Había un rey que tenía tres hijos en edad casadera. Pero estaba preocupado porque parecían muy dependientes de la protección de la reina, y él necesitaba saber que el reino quedaría en buenas manos. Por eso les dijo un día:
- Hijos míos, es tiempo de que partáis a conocer el mundo. Le ofrezco el trono a aquel de vosotros que consiga casarse con la princesa más hábil y hermosa.
Partieron los hijos cada uno por su lado y quedaron en reunirse un año más tarde.
El mayor, Enrique, tomó hacia el norte y allí estuvo entretenido en aventuras y conociendo los reinos lejanos, hasta que encontró a la princesa que mejor le pareció y se casó con ella.
El del medio, Carlos, hizo lo propio, pero con rumbo este. Llegó a tierras lejanas y consiguió casarse con una princesa tan bella como inteligente.
El hermano menor, Ricardo, partió en dirección al oeste y se encontró una casita al borde de un camino. Miró por la ventana y vio a una vieja horrenda, dando palos a una monita que gritaba desesperada. Como era muy compasivo, abrió la puerta y quitó el palo a la anciana, y la amenazó con golpearla a ella si volvía a tocar al animal. La mujer se puso furiosa y no quiso darle hospedaje al príncipe, pero él se quedó durmiendo en el patio bajo un roble.
Muy tarde en la noche, despertó Ricardo sobresaltado por una manito peluda, que le tapaba la boca.
- No grites, soy yo, Mariana. Has sido muy bueno conmigo, ¿por qué no te casas conmigo y me llevas?- dijo la monita.
El príncipe le dijo que no podía casarse con una mona, pero que podía llevarla consigo y tratarla muy bien. Pero la monita se puso a llorar, pues la anciana era una bruja, y sólo podría liberarse de ella si conseguía un marido. El príncipe sintió gran compasión por la monita y aceptó. Partió el príncipe a caballo con su monita al hombro. A los pocos minutos, ya se sentía arrepentido de su acción, no encontraba la forma de justificarse ante su padre.
Al verlo tan afligido, Mariana le dijo que no fueran al castillo, que entraran en el bosque, donde hallarían una casita en la que podrían vivir. En medio de la espesura, encontraron la casa, tal como lo había dicho la mona. Era una casita limpia y confortable. Se instalaron y comenzaron su vida juntos. El príncipe se veía cada vez más triste y ya había desistido de acudir a la cita con sus hermanos. Pero cuando llegó el día en que debía partir, la mona le dijo que no faltara a su palabra.
El príncipe partió a reencontrarse con sus hermanos y juntos marcharon al castillo. En el camino, todos comentaban de sus aventuras, menos Ricardo, que sentía gran vergüenza de su vida. Pero finalmente, no tuvo más remedio que contestar a las preguntas de los hermanos, y como era de esperarse, les mintió.
Cuando llegaron al castillo, los recibió el rey y pidió noticias sobre sus vidas. Cada uno de los hijos contó su vida, exagerando un tanto, para ganar los favores del padre.
El rey quiso medir la verdad en las palabras de los príncipes y les encargó que cada una de las esposas tejiera una camisa para él y otra para la reina, que debían ser tan finas y delicadas, que no produjesen roce ni siquiera a un recién nacido.
Los príncipes retornaron a sus hogares a contar el encargo a las princesas. Y éstas, encargaron inmediatamente las más finas sedas para hacer las telas. Pero Mariana, no parecía interesada.
El día que Ricardo debía retornar al castillo, Mariana le entregó dos semillas de cacao, diciendo que allí estaban las camisas.
El príncipe no quería creer en aquello, pero Mariana le dijo que si al abrirlas, no encontraba lo que deseaba, quedaría libre de ella.
Partió Ricardo hacia el castillo con sus semillas. Cuando llegó, se encontró con sus hermanos que tenían hermosas camisas para los padres.
El rey examinó las camisas y quedó muy satisfecho. Pero cuando el hermano menor le entregó las semillas, se puso furioso y las arrojó contra la pared. entonces, de cada semilla salió una camisa de tela finísima, de una blancura inmaculada y con botones de piedras preciosas. Los reyes estaban encantados con el presente y con su hijo menor.
- Ahora, me presentarán a sus esposas.- comentó el rey.
Ricardo llegó a su hogar muy afligido, debía presentar a su esposa. Pero, ¿cómo podía presentarse en la corte con una mona?
Cuando llegó el momento de llevar a Mariana a palacio, ella lo instruyó para que le consiguiera un viejo carruaje con ventanas cubiertas. Marcharon con el príncipe sentado en el pescante y su esposa dentro del carruaje.
Estaban todos frente al palacio y se presentaron primero las esposas de los hermanos mayores. Ambas muy hermosas y graciosas, que fueron aprobadas por los reyes.
Finalmente, le tocó el turno a Mariana. El joven príncipe estaba resignado al ridículo, cuando bajó del carruaje una muchacha bellísima como nunca se había visto, que provocó la exclamación de todos los presentes. Se presentó ante los reyes, sus modales y elegancia eran tales, que no dudó el rey en proclamar a su hijo menor como el sucesor al trono. Pero Mariana intervino:
- Agradecemos a vuestra majestad el ofrecimiento. Pero soy la única hija del rey de Francia, por lo que me corresponde hacerme cargo de la corona de mi país.
El rey quedó muy complacido al conocer la alcurnia de su nuera y les dio su bendición.
Los príncipes se marcharon con rumbo a Francia, y en el camino, la joven contó a su esposo, cómo aquella bruja horrenda la había hechizado, en venganza porque su padre no había querido casarse con ella.