Archivo de Noviembre de 2009

La huesuda-

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Hace mucho tiempo, en la región de los mayos, en Sonora, México, había un hombre muy pobre. Muchas veces, la familia no tenía para comer y esta situación, podía durar varios días.

Un día, el hombre estaba cansado de pasar hambre y decidió ser egoísta. Se fue al bosque con la única gallina que tenía y la cocinó para comérsela él solo. Cuando se disponía a comer, apareció un anciano que le pidió:

- ¿Puedes darme un poco? Hace días que no como.
- Dejé a mi familia sin comer, para poder comerme yo solo esta gallina y tú vienes a importunar.- contestó el hombre.
- Yo soy Dios.- le respondió el anciano.
- Con más razón. En lugar de venir a ayudarme, me pides que comparta lo único que tengo. Tú siempre ayudas a los ricos. ¡Lárgate!

El anciano se molestó mucho y le envió a la muerte como castigo.

Antes de que el hombre terminara de comer, apareció otro hombre pidiendo comida. Este le dijo que era la muerte. Entonces, el hombre sí lo convidó.

- A ti sí te doy. Tú te llevas ricos y pobres.
- En pago a tu favor, te ayudaré.- dijo la muerte- Te convertiré en un gran médico para que cures a ricos y pobres. Pero si alguna vez me encuentras en el lecho de un enfermo, apártate, pues ya es mío. Esa es mi condición.

El hombre se convirtió en médico y comenzó a ganar fama y fortuna.

Cierto día, fue llamado para atender a un hombre rico. Al llegar a ver al enfermo, se encontró con la muerte en la cabecera de su cama. Al principio se negó a curarlo, pero la familia le ofreció mucho dinero y decidió que lo curaría. Luchó con la muerte hasta que salvó al hombre. Esto le dio más fama.

Otro día, el hombre estaba en el bosque paseando, muy contento por su vida y los cambios que había sufrido. Vio de pronto llegar a la muerte, que quería hablar con él.

- No respetaste nuestro trato. Aquel hombre tenía los días contados. Le quedaban tres días. Ahora, es el tiempo que te queda a ti.- dijo la muerte y desapareció.

El hombre llegó muy triste a su casa, contó a su mujer lo ocurrido y ella le propuso una solución.

Disfrazó al hombre de viejo y le dijo que se marchara a casa de un amigo.

A la tarde, apareció la muerte disfrazada de vaquero y preguntó a la mujer por su esposo. Ella contestó que hacía tres días que había salido para el monte y todavía no regresaba.

La muerte fastidiada emprendió el regreso. De camino, se encuentra al hombre disfrazado de anciano y pensó que, como no había podido llevarse al médico, se llevaría al anciano. Montó al viejo en su mula y lo dejó tirado más adelante.

Cuando la mujer encontró a su marido en el camino, comprendió que no es posible burlar a la muerte.

Historia de Babar- (versión libre sobre cuento de Jean de Brunhoff)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Babar es un elefante que nació en la selva. Su mamá lo amaba mucho y lo cuidaba bien. Pronto creció el elefantito y era feliz. Jugaba con sus primos y otros elefantitos de su edad.

Cierto día, mientras paseaba por la selva, montado sobre la espalda de su madre, un cazador salió de la espesura y mató a la madre de un disparo.

El pobre Babar logró huir, pero se perdió en la escapada. Anduvo mucho tiempo, hasta que llegó a una ciudad. Allí todo era extraño y fascinante. A pesar del cansancio, se sorprende por la cantidad de casas juntas que ve, pues nunca antes había pisado una ciudad. Babar estaba encantado con la ropa que los humanos usaban, deseaba usarla él también.

Una anciana muy rica, que ama a los elefantes, lo adoptó y le compró bonitos trajes y un automóvil y otras cosas que él deseaba. Ella era muy buena. Pero a pesar de esto, Babar extrañaba a su madre y la vida en la selva.

Así pasaron los años, hasta que un día, mientras salía de paseo, se reencontró con sus primos Arturo y Celeste y los invitó a tomar el té, también les compró ropa. Pero los pequeños estaban escapados de sus casas y pronto los vinieron a buscar. Entonces Babar regresó con ellos, pues sentía mucha nostalgia.

Babar se despidió de la anciana señora y se marchó. La señora quedó muy triste, esperando el día en que Babar venga de visita.

Cuando Babar regresó, el rey de los elefantes había muerto. Entonces eligieron a un nuevo rey. Como pensaban que Babar había aprendido mucho con los hombres, deciden elegirlo como nuevo rey.

Babar acepta la corona con la condición de que Celeste sea la reina. Los elefantes aceptan la propuesta de Babar y así se convierte en rey.

Todos los animales de la selva fueron invitados a la boda y la coronación del rey Babar y la reina Celeste.

La fiesta fue enorme y todos bailaban a gusto. Había mucha comida y la música se escuchó hasta muy tarde.

Luego de la fiesta, los reyes se fueron a descansar y tuvieron dulces sueños sobre la boda y lo felices que serán.

Durante muchísimo tiempo, toda la selva recordará el grandioso baile de la coronación de Babar.

El viejo manuscrito- (versión libre sobre cuento de Franz Kafka)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Soy zapatero remendón y debo decir, que algunos acontecimientos recientes de nuestra patria, nos tienen inquietos. Mi negocio está frente a la plaza del palacio imperial. Hay soldados armados, apostados en todas las bocacalles. No son nuestros soldado, son nómades del Norte. Cada día son más.

Acampan al aire libre, pasan afilando sus espadas y ejercitándose. La plaza se ha convertido en una pocilga. En ocasiones, salimos de nuestros negocios para limpiar un poco, pero es un trabajo inútil. Además, nos arriesgamos a que nos atropellen con sus caballos o nos hieran con sus látigos.

No conocen nuestro idioma, y entre ellos se entienden como grajos. Cuando necesitan algo, lo roban. Toman las cosas sin que opongamos resistencia. También de mi tienda se llevaron excelentes mercaderías. Pero no me quejo, es peor la situación del carnicero. Se llevan su mercancía apenas llega. También sus caballos comen carne. El carnicero no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero es comprensible, si no encontraran carne, nadie sabe lo que ocurriría; pero tampoco sabe lo que se les puede ocurrir comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó en ahorrarse el trabajo de descuartizar y dejó un buey vivo. No volverá a hacerlo, fue terrible.

Todos nos preguntamos, ¿en qué terminará esto? El palacio imperial trajo a los nómades, pero ahora no sabe cómo controlarlos.

Las puertas de palacio permanecen cerradas. Los guardias, que antiguamente entraban y salían marchando, ahora están siempre encerrados tras las rejas de las ventanas.

La salvación de la patria, depende solamente de nosotros, artesanos y comerciantes. Pero no tenemos preparación para tal tarea.

Hay cierta confusión, y esta confusión, será nuestra ruina.

El Amor y la Locura-

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Cuentan las leyendas, que una vez, hace muchísimo tiempo, se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

La reunión estaba en pleno, pero el Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez. Entonces la Locura propuso jugar a la escondida.

La Intriga se sintió intrigada y la Curiosidad, preguntó de qué trataba.

Locura les explicó que era un juego en el cual debían esconderse, mientras ella se cubría los ojos para no ver dónde lo hacían. Y que luego, debía descubrir sus escondites. El primero que descubriera, ocuparía su lugar, y así continuaba el juego.

Entusiasmo y Euforia aplaudían. Alegría bailaba y terminó por convencer a Duda, incluso Apatía se interesó.

No todos quisieron participar. Verdad no deseaba esconderse, pues siempre la hallaban. Para Soberbia, era un juego tonto. Cobardía no se atrevió a arriesgarse.

Locura comenzó a contar. La primera en esconderse, fue Pereza, que se dejó caer tras la primera piedra del camino. Pero Fe, subió al cielo. Envidia se escondió tras la sombra de Triunfo, que había subido a la copa más alta del árbol. Generosidad, parecía no encontrar un sitio, porque eran mejores para sus amigos. Un lago cristalino para Belleza, la rendija de un árbol para Timidez, una ráfaga de viento para Libertad. Terminó por esconderse en un rayito de Sol. Egoísmo encontró el lugar ideal desde el principio, un sitio cómodo y ventilado, pero sólo para él. Mentira se escondió detrás del arco iris, y Pasión y Deseo en los volcanes. Olvido, no recuerdo dónde se escondió.

Cuando Locura estaba por terminar de contar, Amor no había encontrado sitio para esconderse, porque todos estaban ocupados. Hasta que encontró un rosal y se escondió entre sus flores.

Locura comenzó a buscar y halló primero a Pereza, luego a Fe, discutiendo con Dios en el cielo. A Pasión y Deseo los descubrió en la vibración de los volcanes. Al descuidarse encontró a Envidia y con ella a Triunfo. Egoísmo salió solito del escondite, porque era un nido de avispas, e imagínense cómo quedó. El juego le dio sed y se acercó al lago, donde descubrió a Belleza. Duda no había decidido todavía dónde esconderse. Así, encontró a todos, menos a Amor, que seguía sin aparecer. Cuando ya estaba a punto de rendirse, vio un rosal. Tomó un palo y comenzó a mover las ramas y de pronto se sintió un grito terrible. Las espinas habían herido a Amor en los ojos. Locura no sabía cómo reparar su terrible error. Entonces, prometió ser su lazarillo por siempre.

Desde entonces, el Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña.

El albañil- (versión libre sobre cuento de Washington Irving)

Viernes, 6 de Noviembre de 2009

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Hace mucho tiempo, vivía en Granada un albañil muy pobre con su familia. El trabajo escaseaba y cada día, se hundían más en la pobreza. El hombre pasaba muchas horas en vela pensando en una forma de conseguir trabajo.

Una noche, cuando acababa de dormirse, escuchó que golpeaban la puerta. Cuando abrió la puerta se encontró con un caballero alto de aspecto demacrado, con una gran capa.

El caballero necesitaba un albañil en ese preciso momento y estaba dispuesto a pagar lo que correspondiera. Pero exigía al albañil, que llevase los ojos vendados, debido al carácter secreto de su misión.

El albañil aceptó sin reparos, pues estaba urgido por trabajar. El caballero le vendó con un pañuelo que llevaba y lo condujo por callejuelas tortuosas. Caminaron largo rato, hasta que se detuvieron y el albañil escuchó, cómo el otro abría una pesada puerta. Cuando estuvieron en el interior, el caballero le quitó la venda, y el albañil pudo ver que estaba en una sala espaciosa que daba a un patio. Un escalofrío recorrió al hombre, pero se sobrepuso.

- Debes hacer una pequeña bóveda bajo la taza de esa fuente morisca que está en el centro del patio. Es mejor que la termines hoy mismo.
- Lo intentaré, señor.

Junto a la fuente, estaban los materiales y herramientas necesarios. El hombre trabajó por horas, pero al poco rato, supo que no terminaría de ninguna forma. El caballero comprendió la situación. Antes de despuntar el alba, lo llamó y le entregó una moneda de oro en la palma de la mano.

- ¿Aceptas volver mañana por la noche, para terminar el trabajo?
- Por supuesto, si se mantiene el pago.

El caballero afirmó y vendó los ojos del albañil, y lo llevó hasta la puerta de su casa. El hombre acarició la moneda durante todo el camino de regreso. Su familia no pasaría hambre por unos días.

El albañil y su mujer estaban intrigados por la identidad de aquel hombre y su misterioso encargo.

A medianoche, regresó el caballero, repitió el procedimiento de la noche anterior y se marcharon los dos.

El albañil logró terminar su obra, un par de horas antes del amanecer. Entonces, el caballero le pidió que lo ayudara a meter unos bultos dentro de la bóveda. El albañil se sintió temeroso por la naturaleza de los bultos. Vaciló unos instantes y siguió al caballero hasta una habitación apartada.

Fue un gran alivio comprobar que lo esperaban cuatro grandes bolsos de cuero, que parecían contener dinero. Los colocaron en la bóveda y el hombre la cerró de manera que nadie supiera que allí había algo oculto.

El albañil restauró el pavimento con gran maestría. El caballero estuvo tan complacido, que le entregó dos monedas de oro.

Le vendó nuevamente los ojos y lo condujo por un camino distinto al que había utilizado anteriormente. Cuando se detuvieron, el caballero no le quitó la venda, sino que, le ordenó que aguardase a que sonara la campana de la catedral. De lo contrario, ocurrirían grandes desgracias a él y a su familia. Y se marchó.

El albañil obedeció en todo, pues no osaba desobedecer a quien le había pagado generosamente. Cuando la campana sonó, se quitó la venda y pudo comprobar que estaba cerca de su casa.

La familia estuvo feliz por quince días, comiendo cuanto querían. Pero al cabo de ese tiempo, retornaron a su habitual estado de pobreza, que duró por meses.

Un día en que el albañil estaba sentado frente a la casucha, con la cabeza apoyada sobre las manos y reflexionando, se detuvo junto a él, un caballero. El hombre lo miró. El caballero era el anciano avaro del pueblo, y venía a solicitar un trabajo al albañil.

El caballero explicó el trabajo al albañil:

- Tengo una casa vieja que se está cayendo. Deseo arreglarla, pero no gastar mucho, sobre todo, porque nadie quiere vivir en ella. En definitiva, tan solo quiero que repares lo indispensable para que siga en pie.
- A vuestras órdenes, señor. Puedo empezar cuando queráis.
- Mañana al amanecer vendré por ti.

Al día siguiente, el avaro fue a buscar al albañil y lo codujo hasta la puerta de un rico caserón destartalado. Entraron y recorrieron el interior hasta llegar a un patio interior, que tenía una fuente morisca en el centro, que llamó mucho la atención del albañil. El hombre observó detenidamente el patio y dijo:

- Todo está en muy mal estado. Quién habitó la casa últimamente, no tenía muchas expectativas.
- Es todo un problema. El último inquilino siempre pagó puntualmente. Pero nadie sabe de dónde vino. Las habladurías decían que era un hombre sumamente rico. Verás, él murió de pronto. Pero no se halló más que una bolsa de cuero con algún dinero. Todos se habían apresurado a entrar a la casa para participar en la repartición de bienes. Yo mismo, fui el primero en llegar. Tenía más derecho que nadie, era mi inquilino. Pero no había más que un puñado de monedas. Pero lo peor es que nadie quiere vivir en la casa, por más barato que lo he dejado. Las gentes aseguran que su alma sigue en la casa, y que escuchan el tintineo de monedas en su habitación.
- Son habladurías, claro que sí.
- ¡Por supuesto! Pero de todas formas no consigo alquilar la casa.
- Os propongo una idea. La casa necesita muchas reparaciones para dejarla habitable. Eso lleva tiempo. Yo podría habitar la casa y realizar las reparaciones que necesite. Si me permitís vivir en ella sin pagar alquiler, no os cobraré nada por mi trabajo. La abandonaré, apenas se presente un mejor inquilino. También servirá para que la gente deje de especular.
- ¿No temes a los espíritus?
- Sólo temo a Dios.
- De acuerdo. Trasládate cuando quieras a la casa y comienza el trabajo lo antes posible.- dijo el avaro mientras regresaba a su hogar complacido.

El albañil también estaba complacido. Al día siguiente se mudó a la vieja casona junto a su familia.

A pesar de los rumores, nada malo sucedió al albañil o a su familia. Al contrario, fue reparando la casa poco a poco, y consiguió restaurarla y convertirla en una de las mejores de la ciudad, gracias a su pericia y laboriosidad.

Era como si la casa le hubiera traído la suerte, en lugar de las desgracias. Se olvidaron del hambre, compraron vestimenta nueva, renovaron el mobiliario.

No se volvieron a escuchar ruidos extraños en la noche. El albañil llegó a ser muy querido por todos, debido a sus virtudes y su generosidad para todos. La fortuna parecía multiplicarse. Fue comprando muchas casas, incluso el caserón en que habitaba, y llegó a ser uno de los hombres más ricos de Granada. Y su fortuna parecía no tener límites, a pesar de las importantes sumas que donaba a los necesitados.

Su mujer suponía el origen de la fortuna, pero jamás le preguntó. Tampoco él se lo dijo. Pero vivieron sin preocupaciones por el resto de sus vidas, y pudieron dejarle una cuantiosa herencia a sus hijos.

Winnie Pooh y el árbol de la miel- (versión libre sobre cuento de A. A. Milne)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Winnie estaba paseando por el bosque muy alegre, en un claro vio un roble enorme. Cuando miró, vio un enjambre de abejas zumbando en la copa. Esto le dio una idea, claro, después de mucho meditar. Si había abejas, entonces, debía haber miel.

Se puso a trepar y cuando casi llegaba, se rompió la rama en que estaba y se dio contra unas zarzas.

No quería darse por vencido, Winnie puede ser muy persistente cuando se trata de miel. Fue a buscar a Cristóbal Robin, su amigo, para que le prestar su globo azul. De seguro que atado al globo, llegaría hasta la miel. Las abejas lo descubrieron y pincharon el globo. Otra vez, nuestro amigo terminó en el suelo.

Luego de este fracaso, nuestro amigo se fue a lo de Conejo, porque él, siempre tenía miel. Llamó a Conejo, pero éste le contestaba que no estaba en casa, pero de todas formas, Winnie entró. Entonces Conejo no tuvo más remedio que invitarle con algo de miel. Pero como Winnie no tiene límites para la miel, al poco rato, se había comido toda la que tenía Conejo.

Había comido tanta miel, que cuando se quiso ir, se quedó atascado en la entrada de la madriguera de su amigo.

Conejo trajo a Cristóbal para que lo ayudara, pero no era posible. Entonces Cristóbal decidió que lo mejor sería esperar a que adelgazara.

Winnie tuvo que quedarse en su sitio y no comer nada, hasta que pudiera zafar de su prisión involuntaria. Los amigos lo visitaban y le contaban historias para distraerlo, mientras Winnie sólo pensaba en comida.

Así pasaban los días. Conejo le daba empujoncitos de cuando en cuando, para ver si ya podía salir y dejar su entrada libre. Hasta que finalmente, Cristóbal llegó con ayuda: Cangu, Ro, Topo, Búho y Igore, el burrito, además de Conejo, estaban dispuestos a liberar a Winnie.

Cristóbal le agarró las manos y empezó a tirar. Hicieron pues, una cadena de animales: de Cristóbal tiraba Cangu; de éste, Igore; de él, Lechoncito. Finalmente, Winnie salió disparado por los aires y sus amigos se desparramaron por el suelo.

Winnie se estrelló contra el roble y quedó su cabeza atascada en el hueco, justo en la colmena llena de miel. Mientras se la comía, pensaba que ya no el importaba engordar un poco más.

Simbad el marino-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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En los tiempos lejanos, vivía en la ciudad de Bagdad, un joven llamado Simbad. Era muy pobre, para ganarse la vida trabajaba como cargador.

Un día en que el muchacho se lamentaba de su pesada carga, quiso el destino, que sus quejas fueran escuchadas por un hombre rico, que ordenó que lo invitaran a pasar a la casa.

Simbad fue conducido a través de patios enjardinados, hasta un enorme salón.

En la sala, había una mesa en el centro, donde se disponían los más exóticos manjares y los mejores vinos. Alrededor de la mesa, había varias personas sentadas, entre las cuales destacaba un anciano, que dijo a Simbad:

- Soy Simbad el marino. Si crees que mi vida ha sido fácil, te contaré mis aventuras. Y verás que no es así:

“Al morir mi padre, me dejó una fortuna considerable. Pero lo derroché todo. Debí vender mis últimas pertenencias y me embarqué con unos mercaderes.
Navegamos por semanas, hasta que encontramos una isla y desembarcamos. Cuando pisamos el suelo, sentimos un terrible temblor. Fuimos despedidos por los aires. Es que la isla, era en realidad una ballena.
Como no pude subir al barco, me dejé llevar por las corrientes, iba sujeto a una tabla, hasta que llegué a una playa con palmeras. Allí, esperé a que pasara el primer barco que me trajo a Bagdad.”

Aquí, Simbad el marino, interrumpió su relato, para darle cien monedas de oro al muchacho. También pidió al joven que volviera al día siguiente. Simbad el cargador, regresó al otro día, y el anciano Simbad, prosiguió sus relatos.

“Volví a zarpar rumbo al océano. Cierto día, me quedé dormido en tierra firme, y cuando me desperté, comprobé que el barco había zarpado sin mí. Anduve deambulando por allí, hasta que llegué a un valle profundo, sembrado de diamantes. Recogí todos los que pude en un saco. Luego me até un trozo de carne a la espalda y me senté a esperar que llegara un águila, que me eligió como su alimento. Así me cargó hasta el nido.”

Cuando acabó su relato. Simbad el marino entregó otras cien monedas de oro, y le pidió que regresara al día siguiente.

Al día siguiente, prosiguió:

“Podría haber permanecido en Bagdad con aquella fortuna, pero me aburría sobremanera y me embarqué de nuevo. Todo marchaba bien, hasta que nos sorprendió una tormenta y el barco naufragó. Terminamos en una isla habitada por enanos, los que nos hicieron prisioneros. Estos enanos condenados, nos llevaron con un gigante de un ojo solo, que se alimentaba de carne humana. Pero, apenas anocheció, le clavamos un leño ardiente en su único ojo y escapamos. Regresamos a Bagdad, pero no tardé en aburrirme. Pero mañana te contaré sobre esto.”

Así, le entregó otras cien monedas de oro.

“Zarpé nuevamente, pero volvió a golpearme el destino y naufragamos otra vez. Llegamos a una isla habitada por indígenas. Su rey me ofreció a su hija y me casé con ella. Pero al poco tiempo, se murió. Esta tribu, tenía una extraña costumbre: el marido, debía ser enterrado con la esposa. Pero, afortunadamente, logré escapar a último momento, y regresé a Bagdad con un gran cargamento de joyas.”

Las historias continuaron. Simbad el marino, fue narrando sus aventuras a Simbad el cargador. Y cada día, le ofrecía las cien monedas de oro. Fue así, que el muchacho comprendió cómo el afán de aventuras, había llevado a Simbad el marino a enriquecerse, y cómo luego perdía su fortuna.

El anciano le contó que en su último viaje, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Debía cazar elefantes, y para hacerlo, debía enfrentarse a un elefante furioso y luego huír. Para ello, se subió a un árbol, pero el elefante lo derribó y Simbad cayó sobre su lomo. El animal lo levó hasta el cementerio de elefantes, donde había marfil suficiente, como para que no tuvieran que matar a más elefantes. Simbad regresó con su amo para contarle su hallazgo, y éste, lo dejó en libertad, como agradecimiento. Además, le hizo valiosos obsequios. Regresé entonces a Bagdad y ya no volví a embarcarme.”

El anciano continuó hablando:

- Como verás, mi vida ha sido una constante de aventuras. Ahora gozo de todos los placeres, pero tuve que padecer mucho para lograrlos.

Cuando terminó de hablar, el anciano pidió a Simbad el cargador, que se quedase a vivir con él. El muchacho aceptó encantado y ya no tuvo que volver a trabajar.

El visitante de Marte-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Andrés se estaba bañando cuidadosamente, como hacía todos los días, pues era un niño muy pulcro. De pronto, se acercó a él una motita negra, que fue a depositarse sobre su blanca toalla.

El niño se acercó un poco para ver qué era lo que se había posado sobre la felpa. Pudo distinguir claramente, a una pulga con casco y antenas.

- ¡Hola! – le dijo la pulga- soy Pamela, la pulga marciana. Vine a este planeta para explorarlo.

Andrés estaba muy sorprendido por lo que veía. No sabía que existían pulgas exploradoras de planetas.

- ¡Hola! Soy Andrés. Me gustaría poder ayudarte en tu expedición.
- ¡Eso, sería genial! Algo falló y no encuentro la planta en la que debía aterrizar.
- ¿Qué tipo de planta es?
- Es una palmera. – le respondió la pulga.

Andrés recordó que en el jardín había una palmera y se ofreció a conducir a la pulga. La exploradora se mostró agradecida. Le impresionaba conocer a un terrícola que no fuera un tonto.

Cuando se aprontaban para salir del baño e ir hasta el jardín, se apagó la luz y quedaron a oscuras.

La pulga gritaba a todo pulmón:

- ¡Esto es obra de la plaga estelar que nos quiere acabar!

Andrés comenzó a reírse sin parar. La risa le impedía explicar a la pulga que el corte de luz se debía a problemas técnicos de la compañía eléctrica. Buscó a tientas el armario donde guardaba las velas y encendió una, para alumbrar el camino.

Llegaron al jardín y Andrés le señaló la palmera. La pulga debía alcanzar la cima.

La pulga no se hizo problema por las dificultades del ascenso, sacó unos polvos mágicos, espolvoreó su cuerpo con ellos y se elevó en medio de una nube de plata.

Andrés estaba emocionado por lo que veía. De pronto, una nave de plástico aterrizó en la cima de la palmera y salió una pulga con escafandra a recibir a la primera.

La pulga agradeció la ayuda al niño y prometió regresar al finalizar su exploración.

El niño observó a la nave que se alejaba y regresó a su habitación. Estaba seguro de que nadie creería su historia, pero se sentía orgulloso de haber ayudado a una pulga marciana a regresar a su planeta.

El cumpleaños de Plimplín- (Claudio Vela)

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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Al payaso Plimplín, le regalaron un montón de narices para su cumpleaños. Redondas, cuadradas, rojas, negras, hasta narices con lentes y bigotes. El payaso estaba muy contento y se las probó una por una, delante de sus invitados. Luego, las guardó a todas en un mismo cajón, para asegurarse de no meter las narices donde no debía.

Los invitados, por su parte, estaban muy contentos con la fiesta de Plimplín. Era muy original, era una fiesta donde todos ellos, sin excepción, eran payasos. ¿Se imaginan una fiesta de cumpleaños, donde todos los invitados son payasos? ¡Era muy divertida!

Sin embargo, hubo un momento especial en que todos guardaron silencio y prestaron atención, mucha atención. Casi siempre en el cumpleaños de un niño, ese momento tan especial es cuando aparece el payaso. Pero en el cumpleaños del payaso, ¡apareció un niño!

Estaba atado a una silla. Todos rieron al verlo.

- ¡Yo lo conozco!- dijo Plimplín, con su voz chillona- ¿Ustedes lo conocen?
- ¡Si!- gritó Panchito.- ¡Me ensució con mostaza en el cumple de Juanita, la pelirroja!
- ¡Eso no es nada!- gritó Boniato.- ¡A mi me clavó un tenedor!
- Me pateó un tobillo en el cumpleaños de Jorgito.- dijo Soquete.- ¡Y hacía rimas con mi nombre!
- Y a mi me tiró un vaso de refresco en la cara- agregó Acuarela, la novia de Soquete, que trabajaban juntos.

Uno por uno, los payasos comenzaron a recordar las maldades que el niño había cometido en los cumpleaños de sus amiguitos. Y no solo contra ellos.

- En el cumple de Pedrito, puso un pedazo de torta bajo un almohadón, y cuando Carlitos se sentó, ¡toda la crema se le subió y le ensució el pantalón!

Cada vez que un payaso contaba una historia, los demás reían. Al principio el niño se rebelaba y gritaba cosas, pero al ver que los payasos se reían de sus insultos, se puso a llorar. A lo cual, los invitados comenzaron a cantar:

Al payaso Plimplín
se le pinchó la nariz.
Que lo cumplas payasito,
que lo cumplas feliz.

El niño continuaba llorando.

- ¡Ahora llora, el nene malcriado!- reflexionó Pelusita, mientras los demás continuaban riendo.
- Se lo merece- dijo Plimplín- por pincharme las narices.

Súbitamente apareció la madre del niño.

- ¡Mamá!- gritó el niño- ¡Sacame, este payaso se metió en mi cuarto y me trajo a la rastra, y me ató acá!
- Uy, no te vayas a hacer pipí- se burló Plimplín.
- ¡Cómo se nota, que no es tu hijo!- vociferó la mujer.
- ¡Cómo se nota!- contestó el payaso, abandonado su voz chillona- que vos tampoco ves a través del disfraz.

Y en esa voz, ella reconoció a su marido. Es decir, al padre del niño.

El cuervo y la zorra-

Jueves, 5 de Noviembre de 2009

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En un bosque de pinos, vivía un cuervo de plumaje renegrido. Todos lo habitantes del bosque sabían que era un vanidoso.

Junto al bosque había una casita muy coqueta, donde vivía una señora a la que le gustaba cocinar. Aquel día, tenía las ventanas abiertas y el cuervo podía observar la actividad de la cocina.

La mujer estaba preparando un plato con queso. Pensó que el queso se mantendría más fresco, si lo ponía en la ventana.

El cuervo que estaba observando todo, sintió el aroma del queso y se sintió muy tentado a probarlo. Voló hasta la ventana y se llevó el queso en su pico, hasta la copa de un árbol cercano.

Mientras esto ocurría, una zorra muy astuta estaba observando. La zorra estaba hambrienta, pues hacía días que no conseguía bocado. Vio que el cuervo se posaba en la rama de un árbol, con el queso en su pico y se acercó.

- ¡Buenos días, señor cuervo!

El cuervo no respondió, simplemente observó a la zorra que le sonreía.

- ¡Tenga usted buenos días!- repitió la zorra- ¡Pero, qué elegante que está usted con ese bello plumaje!

La zorra lo adulaba y el cuervo, como bueno vanidoso, se quedó contento de escuchar los elogios. Aunque no podía contestar, porque tenía el pico lleno.

- Es lo que siempre digo.- agregó la zorra- No hay ave con mayor gallardía que el señor cuervo.

El cuervo se esponjaba de satisfacción en la rama. En realidad, estaba convencido de que cuanto decía la zorra, era verdad. Porque no había otro plumaje más lindo que el suyo.

- Usted tiene un porte majestuoso, claro que sí. Si su canto es como su plumaje, no puede existir en el mundo, un ave que se le pueda igualar.

Al escuchar estas palabras, el ave quiso demostrar que su voz era tan hermosa como su plumaje. Movido por la vanidad, quiso cantar. Abrió su pico y comenzó a graznar, sin acordarse del queso que llevaba.

Cuando el queso cayó, la zorra ya estaba pronta para atraparlo. Abrió su boca y atrapó el manjar. Entre bocado y bocado, decía:

- ¡Pero qué tonto! Has quedado hinchado de tantas lisonjas y elogios. Déjame que me encargue yo, de digerir este queso. Que tú tienes bastante, con digerir las adulaciones.

Así, el cuervo comprendió que no es bueno dejarse ganar por las alabanzas falsas. A partir de entonces, no volvió a dejarse engañar por los elogios inmerecidos, aprendiendo a evaluarse en su justa medida. Y si se le acercaba algún adulador, salía huyendo. Porque aprendió que cuando nos halagan sin méritos, es porque esperan sacar beneficio de nosotros.