Archivo de Octubre de 2009

Los sueños del rey-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

los-suenos-del-rey

En un reino muy próspero, al norte de la India, vivía un monarca muy poderoso y rico. Su padre le había enseñado a ser generoso y magnánimo. Antes de morir, el padre le había encomendado una misión:

- Lo importante no es tener mucho, sino saber compartirlo. La avaricia es el peor defecto, por lo que debes ser generoso. Como tú tienes mucho, debes dar mucho.

Durante los primeros años, luego de la muerte de su padre, el monarca se mostró generoso. Pero luego, fue tornándose avaro y miserable. Incluso se comportaba mezquino con sus propias necesidades.

Vivía como un pordiosero, hasta el punto que su consejero de confianza (que también lo había sido de su padre), comenzó a preocuparse, e hizo llamar a un rishi (sabio santo), que vivía en las montañas del Himalaya.

Cuando el rishi visitó al rey, éste lo recibió en andrajos. Se encerraron en una recámara de palacio, y el rey le decía:

- ¡Estoy arruinado!

- Pero, señor, si eres uno de los más ricos y poderosos monarcas. – replicó el rishi.

- No me vengas con tonterías. Nada tengo, soy muy pobre.- dijo el rey y se puso a llorar.

Entonces el hombre santo penetró en la mente del monarca y pudo ver lo que le ocurría.

El rey tenía el mismo sueño desde hacía un tiempo; soñaba que era un pobre mendigo, el más pobre de todos. Y este sueño, se le había fijado en la mente, de modo que, aunque era el más poderoso de todos, se comportaba como un pobre miserable.

Trabajó el rishi para quitar esta idea de la cabeza del monarca. En unos días logró que el rey volviera a ser generoso como antes. Pero por más que hizo, el rey no logró que el rishi aceptara sus obsequios.

Moraleja:
El poder del pensamiento es muy grande. Así como piensas, serás. Si logras conquistar el pensamiento, lograrás conquistarte a ti mismo.

Pedro y el lobo-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

pedro-y-el-lobo

Era un pueblito de Rusia, donde todos los habitantes estaban aterrorizados, porque en el bosque había un lobo malvado que se comía al ganado y acechaba en los caminos.

En una casita en el bosque, vivía con su abuelo leñador, un niño llamado Pedro. Cierto día, salió Pedro para hacer las tareas de la casa y dejó abierto el portón del jardín, cosa que aprovechó Sonja, el pato, para escapar y seguir al niño. En el paseo, descubrió Sonja el estanque y se fue a nadar. Estaba nadando tranquilamente, cuando llegó Sasha el pajarillo y le preguntó qué clase de ave era, pues no sabía volar. Y Sonja le respondió con una pregunta similar.

Se acercó después Iván el gato, que hacía rato estaba observando a Sasha para comérselo. Aguardó y aguardó, hasta que lo atrapó, pero no pudo comérselo.

El abuelo de Pedro advirtió al nieto que no saliera de la casa:

- No debes estar fuera, no es seguro. ¿No te has enterado que hay un lobo hambriento en el bosque?

- Yo no le temo al lobo. Soy muy valiente y puedo atraparlo.

El abuelo obligó al niño a entrar en la casa. Pedro estaba muy frustrado. Se puso a mirar por un hueco de la cerca, hasta que vio al lobo y se asustó mucho. Los animales habían quedado fuera, Iván se trepó a un árbol, pero Sonja era muy atolondrado y salió del agua lentamente, y así el lobo pudo comérselo fácilmente.

Pedro quedó muy enojado por la muerte de su amigo y decidió atrapar al lobo. Trepó al árbol que estaba junto a la casa y desde una de sus ramas, que daba al otro lado de la cerca, esperó a que el lobo se acercara. Cuando lo tuvo a tiro, bajó la cuerda con lazo que llevaba y le atrapó. El lobo tironeaba con todas sus fuerzas para zafarse de la trampa de Pedro, pero no logró desasirse. Finalmente, agotado por tanto trabajo, se quedó rendido.

Fue entonces que llegaron los tres cazadores: Misha, Yasha y Vladimir; los que dieron muerte al lobo y lo llevaron al pueblo, donde todos celebraron felices porque ya no debían temer.

Cuando abrieron al lobo para sacarle la piel, pudieron ver que el pato todavía estaba vivo, pues lo había engullido entero. Entonces se reunió con su amigo Sasha y con Pedro, y todos estuvieron muy felices.

Nasrudín visita la India-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

nasrudin-visita

Estaba el Mulla Nasrudín, un famoso personaje sufí, visitando la India. Había llegado en su mula hasta la ciudad de Calcuta. Mientras paseaba por las calles repletas de gentes, se llegó hasta un mercado. Se bajó de la mula y fue a recorrerlo.

Entre la multitud de vendedores y tolderías, le llamó la atención un vendedor, que estaba de cuclillas vendiendo algo que parecían dulces, colorados y apetitosos. Como Nasrudín era muy goloso, no pudo contenerse y compró una gran cantidad de aquellos dulces, pensando en darse un buen atracón, aunque en realidad, lo que compró fueron chiles picantes.

Se fue el Mulla muy contento por su adquisición. Se sentó bajo unos árboles junto al río y comenzó a comer los supuestos dulces. Apenas había mordido el primero de los chiles, cuando sintió un fuego que recorría su paladar. Estaban tan picantes, que hasta la nariz se le puso roja. Comenzó a soltar lágrimas y le costaba respirar, pero no dejaba de comer sus “dulces”.

Hacía toda clase de muecas y estornudaba, pero continuaba devorando los chiles. Hasta que un hombre se le acercó y preguntó:

- Buen hombre, ¿no sabe que no puede comerse todos esos chiles? Van a hacerle daño.

- Créame que los compré pensando que eran dulces.- contestó Nasrudín, casi sin aliento.

Pero, no obstante, seguía engullendo los endiablados chiles.

- Está bien, pero ahora sabe que no son dulces. ¿Por qué sigue entonces comiéndolos?

- Ya que he invertido en ellos mi dinero, debo ahora aprovecharlos.- dijo Nasrudín entre sollozos y toses.

Moraleja:
Nasrudín no tenía razón. Toma de la vida lo que sea mejor para tu evolución interior, y desecha lo innecesario o pernicioso, aunque hayas invertido años en ello.

Los geniecillos holgazanes-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

los-geniecillos-holgazanes

En un bosque muy tupido, vivían unos geniecillos. Tenían una hermosa casita, pequeña pero muy acogedora, con sus ventanitas con cortinas de vivos colores, su tejado y la chimenea.

La casita era hermosa, pero los genios eran tan holgazanes que jamás limpiaban. La suciedad se había acumulado a tal extremo, que apenas podían vivir dentro de aquel lugar. Pero de todos modos, no les hizo problema.

Pero sucedió que un día llegó de visita la reina de las hadas y al ver la casita tan sucia y desordenada, se molestó muchísimo. No podía comprender, cómo habían dejado la casa en tal estado y decidió enviarles a la bruja gruñona para que los vigilara.

- La bruja gruñona es muy estricta. No os dejará pasar ningún error, pero terminarán aprendiendo.

Llegó la bruja gruñona al día siguiente, montada en su escoba. Llevaba unas gafas especiales que le permitían ver mejor las motas de polvo y entonces comenzó a dar escobazos con todos. Mantenía a los geniecillos limpiando todo el día. Estaban tan cansados de trabajar, que decidieron hacer algo al respecto. Fueron a consultar a un mago y le pidieron que los transformara en pájaros, para poder escapar lejos de la bruja. Y apenas los convirtió, se fueron volando a toda velocidad.

Se alejaron tanto como pudieron, pero no tenían comida ni refugio, estaban sin casa, desprotegidos del frío y las lluvias. La vida era muy difícil para ellos, debieron aprender a conseguir la comida, luego procurarse algún refugio, pero cada día debían mudarse. Comenzaron a extrañar su confortable casita del bosque, donde tenían abrigo y comodidades. Habían recibido un justo castigo por su holgazanería, deberían permanecer siempre vagando por ahí, sin poder retornar al hogar.

Los geniecillos jamás volvieron a su casita del bosque y nadie sabe que fue de ellos. La reina de las hadas dio la casita a otros geniecillos más obedientes y trabajadores, que la cuidaron bien y la disfrutaron por muchísimo tiempo.

La mona-

Viernes, 30 de Octubre de 2009

la-mona

Había un rey que tenía tres hijos en edad casadera. Pero estaba preocupado porque parecían muy dependientes de la protección de la reina, y él necesitaba saber que el reino quedaría en buenas manos. Por eso les dijo un día:

- Hijos míos, es tiempo de que partáis a conocer el mundo. Le ofrezco el trono a aquel de vosotros que consiga casarse con la princesa más hábil y hermosa.

Partieron los hijos cada uno por su lado y quedaron en reunirse un año más tarde.

El mayor, Enrique, tomó hacia el norte y allí estuvo entretenido en aventuras y conociendo los reinos lejanos, hasta que encontró a la princesa que mejor le pareció y se casó con ella.

El del medio, Carlos, hizo lo propio, pero con rumbo este. Llegó a tierras lejanas y consiguió casarse con una princesa tan bella como inteligente.

El hermano menor, Ricardo, partió en dirección al oeste y se encontró una casita al borde de un camino. Miró por la ventana y vio a una vieja horrenda, dando palos a una monita que gritaba desesperada. Como era muy compasivo, abrió la puerta y quitó el palo a la anciana, y la amenazó con golpearla a ella si volvía a tocar al animal. La mujer se puso furiosa y no quiso darle hospedaje al príncipe, pero él se quedó durmiendo en el patio bajo un roble.

Muy tarde en la noche, despertó Ricardo sobresaltado por una manito peluda, que le tapaba la boca.

- No grites, soy yo, Mariana. Has sido muy bueno conmigo, ¿por qué no te casas conmigo y me llevas?- dijo la monita.

El príncipe le dijo que no podía casarse con una mona, pero que podía llevarla consigo y tratarla muy bien. Pero la monita se puso a llorar, pues la anciana era una bruja, y sólo podría liberarse de ella si conseguía un marido. El príncipe sintió gran compasión por la monita y aceptó. Partió el príncipe a caballo con su monita al hombro. A los pocos minutos, ya se sentía arrepentido de su acción, no encontraba la forma de justificarse ante su padre.

Al verlo tan afligido, Mariana le dijo que no fueran al castillo, que entraran en el bosque, donde hallarían una casita en la que podrían vivir. En medio de la espesura, encontraron la casa, tal como lo había dicho la mona. Era una casita limpia y confortable. Se instalaron y comenzaron su vida juntos. El príncipe se veía cada vez más triste y ya había desistido de acudir a la cita con sus hermanos. Pero cuando llegó el día en que debía partir, la mona le dijo que no faltara a su palabra.

El príncipe partió a reencontrarse con sus hermanos y juntos marcharon al castillo. En el camino, todos comentaban de sus aventuras, menos Ricardo, que sentía gran vergüenza de su vida. Pero finalmente, no tuvo más remedio que contestar a las preguntas de los hermanos, y como era de esperarse, les mintió.

Cuando llegaron al castillo, los recibió el rey y pidió noticias sobre sus vidas. Cada uno de los hijos contó su vida, exagerando un tanto, para ganar los favores del padre.

El rey quiso medir la verdad en las palabras de los príncipes y les encargó que cada una de las esposas tejiera una camisa para él y otra para la reina, que debían ser tan finas y delicadas, que no produjesen roce ni siquiera a un recién nacido.

Los príncipes retornaron a sus hogares a contar el encargo a las princesas. Y éstas, encargaron inmediatamente las más finas sedas para hacer las telas. Pero Mariana, no parecía interesada.

El día que Ricardo debía retornar al castillo, Mariana le entregó dos semillas de cacao, diciendo que allí estaban las camisas.

El príncipe no quería creer en aquello, pero Mariana le dijo que si al abrirlas, no encontraba lo que deseaba, quedaría libre de ella.

Partió Ricardo hacia el castillo con sus semillas. Cuando llegó, se encontró con sus hermanos que tenían hermosas camisas para los padres.

El rey examinó las camisas y quedó muy satisfecho. Pero cuando el hermano menor le entregó las semillas, se puso furioso y las arrojó contra la pared. entonces, de cada semilla salió una camisa de tela finísima, de una blancura inmaculada y con botones de piedras preciosas. Los reyes estaban encantados con el presente y con su hijo menor.

- Ahora, me presentarán a sus esposas.- comentó el rey.

Ricardo llegó a su hogar muy afligido, debía presentar a su esposa. Pero, ¿cómo podía presentarse en la corte con una mona?

Cuando llegó el momento de llevar a Mariana a palacio, ella lo instruyó para que le consiguiera un viejo carruaje con ventanas cubiertas. Marcharon con el príncipe sentado en el pescante y su esposa dentro del carruaje.

Estaban todos frente al palacio y se presentaron primero las esposas de los hermanos mayores. Ambas muy hermosas y graciosas, que fueron aprobadas por los reyes.

Finalmente, le tocó el turno a Mariana. El joven príncipe estaba resignado al ridículo, cuando bajó del carruaje una muchacha bellísima como nunca se había visto, que provocó la exclamación de todos los presentes. Se presentó ante los reyes, sus modales y elegancia eran tales, que no dudó el rey en proclamar a su hijo menor como el sucesor al trono. Pero Mariana intervino:

- Agradecemos a vuestra majestad el ofrecimiento. Pero soy la única hija del rey de Francia, por lo que me corresponde hacerme cargo de la corona de mi país.

El rey quedó muy complacido al conocer la alcurnia de su nuera y les dio su bendición.

Los príncipes se marcharon con rumbo a Francia, y en el camino, la joven contó a su esposo, cómo aquella bruja horrenda la había hechizado, en venganza porque su padre no había querido casarse con ella.

La nuez de oro-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

nuez-de-oro

Abigail era la hermosa hija del leñador. Era una niña muy buena y generosa. Todos los días, antes de irse a la escuela, salía al bosque a buscar bayas frescas para la comida. Siempre se preocupaba por los demás y por ello era muy querida en la escuela.

Un día, cuando estaba en la parte más profunda del bosque, vio un objeto muy brillante en medio del camino. Se agachó a ver y descubrió una nuez de oro. Estaba contemplándola, cuando escuchó una voz detrás de ella:

- Veo que encontraste mi nuez.

Cuando Abigail se volteó para ver quién le hablaba, pudo ver un pequeñito vestido con un jubón rojo y gorro puntiagudo. No era un niño, a pesar de su baja estatura y su complexión esmirriada. Por la astucia con que hablaba y su carita de viejo, Abigail dedujo que debía ser un duende.

- ¡Devuélveme esa nuez! ¡No debes tomar lo que no te pertenece!

- No te la devolveré, a menos que puedas decirme cuántos pliegues tiene en la corteza. De lo contrario, la venderé para comprar ropas para los niños pobres, para que puedan abrigarse en el invierno.

- Déjame pensar. Tiene mil ciento trece pliegues.

Abigail los contó cuidadosamente, y tenía razón el duende. Entregó la nuez de oro al duende sollozante:

- Os la devuelvo señor Duende de la Floresta. Tienes razón.

- Guárdala. Tu generosidad me ha conmovido. Le darás un mejor uso. Cuando necesites algo, pídeselo a la nuez.

Sin aguardar a que le contestaran, desapareció.

A partir de ese momento, Abigail se encargó de proporcionar ropas y alimentos a todos los pobres de la comarca. Nadie sabía de dónde provenían, pero todos estaban agradecidos y felices con los beneficios. Desde ese momento, la conocieron como el ángel Abigail.

La gata encantada-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

la-gata-encantada

En un reino muy lejano, hace mucho tiempo vivía un príncipe sabio y querido por su pueblo. Todas las jóvenes nobles deseaban casarse con él. Pero no le interesaba ninguna de las candidatas, él pasaba jugando junto al hogar, con su gatita Agatha.

Una tarde, mientras acariciaba su suave pelaje, le dijo:

- Eres tan adorable, que si fueras mujer, me casaría contigo.

Al instante, apareció el Hada de los Imposibles y habló:

- Tu deseo será cumplido, príncipe.- y desapareció nuevamente.

Ante los ojos del desconcertado príncipe, Agatha se convirtió en una bellísima muchacha.

El príncipe estaba encantado con la transformación de su mascota. Mandó hacer los más finos trajes para ella, encargó las joyas más valiosas y la colmó de regalos. Llamó a sus consejeros para anunciarles que había encontrado finalmente a su candidata.

La boda se realizó con la presencia de todos los habitantes del reino. Cuando la ceremonia terminó, comenzó la gran fiesta. Todos estaban presentes, disfrutando de la buena comida y bebida, y nadie podía dejar de admirarse de la belleza de la novia, que además, impactaba por su dulzura.

La fiesta llevaba ya muchas horas de duración, y la gente continuaba divirtiéndose. Pero de pronto, todos los presentes quedaron pasmados, la joven novia, estaba encaramada en una silla, acechando a un ratoncito que correteaba por el salón. De un salto, cayó sobre él, lo tomó con su mano y se lo metió en la boca. Al sentir todas las miradas sobre ella, se lo tragó de sopetón.

El príncipe indignado ante tanta vergüenza, comenzó a llamar al hada de los imposibles para que deshiciera su hechizo. Pero el hada jamás acudió.

Nadie sabe qué pasó con el príncipe y la princesa. Tal vez vivieron felices y comieron ratones, en lugar de perdices.

La bobina maravillosa-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

la-bobina-maravillosa

Había en un castillo lejano, un principito muy holgazán, que no quería estudiar ni hacer nada. Sólo le interesaba jugar. Sus padres los reyes, habían intentado de todo para convencerlo de que asumiera sus responsabilidades reales para el futuro, pero el príncipe los ignoraba completamente.

Una noche, después de recibir un gran sermón sobre su pereza, suspiró tristemente, deseando ser mayor, para poder hacer lo que le viniera en gana.

Se fue a dormir apesadumbrado, y a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama, una bobina de hilo de oro. La tomó con curiosidad y la bobina le habló con voz muy débil:

- Trátame con cuidado, príncipe. Mi hilo es mágico, representa toda tu vida. A medida que vaya pasando, el hilo se irá soltando.

El principito estaba completamente asombrado y algo escéptico. La bobina continuó:

- Sé que quieres crecer pronto. Te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo. Pero te advierto. Todo el hilo que hayas desenrollado, no podrá volverse a ovillar, pues, los días pasados no retornan.

Para convencerse de lo que decía aquella bobina, el príncipe dio un fuerte tirón del hilo, y se convirtió en un apuesto príncipe. Tiró entonces un poco más y se encontró llevando la corona del rey, su padre.

La curiosidad le ganaba y tiró un poquito más.

- Dime bobina. ¿Cómo será mi esposa y mis hijos?

Apareció una joven hermosísima junto a él, y cuatro niños rubios y sonrosados. Sin siquiera disfrutar de lo que había obtenido, dejó que la curiosidad se apoderara de él. Tiró un poco más, para saber cómo serían sus hijos de mayores.

Pero de pronto, vio su imagen reflejada en el espejo. Había frente a él, un anciano decrépito de barba blanca y poco cabello. Sintió mucho miedo, era un viejo y ya le quedaba poco hilo. Su vida estaba llegando a su fin.

Intentó enrollar nuevamente el hilo, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. La vocecita de la bobina volvió a sonar:

- Has desperdiciado tu vida. Ahora comprendes que no pueden recuperarse los días perdidos. Fuiste perezoso, deseabas pasar por la vida, sin molestarte en hacer el trabajo de cada día. Deberás sufrir tu castigo.

El rey entró en pánico, lanzó un terrible grito y murió. Había gastado toda su vida, sin haber logrado hacer nada provechoso.

El pastorcillo mentiroso-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

el-pastorcillo-mentiroso

Era un pequeño pastor que vivía en las montañas. Pasaba todo el día cuidando de los rebaños, desde muy temprano en la mañana hasta la puesta de sol. Le agradaba su tarea, pero muchas veces se sentía solo y aburrido. Hubiera deseado tener alguien para jugar y conversar, pero no era posible, así que pasaba su tiempo, imaginando situaciones para divertirse.

Pero un día, le pareció buena idea, divertirse a costas de la gente del pueblo cercano. Bajó hasta la ladera de la montaña y comenzó a gritar:

- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ahí viene el lobo!

Al escuchar los gritos, las gentes del pueblo tomaron lo que tenían a mano y salieron corriendo para ayudar al pequeño. Pero al llegar descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastorcillo. Se enfadaron mucho con el niño y lo reprendieron.

Se marcharon muy molestos los vecinos del pueblo, pero el pastor se divertía como nunca con aquello. Tanto, que decidió que sería bueno, repetir la broma.

Cuando los aldeanos habían bajado la montaña, el pastorcito volvió a gritar con más fuerza:

- ¡Cuidado, es el lobo! ¡Viene el lobo!

Las gentes del pueblo escucharon los gritos y dieron media vuelta para socorrerlo, creyendo que esta vez, sería cierto que el lobo había llegado. Pero cuando llegaron a la cima nuevamente, se encontraron al pequeño revolcándose de la risa por el engaño. Esta vez, los aldeanos se ofendieron profundamente y se marcharon furiosos.

A la mañana siguiente, el pastor regresó a la montaña como de costumbre. Ya habían pasado algunas horas y el pequeño estaba tranquilamente sentado sobre una roca, recordando lo sucedido el día anterior, cuando vio acercándose lentamente a un lobo. Quedó helado del susto, no se podía mover. Cuando le fue posible, comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

- ¡Socorro! ¡Viene el lobo! Se va a comer todas mis ovejas. ¡Auxilio!

Pero esta vez, los aldeanos habían aprendido la lección, y no se molestaron en escuchar sus súplicas.

El pobre pastorcillo veía como el lobo se lanzaba sobres sus ovejas y no sabía que hacer. Chillaba cada vez más fuerte, pero el lobo no se asustaba:

- ¡Socorro! ¡Es el lobo, se come mis ovejas!

Pero los aldeanos seguían sin hacerle caso.

El pastorcillo debió presenciar cómo el lobo se comía unas cuantas ovejas, sin que pudiera hacer nada al respecto. Fue entonces, que se arrepintió de todo corazón, de la terrible broma que había hecho.

El buen carpintero-

Jueves, 29 de Octubre de 2009

el-buen-carpintero

Jonás era el carpintero del pueblo y tenía un pequeño taller al final de una calle pobre. Todos acudían a él para hacer sus encargos, no sólo porque era el único carpintero, sino porque era muy bondadoso. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, cuando alguien le encargaba un trabajo y no tenía dinero, Jonás no le cobraba nada por ello.

Salía un día de uno de sus trabajos, cuando se encontró con el zapatero, que era muy buen amigo suyo. Se detuvieron a conversar un rato, hasta que se hizo hora de retornar a su hogar.

Ya en su casa, dejó las herramientas sobre la mesa y se lavó las manos, y se disponía a preparase la cena, cuando vio una moneda de oro reluciente sobre la mesa.

Quedó muy intrigado por aquél hallazgo, pues creía que alguien había dejado olvidada la moneda en su casa. Deseaba devolverla a su dueño, pero no conseguía averiguar a quién pertenecía. Estuvo durante mucho tiempo pensando, pero nada se le ocurría.

Al día siguiente, como no encontrara al propietario de la moneda, decidió que se la daría a Juana, una señora muy pobre con cinco hijos, que vivía a unas cuadras de su casa. La mujer se puso muy contenta y salió a comprar comida para sus hijos.

Volvió a su taller para continuar trabajando y así se mantuvo ocupado. Cuando paró para almorzar, encontró sobre la mesa, dos brillantes monedas doradas, en el mismo sitio, donde el día anterior, encontrara la otra. Jonás estaba muy sorprendido, era indudable que no se trataba de un olvido, pues nadie había entrado aún en el taller. Así que decidió guardarlas en el bolsillo de su pantalón.

A la tarde, llegó un vecino, al cual había arreglado el tejado. Era momento de pagar, pero el hombre no tenía dinero y había perdido su trabajo, entonces Jonás le dijo que no se preocupara, que no necesitaba pagarle. El hombre se sintió muy agradecido y abrazó al carpintero antes de marcharse.

Cuando Jonás quedó solo, pudo notar que había dos nuevas monedas de oro sobre la mesa. Las tomó y las guardó junto con las otras.

Pasó la noche buscando una explicación para aquel raro fenómeno, pero la única que se le ocurrió, fue que recibía recompensa por ayudar a los necesitados. Entonces se dispuso a probar su teoría.

A la mañana siguiente, salió para arreglar una ventana. Realizó el arreglo y no quiso cobrar nada por ello. Y como si fuera poco, también reparó un gozne de una puerta que chirriaba.

Al regresar a su taller, se encontró sobre la mesa, cuatro sendas monedas de oro. Jonás estaba emocionado. Cerró la puerta con cerrojo, recogió las monedas y las guardó con las demás.

Pasaron los días y Jonás fue acrecentando su capital, hasta conseguir una fortuna. Pero sin que se diera cuenta, este dinero lo iba transformando, se había vuelto codicioso.

Un día, el carpintero encontró a un limosnero ciego en la puerta de la iglesia y le entregó una moneda. Corrió al taller para recibir su recompensa, pero lo único que había sobre la mesa, era una moneda de hierro. Confundido, salió nuevamente a la calle y regaló una suma más importante a la primera persona con la que se cruzó. Retornó al taller para buscar la moneda correspondiente, peo no encontró nada. Revisó el banco de trabajo, entre las herramientas, en la basura, pero solamente encontró dos monedas de hierro.

Se sintió muy decepcionado y rabioso, y decidió que protegería las monedas que ya había conseguido. Las llevó al banco del pueblo, en un cofre. De camino al banco, se cruzó con su amigo el zapatero, pero ni se molestó en contestarle el saludo, pues estaba muy ocupado en sus pensamientos.

Jonás iba todos los días al banco, a contar sus monedas. Se había vuelto desconfiado y huraño, y su corazón estaba endurecido. Pero, una mañana estaba en el banco como de costumbre, para su recuenta diaria, y se llevó una gran sorpresa. Sus preciadas monedas de oro, se habían convertido en simples monedas de hierro. Como un loco fue a pedir explicaciones a la gente del banco, pero nadie podía responderle. Sin nada que pudiera hacer, Jonás se echó a llorar.

Se volvió a su casa, cargando el cofre de monedas inútiles. Cuando iba de camino, le salió al paso un viejo herrero para pedirle una limosna. El carpintero le entregó el cofre. El herrero lo abrió y se puso feliz, pues con aquel hierro, podía hacer muchas herraduras para trabajar.

Jonás siguió camino a su taller y se puso a trabajar. Cuando paró para tomar un respiro, pudo ver otra moneda de oro, brillando sobre la mesa. En ese momento, comprendió que la verdadera recompensa, está en ayudar a otros, sin esperar nada a cambio.