Archivo de Septiembre de 2009

Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre- (de Horacio Quiroga)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

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En la selva de Misiones, vivía una coatí con sus tres cachorros. Se alimentaban de frutas, huevos de aves y raíces.

Cuando los cachorros fueron lo suficientemente grandes, la madre los reunió en la copa de un naranjo y les dijo:

- Coaticitos: ya están grandes para buscar su propio alimento. Deben aprender a hacerlo, porque la vida del coatí es solitaria. Sólo hay una cosa a la que deben temer, son los perros. Una vez debí enfrentarme a uno y terminé con un diente partido. Los perros siempre vienen con los hombres y ellos traen sus armas. Cuando escuchen cerca el ruido de las armas, tírense de cabeza al suelo, pues de no hacerlo, seguramente los matarán de un balazo.

Cuando la madre terminó sus palabras, todos bajaron del árbol y se fueron cada uno por su lado a buscar comida. El mayor era afecto a los cascarudos, fue a buscarlos entre los palos podridos y los yuyos, comió tanto que se quedó dormido. El segundo prefería las frutas y comió todas las que quiso, pues el naranjal estaba en el monte y podía comer tranquilo, sin que los hombres lo molestaran. El tercero gustaba de los huevos de aves, pero tuvo que buscarlos todo el día, apenas encontró dos nidos, uno de tucán con tres huevos y el otro de tórtola, con dos. Apenas cinco pequeños huevos, los que no alcanzaron para llenarse. Así que a la noche, ya tenía tanta hambre como en la mañana. Se quedó triste en la orilla del monte, mirando el campo y recordando la advertencia de la madre, sin comprender del todo sus razones. Fue entonces que sintió un canto de ave muy fuerte y pensó que debía pertenecer a un ave enorme y por lo tanto, sus huevos debían serlo. Sin dudarlo, salió en busca del ave, atravesando el campo con la cola levantada. Llegó a la casa de los hombres, donde estaba el ave, que era un gallo.

El coaticito conocía los gallos, su madre se los había mostrado. Sabía que las gallinas ponían huevos muy sabrosos. Recordó la advertencia de su madre, pero el hambre y el deseo, fueron más fuertes. Aguardó a la noche y entonces se encaminó a la casa, con gran sigilo. Lo primero que vio en la entrada del gallinero fue un huevo abandonado en el suelo, pensó en dejarlo para el final, pero no resistió la tentación. Se lanzó sobre el huevo y recibió un fuerte golpe en la cara. El hocico le dolía terriblemente, hasta hacerlo gritar de dolor.

El coatí nunca notó que mientras aguardaba que todo estuviera tranquilo, el hombre colocó una trampa para atrapar a una comadreja que rondaba el gallinero. El perro alertó al hombre, quien vino a revisar la trampa acompañado por sus hijos, que al ver al cachorro de coatí atrapado, pidieron que le perdonara la vida.

- No lo mates, por favor, papá. Es muy chiquito. ¡Dánoslo a nosotros!- suplicaron los niños.

- Está bien. Pero deben cuidarlo bien, darle comida y agua.- respondió el padre.

Los niños habían cuidado de un gato montés, al cual daban mucho alimento, pero olvidaron darle agua y murió de sed. Colocaron al coatí en la misma jaula del gato montés, muy cerca del gallinero, y se fueron a dormir.

Pasada la medianoche, el coaticito estaba muy triste y adolorido por los dientes de la trampa. Bajo la luz de la luna pudo distinguir tres siluetas que se acercaban. Para su asombro, eran su madre y hermanos, que estaban buscándolo. Pidió a su familia que lo liberara. La madre y los hermanos se pusieron a mordisquear la jaula sin éxito, luego intentaron con herramientas tomadas del galpón del hombre. Hicieron tanto ruido, que el perro se despertó y debieron huir apresuradamente.

Al día siguiente, los niños fueron a ver a su nueva mascota. Eligieron un nombre, Diecisiete. Le dieron comida y cariño. El coatí recibió todo con agrado y comenzó a sentirse cómodo.

Durante varias noches, el perro montó guardia cerca de la jaula, de modo que la familia del coatí, no pudo visitarlo. Cuando finalmente lograron acercarse e intentaron liberarlo, el coaticito les dijo que deseaba quedarse, que lo trataban muy bien y que la comida era deliciosa. La familia prometió visitarlo diariamente y así lo hizo. Cada noche, los coatís se deslizaban hasta la jaula del pequeño y éste les daba algún alimento. En pocos días, el coatí tenía permitido salir de su jaula y regresaba por sí mismo durante las noches.

Al ver lo bien que trataban al coaticito, su familia también le tomó cariño a los cachorros humanos. Pero una noche calurosa y oscura, la familia llegó de visita y no obtuvo respuesta a su llamado. Se acercaron a la jaula y vieron una víbora enorme junto a la puerta, pudieron deducir entonces, que e coatí debía estar ya muerto. Al instante se lanzaron sobre la víbora cascabel, saltando de un lado a otro para marearla, luego comenzaron a morderla y le deshicieron la cabeza. Llegaron hasta el coatí agonizante e intentaron revivirlo en balde. Lloraron amargamente por su muerte y se marcharon. Pero algo les molestaba.

Los tres coatíes sabían cuánto amaba su hermano a los cachorros humanos, también eran conscientes de que el cariño era mutuo. Estaban preocupados por los sentimientos de aquellos niños y por tanto decidieron que el hermano más parecido, sustituiría al coatí muerto. Los niños no notarían el cambio, a lo sumo, alguna variante en su actitud, ya que el coaticito les había hablado largamente de su familia humana.

Así lo hicieron, el hermano sustituyó al coatí muerto y nadie notó la diferencia. Su familia continuó con las visitas. Él les guardaba comida y ellos le contaban de la situación en la selva.

Morozko- (un cuento popular ruso)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

morozko

Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía una mujer con su hija y su hijastra. Para la señora, todo lo que hacía su hija estaba bien. Pero en cambio, nada que la hijastra hiciera, le resultaba aceptable, a pesar de que la niña era un encanto.

A la madrastra se le había puesto en la cabeza que ya no quería a la niña en su casa. Ordenaba al marido que se la llevara a toda costa.

- Llévatela donde sea, pero no quiero verla ni oírla. No deseo que permanezca más tiempo con mi hija. Abandónala en la nieve.- le decía al marido.

El hombre lloraba, pero obedeció. Se llevó a su hija en el trineo y la dejó sobre un montón de nieve en los campos desiertos, y volvió inmediatamente a su hogar.

La niña se sentó bajo un pino, mientras el frío la recorría y comenzó a rezar en voz baja. De pronto, sintió un extraño rumor. Morozko crepitaba en un árbol cercano, saltando de rama en rama, chasqueando los dedos. Se acercó al pino donde estaba la niña y comenzó a brincar chasqueando los dedos mientras contemplaba a la pequeña.

- Pequeña, pequeña, soy Moroz Narizrubia.

- Buenos días, Moroz. Dios te envió para consolar mi alma pecadora.

- ¿Estás caliente, pequeña?

- ¡Caliente, caliente, padre Morozushko!

Moroz comenzó a bajar crepitando con más ruido y chasqueando los dedos con mayor alegría.

- ¿Estás caliente, pequeña? ¿Estás caliente, hermosa?

La niña, que apenas podía respirar por el frío, continuó diciendo:

- ¡Sí, caliente, Morozushko; caliente, padre!

Con mayor intensidad, Morozko crepitó y chasqueó los dedos. Y preguntó por última vez a la niña:

- ¿Estás caliente, pequeña? ¿Estás caliente, hermosa?

La niña ya estaba aterida y apenas logró contestar:

- Sí, estoy caliente, mi querido Morozushko.

Morozko se sintió conmovido por sus palabras dulces y la envolvió en pieles para que entrara en calor. Luego le regaló un arcón con trajes de novia, del cual extrajo un vestido bordado en plata y oro. La muchacha se lo puso. Estaba hermosa. Se sentó bajo el árbol y comenzó a cantar.

Lejos, en la casa, la madrastra preparaba el banquete fúnebre. Y ordenaba a su marido:

- ¡Ve a enterrar a tu hija!

El hombre nuevamente obedeció a su mujer. Antes de que saliera, se oyó al perro, que estaba bajo la mesa:

- ¡Guau, guau! La hija del amo está vestida en plata y oro, pero la hija de la ama, no tendrá galanes que la miren.

- ¡Silencio, perro tonto! Cómete un hueso y di: “Los galanes buscarán a la hija de la ama, pero la hija del amo está en los huesos”.

El perro comió su hueso y repitió:

- ¡Guau, guau! La hija del amo viste en plata y oro, pero la hija de la ama no tendrá galanes.

La madrastra golpeó al perro, también probó con huesos, pero el perrito seguía repitiendo:

- La hija del amo viste en plata y oro, pero la hija de la ama no tiene galanes.

El piso tembló y se abrieron las puertas. La hijastra entró junto con el enorme arcón, vestida de plata y oro, hermosa. Al verla, la madrastra comenzó a gritar:

- Esposo mío. Toma dos caballos y llévate a mi hija. Déjala en el mismo lugar que a tu hija.

El marido se llevó a la hija de su mujer al sitio donde había dejado a su propia hija.

Al ver a la niña, Moroz Narizrubia se acercó y preguntó:

- ¿Estás caliente, pequeña?

- ¡Vete al cuerno! ¿No ves que me estoy congelando?

Morozko comprendió que sin importar cuánto saltara, no obtendría una respuesta amable de aquella niña. Se sintió profundamente enfadado con la niña y la congeló hasta que murió de frío.

En la casa, la madrastra gritaba:

- Esposo mío. Ve a buscar a mi hija. Lleva los caballos más veloces y tráela junto con el arcón.

- ¡Guau, guau! Los pretendientes se van a casar con la hija del amo, pero de la hija de la ama no quedan más que los huesos.

- No me mientas, perro. Toma un hueso y dime: “Traerán a la hija de la ama, vestida de plata y oro”.

Las puertas se abrieron y la madrastra salió al encuentro de su hija, pero no había más que un cadáver helado. La mujer se puso a llorar desconsoladamente, pues sabía que la muerte de su hija era producto de su maldad y envidia.

El círculo del noventa y nueve- (de Jorge Bucay-fragmento)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

el-circulo-del-noventa-y-nueve

Había una vez un rey que siempre estaba triste, que por contraposición, tenía un sirviente que siempre estaba alegre.

Cada mañana entraba el sirviente alegremente con el desayuno del rey. Un día, el rey le preguntó el origen de su alegría.

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría, paje?- preguntó el rey intrigado.

- No hay ninguno, Majestad.- contestó con naturalidad el sirviente.

El rey se molestó y lo intimó a que contestara, pero el sirviente no tenía respuesta para su pregunta. Simplemente explicó cómo se sentía.

- Majestad, no tengo motivos para estar triste. Tengo trabajo, esposa, hijos, casa, comida y ropa. De cuando en cuando, me premias con algunas monedas para gastar, ¿qué más puedo pedir?

El rey despidió molesto al paje y se quedó meditando. No concebía que un ser tan miserable fuera feliz. Entonces mandó llamar al más sabio de sus asesores para preguntarle.

- Majestad, es que el paje está fuera del círculo.

- Explícate.

- ¿Es feliz por estar fuera del círculo?

- No. No es infeliz por estarlo.

- ¿Acaso, estar en el círculo te hace infeliz?

- Efectivamente.

- Y el paje no está dentro.

- Así es.

- ¿Cuándo salió?

- Nunca entró.

- ¿Qué clase de círculo es ese?

- El círculo del noventa y nueve. Para que entiendas, debería mostrártelo en la práctica, haciendo que tu sirviente entre en él.

- Hagámoslo.

- Sólo hay una manera de hacerlo. Debemos dejar que entre por su voluntad.

- Bien.

- Pues prepara una bolsa con noventa y nueve monedas de oro para esta noche. Pasaré por ti. No olvides que sean exactamente noventa y nueve, ni una más ni una menos.

A la noche, el consejero pasó a buscar al rey y se dirigieron a la casa del paje, donde se ocultaron tras unos arbustos y aguardaron al alba.

Cuando vieron la primera luz en la casa, el consejero dejó la bolsa de cuero con las monedas y una nota que decía:

“Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie, cómo lo encontraste”.

Golpeó la puerta del paje y se volvió a esconder para espiar mejor.

El sirviente vio la bolsa y la nota y cuando se percató del sonido de las monedas, entró inmediatamente a la casa, echando el cerrojo.

El paje desparramó el contenido de la bolsa sobre la mesa y no podía creer lo que veía. Estaba embelesado, tocaba y acariciaba las monedas. Comenzó a formar pilas de a diez y cuando llegó a la última, notó que faltaba una. De inmediato comenzó a buscar la moneda faltante, en el suelo, sus bolsillos, los alrededores, en la bolsa. Era imposible, debía estar en alguna parte, no podían ser sólo noventa y nueve, debían ser cien.

- ¡Me robaron!- gritó desconsolado.

No había otra explicación, noventa y nueve no es un número redondo, debía faltar una. Era mucho dinero, pero faltaba una para que estuviera completo. Con cien monedas de oro, no tendría que volver a trabajar.

La cara del sirviente había cambiado, tenía los ojos pequeños y arrugados, el ceño fruncido, la boca con un terrible rictus. El hombre guardó las monedas nuevamente en el bolso, vigilando que nadie de la casa lo viera. Escondió la bolsa entre la leña y comenzó a calcular cuánto tiempo le llevaría conseguir la moneda faltante.

Cuando terminó sus cálculos quedó espantado, tomaría unos doce años juntar lo suficiente para comprar la moneda faltante, siempre que ahorrara todo su salario y algún dinero extra. Debía encontrar la forma de hacerlo más rápido. Tal vez pudiera pedirle a su esposa que buscara un trabajo en el pueblo y también él mismo, podría conseguir un segundo empleo. Haciendo esto, podría tardar unos siete años. Tampoco era suficientemente rápido. Quizás pudiera vender por las noches, los restos de comida. Deberían comer menos para tener más para vender. Tal vez podrían vender la ropa y los zapatos sobrantes. Seguía cavilando sin cesar. El sirviente había entrado en el círculo del noventa y nueve.

Durante los meses posteriores, el sirviente se dedicó a cumplir sus planes. Conforme seguía su estrategia, su humor empeoraba. Hasta que una mañana, el rey le preguntó el motivo de su malhumor. El paje contestó de mal modo. No pasó mucho tiempo, hasta que el rey lo despidió, debido a su mal humor.

Moraleja:

Todos hemos sido educados en la ideología de que siempre nos falta algo para estar completos, y que sólo seremos felices, cuando logremos completarnos. Nos enseñaron que la felicidad debe esperar a completar lo que falta. Y como siempre nos falta algo, nunca podremos gozar de la vida.

Pero, ¿qué pasaría si esas noventa y nueve monedas fueran el cien por ciento del tesoro? Pues noventa y nueve, no es menos redondo que cien. Por tanto, debemos disfrutar de nuestros tesoros, tal como están.

El rey que no quería bañarse- (de Ema Wolf)

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

el-rey-que-no-queria-banarse

Esta es una historia contada por una esponja de baño.

Hace muchísimo tiempo, cuando la guerra era un oficio de reyes, salían a pelear y volvían años más tarde, sucios y cansados. Esto le sucedió al rey Vigildo, que una mañana partió para la batalla y regresó veinte años más tarde, cansado y adolorido.

La reina Inés lo recibió con el baño pronto, pero cuando llegó el momento de bañarse, el rey no quiso saber nada.

Todos quedaron petrificados ante la negativa.

- ¿Cuál es el problema, Majestad?- preguntó el chambelán- ¿El agua está muy caliente, el jabón frío, la bañera muy profunda?

- No, que no. Pero no me voy a bañar.- contestó el rey.

No hubo manera de convencerlo. Intentaron forzarlo, pero hizo un gran escándalo.

La reina intentó que al menos, se cambiara las medias. Era buena hora, luego de veinte años.

Todos estaban intrigados y deseaban saber qué ocurría. Lo acosaron con preguntas durante días. Hasta que finalmente, el rey confesó:

- Extraño el campo de batalla. Estuve demasiado tiempo de guerra, me sentiría ridículo y aburrido dentro de una bañera. ¿Qué clase de rey guerrero sería? Más bien, parecería un guisante remojado.

La familia se puso a buscar una solución, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una buena idea. Mandaron fabricar una fortaleza, barcos, soldaditos y algunos dragones, para poner en la bañera del rey.

Vigildo estaba encantado y no dudó en meterse al agua. Comandaba sus ejércitos de juguete a viva voz. Daba órdenes y planeaba estrategias, mientras su campo de batalla flotaba sobre el jabón.

Eso es lo que cuenta la esponja. También dice, que desde esa época, quedó la costumbre de colocar juguetes en la bañera, para que los niños tengan con qué entretenerse a la hora del baño, para que nunca se aburran.

El flautista de Hamelin

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009

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Dicen que hace muchísimo tiempo, en la rica ciudad alemana de Hamelin, hubo una invasión de ratones, los que se paseaban sin preocupación por las casas, saqueando los graneros y las alacenas a voluntad. Los pobladores no conseguían deshacerse de la plaga por más que lo intentaban. Habían probado todas las recetas, pero ninguna funcionaba. Estaban desesperados, tanto que ofrecieron una enorme recompensa para aquél que lograse eliminar a la plaga.

El 26 de junio de 1284, apareció un misterioso hombre, delgado y excéntrico, acompañado por su flauta, y prometió eliminar a los intrusos a cambio de la recompensa. Los ciudadanos de Hamelin aceptaron de inmediato.

El flautista desenfundó su instrumento y comenzó a tocar una melodía maravillosa, que consiguió atraer a los ratones de toda la ciudad, los que embelezados por la música, se congregaron en torno al extraño hombre. Cuando estaba rodeado por una increíble muchedumbre de ratones, el flautista comenzó a caminar por las calles de Hamelin sin dejar de ejecutar su instrumento. Los ratones lo seguían sin percatarse que se alejaban de las casas. Llegaron a los confines de la ciudad y el flautista no se detenía, tocaba y tocaba, mientras los ratones lo seguían. Salieron de la ciudad y se encaminaron al río.

Al llegar a la orilla del río, el flautista no dudó y se metió en el agua, los ratones lo siguieron, sin percatarse en lo más mínimo, del peligro que corrían. Uno a uno, fueron entrando al río y pereciendo. La ciudad quedó libre de su plaga.

La alegría retornó a Hamelin y se programó una gran fiesta. Cuando la fiesta estaba en todo su apogeo, el flautista se presentó para cobrar su recompensa. Los ciudadanos notables decidieron que la enorme recompensa no estaba de acuerdo al trabajo simple que había realizado el flautista, por tanto, se negaron a pagar lo acordado. El flautista se sintió tan enfurecido que decidió vengarse.

Sin aviso ni ceremonia, el flautista comenzó a tocar otra melodía encantadora por las calles de Hamelin, pero esta vez lo siguieron los niños de la ciudad, sin que sus padres pudiesen hacer nada para impedirlo.

Sin preocuparse, el flautista se dirigió nuevamente a las afueras de la ciudad, donde se metió otra vez en el río, con los niños tras de sí. Fue la última vez que los vieron.

Dos pequeños se retrasaron del grupo y pudieron salvarse de su destino cruel, pero uno era ciego y no pudo mostrarles el camino, el otro era mudo y no consiguió hacerse entender. La ciudad quedó desolada, nunca se recuperó de tal pérdida.

Las medias de los flamencos- (de Horacio Quiroga)

Martes, 29 de Septiembre de 2009

Un día, las víboras decidieron dar un gran baile. Fueron invitados los sapos, las ranas, los flamencos, los pescados y los yacarés.

El baile se hizo a la orilla del río y los pescados miraban asomaditos a la arena, aplaudiendo con la cola, pues no tienen patas para bailar. Los yacarés fumaban cigarros paraguayos y se adornaron los cuellos con collares de bananas. Los sapos se pegaron escamas de pescado en el cuerpo y se movían como si nadaran. Las ranas se habían perfumado el cuerpo y caminaban en dos pies, llevando un farolito con una luciérnaga.

Las medias de los flamencos

Las que estaban mejor vestidas, eran las víboras, con trajes de bailarinas haciendo juego con el color de cada víbora. Bailaban apoyadas en la punta de sus colas, mientras los invitados aplaudían como locos.

Los únicos que no estaban felices, eran los flamencos, que por ese tiempo tenían las patas blancas, porque no eran inteligentes y no habían sabido adornarse. Ellos envidiaban los trajes de los otros invitados, principalmente los de las víboras de coral, las más hermosas.

Un flamenco tuvo una idea. Colocarse medias rojas, blancas y negras, para que las víboras se enamorasen de ellos. Fueron hasta el almacén del pueblo para comprar las medias. Pero el almacenero no tenía. Entonces fueron a otro almacén y a otro, y en todas partes los tomaban por locos.

Un tatú que estaba tomando agua en el río, escuchó lo que ocurría y quiso burlarse de ellos y se acercó.

- Buenas noches, señores flamencos. No van a encontrar lo que buscan en un almacén. Tal vez en Buenos Aires, pero eso demora. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pueden pedírselas.

Los flamencos agradecidos se despidieron y fueron volando a la cueva de la lechuza.

- Buenas noches, lechuza. Venimos a pedirle medias rojas, blancas y negras, para el gran baile de las víboras.

- Con mucho gusto.- respondió la lechuza- Aguarden un momento.

La lechuza se alejó volando y retornó un rato después con las medias. En realidad, no eran medias, sino los cueros de víboras de coral, recién sacados de las víboras que había cazado.

- Aquí les traigo las medias. Disfrútenlas, pero no dejen de bailar nunca, porque entonces van a llorar.- dijo la lechuza.

Como los flamencos son tontos, no comprendieron a qué se refería la lechuza y se pusieron los cueros de víbora como si fueran medias. Así llegaron al baile.

Cuando llegaron al baile, todos estuvieron envidiosos. Las víboras quisieron bailar sólo con ellos. Como se movían constantemente, nadie podía ver de qué estaban hechas sus medias.

Pero las víboras comenzaron a sospechar. Comenzaron entonces a observar con intensidad aquellas medias, pero los flamencos no paraban de bailar.

Cuando las víboras se dieron cuenta que los flamencos estaban muy cansados y que deberían forzosamente parar, pidieron los farolitos a los sapos. Cuando los flamencos comenzaron a caer de cansancio, las víboras se acercaron a observar sus patas con los farolitos, pudiendo ver de qué estaban hechas las medias.

- ¡No son medias!- exclamaron- Nos han engañado. Mataron a nuestras hermanas y se pusieron sus cueros.

Los flamencos asustados quisieron huir, pero no pudieron debido al enorme cansancio que tenían. Entonces, las víboras de coral se abalanzaron sobre ellos, deshaciendo sus medias a mordiscones, mordiendo también sus patas para que murieran.

Los flamencos saltaban de un lado a otro por el dolor, pero sin poder quitarse de encima a las víboras. Hasta que finalmente los dejaron libres, para que murieran por el veneno que habían dejado en sus cuerpos.

Pero los flamencos corrieron a echarse en el agua, gritando de dolor. No murieron, pasaron días con el terrible ardor en las patas, que habían cambiado su color blanco, por un color sangre que venía del veneno que contenían.

Esto ocurrió hace muchísimo, pero los flamencos todavía deben tener las patas sumergidas en el agua por el intenso ardor. En ocasiones, deben arrollar una de sus patas, para aliviar el ardor.

FIN

La gama ciega- (de Horacio Quiroga)

Martes, 29 de Septiembre de 2009

Había una vez una gama que tuvo mellizos, un macho y una hembra, pero al macho se lo comió un gato montés. De modo que sólo la pequeña gamita quedó.

Todas las mañanas, la madre obligaba a la pequeña a repetir la oración de los venados, que la gamita debía memorizar para que su madre le permitiera andar sola:

La gama ciega
1) Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

2) Hay que mirar bien el río y quedarse quieta antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.

3) Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.

4) Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos para ver si hay víboras.

Una tarde, mientras recorría el monte, vio dentro del hueco de un árbol, muchas bolitas de color oscuro que colgaban. Sintió curiosidad y dio un cabezazo y disparó. Pero las bolitas se rajaron y de ellas salieron abejitas rubias de cintura fina que no la picaron. Entonces probó con su lengua del líquido que escurría de las bolitas y para su sorpresa descubrió que era miel. Tomó toda la miel y regresó a su hogar para contarle a su madre. La madre la reprendió y advirtió que no lo volviese a hacer.

A la mañana siguiente, la gamita salió de nuevo, sin cuidarse de obedecer a su madre, pues pensó que exageraba como toda madre. Buscó hasta que halló un panal. Esta vez encontró uno de abejas oscuras y de mayor tamaño. La gamita pensó que sería como las otras y dio un cabezazo al panal. Al momento salieron cientos de avispas que la picaron por todo el cuerpo, hasta los ojos. Enloquecida de dolor, la gamita salió corriendo hasta que se dio cuenta que estaba ciega. Se puso entonces a llorar y pedir por su mamá.

La madre ya estaba buscando a la gamita, hasta que finalmente la halló. Llevó a la gamita hasta su cubil, pero no sabía cómo curarla. La madre sabía que en el pueblo había un cazador de gamos que tenía muchos remedios y que podría ayudar a su hija. La madre estaba desesperada, por eso decidió llevar a la gamita, a pesar de que el hombre acostumbraba cazar gamos. Para asegurarse, llevaba una carta de recomendación del oso hormiguero, que era gran amigo de aquel hombre.

No sin peligros, llegó la madre hasta el cubil del oso hormiguero, dejando a la gamita escondida en su cubil. El oso no le dio una carta, sino una cabeza de víbora seca, que conservaba aún los colmillos venenosos.

Regresó por su hija para llevarla al pueblo. Cuando llegaron, caminaron despacito junto a las paredes, para no alertar a los perros. Alcanzaron la casa del cazador, la madre tocó a la puerta y se identificó. El hombre abrió la puerta y preguntó qué motivo las traía. La madre contó la historia al cazador, quien volvió con una silla alta, en la que hizo sentar a la gamita para verle mejor los ojos. Finalizado el examen, el cazador dio su opinión.

- No es gran cosa lo que tiene. Póngale esta pomada todas las noches y manténgala durante 20 días en la oscuridad. Luego póngale estos lentes amarillos y se curará.

- Muchas gracias, cazador. ¿Cuánto le debo?- respondió la madre.

- No es nada.- respondió el cazador- Pero cuídela de los perros al salir.

La gamita se curó como dijo el cazador, aunque fue un periodo muy difícil de superar.

Una mañana, finalmente, la gamita salió al exterior y comprobó con gran alegría que podía ver. Daba saltos de felicidad y su madre lloraba de alegría.

La gamita se curó por completo y estaba feliz por ello, pero deseaba de todo corazón, agradecerle al cazador por lo que hiciera por ella, pero no sabía cómo.

Un día encontró la solución, se puso a recorrer la orilla de los bañados y lagunas en busca de plumas de garza, para llevarle al cazador.

Una noche de lluvia, mientras el cazador leía en su cuarto, llamaron a la puerta. Cuando el cazador abrió, pudo ver a la gamita que traía un atadito con un plumerito de plumas de garza. Al verlo, el cazador se rió. La gamita creyó que se burlaba y se fue triste.

Entonces buscó plumas muy grandes y limpias, y retornó una semana después con su ofrenda. Esta vez el cazador no rió, en cambio le regaló un trozo de caña tacuara lleno de miel, que la gamita comió encantada.

Desde ese momento, el cazador y la gamita fueron grandes amigos. La gamita visitaba al cazador regularmente con su regalo de plumas y éste la esperaba con un jarro de miel.

FIN

Hansel y Gretel. La casita de chocolate

Martes, 29 de Septiembre de 2009

En una choza muy pobre en las afueras del pueblo, vivía un leñador con su humilde familia. La miseria en que estaban sumidos era tan grande, que amenazaba sus vidas.

Desesperados por la situación, el leñador y su mujer conversaban una noche, intentando resolver el dilema de su supervivencia.

Hansel y Gretel

- Los niños van a morir de hambre.- decía angustiado el leñador.

- Deberíamos conseguirles un hogar adoptivo.- contestaba entre sollozos la mujer.

- Nadie adoptaría a los hijos de una familia tan pobre. ¿Qué haremos?

- Dejarlos en las orillas del bosque, cerca de palacio. Seguramente alguien los encuentre y les de abrigo.

Mientras los esposos conversaban sumidos en una enorme angustia, los hijos escuchaban horrorizados a sus padres. Y viendo que la situación era inevitable, acordaron un plan para retornar a su hogar.

Al día siguiente, sus padres los llevaron al bosque con la excusa de conseguir algún alimento. Cuando estaban en lo más espeso y fatigados, les ordenaron que descansaran. Antes que los niños se dieran cuenta, sus padres habían desaparecido dejándolos solos en la arboleda .

Hansel, había tomado la precaución de cargar con un trozo de pan duro, del cual sacaba miguitas para marcar el camino que transitaban en el bosque. Pero ni todos los panes del mundo le hubieran servido, pues los pájaros habían comido las migas que dejara. Ya no podrían regresar.

Anduvieron mucho tiempo por el bosque, sin tener idea de dónde estaba la salida. Hasta que en determinado momento, encontraron una casa. Su alegría era inmensa, estaban salvados. Cuando se acercaron a la casa, pudieron comprobar con gran sorpresa, que no era una casa común, era algo nunca visto, una casa fabricada con galletas y caramelos. Ante tal espectáculo, Hansel y Gretel se abalanzaron sobre la casa y comenzaron a comer todo lo que pudieron. Hasta que apareció una anciana que los observaba. Los niños se sintieron avergonzados de su conducta y se excusaron con la mujer.

- Lamentamos habernos comido su casa, señora. Hace días que no comemos.- dijo Hansel humildemente.

- No se preocupen, está para comer.- replicó la mujer, que los invitó a pasar.

La anciana les ofreció abundante comida y les permitió pasar la noche en su hogar. Ofreciendo llevarlos de vuelta a su casa, a la mañana siguiente.

Las cosas no siempre son lo que parecen, y la dulce ancianita no era más que una bruja malvada. Y sus intenciones eran devorarse a los niños. Mientras dormían, encerró a Hansel en una jaula hermética y obligó a Gretel a trabajar para ella.

La bruja pensaba que los niños estaban demasiado flacos para ser su banquete, por lo que, los obligaba a comer abundantemente. Cada día los pesaba para cerciorarse de su progreso, pero no veía los resultados, ya que Gretel, bajo las indicaciones de su hermano, había trabado la aguja de la balanza, para que nunca aumentara la marca.

Los niños estaban aterrados de la horrible bruja y el destino que les aguardaba, por lo que pensaron un plan de escape. Cierto día, mientras la bruja los sacaba de la jaula para pesarlos, Hansel le dijo a la bruja que la comida que preparaba en su caldero estaba quemándose. Gretel apoyaba las palabras de su hermano e insistía en la humareda que desprendía aquel guisado. La bruja fastidiada por la idea de desperdiciar la comida, fue a revisar el caldero para verificar lo que los niños decían. Mientras hacía esto, Hansel tomaba una pala del jardín y golpeaba a la bruja en la cabeza, quien cayó sobre el caldero. Con ayuda de su hermana, Hansel metió las piernas de la bruja dentro del caldero para que se cocinara en su propio guiso. Atizaron el fuego para acelerar la cocción y pronto se vieron libres de su prisión.

Los niños tomaron alimentos y algunas joyas que la bruja tenía, y salieron corriendo sin parar. Anduvieron mucho tiempo hasta que finalmente se toparon con un leñador, que casualmente era su padre.

Al verlos aparecer, el padre echó a llorar pidiendo perdón por su enorme error. Los niños lo perdonaron y le mostraron lo que habían obtenido de la bruja. Todos regresaron felices a su choza, donde la madre los recibió con mucho amor.

El perro encantado

Martes, 29 de Septiembre de 2009

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Lo pusieron en el regazo de Alejandrita cuando tenía treinta y cuatro días y medio. Para ella fue el mejor regalo de cumpleaños, para él, otro día perro .

A la noche, privado de su madre y hermanos, lloraba sin parar y daba vueltas como un trompo despuntado. Apenas por dos pelos, se salvó del chancletazo que el padre le tiró para que se callara, que se estrelló con fuerte sonido de tambor, en la delicada espalda de Alejandrita, quien lo había cubierto con su cuerpo.

Durante las siguientes horas, todos lloraban. Feldespato –que así fue nombrado- por su soledad, Alejandrita por el chancletazo, el padre por el remordimiento y la madre por solidaridad. La mañana los encontró en un gran abrazo familiar, todos plácidamente dormidos en la cama grande. Feldespato incluido.

Feldespato, era un perrito feo, a decir verdad. Pero, para Alejandrita, no había nada más hermoso en todo el universo.

Creció como cualquier cachorro. Hasta que un fatídico día, sin más, pronunció sus primeras palabras. Alejandrita quedó maravillada, su adorada mascota podía charlar.

Su mamá llamó inmediatamente a los noticieros, para mostrar al mundo tal prodigio, y de paso, ver si podía hacerse de unos buenos pesos con él. En poco tiempo, la casa se vio invadida por extraños con cámaras.

Alejandrita se encerró con Feldespato en el ropero del altillo y se negó a moverse. Hasta que su madre la convenció de que con el dinero, la llevaría en un viaje soñado por Disney World.

La noticia corrió por todo el país, en segundos y antes de una hora, estaba en todo el planeta.

La casa se convirtió en una central telefónica, las llamadas se sucedían constantemente, de día y de noche. La familia, agotada por tanta comunicación, decidió que ya era tiempo de elegir al comprador, pues el cansancio y un zumbido peculiar en sus oídos, pudieron más que su codicia.

La favorecida, fue la Sra. Colemanita Myokito, una millonaria japonesa, quien dos días más tarde, se presentó ante su puerta, cheque en una mano y jaulita en la otra. Rápidamente, ayudada por un intérprete, concluyó el negocio y marchó rumbo a su patria, con el precioso cargamento. Y Alejandrita rumbo a su prometido paseo.

Los primeros días, la Sra. Myokito estaba fascinada, aunque no así Feldespato, que extrañaba a la dueña de su corazón. Pero pronto, las barreras idiomáticas terminaron por aburrir a la millonaria, quien vendió sin miramientos al desafortunado.

Su nuevo hogar era no menos lujoso, pero sí más occidental. Su dueño era un gordo petrolero de Texas. Al igual que la señora japonesa, el norteamericano, pronto se aburrió de que su interlocutor no hablara su lengua y lo envió a una escuela de idiomas para perros (que algún avivado había creado especialmente para la ocasión). Los resultados fueron desastrosos, Feldespato podía hablar español con erudición, pero bajo ninguna circunstancia fue capaz de aprender inglés.

Furioso con el resultado, el tejano lo vendió a un rico colombiano, cuyas arcas se habían llenado con los frutos de la droga.

Feldespato, no sería capaz de aprender inglés, pero no era tonto, fue así que se levantó en huelga y dejó de hablar. Pasaron semanas y Feldespato continuaba sumido en el silencio. El colombiano, que era de temer, montó en cólera y ordenó que lo ejecutaran.

Partió así el siniestro grupo rumbo a la selva. Ya en lo más profundo de la jungla, el pelotón aprontó sus armas, apuntó y cuando estaban por hacer fuego, una explosión venida vaya a saberse de dónde, echó por tierra a los mercenarios. Feldespato corrió tanto como sus patitas cortas se lo permitieron, hasta quedar tan perdido, que ni sus asesinos podían encontrarlo. Vagó sin destino durante días, comiendo cuando podía, durmiendo en el húmedo lecho selvático.

Cuando se hubo resignado a la soledad, se topó con un pequeño poblado. Recorrió las chozas en busca de un alma caritativa y la encontró sin esfuerzos. Era una anciana achinada, de cabellos blancos y ojos opacos, que le arrimó un tacho con un guiso espeso, que a Feldespato le pareció un manjar. De inmediato se estableció la amistad. Feldespato demostró sus mejores gracias, guardándose las palabras para el magistral final. Cuando las pronunció, la anciana no demostró sorpresa, tampoco prestó atención a la fluida conversación, lo cual desconcertó al cánido, quien no estaba dispuesto a terminar la relación por ese pequeño desprecio. Para su tranquilidad, pronto se enteró de que su nueva ama, era completamente sorda. Sabiendo esto, Feldespato respiró aliviado y pudo llevar una vida feliz. La anciana le contaba sus cosas, como todos hacemos de vez en cuando con nuestras mascotas, y él podía responderle a gusto, sin tener que preocuparse de lo que ella pensara.

El gato con botas

Lunes, 28 de Septiembre de 2009

Al morir un molinero pobre, sus tres hijos tuvieron para repartir como herencia el molino, el burro y el gato de su padre. Para el mayor fue el molino, el segundo recibió el burro y el menor se quedó con el gato.

- Qué desgracia la mía. Mis hermanos pueden asociarse para ganarse la vida con su herencia, pero yo, no tengo provecho con este gato miserable.

El gato con botas

El gato escuchó a su nuevo amo y temiendo por su suerte, se aventuró a decirle:

- Puedo ayudarte a conseguir el sustento si dejas que me haga cargo de la situación.

El hijo del molinero no opuso reparos, pues no tenía nada que perder con permitirle al animal hacer su voluntad.

De inmediato, el gato se puso a trabajar en su plan. Se vistió con un par de botas y un sombrero viejo, y salió al campo a procurar cazar algún animal. Luego de recorrer unas cuantas leguas, por fin encontró su presa, un conejo gordo que estaba comiendo hierbas.

Contra todo lo pensado, el gato no llevó su presa al amo, sino que se presentó en el castillo del rey a ofrecer su botín como ofrenda.

- Mi amo, el Marqués de Carabás te envía este regalo como muestra de su aprecio.- comentó el gato al rey.

- Dale las gracias de mi parte a tu amo.

El gato volvió a su hogar muy feliz, porque su plan había comenzado como esperaba.

A los pocos días, volvió al castillo para hacer otro regalo al soberano, esta vez eran dos perdices, que el rey nuevamente agradeció, mostrando interés por el generoso marqués.

Los regalos se sucedieron, y el rey se mostraba cada vez más agradecido.

Cierto día, el gato escuchó la noticia de que el rey pasaría cerca de donde vivía su amo y sabiendo que el monarca iría acompañado por su hermosa hija, sugirió a su amo que fuese a bañarse al río.

- Ve a bañarte al río y apóyame en todo lo que diga.- sugirió el gato.

El amo, que estaba conforme con los servicios del gato, aceptó de buen grado la sugerencia, aunque no sabía realmente qué se proponía.

Tal como el gato lo anticipara, el rey pasó por donde su amo tomaba un baño. Aprovechando la situación, el gato comenzó a gritar como si su amo estuviera en problemas.

- Socorro, majestad, mi amo está ahogándose.- dijo el gato.

- Guardias, rescaten al Marqués de Carabás y tráiganlo ante mi presencia.- ordenó el rey.

El gato, en tanto, explicaba al rey que su amo había sido asaltado por unos bandidos en el camino, los que le habían robado toda la ropa. El rey ordenó que le proporcionaran ropa de su propiedad.

De este modo, el joven molinero se vio montado en el carruaje real y vestido con las ropas del rey. Agradeció la generosidad del monarca y prosiguió viaje con él.

Entre tanto, el gato con botas, se adelantaba al grupo para hablar con las gentes del lugar. Ordenándoles bajo terribles amenazas, que si el rey les preguntaba, dijeran que esas tierras pertenecían al Marqués de Carabás.

En realidad, las tierras pertenecían a un ogro malhumorado que vivía en un castillo cercano.

- Buen campesino, dime, ¿a quién pertenecen estas tierras que estás labrando?- preguntó el rey.

- Al Marqués de Carabás.- contestó el campesino con cierto temor, pues el gato estaba escondido tras unos matorrales vigilando que cumplieran sus órdenes.

El rey quedó complacido con la respuesta y con la tierra que veía. Prosiguieron la marcha por la comarca y en todas partes, la gente respondía que aquellas tierras pertenecían al marqués.

El gato que seguía adelantado al grupo, llegó hasta el castillo del ogro para conversar con él.

- Buenos días señor ogro. ¿Es cierto que todas estas tierras te pertenecen?

- Muy cierto pequeño gato.

- ¿Es cierto que puedes convertirte en cualquier criatura que desee?

- Velo por ti mismo.

Diciendo esto, el ogro se convirtió en un caballo. El gato lo observó detenidamente y aguardó sin decir palabra. Finalmente, el ogro volvió a su forma habitual. El gato volvió a interrogarlo.

- Me dicen que también puedes convertirte en animalitos pequeñitos, pero no lo creo.- dijo maliciosamente el gato.

- Claro que puedo, ahora verás entrometido.- contestó el ogro y se transformó en un ratoncito.

De un salto, el gato lo atrapó y se comió al ogro transformado.

Cuando el rey y su amo, pasaron por el castillo, el gato salió a su encuentro, invitándolos a pasar.

- Pasen por favor, los estaba esperando. Su alteza, bienvenido al castillo del Marqués de Carabás.

- Tienes un castillo maravilloso.- dijo el rey muy complacido.

- Os lo mostraré con mucho gusto.- dijo el molinero, aprovechando la ocasión.

El rey visitó el castillo y quedó muy conforme con el Marqués y su hospitalidad, por lo que le ofreció la mano de su hija en matrimonio. El molinero aceptó inmediatamente, puesto que la princesa era muy hermosa y parecían entenderse bien. Ese mismo día, se celebró la boda, asegurando la suerte del hijo del molinero y del gato con botas, que tan astutamente habían obrado.