
Había una vez, en un lejano condado, un rico mercader muy avaro. Le gustaba tanto el dinero que no deseaba gastarlo. Comía lo menos que podía y por eso era muy delgado, sus ropajes estaban raídos de tanto uso, pero no los cambiaba hasta que sólo quedaban andrajos.
El mercader tenía un asno muy noble que transportaba sus mercancías durante todo el día. Hacía que el pobre animal trabajase muy duro, pero como era tan avaro no deseaba gastar dinero en comprarle el alimento, por eso, cubría la cabeza del asno con una piel de león. De este modo, cuando los campesinos lo veían, salían corriendo asustados y el asno podía pastar tranquilamente a sus anchas en los campos de alfalfa, sin que su amo gastara un centavo.
Esta situación se prolongó por un buen tiempo, y los campesinos comenzaron a disgustarse y a buscar la forma de deshacerse de aquel león que los rondaba.










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