Archivo de la categoría ‘Animales’

Historia de Babar- (versión libre sobre cuento de Jean de Brunhoff)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Babar es un elefante que nació en la selva. Su mamá lo amaba mucho y lo cuidaba bien. Pronto creció el elefantito y era feliz. Jugaba con sus primos y otros elefantitos de su edad.

Cierto día, mientras paseaba por la selva, montado sobre la espalda de su madre, un cazador salió de la espesura y mató a la madre de un disparo.

El pobre Babar logró huir, pero se perdió en la escapada. Anduvo mucho tiempo, hasta que llegó a una ciudad. Allí todo era extraño y fascinante. A pesar del cansancio, se sorprende por la cantidad de casas juntas que ve, pues nunca antes había pisado una ciudad. Babar estaba encantado con la ropa que los humanos usaban, deseaba usarla él también.

Una anciana muy rica, que ama a los elefantes, lo adoptó y le compró bonitos trajes y un automóvil y otras cosas que él deseaba. Ella era muy buena. Pero a pesar de esto, Babar extrañaba a su madre y la vida en la selva.

Así pasaron los años, hasta que un día, mientras salía de paseo, se reencontró con sus primos Arturo y Celeste y los invitó a tomar el té, también les compró ropa. Pero los pequeños estaban escapados de sus casas y pronto los vinieron a buscar. Entonces Babar regresó con ellos, pues sentía mucha nostalgia.

Babar se despidió de la anciana señora y se marchó. La señora quedó muy triste, esperando el día en que Babar venga de visita.

Cuando Babar regresó, el rey de los elefantes había muerto. Entonces eligieron a un nuevo rey. Como pensaban que Babar había aprendido mucho con los hombres, deciden elegirlo como nuevo rey.

Babar acepta la corona con la condición de que Celeste sea la reina. Los elefantes aceptan la propuesta de Babar y así se convierte en rey.

Todos los animales de la selva fueron invitados a la boda y la coronación del rey Babar y la reina Celeste.

La fiesta fue enorme y todos bailaban a gusto. Había mucha comida y la música se escuchó hasta muy tarde.

Luego de la fiesta, los reyes se fueron a descansar y tuvieron dulces sueños sobre la boda y lo felices que serán.

Durante muchísimo tiempo, toda la selva recordará el grandioso baile de la coronación de Babar.

Winnie Pooh y el árbol de la miel- (versión libre sobre cuento de A. A. Milne)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Winnie estaba paseando por el bosque muy alegre, en un claro vio un roble enorme. Cuando miró, vio un enjambre de abejas zumbando en la copa. Esto le dio una idea, claro, después de mucho meditar. Si había abejas, entonces, debía haber miel.

Se puso a trepar y cuando casi llegaba, se rompió la rama en que estaba y se dio contra unas zarzas.

No quería darse por vencido, Winnie puede ser muy persistente cuando se trata de miel. Fue a buscar a Cristóbal Robin, su amigo, para que le prestar su globo azul. De seguro que atado al globo, llegaría hasta la miel. Las abejas lo descubrieron y pincharon el globo. Otra vez, nuestro amigo terminó en el suelo.

Luego de este fracaso, nuestro amigo se fue a lo de Conejo, porque él, siempre tenía miel. Llamó a Conejo, pero éste le contestaba que no estaba en casa, pero de todas formas, Winnie entró. Entonces Conejo no tuvo más remedio que invitarle con algo de miel. Pero como Winnie no tiene límites para la miel, al poco rato, se había comido toda la que tenía Conejo.

Había comido tanta miel, que cuando se quiso ir, se quedó atascado en la entrada de la madriguera de su amigo.

Conejo trajo a Cristóbal para que lo ayudara, pero no era posible. Entonces Cristóbal decidió que lo mejor sería esperar a que adelgazara.

Winnie tuvo que quedarse en su sitio y no comer nada, hasta que pudiera zafar de su prisión involuntaria. Los amigos lo visitaban y le contaban historias para distraerlo, mientras Winnie sólo pensaba en comida.

Así pasaban los días. Conejo le daba empujoncitos de cuando en cuando, para ver si ya podía salir y dejar su entrada libre. Hasta que finalmente, Cristóbal llegó con ayuda: Cangu, Ro, Topo, Búho y Igore, el burrito, además de Conejo, estaban dispuestos a liberar a Winnie.

Cristóbal le agarró las manos y empezó a tirar. Hicieron pues, una cadena de animales: de Cristóbal tiraba Cangu; de éste, Igore; de él, Lechoncito. Finalmente, Winnie salió disparado por los aires y sus amigos se desparramaron por el suelo.

Winnie se estrelló contra el roble y quedó su cabeza atascada en el hueco, justo en la colmena llena de miel. Mientras se la comía, pensaba que ya no el importaba engordar un poco más.

La vaca Nicolasa- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Miércoles, 4 de Noviembre de 2009

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Nicolasa es una vaca de lo más alegre, le gusta salir a pasear por el prado y comer pasto y retozar por el campo. Cuando llueve, se pone muy triste porque su amo no la deja salir del establo.

Nicolasa no juega sola, tiene algunos amigos, como Casimiro, el cerdo, que la acompaña al campo y se revuelca en la grama.

Es una vaquita muy coqueta, apenas se despierta, va a la pileta y se lava la cara y las patitas con agua fresca.

Apenas despunta el sol, Nicolasa ya sale para el prado, muy contenta, a comer hierbas y a corretear. Es una vaquita muy inquieta. Su amo siempre le dice que se quede quieta para que la ordeñe.

Ella se pasea por la granja, moviéndose de un lado a otro, jugando e imaginando que es una vaca pura raza y que puede ganar concursos. Es una vaca muy soñadora, siempre fantasea con cosas maravillosas.

En cierta ocasión, uno de los hijos del amo cumplió años. La casa estaba llena de globos inflados con helio, que apenas se los soltaba, y salían volando prestos. Nicolasa quedó encantada, y se imaginaba si reunía un manojo lo suficientemente grande, podría salir también ella, volando por los aires.

Un día, salió como de costumbre y se fue al río, porque le gusta mucho el agua. Se metió para lavarse la cara y mirarse en el agua. Estaba distraída mirando a las mariposas que revoloteaban a su alrededor y no se fijó por dónde caminaba. La pobre tropezó y se cayó de cabeza en el río. Como era una vaca, no sabía nadar y por más que hizo, no consiguió salir. Comenzó a gritar pidiendo ayuda a sus amigos.

- ¡Ayúdenme que me ahogo! No sé nadar.

El cerdo Casimiro, no sabía qué hacer, entonces llamó al caballo Bruno que sabía nadar.

- ¡Bruno! ¡Ven pronto que Nicolasa se ahoga!

Bruno corrió con sus patas ágiles y llegó muy pronto al río. Con la ayuda de los dos amigos, la vaquita logró salir sana y salva.

- ¡Qué susto me llevé! La próxima vez, tendré más cuidado.

Toda mojada, se fue al establo, donde durmió hasta el otro día y soñó con nuevas aventuras.

El tigre- (versión libre sobre cuento de Horacio Quiroga)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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Nunca vimos animal más orgulloso que nuestra gata, cuando le dimos para que amamantara a una cachorra de tigre recién nacida.

La olfateó largamente, la lavó con su lengua, la alisó y peinó sin parar, mientras la fierecilla se quejaba con estruendo.

Durante nueve días, la gata la amamantó con cariño y puso especial celo en su cuidado. Toda la leche pertenecía a la princesita gruñona. A ambos lados de sus patas, los gatitos aullaban de hambre.

Cuando la tigre abrió los ojos, la tomamos a nuestro cuidado. Preparábamos mamaderas, dosificadas y vigiladas. Debíamos cuidarnos al incorporarnos, pues la pequeña estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela. Cuidados para sus dolores de vientre, sus convulsiones. Y finalmente, largos quejidos. Paños calientes y su mirada atónita, que no nos reconocía.

No es de extrañar que la criatura sintiera predilección por nosotros. Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, siempre por el centro. Marchaba con la cabeza baja, aparentando no ver a nadie. Los peones quedaban asombrados de ver aquella presencia extraña por la carretera.

Mientras los perros y el coatí se desplazaban por las cunetas, ella andaba por el camino, con un lazo celeste al cuello, y los ojos del mismo color.

El problema con los carnívoros, es que tarde o temprano, buscan la alimentación con carne viva. Nuestra vigilancia la retrasó un poco, pero finalmente, se llevó a nuestra gallina preferida.

La joven tigre, comía solo carne cocida, y hasta desdeñaba la carne cruda. No le interesaban las ratas, ni las gallinas del corral.

La gallina que criamos en casa, había sacado pollitos, y era un ejemplo de madre. Pero un mediodía, sentimos el alboroto en el patio y allí estaba nuestra tigre relamiéndose, entre un alboroto de plumas.

Demasiado nervioso, tomé a la tigre del cuello y la lancé lejos. Pero quiso la casualidad, que golpeara su cabeza contra una piedra y también la perdimos.

No fue una tarde feliz para nosotros.

¿Qué tiene la princesa?- (versión libre sobre cuento de Susana García)

Martes, 3 de Noviembre de 2009

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En un país muy lejano, había una princesa que vivía en un enorme castillo, rodeado por montañas y bosques. Su vida era tan aburrida, que Griselda (que así se llamaba), vivía triste y acongojada.

Pasaba los días mirando al cielo y los pajarillos que pasaban alegremente en vuelo.

Nunca pasaba nada en la vida de Griselda. Estaba muy sola en un castillo aburrido, en un país aburrido. Su padre, el rey, pasaba encerrado en sus aposentos, escribiendo la historia de la familia, que era tan aburrida como el resto, pues, durante generaciones, no había ocurrido nada significativo en sus vidas.

La pequeña no tenía con quien conversar, pues su madre se había marchado cuando ella tenía tres años. El rey nunca notó que la madre no estaba, pues sólo se interesaba por su historia familiar.

La princesa bordaba, leía, paseaba por los jardines reales, pero no conseguía entretenerse. Nadie le hablaba. La servidumbre estaba muy ocupada para tener tiempo de atenderla.

Una mañana de primavera, Griselda miraba por la ventana. De pronto vio un grillo que salía de una grieta en la pared. La princesa, que estaba a punto de dormirse, dio un gran salto. Pero pasada la primera impresión, intentó pisarlo. Pero el grillo le pidió que no lo matara.

Griselda quedó pasmada. Y el grillo continuó hablándole. La niña lo observaba y notaba que su conversación era muy agradable.

El grillo comenzó a visitar a Griselda todos los días. Charlaban amigablemente y le contaba historias sobre el mundo. El grillo se llamaba Sebastián.

Pasó el tiempo y el grillo se había convertido en un gran amigo de la princesa, tanto, que le permitía subirse en su hombro para susurrarle historias. Sebastián había llenado la vida de la princesa.

Había transcurrido un año desde que llegara, cuando el grillo dijo seriamente a la princesa:

- Griselda, tengo algo que contaros.

- Dilo. Te escucho.

- Hace ya bastante tiempo, era yo un apuesto caballero. Pero una bruja me hechizó por no casarme con su horrenda hija. En venganza, me convirtió en grillo. Y no recobraré mi forma normal, hasta que una doncella de corazón puro, me ame como soy. Entonces, volveré a ser como antes.

Griselda lo miró con ternura. No sabía si tomárselo muy en serio.

- Pero hay algo más. Debes besarme.

- ¿Un beso?

- Si no quieres, está bien. Comprendo.

La princesa titubeó por un momento. Y lo besó. El tiempo pareció detenerse y Griselda se desmayó.

Cuando volvió en sí, Sebastián estaba a su lado. La miraba con sus extraños ojitos negros, frotó sus antenas contra las de ella para que reaccionara.

Algo había salido mal. Ambos estaban convertidos en grillo.

Sebastián y Griselda construyeron un pequeño hogar en la rendija de la pared. Allí vivieron felices y tuvieron cientos de hijos que recorrían alegremente el castillo cantando.

Moraleja:

Las cosas, no siempre salen como uno quiere. Ni siquiera en los cuentos.

El pájaro carpintero-

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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En un bosque frondoso, todos los animales estaban disfrutando de una hermosa mañana, cuando los sobresaltó un ruido extraño, como de martillazos. Las aves intrigadas, fueron a curiosear lo que pasaba. Pudieron ver que la responsable era un ave pequeña, que nunca habían visto antes, y que estaba parada en el tronco de un árbol.

El ave picoteaba insistentemente el tronco, y lo hacía con gran fuerza, de modo que iba sacando trozos de madera en cada golpe. El loro, como buen curioso, se acercó y le preguntó qué hacía.

El ave contestó que estaba construyendo un nido para su familia. El loro quedó extrañado, pues nunca había visto un nido semejante. El ave explicó que su nido era más seguro, cálido e impermeable que los de los demás. El argumento convenció al loro, que le pidió si podría construir un nido para él. El ave contestó:

- Te entregaré el nido dentro de tres meses, cuando comience el verano, en tanto, traerás comida para mi mujer y mi hijo, por el tiempo que yo esté lejos, trabajando.

El loro aceptó el trato, que le pareció justo. Retornó con las otras aves para contarles lo que había averiguado y la guacamaya, quiso conversar también con el ave.

Unos días más tarde, cuando el ave ya estaba instalada en su nido, llegó la guacamaya para proponerle un trato. El ave le solicitó que fuese a entretener a su familia con su canto durante todas las tardes, mientras construía el nido solicitado.

Así pasaron los meses, el loro llevaba la comida pare la familia del ave y la guacamaya los entretenía por las tardes.

Lejos del nido, en otra parte del bosque, el ave construía el nido para la guacamaya, cuando el ruido que producía al taladrar el tronco del árbol, atrajo a un enorme gavilán, que le preguntó, quién había autorizado el trabajo. A lo que el ave contestó que estaba construyendo un nido para la guacamaya. El gavilán se marchó de momento. Al momento, llegó un tucán, que le advirtió que tuviese cuidado con el gavilán, pues era muy pendenciero.

En pocos días, el ave terminó con el nido de la guacamaya y comenzó a construir un nuevo nido para sí misma. Mientras estaba trabajando, se acercó el tucán que le había prevenido sobre el gavilán, a preguntarle si podía hacerle un nido nuevo, pues el gavilán había destruido el viejo. El ave aceptó construirle un nuevo nido, si le traía comida para la familia mientras durara el trabajo.

Cuando estuvo pronto el nido, la pequeña ave fue por su familia. Pero en su ausencia, el gavilán trató de destrozar el nido, pero se lo impidieron, el tucán y otras aves. Cuando la familia llegó, las aves, reunidas en asamblea, decidieron que la lechuza se dedicaría a montar guardia durante las noches y la proveerían de agua y comida gratis. También se decidió que la pequeña ave se llamara desde entonces: pájaro carpintero, y se convirtió en el ave más querida y protegida del bosque, porque su trabajo era de gran utilidad.

Sucesos en la Feria de las Cosas Extrañas- (Ketty Blanco – versión libre)

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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En un yerbal, donde la vida es más ajetreada de lo que se puede esperar, todos los años se celebraba una feria de cosas raras al finalizar la primavera. En la feria se exponían cosas extrañas de todas clases, llevadas por los habitantes del yerbal, que las consideraban, únicas en el mundo. El último día, se realizaba la elección del que había sido el objeto raro más extraño del año. Este premio se lo habían llevado las abejas durante tres años seguidos, con sus: Pelos Sintéticos, Encendedor y Lentejuela.

Poco antes de la feria, llegó al yerbal, la sobrina de doña Juana, la langosta, Lili, que venía de una ciudad cercana, donde era presidenta de todos los bichos de la Universidad. Esto hacía que la jovencita estuviera rodeada de cierto halo de prestigio, lo que le daba un aire vanidoso. A ella no le gustaba visitar el campo, pero había llegado para cuidar a su tía que estaba resfriada.

Entre la feria y la presencia de Lili, el bicherío estaba en pleno ajetreo. Los jóvenes se turnaban para invitarla y ella los espantaba a todos. Tan solo quedaron los más audaces, Roberto la langosta, bicho autosuficiente, si los hay; el zángano Zuzú, un verdadero optimista; la lombriz Horacio, más callado que una tumba y el grillo Bemol, que podía pasar el verano primavera e invierno, tocando su violín.

Por fin quedó inaugurada la feria y la joven Lili, decidió que vería todo desde la casa de su tía, que quedaba justo frente a la feria. Mientras la joven langosta estaba en el portal, era observada por los cuatro valientes, que se disputaban el turno para cortejarla.

- Primero voy yo.- dijo Horacio- Quiero decirle algo que leí en un cuento.

Se aproximó a Lili y la invitó, pero la joven no le dio tiempo a tiempo a desplegar su discurso y lo despachó sin misericordia, ante los ojos aliviados de sus compinches, que alimentaban así, sus propias esperanzas.

Luego tocó el turno al zángano, que se aproximó volando silencioso, con lo que asustó a Lili, que lo rechazó de plano.

- ¿Podríamos volar juntos un ratito?- dijo el zángano.

- De ninguna manera.- dijo la langosta.

Siguió el grillo, que de un salto, se paró ante el portal, entonando su melodía, la cual disgustó de sobremanera a Lili.

– ¿Por qué no te callas, eh? ¡No me dejas oír los rumores de la feria!

Ante tal respuesta, Bemol saltó hasta el yerbal para esconderse.

Rigoberto la langosta, se frotó las patas y avanzó hacia la joven. La invitó a salir, pero cuando le dijo su nombre, la joven langosta no pudo contener la risa y Rigoberto emprendió la retirada.

En ese momento, llegaron de sorpresa, algunos amigos de Lili, que venían de la Universidad para visitarla. Ella se les sumó sin acordarse de sus pretendientes y se dirigieron a la feria.

La feria estaba en plena algarabía, los gusanos parecían llevar la delantera con su piedra de cristal, que causaba admiración entre todos los asistentes. Pero no llegaría a durar, pues los abejorros, aparecieron desde lo alto, cargando un objeto extraño que semejaba una nave. El objeto era un zapato, que fue identificado por la lombriz más vieja del yerbal.

La fiesta siguió, acompañada por el violín de Bemol, que había conseguido la compañía de una grillita loca y divertida. De los otros pretendientes de Lili, no se supo nada, hasta la primavera siguiente.

La Ratita Presumida- (Charles Perrault)

Miércoles, 28 de Octubre de 2009

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En una casita en el campo, vivía una ratita muy presumida. Estaba un día barriendo su jardín, cuando encontró una moneda de oro en el suelo. Se puso muy contenta, pues tenía dinero para gastar en algo bonito.

Después de mucho pensarlo, decidió que se compraría un lazo rojo para ponerlo en su rabito. Al día siguiente, salió rumbo al mercado con su moneda en el bolsillo. Cuando llegó, pidió al tendero que le vendiera un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casa.

Al llegar a su casita, se paró frente al espejo y se colocó el lacito en el rabo. Estaba tan bonita, que no podía dejar de mirarse. Salió al portal para lucir su nuevo lazo y entonces se acercó un gallo y le dijo:

- Buenos días, Ratita. ¡Qué guapa que estás hoy!

- Gracias, señor Gallo.

- ¿Te casarías conmigo?

- No lo sé. ¿Cómo harás por las noches?

- ¡Quiquiriquí!- respondió el gallo.

- Contigo no me puedo casar. Ese ruido me despertaría.

Se marchó el gallo malhumorado. En eso llegó el perro:

- Pero, nunca me había dado cuenta de lo bonita que eres, Ratita. ¿Te quieres casar conmigo?

- Primero dime, ¿cómo haces por las noches?

- ¡Guauuu, guauuu!

- Contigo no me puedo casar, porque ese ruido me despertaría.

Un Ratoncito que vivía junto a la casa de la Ratita, y siempre había estado enamorado de ella, se animó y le dijo:

- ¡Buenos días, vecina! Siempre estás hermosa, pero hoy, mucho más.

- Muy amable, pero no puedo hablar contigo, estoy muy ocupada.

El Ratoncito se marchó cabizbajo. Al rato, pasó el señor Gato, que le dijo:

- Buenos días, Ratita. ¡Qué linda que estás. ¿Te quieres casar conmigo?

- Tal vez, pero, ¿cómo haces por las noches?

- ¡Miauu, miau!- contestó dulcemente el gato.

- Contigo me casaré, pues con ese maullido me acariciarás.

El día antes de la boda, el Gato invitó a la Ratita para una comida. Mientras el gato preparaba el fuego, la Ratita quiso ayudar y abrió la canasta para sacar la comita. Con sorpresa vio que estaba vacía.

- ¿Dónde está la comida?- preguntó la Ratita.

- ¡La comida eres tú!- dijo el Gato enseñando sus colmillos.

Cuando el gato estaba a punto de comerse a Ratita, apareció Ratoncito, que los había seguido, pues no se fiaba del gato. Tomó un palo encendido de la fogata y lo puso en la cola del gato, que salió huyendo despavorido. La Ratita estaba muy agradecida y el Ratoncito, muy nervioso le dijo:

- Ratita, eres la más bonita. ¿Te quieres casar conmigo?

- Tal vez, pero, ¿cómo harás por las noches?

- ¿Por las noches? Dormir y callar. ¿Qué más?

- Entonces, contigo me quiero casar.

Así se casaron y fueron muy felices.

El ratón del campo-

Martes, 27 de Octubre de 2009

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Koky, era un ratoncito de campo. Vivía feliz correteando por la pradera y respirando el aire puro. Se alimentaba de semillas y granos, pero lo que más le gustaba, era el queso, que obtenía de casa de Ana, una señora muy bondadosa que tenía una granja y fabricaba queso.

Ana, tenía un gato que protegía la granja de los ratones, pero el gato era muy perezoso y no cumplía con su labor. Pasaba el día durmiendo, y aunque viese al ratoncito rondando la casa, no se molestaba en ir a perseguirlo. De modo que Koky podía comer tranquilamente, sin preocuparse por el gato.

Luego de comer, se dirigía al campo, donde se acostaba a dormir la siesta muy feliz.

Un día, fue invitado por su primo Diego, que vivía en la ciudad, para pasar unos días con él. Diego le contaba que la ciudad era lo más increíble que se pudiera esperar y que le gustaría mucho visitarlo.

Cuando llegó a la ciudad, el ruido de los automóviles lo asustó mucho y no sabía donde esconderse. Por fortuna llegó su primo para salvarlo.

Los primos se abarazaron y se pusieron a conversar, pero un auto pasó por allí y tuvieron que dar un tremendo salto para que no los pisara. Había demasiada gente y muchísimo ruido, y Koky se sentía aturdido por aquel barullo.

- Sígueme, primo. No tengas miedo, nada te pasará.- dijo Diego.

Recorrieron las calles atestadas de gente, y Koky se sobresaltaba con cada pie amenazante que caía a su lado. Finalmente llegaron al sótano de un gran hotel, donde vivía Diego.

- ¡Vamos a comer! Esto es fenomenal. Ya lo verás.- dijo el primo de la ciudad.

Subieron por una hermosa escalera y llegaron a la cocina, donde Koky no podía dar crédito a lo que veía. Había manjares por todas partes. Cuando se disponía a comenzar a engullir la comida, apareció una señora gordinflona dando palos a todos lados.

- ¡Malditos ratones!- gritaba la señora, mientras revoleaba su palo.

Los ratoncitos corrieron por toda la cocina, y la mujer detrás de ellos. Cuando estuvieron cerca de la escalera, bajaron a toda velocidad y se refugiaron en la morada de Diego.

Koky estaba sin aliento, arrepentido de su visita. No creía soportar una semana en ese trance. Estaba hambriento y fatigado, y no sabía cuánto pasaría, antes de que pudiera probar bocado. En cambio, Diego, estaba emocionado y anticipaba el momento en que finalmente comerían de aquellas delicias.

Disculpándose, Koky se despidió de su primo y retornó al campo.

- Lo siento mucho, primo, pero me vuelvo al campo. La vida aquí es muy difícil.

- ¿No te estás divirtiendo? ¿No te gusta la aventura?- preguntó Diego.

- Me quedo con la tranquilidad de mi casita.

- Si te arrepientes, avísame. Ya sabes donde estoy.

Los primos se abrazaron y Koky partió rumbo al campo. Se alegraba de haber visitado a su primo, pero nunca imaginó que se sentiría tan bien volver a casa.

El arco iris y el camaleón- (versión libre sobre cuento de Marisa Moreno)

Viernes, 23 de Octubre de 2009

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Era un camaleón vanidoso que se burlaba de los demás porque no podían cambiar sus ropajes todo el tiempo como él. Se pasaba el día regodeándose con su belleza.

- ¡Pero qué hermoso que soy! ¡Ningún otro animal se viste tan señorial como yo!

Todos admiraban sus colores, pero detestaban su vanidad y el mal humor constante que tenía.

Un día estaba paseando por el campo, cuando lo sorprendió un aguacero. La lluvia terminó y llegó el arco iris.

Cuando el camaleón lo vio se quedó sorprendido, pero también sintió envidia y por eso exclamó:

- ¡No es tan bello como yo!

Un pajarillo que lo escuchaba indignado le dijo que si no sabía apreciar la belleza del arco iris, sería incapaz de entender las verdades que la naturaleza nos brinda. Y se ofreció a ayudarlo.

El camaleón aceptó la oferta se dispuso a aprender.

- Los colores del arco iris te muestran los sentimientos.- decía el pajarillo.

- Mis colores sirven para camuflarme del peligro.- contestó el camaleón- No necesito sentimientos para sobrevivir.

- Si no tratas de descubrirlos, no comprenderás lo que puedes sentir a través de ellos. Y puedes compartirlos con los demás, como hace el arco iris con su belleza.- dijo el pajarillo.

El pajarillo y el camaleón se tiraron en el prado y los colores del arco iris les hicieron cosquillas por el cuerpo. Primero se acercó el color rojo y les subió por los pies. Al instante estaban rodeados de manzanos, rosas rojas y atardeceres. Se fue y llegó el amarillo que pasó sobre sus cabezas, dejándolos alegres, sintiendo olor a crisantemos. El verde se les metió en los pensamientos, y el camaleón comenzó a pensar en sus ilusiones y a recordar a los amigos perdidos. Llegó el azul, que los transportó al fondo del mar y daban vueltas mientras jugaban con los peces. Salieron a la superficie y contemplaron el cielo nocturno. El camaleón estaba entusiasmado. Cuando llegó el azul claro, sintieron una sensación de paz y bienestar, flotaban entre las nubes mirando al cielo. El pajarillo y el camaleón se miraron y sonrieron. Era la primera vez que el camaleón sentía que compartía algo. Estaba emocionado y arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar lo hermoso.

Pidió perdón a todos los animales por su comportamiento, y desde ese día, se volvió más humilde.