La criatura del desván (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

17 de Junio de 2010

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La primera vez que se escuchó de la criatura del desván fue cuando uno de los niños subió a buscar un libro viejo y vio los dos grandes ojos que lo vigilaban y se abalanzaron sobre él. El niño gritó y cerró la puerta del desván con llave, dejando al monstruo dentro.

Durante dos días, todo el pueblo asistió aterrorizado a los golpes y gruñidos que el monstruo daba a la puerta para escapar del desván. La noticia corría por todas partes. Las desgracias aumentaban, pero nadie se animaba a subir al desván y enfrentarse a la bestia.

Los lugareños solicitaron ayuda a un pescador noruego que pasaba por el pueblo debido a que su barco ballenero había naufragado. El hombre aceptó a cambio de unas cuantas monedas. Pero cuando llegó al desván y escuchó los gruñidos de la bestia, regresó a pedir más dinero y algunas herramientas, una red enorme y un carro, pues deseaba llevarse el trofeo si tenía éxito. Los lugareños aceptaron sus condiciones.

Al poco rato que el pescador entrara en el desván, los gritos estremecedores cesaron. El pescador nunca salió del desván y no volvieron a escuchar a la bestia. Nadie se atrevió a subir nuevamente al desván.

Los temerosos aldeanos nunca se enteraron de que lo que realmente había detrás de la puerta era Olav, el timonel del barco del pescador noruego. Quien usaba un parche en el ojo. Su ojo bueno se reflejaba en un espejo, que parecía pertenecer a la misma cabeza. Cuando el pescador entró al desván, reconoció a su timonel, ambos hablaron a los gritos en su idioma natal. El pescador le contó que había ganado mucho dinero por enfrentarse con él, tanto como para comprar otro barco. Ambos hombres encontraron la manera de escapar de los miedosos aldeanos, se subieron al carro y se marcharon para siempre.

Fue el miedo el responsable de que el pueblo se empobreciera y de que los pescadores se recuperaran. El miedo sin sentido, llevó al pueblo a actuar de manera tonta, y permitió que otros se aprovechasen de ello.

El príncipe Lapio (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

16 de Junio de 2010

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Había una vez, un príncipe muy injusto. Era hermoso, valiente e inteligente, pero no le interesaba la justicia. Su padre mandó llamar a un sabio para que le enseñara la justicia.

- Llévatelo mi sabio amigo. Que no vuelva hasta que esté listo para ser un rey justo.

El sabio partió en barco con el príncipe, pero un accidente los arrojó a una isla desierta, sin agua ni comida. Durante los primeros días, el príncipe Lapio pudo pescar algunos peces, gracias a sus habilidades de cazador. Pero, cuando el anciano sabio solicitó que compartiera su comida, el joven se negó.

Luego comenzó a escasear la pesca del príncipe, mientras que el anciano lograba cazar aves todos los días, las que no compartía con el joven, para devolverle el favor. Incluso llegó a acumular aves, mientras Lapio se ponía delgado, hasta que el príncipe llegó a suplicar por un poco de comida.

- Sólo los compartiré si muestras la lección que aprendiste.- dijo el sabio.
- La justicia consiste en compartir lo que tenemos entre todos por igual. –dijo el príncipe.

El sabio lo felicitó y compartió su comida. Esa misma tarde, fueron recogidos por un barco y en su camino de regreso, anclaron junto a una montaña, donde el príncipe fue reconocido por un aldeano.

- Soy Maxi, el jefe de los maxiatos, tenemos problemas con nuestros vecinos, los miniatos, con quienes compartimos carne y verduras, pero tenemos diferencias sobre cómo repartirlas.
- Pues cuenten cuántos son y repartan la comida en porciones iguales. –dijo Lapio.

Los hombres de la montaña se alegraron, pero Maxi y los maxiatos atacaron al príncipe y lo encerraron en una celda, acusándolo de atentar contra su pueblo. Le exigieron que solucionara el problema o quedaría encerrado para siempre.

El problema estaba en que los miniatos eran muchísimos y pequeñitos, mientras que los maxiatos eran pocos y enormes, por lo que la solución del príncipe condenaría al hambre a los maxiatos, con sus raciones pequeñas, mientras que los miniatos tendrían superabundancia. El príncipe pasó la noche tratando de encontrar la solución al dilema.

A la mañana siguiente, el príncipe dijo que cada uno tomara el mismo número de bocados, de este modo, todos comerían igual de acuerdo a su tamaño. Esta solución dejó a todos contentos. Hicieron una gran fiesta y dejaron libre al príncipe, llenándolo de regalos.

De camino, el príncipe comentó al sabio:

- No es justo dar a todos lo mismo, sino hacerlo en la medida de sus necesidades.

Muy cerca del destino, se detuvieron en una aldea pequeña, donde un hombre muy pobre los recibió y atendió en todo, mientras que otro igualmente pobre, hacía alarde de su pobreza pidiendo limosna. Un tercero, que parecía ser muy rico, envió dos sirvientes para que los atendieran en todo.

El príncipe quedó tan complacido, que decidió obsequiar todo el oro que había recibido de los maxiatos. Cuando supieron esto los tres hombres, le reclamaron cada uno su parte. El sabio preguntó por la forma de reparto, y el príncipe tuvo que meditar mucho sobre su decisión. Evidentemente, el hombre rico gastaba más oro para mantener a sus sirvientes, y era quien mejor los había atendido, pero no era esa la respuesta. Finalmente, el príncipe hizo tres montones diferentes con las monedas, dio el más grande al hombre pobre, el mediano al rico, y el más pequeño al mendigo, y se despidió.

Al llegar a palacio, el sabio le preguntó sobre su concepto de justicia, a lo que el príncipe contestó:

- Ser justo es repartir las cosas de acuerdo a las necesidades, pero también a los méritos de cada uno. Por eso di el montón de monedas grande al hombre pobre que tan bien nos atendió, el mediano al rico, pues nos atendió bien, pero no lo necesitaba, y el menor al alborotador, pues no hizo nada digno, pero tenía gran necesidad de dinero.

A partir de entonces, el príncipe Lapio fue conocido como un hombre muy justo en todo el reino, y llegó a ser un gran rey.

El mejor guerrero del mundo (versión libre sobre cuento de: Pedro Pablo Sacristán)

15 de Junio de 2010

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El joven Caucasum era un espadachín muy valiente y tenía la ambición de ser el mejor guerrero del mundo. No encontraba en ningún ejército un rival de su altura. Gozaba de la simpatía del rey, que no compartía su ambición de convertirse en general, ya que consideraba que necesitaba todavía aprender mucho.

Las palabras del rey enfurecieron al joven que abandonó el palacio para aprender todas las técnicas de lucha existentes. Recorrió muchas escuelas de guerra, mejorando su técnica, pero sin aprender los secretos. Hasta que llegó a una fortaleza gris en una montaña, que era la mejor escuela de guerreros del mundo, y cuyo ingreso era reservado a unos pocos. Era la escuela donde había estudiado el viejo general de palacio a quien deseaba sustituir.

Para ingresar en la escuela debió abandonar sus armas, que fueron arrojadas a un foso. Fue conducido a su habitación, para aguardar cien días para que comenzara el entrenamiento.

Caucasum creyó que se trataba de una broma, pero no fue así. Los primeros días transcurrieron mientras el joven trataba inútilmente de adelantar su entrenamiento. Finalmente aprendió a disfrutar de la espera.

El día ciento uno, tuvo lugar la primera sesión.

- Ya has aprendido a manejar tu primer arma: la Paciencia.- dijo el viejo maestro.

El joven debió admitir la verdad del maestro.

- Ahora te toca aprender a triunfar en cada batalla. – dijo el maestro.

Y Caucasum se vio atado de pies y manos a una silla encaramada en un pedestal, al cual trataban de trepar una turba de aldeanos, que llegaron para darle una paliza. No logró zafarse y debió sufrir su destino.

El entrenamiento siguió del mismo modo por días, y el joven se convencía de que debía intentar cosas nuevas. Intentó muchas cosas, pero falló. Hasta que se dio cuenta de que debía acabar con la ira de los aldeanos. Durante los días siguientes, no paró de hablarles, hasta que consiguió convencerlos de que era su amigo y no una amenaza. Fue tan persuasivo que lo liberaron y se convirtieron en sus amigos, prometiéndole ayuda contra el maestro. Había llegado el día doscientos dos.

- Ya controlas el arma más poderosa, la Palabra. Lo que tu espada y tu fuerza no pudieron conseguir, lo obtuvo tu lengua.

El joven debió coincidir nuevamente y se preparó para continuar con su entrenamiento. Había llegado el momento más importante, el enfrentamiento con otros alumnos.

El maestro acompañó a Caucasum a una sala donde aguardaban otros siete guerreros, fuertes, valientes y fieros como él. Pero se notaba en ellos la sabiduría de las lecciones aprendidas.

Lucharían todos contra todos y ganaría quien permaneciera en pie al final. Cada mañana los guerreros se enfrentaban desarmados, ayudados por los aldeanos que habían conquistado, tramaban, esperaban, dirigían las batallas sin descargar un golpe.

Los días pasaban y Caucasum veía que no obtendría resultados, entonces cambió su estrategia y renunció a la lucha y propuso emplear sus fuerzas en ayudar a los demás a reponerse. Los demás continuaron luchando con más bravura, mientras los aldeanos se unían a Caucasum. Finalmente, uno de los alumnos logró triunfar sobre los otros, Tronor mantenía unos pocos aldeanos, cuando se disponía a salir triunfante de la lucha, el maestro no le hizo notar que todavía quedaba Caucasum en pie, y que sólo uno podía quedar. Tronor miró amenazante al joven, quién se adelantó a sus intenciones:

- ¿De veras quieres luchar? ¿No comprendes que somos mucho más numerosos que tú? Estos hombres entregarán todo, les permití vivir en paz y libres.

Cuando el joven terminó de hablar, los pocos aldeanos que acompañaban a Tronor, se unieron a Caucasum. El joven había conseguido la victoria.

El maestro asintió complacido. El joven había aprendido que el arma más poderosa es la Paz.

Caucasum se despidió agradecido y retornó desarmado a palacio, para disculparse con el rey por su osadía. Pero el soberano comprendió con solo verlo, que había aprendido, y lo saludó como a un general.

Los tres perezosos (versión libre sobre cuento de Francisco J. Briz Hidalgo)

9 de Abril de 2010

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Un padre tenía tres hijos muy perezosos, tanto que, cuando se enfermó y mandó buscar un notario para su testamento, le dijo que la herencia (un burro) sería para el hijo más perezoso.

Poco tiempo después, el hombre murió. El notario debió llamar a los hijos para hablarles del testamento, pues los jóvenes no preguntaban siquiera por su existencia.

El notario leyó el testamento ante el desinterés de los hijos y explicó:

- Vuestro padre hizo testamento antes de morir. Ahora debo saber cuál de ustedes tres es más perezoso.

Solicitó pruebas de su pereza al hijo mayor:

- Yo no tengo ganas de contar nada- agregó el mayor.
- Habla ya o te haré meter en la cárcel.
- Cierta vez, cayó una brasa candente en mi zapato, pero la pereza me impedía moverme, aunque me dolía mucho. Pero afortunadamente, unos amigos la apagaron.- concluyó el mayor.
- Eres un perezoso, yo te habría dejado arder, para ver cuánto aguantabas.

Interrogó al segundo hermano:

- Es tu turno.
- ¿También iré a la cárcel si no tengo qué contar?
- Ni lo dudes.
- Una vez caí al mar, pero tuve pereza de nadar, aunque sé hacerlo muy bien. Un barco de pescadores me rescató cuando estaba por ahogarme.
- Yo te habría dejado para que te salvaras tú mismo.

Finalmente interrogó al menor:

- Háblanos de tu pereza.
- Señor notario, puede llevarme a la cárcel y quedarse con el burro, porque no tengo ganas de hablar.
- El burro es tuyo, no hay dudas de que eres el más perezoso de los tres.-exclamó el notario.

La abuela loca (versión libre sobre cuento de María García Borrego)

8 de Abril de 2010

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Mi abuela está loca. Usa pelo largo color rosa chicle, le gusta inventar canciones y bailar. Tanto le da una canción de los Rolling como una de los años cuarenta. Ama las computadoras y se la pasa navegando por la red, haciendo amigos por todo el mundo y de todas las edades, sin importarle un comino.

Ella cree que los avances tecnológicos nos permitirán a los niños salvar el planeta de los desastres ocasionados por los adultos. Confía más en el raciocinio de los animales que en el de los hombres, por eso nos aconseja imitarlos, nadar como delfines, ser independientes como los gatos, pero leales como los perros, que cantemos como pájaros, descansemos como osos, corramos como liebres, trabajemos unidos como las hormigas, que saltemos como canguros para intentar atrapar las estrellas, que nos subamos a los árboles y colguemos cabeza abajo para tener otra perspectiva de la vida. Que nos adaptemos a nuestro medioambiente y que utilicemos nuestra inteligencia para mejorarlo y hacerlo más confortable.

Por eso nos alienta a reír siempre que estemos contentos para transmitir felicidad a los demás y llorar a moco suelto cuando la pasemos mal, porque las lágrimas limpian el alma y eso ahuyenta a la tristeza.

Mi abuela está chiflada, usa calzados de plataforma y todos los colores del arco iris, para que la ciudad no se vea tan oscura y sucia. No usa cartera sino mochila para moverse libremente por la ciudad, bailando como niña y tarareando sus canciones inventadas.

Mi querida abuela me alienta para que aprenda todo lo que pueda, para que estudie, que adquiera conocimiento con el paso del tiempo. Ella dice que de los ancianos debemos aprender, porque vivieron mucho para ver las cosas y que tienen sabiduría.

Me gustaría poder ser como ella algún día.

El niño de azúcar (de Leonardo de Mello)

7 de Abril de 2010

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Enrique quería comer sólo caramelos. No le importaba que se le cariaran los dientes, porque eran de leche y ya se le caerían. Tampoco le importaba que por no comer no creciese, porque si se mantenía pequeño nadie le negaría nunca un caramelo.

Una noche, mientras sus padres dormían, abrió el ropero donde su madre escondía la bolsa de caramelos. Estaba en el estante más alto y Enrique apenas alcanzaba al más bajo. Logró trepar los estantes, pero no alcanzó a sacar la bolsa. Apenas pudo empujarla haciendo que un caramelo cayera golpeándole la cabeza. Lo recogió y salió apurado del cuarto de sus padres para esconderse en el suyo y comerlo.

Era el caramelo más rico que hubiera probado nunca. Lamentó que fuera sólo uno. Luego de una hora chupándolo, Enrique notó que el caramelo no se había achicado. Se lo sacó de la boca y el caramelo estaba como recién desenvuelto. Volvió a llevárselo a la boca y estuvo chupándolo una hora más sin consumirlo. Pasó otra hora más y otra y a Enrique le vino sueño. Volvió a sacarse el caramelo, esta vez con la intención de tirarlo y un nuevo caramelo apareció en su boca. Lo sacó y apareció otro; sacó el nuevo caramelo y apareció uno más, como los magos que se sacan un pañuelo sin fin de la boca.

Empezó a llorar. Había comido tanto dulce que las lágrimas le salieron almibaradas. Lloró hasta quedar completamente cubierto de almíbar. Llamó a sus padres pero ninguno respondió. Por la ventana abierta entró un picaflor y los ojos del picaflor se abrieron enormes al ver a Enrique hecho un niño de azúcar. Empezó a picarle la nariz que se había cristalizado y logró arrancarla. Así siguió con todo el cuerpo hasta que se hartó. Los huesos de Enrique eran el caramelo más fino que el picaflor hubiera probado nunca, cuando se hartó de picarlos los cargó en el pico y voló llevándoselos a sus pichones, que gustan tanto del dulce como los niños humanos.

El lazarillo de Tormes (versión adaptada para niños)

6 de Abril de 2010

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Tratado primero:

Lázaro nació junto al río Tormes, por eso su apodo. Su padre murió cuando tenía ocho años en una expedición contra los moros, donde fuera enviado como castigo por robar trigo en el molino en que trabajaba. El niño y su madre se mudaron a Salamanca, donde apenas sobrevivían con lo que su madre ganaba cocinando y lavando ropa para estudiantes y mozos de caballos. Su madre tuvo otro hijo mulato, fruto de su relación con un mozo negro. También el negro fue condenado por ladrón y volvieron a quedarse solos.
Un ciego lo tomó como guía cuando llegó a la adolescencia, cosa que su madre aceptó por creer que su hijo estaría mejor cuidado. Pero el ciego era un avaro y mataba de hambre al joven, hasta que éste lo abandonó.

Tratado segundo:

Lázaro llegó a Maqueda, donde trabajó para un clérigo que guardaba la comida en un arca bajo llave. El joven se hizo con una copia de la llave para robar algo durante las noches, fingiendo que había ratones.
Cierta noche, los ronquidos de Lázaro despertaron al clérigo que pensó que escuchaba el silbido de una serpiente, pero era el muchacho que escondía la llave en su boca.
El clérigo se acercó en la oscuridad y golpeó al chico con un garrote que lo dejó en cama por tres días, luego de los cuales lo echó de su casa.

Tratado tercero:

Viaja a Toledo y vive de limosnas por unos días. Entra al servicio de un escudero tan pobre que debía seguir mendigando para compartir con su amo. Luego que el alcalde prohibiera la mendicidad, las vecinas ayudaron al chico y su amo a sobrevivir. Pero el escudero desapareció cuando llegaron los dueños de la casa por el alquiler. Y Lázaro volvió a quedar solo.

Tratado cuarto:

El cuarto amo de Lázaro era un fraile que pasaba más tiempo en la calle que en el convento. Por esto lo abandonó el muchacho y por razones que no quiso contar.

Tratado quinto:

El quinto amo de Lázaro era un clérigo que vendía bulas (buldero). El joven se quedó unos meses con él y prosiguió su camino.

Tratado sexto:

En este tratado, Lázaro tiene dos amos, un maestro de pintar panderos para el que muele los colores y con quien pasa mil peripecias. Y un capellán con el que logró ahorrar dinero para comprarse ropa nueva.

Tratado séptimo:

Es el último y se desarrolla en el momento actual de la vida de Lázaro. Trabajó para un alguacil, pero le resultó un trabajo peligroso y lo abandonó.
Luego consiguió un puesto como pregonero en Toledo y lo hacía con mucha habilidad.

Finalmente, Lázaro se casa con una criada del Arcipreste de San Salvador de Toledo y vive en una casa junto a la del Arcipreste. En la ciudad se hablaba de la relación entre la criada y el Arcipreste, pero a Lázaro le parecía vivir muy bien y se mantenía ajeno a las murmuraciones, amenazando de muerte a quien injuriara a su mujer.

El alma de las muñecas (de Leonardo de Mello)

5 de Abril de 2010

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A Marizel le gustaba cambiar de lugar con sus muñecas. Se quedaba tirada en un rincón, con la esperanza de que alguien le apretara el ombligo y ella pudiera abrir la boca: “Mamá.”

Una noche se cortó el dedo y descubrió que estaba rellena de aserrín. Cortó una de sus muñecas y sangraba.

Días después despertó con las mejillas pintadas de rosado y el rosado no salía.

Luego, al despertar no podía mover un brazo; a la mañana siguiente, el otro; y en dos mañanas más, ninguna parte del cuerpo. Debería haberse aterrado, pero su rostro sonreía y poco a poco aquella sonrisa fue todo en lo que pensaba. Vio que Marizel, la otra Marizel, se acostaba con ella y la arropaba. No podía cerrar los ojos pero la habitación empezó a desaparecer y la conciencia misma de que estaba sobre la cama; todo menos la sonrisa, que quedó flotando dentro y fuera de Marizel, el alma de las muñecas.

La huesuda-

6 de Noviembre de 2009

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Hace mucho tiempo, en la región de los mayos, en Sonora, México, había un hombre muy pobre. Muchas veces, la familia no tenía para comer y esta situación, podía durar varios días.

Un día, el hombre estaba cansado de pasar hambre y decidió ser egoísta. Se fue al bosque con la única gallina que tenía y la cocinó para comérsela él solo. Cuando se disponía a comer, apareció un anciano que le pidió:

- ¿Puedes darme un poco? Hace días que no como.
- Dejé a mi familia sin comer, para poder comerme yo solo esta gallina y tú vienes a importunar.- contestó el hombre.
- Yo soy Dios.- le respondió el anciano.
- Con más razón. En lugar de venir a ayudarme, me pides que comparta lo único que tengo. Tú siempre ayudas a los ricos. ¡Lárgate!

El anciano se molestó mucho y le envió a la muerte como castigo.

Antes de que el hombre terminara de comer, apareció otro hombre pidiendo comida. Este le dijo que era la muerte. Entonces, el hombre sí lo convidó.

- A ti sí te doy. Tú te llevas ricos y pobres.
- En pago a tu favor, te ayudaré.- dijo la muerte- Te convertiré en un gran médico para que cures a ricos y pobres. Pero si alguna vez me encuentras en el lecho de un enfermo, apártate, pues ya es mío. Esa es mi condición.

El hombre se convirtió en médico y comenzó a ganar fama y fortuna.

Cierto día, fue llamado para atender a un hombre rico. Al llegar a ver al enfermo, se encontró con la muerte en la cabecera de su cama. Al principio se negó a curarlo, pero la familia le ofreció mucho dinero y decidió que lo curaría. Luchó con la muerte hasta que salvó al hombre. Esto le dio más fama.

Otro día, el hombre estaba en el bosque paseando, muy contento por su vida y los cambios que había sufrido. Vio de pronto llegar a la muerte, que quería hablar con él.

- No respetaste nuestro trato. Aquel hombre tenía los días contados. Le quedaban tres días. Ahora, es el tiempo que te queda a ti.- dijo la muerte y desapareció.

El hombre llegó muy triste a su casa, contó a su mujer lo ocurrido y ella le propuso una solución.

Disfrazó al hombre de viejo y le dijo que se marchara a casa de un amigo.

A la tarde, apareció la muerte disfrazada de vaquero y preguntó a la mujer por su esposo. Ella contestó que hacía tres días que había salido para el monte y todavía no regresaba.

La muerte fastidiada emprendió el regreso. De camino, se encuentra al hombre disfrazado de anciano y pensó que, como no había podido llevarse al médico, se llevaría al anciano. Montó al viejo en su mula y lo dejó tirado más adelante.

Cuando la mujer encontró a su marido en el camino, comprendió que no es posible burlar a la muerte.

Historia de Babar- (versión libre sobre cuento de Jean de Brunhoff)

6 de Noviembre de 2009

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Babar es un elefante que nació en la selva. Su mamá lo amaba mucho y lo cuidaba bien. Pronto creció el elefantito y era feliz. Jugaba con sus primos y otros elefantitos de su edad.

Cierto día, mientras paseaba por la selva, montado sobre la espalda de su madre, un cazador salió de la espesura y mató a la madre de un disparo.

El pobre Babar logró huir, pero se perdió en la escapada. Anduvo mucho tiempo, hasta que llegó a una ciudad. Allí todo era extraño y fascinante. A pesar del cansancio, se sorprende por la cantidad de casas juntas que ve, pues nunca antes había pisado una ciudad. Babar estaba encantado con la ropa que los humanos usaban, deseaba usarla él también.

Una anciana muy rica, que ama a los elefantes, lo adoptó y le compró bonitos trajes y un automóvil y otras cosas que él deseaba. Ella era muy buena. Pero a pesar de esto, Babar extrañaba a su madre y la vida en la selva.

Así pasaron los años, hasta que un día, mientras salía de paseo, se reencontró con sus primos Arturo y Celeste y los invitó a tomar el té, también les compró ropa. Pero los pequeños estaban escapados de sus casas y pronto los vinieron a buscar. Entonces Babar regresó con ellos, pues sentía mucha nostalgia.

Babar se despidió de la anciana señora y se marchó. La señora quedó muy triste, esperando el día en que Babar venga de visita.

Cuando Babar regresó, el rey de los elefantes había muerto. Entonces eligieron a un nuevo rey. Como pensaban que Babar había aprendido mucho con los hombres, deciden elegirlo como nuevo rey.

Babar acepta la corona con la condición de que Celeste sea la reina. Los elefantes aceptan la propuesta de Babar y así se convierte en rey.

Todos los animales de la selva fueron invitados a la boda y la coronación del rey Babar y la reina Celeste.

La fiesta fue enorme y todos bailaban a gusto. Había mucha comida y la música se escuchó hasta muy tarde.

Luego de la fiesta, los reyes se fueron a descansar y tuvieron dulces sueños sobre la boda y lo felices que serán.

Durante muchísimo tiempo, toda la selva recordará el grandioso baile de la coronación de Babar.