cristal con las últimas cerezas de la estación.

En el nerviosismo con que lo rechazó, pude intuir una razón moral, que luego me dediqué a escrutar, mientras volvíamos charlando por la calle de castaños. El cura sentía gran debilidad por las cerezas y pasaba grandes problemas para no sucumbir a la tentación.

- Si me descuido, me cuestan el alma o la vida.

- ¿El alma o la vida, nada menos?- repetí con sorpresa.

El cura, viendo mi interés, continuó gustoso:

Hace como siete años, no estaba yo en armonía con el párroco de mi parroquia. Había maquinado una conjuración contra mí. Logró poner a todos los feligreses en mi contra, asegurando que los dejaría sin misa el día más solemne. Así me dejó aislado y amenazado de vida. Siempre fui algo terco y soberbio, por lo que no me molesté en contestar las calumnias de mi enemigo y fui dejando que se les diese crédito. Hasta por fanfarronear, llegué a decir que dejaría a la parroquia sin misa cuando se me antojara, y a ver si alguien me podía pedir cuentas. Por allí vino el daño y por las malditas cerezas. El día del Sacramento, los mozos de la aldea decidieron dar una fiesta con misa en la iglesia del párroco, para provocarme. Yo debía asistir luego de mi misa. Fui a caballo y cuando llegué, noté que los mozos gritaban y amenazaban con varas y palos. Seguí hasta la puerta de la sacristía y entré, no había nadie. Sobre los cajones había un pañuelo lleno de cerezas y yo estaba acalorado. Me comí tres de un bocado, y apenas las hube tragado, apareció mi enemigo ante la puerta y me dijo:

- Ahí viene el sacristán, puede vestirse y dar misa, está todo listo.

- ¡Misar! Pero, ¡si ésta la dice usted!

- Estuve con cólico de mañana y tomé medicinas. Le mandé recado que hoy doblaba usted.

- No recibí ningún recado.

Pues me habían cazado. Ya no estaba en ayunas y el muy bribón, había aguardado tras la puerta a que me comiera las cerezas. Estaba atrapado o perdía mi vida, por los mozos que estaban furiosos afuera, o perdía mi alma, cometiendo un horrible sacrilegio. El pensar en fallar el Sacramento me dio valor y le dije que no estaba en ayunas y que si tenía alguna conciencia, impediría que me matasen. No cometería sacrilegio. El hombre se quedó pasmado, se echó de rodillas y me dijo:

- Absuélvame, reconcílieme, que voy a misar. Es verdad lo del cólico, pero no lo de las medicinas. Yo sí estoy en ayunas.

Le absolví y dijo misa y todo salió bien. Pero cuando veo una cereza, se me aprieta la garganta como si todavía estuviera en la sacristía.

- ¿Y luego se hicieron amigos?

- Apenas por ese momento, luego volvimos a las emboscadas.

La madrina- (versión libre sobre cuento de Emilia Pardo Bazán)

Lunes, 26 de Octubre de 2009

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Cuando nació el debilucho segundón, su padre lo veía como un fracaso y ni se molestó en buscarle madrina, pues pensaba que el niño tendría a la muerte de madrina.

Llegó el día del bautizo y no había sido elegida la madrina, por lo que se siguió la costumbre de que trae buena suerte invitar a la primera que pasa. Era una dama alta, flaca y vestida de negro, que atravesaba el camino helado en un anochecer de diciembre. La dama aceptó. Al llegar a la iglesia, el bebé comenzó a llorar, pero cuando la futura madrina lo tomó en brazos, se durmió plácidamente. Apenas salieron de la iglesia, la madrina desapareció misteriosamente.

La servidumbre del castillo murmuraba temerosa, sobre el bautizo y la madrina. Mientras el segundón crecía trabajosamente. Varias veces había estado al borde de la muerte, pero siempre se revivía de último momento, se incorporaba, pasaba la manito por los ojos y pedía de comer.

- Siete vidas tiene como los gatos. ¡Embrujado está, y no muere así le despeñen de la torre más alta!- decía el ama Mari Nuño a Fernán el escudero.

Fue lo que ocurrió pocos días más tarde. Jugando con el mayor en la plataforma de la torre, se colaron por una brecha y cayeron desde aquella altura. El mayor, don Félix, dejó una masa sanguinolenta e informe. El segundón, don Beltrán, fue amortiguado por una cornisa y unas matas, y pudo sostenerse y trepar nuevamente. Fernán fue testigo y todos atribuyeron el suceso a la madrina. Se convirtió Beltrán entonces en el heredero universal. Debió instruirse para la guerra, a pesar de su débil condición, pero resultó pendenciero y amigo de retos y cuchilladas, y su brazo enclenque hacía saltar la espada de los mejores guerreros. En las funciones militares, libraba sin rasguño alguno. Los demás señores le miraban con aprensión, y el vulgo con temor y admiración.

Estaba don Beltrán enamorado perdidamente de doña Estrella de Guevara, una viuda hermosa y rica, que todos deseaban. Pero ella prefería a Moncada, el duque de San Juan, y en vísperas de la boda, mientras celebraban una fiesta junto al río Jarama, salió un toro bravo que atacó al duque hiriéndolo de muerte. Esto bastó para que se hablara de brujería que favorecía a don Beltrán. Eran tantos los rumores, que el Santo Oficio debió intervenir, no sin antes experimentar serio desacuerdos, pues se trataba de prender a un noble señor.

El inquisidor general era el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de Valladares, que se había limitado a aplicar los rigores inquisitoriales a mercaderes, portugueses, judaizantes renegados y bígamos, a los que se quemaba vivos y confiscaba sus bienes. Pero tanto insistieron las familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara, que finalmente apresaron a don Beltrán.

Ya en las mazmorras, recordó las habladurías que se tejían en torno a él y desesperado exclamó:

- ¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!

Una luz invadió el calabozo y don Beltrán vio una mujer extraña, medio moza y medio vieja, con rostro parecido al suyo propio, como que era él mismo, su propia muerte.

- ¿Qué se te ofrece, ahijado?- preguntó solícita.

- ¡Salir de esta cárcel!- suplicó don Beltrán.

- Mi poder no basta para eso. Te he servido bien, te he quitado los estorbos, pero tengo límites. El amor y el odio, son más fuertes que yo. Tendrás cárcel por muchos años.

- ¿No hay ningún recurso, madrina?

- Sé un recurso para darte libertad. Yo saco a los mortales del sitio en que penan, llevándolos conmigo.

Don Beltrán sintió un escalofrío y se cubrió los ojos. Cuando volvió a mirar, estaba solo. Durante dos años mantuvo alejada a su madrina, ni siquiera la llamó cuando lo torturaron sobre el potro y quedó moribundo. Fue llevado a una celda con reja a la calle.

Una mañana vio pasar a doña Estrella de Guevara acompañada de un galán, con su cabello teñido de rubio y la alegría de vivir chispeando en sus ojos.

- ¡Madrina! ¡Ven, acude!- gritó sinceramente.

Y apenas terminó, se cerraron sus párpados y murió. Don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz, de la mano de su madrina.

El perro rabioso- (Horacio Quiroga)

Miércoles, 21 de Octubre de 2009

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20 de marzo-

Hoy, los vecinos de un pueblo del Chaco en la provincia de Santa Fe, persiguieron a un hombre rabioso, que mató con su escopeta a su mujer, también a un peón que cruzaba frente a él. Los vecinos armados lo rastrearon y lo encontraron trepado a un árbol, con su escopeta y aullando de manera terrible. No tuvieron más opción que matarlo de un tiro.

Marzo 9-

Hoy hace treinta y nueve días que entró el perro rabioso en nuestro cuarto.

Nuestra casa no tenía ni puertas ni ventanas todavía, excepto el cuarto de mamá, pues ella sentía miedo. Nuestro cuarto tenía puertas de arpillera, hasta que tuviera menos trabajo para hacer unas de madera. Como era verano, no importaba mucho. Fue por una de esas arpilleras que entró y me mordió. Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas.

Desde que llegamos al monte, no había parado de llover. Una mañana, el peón nos dijo que por su casa andaban rondando los perros rabiosos y que habían mordido a su perro. Pero mi mujer y yo no le dimos importancia, pero mamá comenzó a temer.

Justo esa mañana, cuando nuestro hijo volvió del pueblo, nos confirmó que había una epidemia de rabia. Dentro del monte, se escuchaba el aullido agónico. A las nueve, llegaron dos agentes a caballo, para darnos la información sobre los perros rabiosos vistos, y recomendarnos el mayor cuidado.

Esto aterró a mamá, que había tenido una mala experiencia de niña. Esa misma tarde, vio un perro rabioso que se dirigía a la casa, pero que se marchó rápidamente cuando salí a buscar la escopeta.

Pasaron dos días y aumentaban los casos de rabia. La escuela cerró para no exponer a los niños a tal amenaza.

Mamá no se atrevía a salir del patio, al menor ladrido miraba la portera sobresaltada y apenas terminada la cena, se encerraba en su cuarto con el oído atento.

A la tercera noche me desperté muy tarde, con la sensación de haber oído un grito. Esperé un rato y un aullido atroz tembló bajo el corredor.

- ¡Federico! ¿Escuchaste?- dijo mamá aterrada.

- Sí.- respondí saliendo de la cama.

- ¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas! ¡Juana, dile a tu marido que no salga!- gritó desesperada.

El aullido estaba ahora en el corredor central, delante de la puerta. Encendí la lámpara y tomé la escopeta, levanté un lado de la arpillera. No vi más que la niebla profunda. Avancé una pierna y sentí algo firme y tibio que rozó mi muslo, el perro rabioso entraba al cuarto. Empujé su cabeza con mi rodilla y me lanzó un mordisco que parecía haber fallado, pero un instante después sentí el dolor agudo.

Ni mi mujer ni mi madre se percataron de la mordida. El perro se retiró y sentimos el aullido detrás del cuarto de mamá, que gritaba implorando que no saliera.

En ocasiones, las acciones absurdas nos parecen las más acertadas. Salí con la lámpara en una mano y la escopeta en la otra. Recorrí las piezas, pero el perro se había ido.

Eran las dos y veinte de la madrugada y debimos esperar dos horas en el cuarto hasta que amaneció. Antes me lavé la herida con permanganato.

Yo no creía que el perro estuviera rabioso, pues el día antes, habían empezado a envenenar perros, y me inclinaba a pensar que el animal era una de las víctimas, por eso me descuidé con la herida.

A las ocho de la mañana, a cuatro cuadras de casa, un transeúnte mató a un perro negro rabioso. Nos enteramos en seguida y tuve que resistirme mucho para que no me obligaran a bajar hasta Buenos Aires a inyectarme.

Como la epidemia, que había sido provocada por la lluvia incesante, había parado de golpe, todo volvió a la normalidad. Menos mamá y mi mujer, que llevan rigurosamente la cuenta de la cuarentena, y hasta que pase mañana, no tornarán a la calma.

Marzo 10-

¡Por fin! Espero que mi vida se normalice. Terminaron los cuarenta días.

Mi mujer y mi madre festejaron contándome todos los temores que padecieron. Más allá de sus confesiones trágicas, me he reído bastante. Por fin se acabaron las susceptibilidades.

Hubiera querido estar tranquilo, pero no acaba nunca, todo el día me miran de soslayo, me espían, se vuelve intolerable.

Marzo 18-

Hace tres días que vivo en paz. ¡Por fin, por fin!

Marzo 19-

¡Otra vez comenzaron! Parece que desearan que esté rabioso. ¡Cómo pueden ser tan estúpidas! Ahora hablan delante de mí, pero no puedo entenderles ni una sola palabra. No me contuve y les dije:

- ¡Pero hablen de frente, que es menos cobarde!

No quise oír su respuesta y me fui.

8p.m.-

¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Quieren dejarme!

Marzo 20- (6 a.m.)

¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche escuchando aullidos! Toda la noche rondando la casa, y mi mujer y mi madre, durmiendo plácidamente, como si no escucharan.

7 a.m.-

¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarme, había tres en la palangana! En el forro del saco había muchas. Mi mujer llenó la casa de víboras. Trajo enormes arañas peludas que me persiguen. ¡Ahora comprendo por qué me espiaba! ¡Quería irse por eso!

7:15 a.m.-

¡El patio está lleno de víboras! ¡No, no!.. Socorro!..

¡Mi mujer, mi madre, se van corriendo! ¡Me han asesinado! ¡Ah, la escopeta! ¡Está cargada con munición, no importa! Qué grito ha dado. Le erré… ¡Otra vez las víboras! ¡Socorro, socorro! Todos me quieren matar. Las enviaron contra mí.

¡El monte está lleno de arañas! Ahí viene otro asesino. Las trae en la mano. Viene sacando víboras por la boca y las echa en el suelo contra mí. Pero no vivirá mucho. Le pegué. Murió con todas las víboras.

Las arañas ¡Ay! ¡Socorro! ¡Ahí vienen todos! ¡Me buscan! Y yo no tengo más cartuchos. ¡Me han visto!…Uno me apunta…

El soldadito de plomo- (Hans Christian Andersen)

Jueves, 15 de Octubre de 2009

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Había una vez un niño que recibió como regalo de cumpleaños una caja con veinticinco soldaditos de plomo, todos idénticos con el fusil al hombro y la mirada al frente, con pantalones azules y casacas rojas.

Le pequeño los ordenó en fila sobre la mesa, todos iguales excepto uno, que estaba fallado, le faltaba una pierna, pues el plomo de la fundición no había alcanzado. Sobre la mesa había otros juguetes, pero el más llamativo era un castillo de papel, pero lo más remarcable en él, era la bailarina de papel que estaba en la puerta del castillo. La joven tenía un vestido vaporoso con una lentejuela enorme en la cintura y una pierna bien en alto, al punto que el soldadito creyó que también le faltaba.

Pensó que era la muchacha ideal para ser su esposa, pero le preocupaba que ella viviera en un castillo y él sólo tuviera una caja de cartón con veinticuatro soldados más. De todas formas, estaba decidido a conocerla.

Mientras todos en la casa dormían, los juguetes comenzaron a salir de sus lugares, bailando, peleando y riendo. Los soldaditos de plomo, que estaban dentro de su caja, no consiguieron salir, pero el soldadito de una pierna que había quedado fuera de su caja. La tiza escribía sola en la pizarra y todo era barullo y algarabía, tanto, que el canario se despertó. Los únicos que no se movían, eran la bailarina y el soldadito de plomo. Ella se mantenía en su postura, de puntas con los brazos en el aire; él continuaba firme en su única pierna, sin apartar su vista de la dama.

De pronto, el reloj marcó las doce y de la caja de rapé salió un duende negro con resorte, que gritó:

- ¡Soldadito de plomo, no mires más a la bailarina!

El soldadito se hizo el desentendido y el duende sentenció que al día siguiente vería las consecuencias.

A la mañana, cuando los niños se levantaron, se pusieron a jugar y alguno puso al soldadito de plomo en la ventana. No se sabe si fue el viento o el duende, pero la ventana se abrió repentinamente y el soldadito cayó de cabeza y quedó clavado con su bayoneta en los adoquines de la calle.

El niño bajó corriendo a buscarlo, pero no lo halló. Comenzó a llover y luego paró. Unos pequeños que pasaban por la calle vieron al soldadito y decidieron enviarlo a navegar. Construyeron un barco con papel periódico y pusieron al soldadito en el centro, depositando el barco sobre el agua que corría junto al cordón de la vereda. El barquito avanzaba a gran velocidad dando giros, el soldadito estaba mareado, pero continuaba en posición de firme con su fusil. El barco entró a la alcantarilla, que estaba muy oscura. Avanzaba pensando en su bailarina, cuando le salió al encuentro una enorme rata pidiéndole pasaporte.

El barquito siguió de largo y la rata comenzó a perseguirlo por la alcantarilla que llegaba a su final. Más allá, había un canal, en el cual desembocaba la alcantarilla con gran estruendo. Una caída peligrosa, y el barquito comenzó a deshacerse. Cuando finalmente se deshizo el barco, el soldadito se hundió, siendo engullido inmediatamente por un pez. El soldadito no perdió la compostura ni dentro del estómago del pez.

De pronto todo se convulsionó violentamente, hasta que se calmó nuevamente. Luego, llegó la luz. La luz del día entró al estómago del pez. Había sido pescado y estaba siendo preparado en la cocina de la propia casa del soldadito.

Una sucesión de hechos afortunados, había llevado de regreso al soldadito. Nuevamente estaba sobre la mesa de la sala, entre todos los juguetes, y su bailarina se mantenía firme en su posición. Esto conmovió al soldadito, enormemente.

Sin previo aviso, uno de los niños tomó al soldadito y lo arrojó dentro de la chimenea prendida sin motivo alguno. Sin duda había sido obra del duende.

El soldadito se encontró entre las flamas y comenzaba a fundirse. Miró a la bailarina, y ella a él, y el soldadito sintió que se derretía, pero no bajó el fusil.

Alguien abrió una puerta, creando una corriente de aire que arrastró a la bailarina hacia la chimenea, junto al soldadito. Donde ardió al instante. Poco después, el soldadito terminó de fundirse.

A la mañana siguiente, al retirar las cenizas, encontraron un corazón de plomo y una lentejuela carbonizada.

El tullido- (Hans Christian Andersen)

Jueves, 15 de Octubre de 2009

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En una gran mansión, vivía una familia muy rica que era feliz. Todo lo que deseaban era ser felices y hacer el bien. En nochebuena instalaban un precioso árbol, elegantemente adornado, bajo el que depositaban los regalos para los pobres.

Invitaban a los niños pobres de la parroquia y cada uno venía con su madre a recibir los obsequios y la comida.

Aquel año, los invitados recibieron su sopa navideña y el pato asado, y de postre, manzanas rellenas. Después de esto, les entregaron ropa de abrigo para todos los niños.

Regresó cada uno a su humilde casa, agradecido y alegre. Igual que Kristen y Ole, un matrimonio que trabajaba el jardín de la familia rica. Recibían éstos casa y comida a cambio de su trabajo.

El matrimonio tenía cinco hijos con los que concurrían anualmente al festejo, todos excepto el hijo mayor, al cual llamaban “El tullido”, porque habiendo sido el más listo y vivaz de los cinco, un buen día, fue víctima de una debilidad en las piernas, y desde entonces no podía tenerse en pie ni andar. Había estado en cama durante cinco años.

Todos los años, la familia rica enviaba ropa nueva para El tullido, pues no podía asistir a la fiesta. Pero este año, habían cambiado la ropa de abrigo por un libro de cuentos.

Los padres no comprendieron la razón del cambio, pero aceptaron el regalo y se lo dieron a Hans, que así se llamaba. El muchacho pasaba su tiempo confeccionando calcetines de lana, incluso mantas, que la señora de la mansión compraba con mucho agrado, pero le apasionaba la lectura.

Llegó la primavera y había mucho trabajo para los padres de Hans en el jardín de Sus Señorías.

Estaban una noche discutiendo los padres de Hans junto a su cama. Hablaban sobre lo mal que estaban repartidos los bienes. Hablaban con envidia y amargura, lo que provocó la intervención de Hans, que les leyó una historia acerca del tema.

El pequeño les leyó el cuento del leñador y su mujer, que al igual que sus padres, discutían sobre la curiosidad de Adán y Eva, a la que achacaban todas sus desgracias.

El leñador y su mujer se quejaban de las injusticias de la vida, cuando ven pasar al rey, que los invitó a vivir en el palacio, donde recibirían el mismo trato real que él. Les ofreció todos los lujos, siete platos para l acomida, y todo lo que desearan, menos una sopera tapada que se suponía que no debían tocar, so pena de perder la buena vida. La mujer estaba intrigada, pero su marido la desestimulaba a cada instante, temeroso de perder los privilegios recién adquiridos. Una noche, la mujer soñó que la tapa de la sopera se levantaba sola y de ella salía un delicioso aroma a ponche y que en el fondo había una moneda de plata con una inscripción en ella: “Si bebéis este ponche, seréis las dos personas más ricas del mundo”. Al despertar, la mujer estaba más intrigada que nunca y comenzó a insistirle a su marido. Aunque su marido se oponía, la mujer levantó la tapa con sumo cuidado, pero al hacerlo, saltaron dos ratoncitos que escaparon rápidamente. Entonces apareció el rey, que les indicó que regresaran a su casa, pues habían desoído su advertencia. Y les aconsejó que no se quejaran de Adán y Eva, pues habían sido tan curiosos como ellos.

Los padres de Hans, se sintieron identificados con la historia, y le pidieron que volviese a leerla en varias ocasiones. El hijo les ofreció otras historias que no conocían, pero ellos prefirieron la que sí conocían ya.

El hijo les leyó la historia de El hombre sin necesidades ni preocupaciones: Era un rey que estaba postrado en la cama, y su enfermedad no tenía cura, a menos que se pusiera la camisa de un hombre que no supiera lo que era la preocupación y la necesidad. Envió mensajeros a todo el mundo, pero cuando encontraron al hombre indicado, era un porquerizo que no tenía camisa y aún así, se consideraba el hombre más feliz.

Los padres de Hans se rieron mucho de la historia, y el maestro del pueblo que pasaba por allí les preguntó el motivo de su risa. Los padres le contaron que se motivaba en una historia que Hans les había leído y el maestro sintió curiosidad. Conversó con el niño y desde ese momento, visitó a Hans periódicamente mientras sus padres trabajaban. Las charlas eran una fiesta para Hans, pues versaban sobre temas que desconocía, aunque eran normales para cualquier estudiante.

El maestro, que visitaba a los señores varias veces al año, comentó la importancia que había tenido el libro en la vida de Hans y su familia, y la señora envió dos escudos de plata para el muchacho. Pero el muchacho dio el dinero a sus padres.

Un buen día, la señora vino a verlo trayendo nuevos regalos, comida y una jaula dorada con un pajarito negro que cantaba de maravilla. Depositaron la jaula sobre un mueble, para que el joven pudiese contemplarlo.

El gato de la casa pareció aceptar al pajarito, y convivieron sin problemas, hasta que un día en que Hans estaba solo en casa, leyendo su adorado libro, notó que el gato observaba al pájaro con malas intenciones. Como no podía moverse, arrojó el libro al gato, que se apartó sin mucha preocupación. El pobre libro se despatarró en el aire, yendo a parar las tapas por un lado y el libro por otro.

El gato no se mostró afectado y volvió a aprontarse para saltar. Esta vez, el muchacho agitó su manta para espantarlo, lo que no sirvió de mucho. El gato saltó sobre el mueble, junto a la jaula. Hans estaba desesperado y no tenía a quien llamar. El gato subió a la jaula y la derribó. Sin pensarlo, Hans se levantó de la cama y fue a rescatar al ave, que ya estaba muerta por el susto. Salió corriendo hacia la calle y al darse cuenta, comenzó a gritar emocionado. Todos se pusieron felices por el milagro, principalmente la señora de la gran mansión, pues le había regalado el libro y el pájaro.

Pocos días más tarde, los señores mandaron llamar a Hans para felicitarlo por su recuperación. La familia quedó tan encantada con el muchacho, que decidieron financiar sus estudios en una ciudad lejana.

Marchó Hans entonces a la escuela, dejando su amado libro como recuerdo para sus padres. Y escribió cartas hermosas y alegres, donde contaba lo feliz que era. Sus padres se sintieron felices de su alegría, y sentían como si Hans todavía les leyera historias del libro.

La sirenita- (Hans Christian Andersen)

Jueves, 15 de Octubre de 2009

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En el fondo del océano estaba el palacio del rey del mar, que vivía con sus cinco hijas. El padre era un tritón y las hijas sirenas.

La hija más joven era la más bella y su voz era melodiosa. La sirenita siempre cantaba soñando con salir a la superficie para ver el cielo y el sol. Pero debía esperar hasta cumplir los quince para que su padre le permitiera subir a la superficie, como había hecho con sus hermanas.

La niña soñaba con el mundo de los hombres, del que sus hermanas le contaban. Mientras aguardaba el ansiado día, se ocupaba de su jardín y los delfines y caballitos de mar le hacían compañía. Pero las estrellas de mar no querían responder a su llamado.

Cuando cumplió los quince, su padre la llamó, y cuando la saludaba, pudo ver una flor esculpida en su hombro.

- Puedes subir a respirar el aire. Pero recuerda ser cuidadosa con los hombres, no somos como ellos.

La sirenita partió de inmediato a la superficie, llegó rápidamente y pudo apreciar la belleza del cielo azul y las primeras estrellas que ya asomaban. El sol ya no estaba en el horizonte. Se sintió feliz con tanta belleza. En eso divisó una nave que se acercaba lentamente. La pequeña sintió deseos de hablar con los marinos.

A bordo de la nave, todo era algarabía, pues festejaban el cumpleaños del capitán, que cumplía veinte años. Cuando la sirenita lo vio, sintió una extraña opresión en el pecho. El joven era alto y moreno, elegante.

El mar se encrespaba, mientras la fiesta seguía en el buque sin percatarse del peligro. La joven comprendió el peligro y trató de advertirles, pero el viento silenció sus gritos. La nave se agitaba cada vez con más fuerza. Se rompió la arboladura y las velas cayeron sobre cubierta y el barco se hundió. La sirenita se apresuró a buscar al joven, pero las olas eran enormes y no podía hallarlo. Cuando estaba por renunciar, lo vio sobre la cresta de una ola y lo rescató.

El muchacho estaba inconciente y ella nadaba con todas sus fuerzas para sacarlo del mar. Lo sostuvo hasta que la tormenta amainó y pudo llevarlo a la orilla. Como no podía andar, se quedó en la orilla con el joven, apenas rozando el agua. Hasta que sintió que alguien se acercaba por la playa y huyó al mar.

Eran tres damas que se acercaban al joven y que intentaban llevarlo a su castillo.

Cuando el joven despertó, vio a la dama más hermosa de las tres y creyó que ella lo había rescatado. Agradeció el gesto, mientras la sirenita observaba desde el agua.

Se alejó sintiendo pena por dejar al muchacho que había cautivado su corazón. Cuando llegó a su hogar, la pena era tan grande que echó a llorar, escondida en su habitación. Permaneció encerrada sin ver a nadie, lamentándose de no poder casarse con su amado. Sólo la Hechicera de los Abismos podría ayudarla, pero cobraría cara su ayuda.

Consultó a la Hechicera y pidió que cambiara su cola de pez por piernas cada vez que tocara el suelo. Pero la hechicera le advirtió sobre los terribles sufrimientos que esto le ocasionaría. También le pidió su hermosa voz, dejándola muda para siempre. La sirenita aceptó todo. Pero la Hechicera advirtió que si el amado se casaba con otra, su cuerpo desaparecería en el agua.

La joven se arrastró a la orilla y bebió la poción. Los dolores la hicieron desmayar y cuando despertó, vio al joven capitán a su lado. El muchacho la había cubierto con su capa, como lo socorrieran a él mismo.

- No temas, estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la sirenita ya no podía responderle, estaba muda. El príncipe la llevó al castillo para curarla. Durante los siguientes días, comenzó una nueva vida. El príncipe le tenía gran afecto aunque no hablara, pero estaba enamorado de la dama que creía que lo había rescatado, pero que no había vuelto a ver porque se había marchado a su país.

Si bien, era cariñoso con ella, seguía pensando en la mujer misteriosa. La sirenita comprendía esto y se sentía desolada. Por las noches se escabullía de palacio para ir a llorar junto al mar.

Cierto día, llegó una nave a puerto y de ella descendió la amada del príncipe. Éste corrió a su encuentro, en ese instante, la sirenita supo que lo había perdido.

La dama se casó con el príncipe y emprendieron un viaje en el barco de la dama. La sirenita estaba invitada al viaje.

Al anochecer, la sirenita subió a cubierta y se dispuso a lanzarse al mar para desaparecer, cuando sintió el llamado de sus hermanas, que habían pactado con la Hechicera para conseguir un remedio para su hermana.

La sirenita debía matar al príncipe con un puñal mágico para liberarse del hechizo. La sirenita se sintió como en un sueño y se dirigió al camarote de su amado, pero cuando lo vio dormido, lo besó en la frente y salió. Fue a cubierta y arrojó el puñal y se lanzó al mar para desaparecer.

Cuando el sol comenzaba a salir, la sirenita lo miró por última vez y sintió que era llevada al cielo, donde las hadas del viento le ofrecieron que se quedara con ellas en premio a su acción.

- ¡Ven con nosotras! Llevaremos consuelo a los hombres necesitados y cuando hayamos hecho el bien por trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres.- decían.

La sirenita se sintió conmovida y lloró. Subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color rosa y llegó hasta el cielo.