En la selva de Misiones, vivía una coatí con sus tres cachorros. Se alimentaban de frutas, huevos de aves y raíces.
Cuando los cachorros fueron lo suficientemente grandes, la madre los reunió en la copa de un naranjo y les dijo:
- Coaticitos: ya están grandes para buscar su propio alimento. Deben aprender a hacerlo, porque la vida del coatí es solitaria. Sólo hay una cosa a la que deben temer, son los perros. Una vez debí enfrentarme a uno y terminé con un diente partido. Los perros siempre vienen con los hombres y ellos traen sus armas. Cuando escuchen cerca el ruido de las armas, tírense de cabeza al suelo, pues de no hacerlo, seguramente los matarán de un balazo.
Cuando la madre terminó sus palabras, todos bajaron del árbol y se fueron cada uno por su lado a buscar comida. El mayor era afecto a los cascarudos, fue a buscarlos entre los palos podridos y los yuyos, comió tanto que se quedó dormido. El segundo prefería las frutas y comió todas las que quiso, pues el naranjal estaba en el monte y podía comer tranquilo, sin que los hombres lo molestaran. El tercero gustaba de los huevos de aves, pero tuvo que buscarlos todo el día, apenas encontró dos nidos, uno de tucán con tres huevos y el otro de tórtola, con dos. Apenas cinco pequeños huevos, los que no alcanzaron para llenarse. Así que a la noche, ya tenía tanta hambre como en la mañana. Se quedó triste en la orilla del monte, mirando el campo y recordando la advertencia de la madre, sin comprender del todo sus razones. Fue entonces que sintió un canto de ave muy fuerte y pensó que debía pertenecer a un ave enorme y por lo tanto, sus huevos debían serlo. Sin dudarlo, salió en busca del ave, atravesando el campo con la cola levantada. Llegó a la casa de los hombres, donde estaba el ave, que era un gallo.
El coaticito conocía los gallos, su madre se los había mostrado. Sabía que las gallinas ponían huevos muy sabrosos. Recordó la advertencia de su madre, pero el hambre y el deseo, fueron más fuertes. Aguardó a la noche y entonces se encaminó a la casa, con gran sigilo. Lo primero que vio en la entrada del gallinero fue un huevo abandonado en el suelo, pensó en dejarlo para el final, pero no resistió la tentación. Se lanzó sobre el huevo y recibió un fuerte golpe en la cara. El hocico le dolía terriblemente, hasta hacerlo gritar de dolor.
El coatí nunca notó que mientras aguardaba que todo estuviera tranquilo, el hombre colocó una trampa para atrapar a una comadreja que rondaba el gallinero. El perro alertó al hombre, quien vino a revisar la trampa acompañado por sus hijos, que al ver al cachorro de coatí atrapado, pidieron que le perdonara la vida.
- No lo mates, por favor, papá. Es muy chiquito. ¡Dánoslo a nosotros!- suplicaron los niños.
- Está bien. Pero deben cuidarlo bien, darle comida y agua.- respondió el padre.
Los niños habían cuidado de un gato montés, al cual daban mucho alimento, pero olvidaron darle agua y murió de sed. Colocaron al coatí en la misma jaula del gato montés, muy cerca del gallinero, y se fueron a dormir.
Pasada la medianoche, el coaticito estaba muy triste y adolorido por los dientes de la trampa. Bajo la luz de la luna pudo distinguir tres siluetas que se acercaban. Para su asombro, eran su madre y hermanos, que estaban buscándolo. Pidió a su familia que lo liberara. La madre y los hermanos se pusieron a mordisquear la jaula sin éxito, luego intentaron con herramientas tomadas del galpón del hombre. Hicieron tanto ruido, que el perro se despertó y debieron huir apresuradamente.
Al día siguiente, los niños fueron a ver a su nueva mascota. Eligieron un nombre, Diecisiete. Le dieron comida y cariño. El coatí recibió todo con agrado y comenzó a sentirse cómodo.
Durante varias noches, el perro montó guardia cerca de la jaula, de modo que la familia del coatí, no pudo visitarlo. Cuando finalmente lograron acercarse e intentaron liberarlo, el coaticito les dijo que deseaba quedarse, que lo trataban muy bien y que la comida era deliciosa. La familia prometió visitarlo diariamente y así lo hizo. Cada noche, los coatís se deslizaban hasta la jaula del pequeño y éste les daba algún alimento. En pocos días, el coatí tenía permitido salir de su jaula y regresaba por sí mismo durante las noches.
Al ver lo bien que trataban al coaticito, su familia también le tomó cariño a los cachorros humanos. Pero una noche calurosa y oscura, la familia llegó de visita y no obtuvo respuesta a su llamado. Se acercaron a la jaula y vieron una víbora enorme junto a la puerta, pudieron deducir entonces, que e coatí debía estar ya muerto. Al instante se lanzaron sobre la víbora cascabel, saltando de un lado a otro para marearla, luego comenzaron a morderla y le deshicieron la cabeza. Llegaron hasta el coatí agonizante e intentaron revivirlo en balde. Lloraron amargamente por su muerte y se marcharon. Pero algo les molestaba.
Los tres coatíes sabían cuánto amaba su hermano a los cachorros humanos, también eran conscientes de que el cariño era mutuo. Estaban preocupados por los sentimientos de aquellos niños y por tanto decidieron que el hermano más parecido, sustituiría al coatí muerto. Los niños no notarían el cambio, a lo sumo, alguna variante en su actitud, ya que el coaticito les había hablado largamente de su familia humana.
Así lo hicieron, el hermano sustituyó al coatí muerto y nadie notó la diferencia. Su familia continuó con las visitas. Él les guardaba comida y ellos le contaban de la situación en la selva.


